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Es uno de los acontecimientos anuales en el País del Sol Naciente; corrijo, es el acontecimiento del año en Japón, uno de los mayores símbolos de su milenaria cultura. Cuando llega la primavera todo el país se ve sacudido por una explosión de color, el mismo que irradian las delicadas flores blancas y violáceas que brotan de los millones de cerezos – 桜 “sakura” en japonés- que salpican el suelo de la geografía nipona de norte a sur. Y es precisamente en el sur, en Okinawa, donde comienza este bellísimo espectáculo a mediados del mes de marzo.

Cerezo en flor, “sakura”, en el País del Sol Naciente

Poco a poco la floración se va extendiendo al resto del país, en función de la latitud y por tanto del clima local, en un lento viaje que va recorriendo el archipiélago nipón en dirección norte hasta terminar en la más septentrional de las islas, en Hokkaido, hacia la segunda mitad del mes de abril. Este acontecimiento de la naturaleza es el anuncio del fin del invierno y la llegada de un clima más benigno y agradable al país del Trono del Crisantemo. La llegada, en definitiva, de la primavera.

En Japón, en cualquier lugar, por remoto que sea, existe una auténtica veneración por los cerezos en flor, por su contemplación, lo que aquí se conoce como “hanami“, 花見 -literalmente “ver flores”-; una celebración que congrega a la práctica totalidad de la población nipona desde la época Nara, en el siglo VII.

Tal es la importancia del “hanami” que la agencia meteorológica nacional emite boletines específicos –sakurazensen– durante esta época del año para que propios y foráneos sepan el momento idóneo durante el cual la “sakura” estará en su máximo apogeo. Normalmente entre diez y quince días. Efímero, pero muy intenso.

Todo un acontecimiento social que reune, sobre todo en los parques públicos, a familias enteras que pasan la jornada disfrutando de un picnic bajo la espectacular bóveda creada por la infinidad de flores que cubren las ramas de los cerezos.

La “sakura” en Tokio, capital de Japón

Y no solo familias, también estudiantes de cualquier edad, grupos de amigos y personal de oficinas y empresas que hacen un alto en su apretada agenda laboral para unirse a esta devoción colectiva, por lo que hacerse un hueco bajo esas primorosas nubes de tonos blanquecinos y rosáceos no resulta nada fácil; al contrario, a veces se producen pequeñas tensiones por conseguir un trocito de suelo y eso conlleva plantarse allí desde primera hora de la mañana para reservar sitio y aferrarse a él. Nadie, absolutamente nadie quiere perderse el espectáculo del “hanami” en Japón.

El “hanami” tiene connotaciones filosóficas y religiosas enraizadas en el sintoísmo y el budismo, mayoritarios en Japón. El primero otorga un lugar central a la veneración de la naturaleza; el segundo incide en lo efímero de la existencia. La “sakura”, el cerezo en flor, responde así perfectamente a ambas premisas.

Pero la “sakura” también tiene relación con el mundo samurái y su código ético, el bushido. Esta legendaria casta de guerreros, surgida en el Japón de los albores del siglo IX, se identificaba de manera casi mimética con la flor del cerezo; de hecho era su emblema. Un samurái estaba dispuesto a morir en su plenitud de vida, sin envejecer, o marchitarse, tal como le ocurre a la flor del cerezo que durante su esplendor en la rama del árbol es despojada de él por el viento y arrastrada hasta caer al suelo. Toda una metáfora existencial que ambos, samurái y sakura, llevaban hasta sus últimas consecuencias.

Si estáis en Japón, en concreto en la isla de Honshu, éstos son algunos de los lugares donde podréis asistir a este auténtico e inimitable espectáculo que brinda la naturaleza, solo una vez al año:

“Hanami” en el Parque Ueno de Tokio

(Foto vía Wikipedia Commons)

En Tokio, la capital del país. De obligado precepto acudir al animadísimo parque Yoyogi, estación Harajuku de la línea Yamanote (muy recomendada para vuestros desplazamientos en la ciudad), al lado del Santuario Meiji, en el distrito de Shibuya; el parque Ueno, junto a la estación del mismo nombre, con más de mil cerezos y varios museos en su interior, además de un zoo y el santuario Toshogu, del siglo XVII. Por último el Jardín Nacional Shinjuku Gyoen, estaciones Shinjuku Gyoen-mae o Shijuku Sanchome (hay más accesos), un cuidadísimo espacio verde que se extiende por los distritos de Shinjuku y Shibuya, donde bicicletas, mascotas y bebidas alcohólicas están prohibidas. En este exquisito jardín se combinan sabiamente el estilo francés, inglés y japonés, y alberga unos mil seiscientos ejemplares de cerezo en flor que esperan allí para extasiar el sentido de la vista a cualquiera que se acerque a contemplarlos.

En la antigua capital imperial, Kioto, podemos -y debemos- asistir para celebrar el “hanami” en el parque Maruyama, el más antiguo de la ciudad, con su precioso jardín japonés de estilo Kaiju-shiki, muy cerca del popular barrio de Gion y con el santuario de Yasaka en el lado oriental del parque. Tiene unos ochocientos ejemplares de cerezo, algunos de la variedad Gion Shidare-zakura que cubren por completo el árbol.

Parque del Castillo de Osaka

Si viajáis a Osaka, vuestro lugar para ir al encuentro del cerezo en flor está en los jardines del popular parque público del castillo; y si estáis de paso en Nara, el parque del mismo nombre -que oferta al visitante un museo, dos templos, un santuario y da cobijo a más de un millar de ciervos shika en plena libertad, considerados además como “tesoro nacional”-, será el lugar perfecto para disfrutar en vivo de la “sakura” 🙂

Fotos portal Pixabay.com

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