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El escenario está en París, la capital de Francia. Los actores son 195 países. La obra a representar: “O esto cambia, o nos vamos al precipicio”.

En estos días se está celebrando en la incomparable capital francesa la “Cumbre del Clima“, conocida como COP21, que tratará de llegar a un acuerdo mundial que frene como sea el cambio climático, cambio que está ahí por mucho que algunos se quieran poner una venda en los ojos.

Como ya he mencionado alguna vez aquí, éste es un blog sobre viajes y no se ocupa (normalmente) de asuntos “exteriores” a ese tema. Sin embargo en ocasiones, y de forma puntual, es de ley referirse a cuestiones que por su calado pueden influir de manera decisiva en la vida y bienestar de las personas. Un blog no deja de ser un medio de comunicación y, como tal, aunque con un carácter marcadamente personal, es un instrumento válido para difundir opinión y tratar de informar a sus lectores sobre cuestiones que puedan ir más allá de su temática habitual.

El tema que nos ocupa hoy no es ligero. A finales del presente siglo, si las cosas no cambian, la temperatura de este planeta llamado Tierra podría escalar unos cuatro grados centígrados de media. Podría no parecer mucho, pero podría ser letal para todos. En Paris se está tratando de llegar a un acuerdo global, vinculante para los estados presentes en la cumbre, y aquí radica su importancia; es decir, alcanzar un pacto que permita reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y evitar así la temida subida de temperaturas en unas pocas décadas.

Paris tiene como objetivo final, en definitiva, evitar que la temperatura del planeta suba más de dos grados cuando acabe este siglo. Pero los intereses económicos -y políticos también- de determinados estados, así como actuaciones sin escrúpulos por parte de éstos en aras del desarrollo y el consumo podrían dar al traste con ese objetivo.

DSCN0144Seúl, la capital de Corea del Sur, cegada por la polución en el ambiente

Las consecuencias del cambio climático las estamos padeciendo ya en la actualidad. Reiteradas olas de calor, inundaciones, corrimientos de tierra, deshielo del Ártico, desertización… El aumento de la contaminación que provocan los vehículos a motor en grandes núcleos urbanos está causando ahora mismo graves consecuencias en la salud de sus habitantes.

No es de recibo que quienes vivimos en una gran ciudad padezcamos una pésima calidad del aire y tengamos que respirar de forma masiva altas concentraciones de partículas nocivas de NO2. Esto se manifiesta con especial gravedad en algunas grandes metrópolis de los cinco continentes –Europa incluida-, pero si hubiera que personalizar en un continente, sin duda Asia sería la candidata a llevarse el premio gordo. Pekín, la capital del gigante chino, es uno de los ejemplos más sangrantes, donde el aire está viciado hasta niveles insostenibles y salir sin mascarilla a la calle muchos días es una temeridad. Pero no es la única.

Hace pocas semanas estuve en Seúl y nada más aterrizar en la capital surcoreana sentí los efectos perniciosos de unos niveles de polución intolerables. La foto que ilustra esta entrada habla por sí sola. Por fortuna a los cuatro días llovió durante la noche, el aire se limpió y por fin se hizo respirable. Pero, ¿por cuánto tiempo?.

La capital de Francia es la última oportunidad para evitar una catástrofe global. Confiemos en que sea así porque de lo contrario nuestros biznietos no podrán decir aquello de “siempre nos quedará París“.

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