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Corría el año 70 después de Cristo y el emperador Vespasiano tomaba la decisión de dotar a Roma, la capital del Imperio Romano, de un símbolo digno de su grandeza y poderío. Vespasiano no pudo ver concluída su obra y una década después el anfiteatro más conocido del mundo (posiblemente) lo concluiría su hijo y sucesor, el emperador Tito. En sus días de mayor gloria llegó a albergar a unas 50 mil almas que asistían enfervorizadas y extasiadas a las famosas luchas entre gladiadores, cuando no contra fieras ávidas de sangre.

El programa se podía completar con ejecuciones públicas, caza de animales, recreación de famosas batallas navales o representaciones mitológicas. Un lugar pensado para el esparcimiento del pueblo, ávido igualmente de macabros espectáculos que provocaban un delirante e incomprensible deleite y placer sobre los asistentes.

coliseo-1El Coliseo de Roma

El Colosseum, Coliseo en español, es -con permiso de otros monumentos romanos- el icono más reconocible de la Ciudad Eterna, como lo fue durante sus activos quinientos años de vida para aquel imperio que en su momento de mayor gloria, durante el mandato de Trajano, se extendió como una mancha de aceite por buena parte de la Europa continental, además de Britannia -lo que hoy es Inglaterra y Gales en el Reino Unido-, norte de África y el actual Oriente Medio hasta el mar Caspio y el Golfo Pérsico.

El Coliseo tuvo que lidiar en sus primeros siglos de existencia con incendios y algún terremoto para resurgir de nuevo y servir fielmente a su inicial propósito. Pero el esplendor del edificio daría paso tras la Alta Edad Media a un declive y decadencia, entre más terremotos y desgracias, que lo convertirían en cementerio, refugio, fábrica, o fortaleza, cambiando con frecuencia de manos y dueños. Fue así que la Iglesia lo recuperaría en los inicios del siglo XIV y llegaría a erigirlo en lugar santo, con Via Crucis incluído, siglos después.

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El agitado devenir del Coliseo tuvo un punto álgido tras el terremoto de 1349, momento en el que se vio sometido a un expolio en toda regla y el consiguiente estado de abandono. La enorme cantidad de piedras que se desprendieron de su estructura con el movimiento telúrico se reutilizaron para levantar numerosos edificios romanos, como hospitales, palacios o iglesias.

El mismísimo Vaticano se beneficiaría por entonces de la desgracia del Coliseo, convertido así en una auténtica cantera y víctima de picapedreros sin escrúpulos que se cebaron con el interior. Más tarde vendría el expolio del travertino, la maravillosa piedra calcárea ornamental que recubría el Coliseo, reutilizada después en más edificios nobles de la ciudad. Incluso sirvió a comienzos del XVIII para la construcción del puerto de Ripetta, en la ribera del Tiber a su paso por Roma, y demolido casi un par de siglos después.

Habría que esperar hasta el pontificado de Benedicto XIV, a mediados del siglo XVIII, cuando el papa consagró el monumento como santuario en memoria de los cristianos que fueron martirizados en este sangriento escenario. El vínculo espiritual entre Coliseo y cristiandad se convirtió, a partir de entonces, en sólido e incuestionable y el monumento empezaría a vivir momentos de aparente calma, deteniéndose su imparable deterioro.

Durante el XIX sucesivas obras de estabilización lograron mantener el edificio en pie y evitar su casi seguro derrumbamiento; si bien en las últimas décadas ha saltado periódicamente a los titulares por el desprendimiento de alguna que otra piedra de sus viejos muros.

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El icónico monumento romano, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980, es noticia estos días y si tenemos la opotunidad de visitar la capital italiana comprenderemos el motivo. Después de tres años de trabajos de restauración y rehabilitación -con financiación privada e incentivos fiscales por parte del gobierno italiano- el Coliseo de Roma, uno de los mayores símbolos de la antiguedad clásica, luce ahora soberbio y con un esplendor digno de todos los dioses del Olimpo juntos.

La tarea ha sido ardua y muy minuciosa. A lo largo de dos fases en el tiempo se ha logrado, por un lado, limpiar la suciedad acumulada durante siglos sobre la piedra, utilizando para ello agua atomizada, un método que no daña la superficie, y por otro lado, cuando los tonos crema del travertino quedaron al descubierto, localizar los daños estructurales del grandioso monumento y proceder a su posterior reparación.

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La última etapa de este auténtico “lifting” integral sobre el sufrido Coliseo será cubrir de arena todo el óvalo interior, la plataforma que servía de escenario para aquellos cruentos espectáculos del siglo I en adelante y que hoy deja ver, no sin estremecernos, el laberinto de túneles y mazmorras del subsuelo donde esperaban gladiadores, fieras y condenados antes de subir a escena. Así se acercará más a su aspecto original, aunque manteniendo la herencia de esa geometría discontinua por el paso de los siglos.

La sensación entonces, cuando nos situemos en el centro de la arena, será cautivadora, casi hipnótica, y nos sentiremos presos de la historia. O muy cerca.

Fotos vía Pixabay

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