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Montenegro es uno de los países más hermosos del área de los Balcanes y del litoral adriático. En una superficie relativamente pequeña –algo mayor que la Región de Murcia, en España- el viajero descubrirá un territorio de fuertes contrastes. Al norte se alzan las majestuosas montañas de la cordillera Durmitor que comparten espacio con cerrados y oscuros bosques -de ahí el nombre del país-; en el centro nos encontraremos con planicies y un lago espectacular, el Skadar, y al sur una costa con maravillosas playas y escarpados acantilados de roca cárstica.

Sin embargo no todo es tan idílico. Este acogedor país tiene un considerable borrón: Podgorica, su capital. Un hecho que contrasta con el delicioso encanto de otras pequeñas ciudades medievales que pueblan Montenegro, como Kotor, Ulcinje, Budva o Cetinje, la antigua capital del país.

Pude comprobarlo a comienzos de la pasada primavera cuando visité Montenegro. Me instalé en la Bahía de Kotor –Boka Kotorska-, conocida como el fiordo más meridional de Europa, a la sombra del Parque Nacional del Monte Lovcen, un paraje digno de la más hermosa de las tarjetas postales. Desde allí, y dadas las asequibles distancias del pequeño estado balcánico, realicé algunas incursiones para conocer otros rincones de Montenegro. Uno de ellos fue la planicie de Zeta, donde se ubica la capital del país.

A primera hora de la mañana había tomado un autobús en Kotor para trasladarme hasta Podgorica. Un par de horas y media de viaje por estrechas y zigzagueantes carreteras, metido en un incómodo vehículo de transporte público de dimensiones reducidas. Nada más entrar en la periferia de la capital ya me di cuenta de lo que iba a encontrar a medida que me adentrase en sus calles. Llegué a la estación de autobuses con la idea de tomar un autobús de vuelta a lo largo de la tarde, sin prisas, y salí al exterior para explorar detenidamente la ciudad.

podgorica

Definir Podgorica no es difícil. Estamos, y sólo es mi opinión, ante una ciudad impersonal y horrenda. Que me perdonen los montenegrinos.

Tras la Segunda Guerra Mundial Podgorica quedó muy dañada, nada extraño en esta parte del continente. El padre de la nueva República Federal Socialista de Yugoslavia, el mariscal Josip Broz Tito, decidió después de su liberación reconstruir la ciudad acorde al estilo imperante en esta zona oriental de Europa; esto es, a base de levantar masivamente edificios colectivos residenciales, con un aspecto muy sobrio y grisáceo, destinados casi de manera única a acoger a la gran cantidad de personas que se iban trasladando del campo a las nuevas ciudades en este tiempo de posguerra.

En Podgorica toda la margen derecha del río Morača fue reconstruida en ese estilo propio de los países del Bloque del Este. Incluso zonas del centro, el sur y el oeste de la ciudad llevan también parcialmente este sello, en un proceso desordenado de expansión urbana que marcó el devenir de la capital. Por su parte, hacia el norte y el noreste la urbe creció de manera dispersa y caótica, con viviendas unifamiliares de baja altura. Las consecuencias de esta pésima planificación y desarrollo urbanístico han llegado lamentablemente hasta hoy.

Fue a finales de la década de los noventa del siglo pasado cuando Podgorica se desarrolla para dotar a la capital de un aspecto más moderno, utilizando principalmente vidrio y acero, dando lugar a nuevos parques, plazas, zonas residenciales y de negocios. No obstante, y pese a que actualmente Podgorica es el centro comercial y cultural del país, con monumentos de cierta factura como el Teatro Nacional de Montenegro, auténtico referente en la cultura del país, diversos museos, galerías de arte o el llamativo Puente del Milenio, la ciudad guarda ese aire rancio y gris de otra época no tan lejana en el tiempo, ciudad a la que el mariscal Tito dio forma a partir de 1946. Es por eso que la capital llevó el nombre de Titogrado entre ese 1946 y1992, año en el que comienza la desmembración de la antigua Yugoslavia.

Sólo una hora. Sólo una foto. Apenas sesenta minutos fue lo que invertí en recorrer algunas avenidas y plazas de la capital. Una única y descriptiva foto fue la que capturé con mi cámara e ilustra esta entrada. La impresión fue tan decepcionante que regresé a la estación de autobuses y me subí al primer autobús con destino hacia otra ciudad, que fue la capital del país en otro tiempo y que desde luego mereció el honor de llevar tal título. Esa ciudad es Cetinje y la conoceremos en otra entrada.

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