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Posiblemente no exista un palmo de tierra tan disputado y sagrado sobre la faz del planeta. Es una de las ciudades más antiguas del mundo y por ello ha sido testigo de feroces luchas, continuas conquistas, saqueos y destrucción total para luego volver a renacer una y otra vez de sus cenizas.

Pocos lugares en el mundo concentran tanto sentimiento de pasión y odio en tan pocos kilómetros cuadrados. Ese lugar está enclavado en Oriente Medio, en un entorno árido y seco, al pie de los Montes de Judea, a medio camino entre el Mar Mediterráneo y las orillas del Mar Muerto. Es la bíblica e histórica Jerusalén, literalmente “Ciudad de Paz”, en hebreo; “La Santa”, en árabe. No sólo una. Tres veces santa, la ciudad de Jerusalén es sagrada para las tres religiones monoteístas más importantes en el mundo: cristianismo, judaísmo e islam.

En la actualidad Jerusalén es la capital “eterna e indivisible” del Estado de Israel, tal como la autoproclamó el legislativo del país en 1980. Sin embargo el secular conflicto entre judíos y palestinos por hacerse con el ansiado control de sus viejos muros provocó ya en el Armisticio de 1949, recién creado el estado sionista, la división de la ciudad de forma que Israel se quedó con la parte occidental -Jerusalén oeste- y Jordania con la parte oriental -Jerusalén este-, incluyendo la Ciudad Vieja, el antiguo entramado urbano encerrado dentro de la magnífica muralla otomana del siglo XVI y que hasta 1860 albergó la histórica Jerusalén.

Tras la fugaz Guerra de los Seis Días, en 1967, los hebreos se hicieron con el control total de la parte árabe y desde entonces ya no la han soltado. Las reclamaciones de la Autoridad Nacional Palestina en el sentido de convertir Jerusalén Oriental en la capital de un futuro estado palestino no han dado resultado, y este aspecto convierte a la ciudad santa en objeto de disputa constante.

La atmósfera dentro de la Ciudad Vieja es densa, viva, ajetreada, con olores, colores y sabores variopintos acorde a la diversidad de sus inquilinos, palestinos en su mayoría, donde se mezclan, no sin recelos y tensiones, con judíos, cristianos y armenios principalmente. Los lugares más sagrados para estas comunidades se encuentran aquí, dentro de este casi kilómetro cuadrado de estrechas y empinadas callejuelas e intrincados rincones.

Hablamos del Muro de las Lamentaciones, lo único que queda en pie del Segundo Templo que fue arrasado por los romanos en el año 70 d.C. y lugar más sagrado para el judaísmo. Hablamos de la Iglesia del Santo Sepulcro, la basílica donde según la tradición se encuentra el Santo Sepulcro y el Gólgota, lugares en los que Jesucristo fue crucificado y enterrado. Espacio sagrado pues para los cristianos. Y hablamos del Monte del Templo, también conocido como la Explanada de las Mezquitas, lugar sagrado para musulmanes porque alberga la llamativa y dorada Cúpula de la Roca y, sobre todo, la Mezquita de Al-Aqsa con su reconocible cúpula plateada. La primera cobija una roca desde la cual Mahoma ascendió a los cielos para reunirse con Dios, según la creencia musulmana. Para judíos y cristianos en la misma piedra fue donde Abraham ofreció a Yahveh en sacrificio a su amado hijo Isaac. Por tanto lugar lleno de simbolismo también para ellos.

La mezquita de Al-Aqsa, por su parte, es el tercer espacio de culto más importante en el mundo islámico. Un kilómetro cuadrado, en definitiva, cargado de espiritualidad, de sentimiento, de advocación, de fe. Distintas sensibilidades y maneras de entender la vida y la religión han sido, y son todavía hoy, el caldo de cultivo para ese odio ancestral que domina este pequeño y disputadísimo territorio.

Resulta cuanto menos irónico, casi hiriente, que a Jerusalén se la conozca como “Ciudad de Paz“, pero tiene imán y duende para fieles y curiosos que se acercan hasta ella y se afanan en palpar y tocar lugares sagrados e históricos por más que la Jerusalén bíblica esté, según los arqueólogos, unos veinte metros por debajo del suelo actual.

Tal es el caso de la Vía Dolorosa, con sus catorce estaciones del martirio, la angosta calle por la que un exhausto Jesucristo cargó a hombros la cruz en la que sería crucificado momentos después. En estos días miles y miles de viajeros y peregrinos de todo el orbe cristiano están llegando a la ciudad santa para rememorar, entre el fervor y el escepticismo, las cruciales jornadas en las que Jesucristo vivió su pasión, muerte y resurrección. Estamos en la Semana Santa según el calendario litúrgico de la cristiandad.

Muy visible desde el bíblico Monte de los Olivos y su sosegado jardín de Getsemaní, la Ciudad Vieja se nos presenta desde aquí abierta, como si no entendiera de atávicos odios, rencillas y recelos. Un espejismo…

Es la foto que ilustra el Pic deLuxe de hoy.

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