Es altamente probable que si sois asiduos del avión para moveros de un lado a otro del planeta hayáis padecido la situación que hoy protagoniza esta entrada: helarse de frío en el interior de la cabina de pasajeros de un avión comercial.

A mi me ha ocurrido en diversas ocasiones y en realidad da lo mismo la duración del vuelo. El problema es que si se trata de un vuelo de larga distancia, lo que debería ser un apacible viaje disfrutando de las vistas o del “maravilloso” café que sirven a bordo -siempre que no padezcamos, claro, de aerofobia o pánico a volar-, éste al final se convierte en una auténtica pesadilla.

Me ha pasado durante mi reciente viaje desde España hacia tierras de Malasia, en el sudeste asiático. Ahí al lado, vamos. Volé con una conocida compañía del Golfo Pérsico y por poco acabo con un catarro del quince. Y es que desde el instante en que te acoplas en tu reducido asiento y te autoinmovilizas -casi- con el cinturón de seguridad, una sensación de frío siberiano -otra vez casi- empieza a recorrer tu cuerpo desde el cabello más fino de tu cabeza hasta la punta del dedo gordo del pie derecho. Y no solo lo recorre. Se mete hasta la médula. Tremendo oye. Una tortura.

landingUn avión toma tierra en algún punto del planeta

En los cuatro saltos que tuve que dar para llegar hasta Malasia y volver desde allí fui sentado en asiento de pasillo, una manía mía ésta del pasillo como otra cualquiera, y por más que me abrigaba desde las orejas a los pies con dos mantitas de esas para jugar con muñecas que te proporciona la auxiliar de vuelo, no conseguía sacudirme el tremendo frío que se había apoderado del avión.

No es que lo pasara mal. Fue lo siguiente. De acuerdo. Soy algo friolero, pero que el 95 por ciento del pasaje fuese abrigado con mantas, chaquetas de manga larga, gorras, calcetines extra y no sé cuántas prendas más para tratar de mantener el frio a raya, quiere decir que yo no era el “rarito” del grupo.

Mi pregunta entonces es: ¿por qué diantres hay que llevar una temperatura tan gélida en el interior de los aviones mientras están en plena faena, o sea, volando?

Tan medio traumatizado quedé con esta última experiencia en los aires que me puse a buscar por ese vasto océano de internet para ver si alguien ponía un poco de cordura en este asunto y encontraba el motivo por el que los aviones llegan a ser auténticas neveras volantes. Y después de hacer una criba he averiguado algo interesante. Según parece los culpables de que nos congelemos ahí arriba son… ¡los/as auxiliares de vuelo!.

Sí, ellos y solo ellos que no paran de moverse por el interior del avión para servirnos esos exquisitos menús o vendernos unas fragancias libres de impuestos mientras volamos. Parece ser, mire usted, que ellos ¡tienen calor! mientras curran para nosotros, y para que no se nos sofoquen demasiado bajan los termostatos a niveles que quienes vamos sentados casi nos hacen perder la sensibilidad en la punta de los dedos. Verídico. A mi me ha pasado en este viaje mientras sobrevolábamos el Índico y trataba de comer algo. Mano derecha, dedos medio y anular con hormigueo. Un horror.

Esta es la versión mayoritaria. Otras versiones apuntan a que ese frio desmesurado dentro de los aviones evita males colaterales, como por ejemplo mareos y los consiguientes y siempre desagradables vómitos del pasaje, sobre todo si el afectado se sienta justo a tu lado. Cualquiera sabe a estas (esas) alturas.

img_002A bordo de un Airbus A330-300 de la compañía Iberia

Resumiendo amigos y amigas del blog. Tres consejillos fáciles si vamos a viajar en avión y sobre todo si el viajecito va a durar un rato largo:

1- Meted en vuestro equipaje de mano cualquier chaqueta o prenda de manga larga, y si puede ser térmica pues mejor. Bufanda y gorro no irían mal, aunque son opcionales. Y por supuesto nada de pantaloncitos cortos y calzado abierto, como hice yo porque viajaba a un país tropical de cálidas playas, húmedos manglares y moderna capital. Craso error.
2- Elegid siempre que podáis asientos de pasillo. Los de ventanilla son todavía más frios al estar muy cerca del fuselaje exterior donde lo normal es que al otro lado del cristal la temperatura, a 12 mil metros de altura, sea de unos 50 grados centígrados bajo cero. Además el traicionero aire acondicionado se libera precisamente en esos asientos, justo encima de nuestras cabezas. Ahora me doy cuenta de que mi manía por estos asientos tenía una justificación que ni yo mismo conocía  🙂
3- Si podéis, aunque siempre es más ruidoso, sentaos lo más atrás que podáis en el avión. El maldito y helador aire circula de adelante hacia atrás y cuando nos llegue lo hará “suavizado” ligeramente.

Espero que este post sirva para evitar indeseables experiencias cuando vamos o venimos de vacaciones y lo hacemos en un bonito avión cargado, eso sí, de traicionero aire polar.

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