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Fue el gran logro, la joya, junto con la puesta en circulación de la moneda única común -el euro- en la Unión Europea (UE), al comienzo del año 2002. El Convenio de Schengen ha permitido desde su puesta de largo, allá por el año 1995, que los europeos podamos desplazarnos por el interior de buena parte del territorio comunitario con plena libertad de movimiento, a imagen y semejanza de lo que acontece cuando nos trasladamos dentro de nuestros propios países. Es un derecho fundamental que tanto la Comisión como el Parlamento europeos quieren proteger y apoyar al máximo.

Pero ahora Schengen, para desgracia de quienes amamos movernos a nuestro antojo por el interior de Europa, está en grave peligro. El colapso podría ser inevitable a medio plazo, y aunque parezca imposible sobre el papel que el espacio común europeo de libre circulación y movimiento que representa Schengen pueda desaparecer, lo cierto es que estamos ante un rumor con visos de convertirse en hecho real. Las consecuencias de este colapso serían catastróficas; el mercado común y la moneda europea podrían diluirse y los cimientos de toda la Unión Europea venirse abajo poco después.

brux-ed berlaymontEdificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea en Bruselas, Bélgica

¿Qué ha ocurrido para llegar a tan inquietante escenario?

La amenaza yihadista que se cierne sobre el Viejo Continente y el enorme flujo migratorio hacia Europa de miles y miles de refugiados procedentes de países como Siria, Irak, Afganistán -e incluso del norte de Africa-, han actuado como espoleta de una bomba a punto de estallar. Familias enteras, niños incluidos, huyendo de la gravísima situación interna que padecen sus países de origen y arriesgando la vida en peligrosísimas travesías por el Mediterráneo, entran de forma descontrolada a través de Grecia, y de ahí prosiguen penosamente y a la desesperada hacia el centro del continente deambulando por carreteras y caminos.

Se levantan a toda prisa barricadas con alambre de espino en las fronteras entre algunos países, como Hungría con sus vecinos, para evitar que los refugiados avancen, o se les confiscan bienes de valor que llevan consigo para pagarse la estancia mientras permanezcan en esos países, caso de Dinamarca. La “vieja y civilizada” Europa ha entrado en modo pánico. Sin embargo la situación es humillante e inadmisible para quienes se juegan la vida buscando un futuro en paz.

El propio Código Schengen permite el restablecimiento de controles en los límites fronterizos internos de la UE para situaciones excepcionales, por ejemplo en casos de delincuencia transfronteriza o cuando la integridad y seguridad del estado que adopta la medida está en grave riesgo, y siempre de manera temporal. En este momento varios estados, entre ellos Alemania, Austria o Suecia, tienen suspendido hasta el mes de mayo próximo la vigencia de Schengen y entrar en ellos está sujeto a control fronterizo.

Pero no es todo. El mismo Código Schengen contiene un mecanismo en su artículo 26 que permite ir más allá y prorrogar esa medida, en principio excepcional, hasta los dos años, medida a la que se han agarrado muchos estados suscriptores de Schengen presos del miedo. Y ahí radica el peligro. Esa temporalidad podría enquistarse con el paso de los meses o años y no regresar más a la situación inicial de normalidad, a esa plena libertad de movimiento en el interior de Europa.

gorizia-piazzale della transalpinaFrontera entre Italia y Eslovenia

La clave de todo este embrollo de fronteras y controles está en la puerta de entrada a ese espacio común europeo, la llamada frontera exterior. Allí es donde debiera ponerse toda la diligencia y eficacia posibles para cribar el colosal flujo migratorio y permitir la entrada de forma ordenada al ansiado paraíso continental.

Todos miran en este sentido hacia Grecia, encargada de custodiar esa pared exterior“. El país heleno se siente desbordado en la delicada misión, casi imposible, de registrar, identificar y procesar todas las solicitudes de entrada y asilo. Con un draconiano ajuste del gasto público que le ha venido impuesto precisamente desde la UE para saldar su rescate financiero, realizar correctamente los deberes que le exigen a Grecia desde Bruselas no es tarea sencilla. Países como Austria piden ya abiertamente que los griegos se vayan de Schengen.

La pelota, como decimos por aquí, está en el tejado de la Comisión Europea -el gobierno de la UE– que va a conminar a Grecia a que cumpla con sus obligaciones y subsane en tres meses todas las deficiencias detectadas en esa frontera exterior que debe vigilar y controlar. De no cumplir con el ultimatum, el país heleno quedaría aislado y se desempolvarían los puestos fronterizos en el interior del territorio Schengen por el plazo ya señalado, y peligroso, de hasta dos años.

La solución a todo este gravísimo problema no es fácil. Conciliar los valores tradicionales de libertad y solidaridad que imperan en la Vieja Europa, con la samaritana labor de acoger al perseguido, al exiliado, al refugiado que llama a las puertas europeas se antoja ahora mismo muy complicado. En los mentideros políticos de Bruselas, la capital de ese gallinero burocrático casi ingobernable que se conoce como Unión Europea, se disparan los rumores. Empieza a cundir el desánimo y existe una sensación de frustración y final de época.

Sin la altura de miras y coraje político exigibles en estos momentos a quienes dirigen las instituciones europeas, y de paso a los países que las sustentan, tal vez sea inevitable el colapso. El tiempo dirá si la incompetencia de los europeos termina con el sueño de Schengen y de la propia UE.

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