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En nuestra entrada de hoy, que se completará con otras dos más, vamos a conocer uno de los parajes más bonitos e interesantes de nuestro vecino del oeste, Portugal. Seguiremos el gran río que discurre por territorio de ambos países, el Duero, y exploraremos una maravillosa ruta a través del norte de Portugal que está ahí, casi a la vuelta de la esquina, y siempre con el río como protagonista.

OLYMPUS DIGITAL CAMERARío Duero en Portugal

El Duero –Douro, en su denominación portuguesa– es uno de los principales atractivos de Portugal. El gran río ibérico de 897 kms de longitud nace en la provincia de Soria, en España, y se adentra 213 kms en territorio portugués, tras un tramo común internacional de 112 kms, en la frontera entre ambos países y conocido como “Los Arribes”.

A su paso por Portugal conforma uno de los parajes naturales más espectaculares del país vecino para terminar desembocando en el Océano Atlántico, en un marco incomparable, con la ciudad de Oporto como telón de fondo. Mi propósito, en aquel verano de 2012, era conocer al menos una parte del curso del río en suelo luso. Desde Madrid me trasladé hasta Oporto y desde la gran capital del norte de Portugal puse rumbo directo en autobús hacia mi primer destino: Amarante. Oporto la dejé para el final y la conoceremos al finalizar este relato por entregas, porque merece capítulo aparte.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOporto

Nuestra ruta da comienzo pues en Amarante, una bucólica y romántica villa situada entre frondosos bosques a unos 70 kms al este de Oporto, en el fondo de un estrecho valle, con las sierras de Aboboreira y de Marão circundándola. No está a orillas del Duero propiamente. La población es atravesada por el Támega, un rio que nace en Galicia –España, cruza la frontera y se interna en territorio portugués hasta desembocar en el gran Duero, a unos 30 kms de Amarante. Veamos por qué recomiendo una visita a esta encantadora villa.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAmarante

El casco histórico de Amarante es una maravilla, con la iglesia-convento de San Gonzalo y el puente del mismo nombre como protagonistas indiscutibles. San Gonzalo es el gran benefactor de esta localidad. El santo fijó aquí su residencia tras peregrinar por Roma y Jerusalén en el siglo XII y a él se debe la construcción del viejo puente que hoy lleva su nombre. La iglesia data de 1543, fue mandada construir por el rey Joao III y su esposa, doña Catarina, y combina perfectamente estilos arquitectónicos tan diversos como el renacentista, el manierista y el barroco. Esto se debe a que se empleó mucho tiempo en terminar todo el conjunto monumental y los estilos se fueron solapando.

El puente, por su parte, tiene un supuesto origen romano, reconstruido a mediados del siglo XIII y vuelta a reconstruirse a fines del XVIII tras una crecida histórica del río Támega que colapsó el puente y lo echó abajo. Además tiene su propia anécdota histórica pues en él los portugueses pararon los pies a las tropas de Napoleón, allá a principios del XIX, cuando al emperador galo se le metió entre ceja y ceja que tenía que hacerse con toda la Península Ibérica, invadiéndola para su causa.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASierra de Marão

La siguiente etapa, también en autobús porque en esta parte del país no hay alternativa ferroviaria, me llevaría hasta Peso da Régua, cruzando la impresionante Serra do Marão. Régua, a secas como es conocida en Portugal, es la capital comercial del valle del Duero y principal punto de atraque y embarque de numerosos barcos y cruceros en el curso del rio entre Oporto y la frontera española.

En el “cais” –embarcadero- podremos contemplar los bellos “rabelos” allí anclados, típicas y tradicionales embarcaciones que en tiempos se utilizaban para transportar el preciado néctar de las vides hasta las afamadas cavas de Vila Nova de Gaia, en la desembocadura del río.

OLYMPUS DIGITAL CAMERARabelos en Régua

Con la expansión en el siglo XIX del ferrocarril y la creación de la llamada “Línha do Douro”, la construcción de carreteras y el establecimiento de presas en el río para el desarrollo hidroeléctrico del país, su importante papel empezó a declinar. Hoy estas embarcaciones tienen un fin meramente recreativo y turístico, siendo alquiladas por turistas y curiosos para dar paseos por el Duero.

Sólo unos pocos rabelos siguen desempeñando todavía su primitiva tarea de llevar el preciado líquido río abajo. Más allá de este detalle, lo cierto es que lo único que me gustó de esta población fue su estación de ferrocarril –la más importante en la “Línea del Duero”- y el paseo fluvial. El resto está bastante descuidado y mal conservado en líneas generales, sobre todo en el centro.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPaseo fluvial de Régua

En Régua tomé el tren para desplazarme 30 kms al este, en dirección hacia España y llegar a mi siguiente destino: la freguesía –lo que en España conocemos administrativamente como parroquia- de Pinhao. El corto y cómodo viaje, apenas media hora de duración, va bordeando el Duero en todo momento por lo que la experiencia merece la pena.

Consejo: sentaos en el lado derecho del vagón. Desde la ventanilla del tren van pasando delante de nuestros ojos maravillosos paisajes de viñedos dispuestos en perfectos bancales con los que el hombre ha ido modelando las montañas. Y por si fuera poco el cuadro se completa con el río serpenteando y encajonado entre ellas. El viaje en tren también tiene el atractivo añadido de contemplar los pueblecitos asomados al Duero, las “quintas” que producen el preciado “Vinho do Porto”, y las embarcaciones que de forma casi constante remontan o descienden el río.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPinhao

Pinhao se localiza en el curso alto del Duero, a unos 150 kms de su desembocadura, en el centro de la denominada “Região Demarcada do Vinho de Porto”. Allí decidí permanecer un par de días porque el entorno –clasificado por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad– merecía la pena ser explorado un poco más. Por otro lado disfrutar de la tranquilidad, belleza y amabilidad de sus gentes era todo un lujo que no podía dejar pasar.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPuente metálico de Pinhao

Entre las diversas actividades que se pueden realizar en la zona está la posibilidad de dar pequeños paseos en barco por el río, bañarse en la peculiar playa fluvial, cruzar el centenario puente metálico sobre el Duero para conocer alguna quinta en la orilla opuesta, visitar el Museo del Vino de la localidad o hacer senderismo por los alrededores. En este sentido una de las opciones más interesantes es calzarse unas deportivas a primera hora de la mañana y, tras un buen desayuno en nuestro hotel, ascender hasta Casal de Loivos.

Se trata de una pequeña parroquia de menos de doscientos habitantes, situada a unos 500 metros de altitud y a unos 3 kms de Pinhao por el camino más corto, pero muy empinado y empedrado, o bien 8 kms si se hace por la carretera local. Allí un mirador construido “ad hoc” nos regalará una espectacular panorámica sobre el Duero y parte del valle por el que discurre el río entre montañas, viñedos y pequeños pueblos.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAMirador de Casal de Loivos

Para alguien que le guste el mundo del ferrocarril, la estación de Pinhao es otro punto de atracción muy interesante. En esta pequeña y coqueta estación se puede admirar una colección de veinticuatro paneles de clásico azulejo portugués pintados en tono azul. Como si de una pinacoteca cerámica se tratara, aquí se pueden contemplar típicas escenas relacionadas con la principal actividad de la zona: la vendimia en medio de los bellos paisajes que bordean el río.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEstación de Pinhao

Una vez finalizada la visita a esta apacible y encantadora villa tomé el tren para desplazarme de nuevo hasta Régua. El objetivo era comprar allí un pasaje para embarcar en uno de los numerosos barcos que descienden el Duero hasta su desembocadura. Pero eso lo veremos en la siguiente entrega…

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