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Uno es enamora de personas, de objetos materiales, y también de un lugar. Piensas en un determinado sitio que has conocido, tal vez hace pocos días o semanas, y sientes ese mariposeo típico de la atracción por algo o alguien, esa ilusión que se apodera de uno cuando piensa que pronto va a volver a ver a esa persona, ese objeto o ese lugar que nos encandiló en su momento. Hoy hablamos de enamoramiento por un punto en el mapa. Y ese punto es una pequeña región del norte de España llamada Asturias, oficialmente conocida como “Principado de Asturias“.

Asturias encaja a la perfección con el concepto bíblico de paraíso terrenal. Cuando uno viaja por la esteparia meseta central española y se adentra en el territorio del pequeño Principado es como si, realmente, hubiera salido de un país para entrar en otro. La inmensa y cansina llanura castellana da paso, casi sin avisar, a erguidas y contundentes montañas que esconden y dan cobijo a pequeñas aldeas, con una arquitectura muy tradicional que encuentra su máximo en esa suerte de arcaico almacén-despensa que son los célebres y seculares hórreos asturianos.

Más alicientes no faltan. Bosques autóctonos con especies que llevan ahí desde siempre, caprichosos lagos que casi tocan el cielo desde ese santuario montañoso que son los Picos de Europa, el característico tapiz verde que cubre ondulantes laderas donde el ganado se satisface a gusto pastando al lado de viejos caseríos, el abrupto y desafiante litoral, el colorido encanto de sus pueblos costeros, el clima suave y húmedo que propicia, sobre todo en verano, el mar Cantábrico, ese mar bravo y con personalidad donde Asturias dice adiós al viajero que decide adentrarse en él, su apacible y señorial capital, Oviedo… y sus gentes, posiblemente el más cualificado activo que posee la pequeña región.

Aquí, a este idílico rincón de la geografía española fuimos en busca de la segunda luna llena del pasado mes de julio, que por ello, por ser la segunda dentro de un mismo mes, recibe el sobrenombre de “luna azul“, cosa que no se entiende bien porque de azul tiene poco o nada. Casi la capturamos. Cuestión de agenda impedía llegar hasta el día 31, la fecha mágica para obrar el milagro de tener luna llena en el firmamento. No importa. Un par de días antes ya apuntaba maneras en un sorprendente y limpio ocaso en el interior perdido de nuestro mágico Principado…

Foto cortesía de Belén Blanco

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