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Es Dos de Mayo. Hoy este blog llega a su tercer año de vida, con energía y deseos de continuar en ese empeño que su autor tiene por la divulgación del siempre apasionante universo viajero. Nunca, y lo digo con sinceridad, pensé que ” La Mochila de Marco Polo” tendría el recorrido que ha tenido hasta la fecha. Lo que nació como mero pasatiempo se ha convertido en una criatura muy querida para mí; humilde criatura que intento cuidar y mimar en lo que mis posibilidades me permiten.

Y hoy, en esta efeméride especial, vuelvo a poner los pies en un aeropuerto para iniciar una nueva aventura fuera de las fronteras españolas. Esta vez el destino se encuentra dentro de Europa, pero se trata de un lugar bastante desconocido, enigmático y que entraña cierta dificultad para adentrarse en él. Esta vez mi meta está en la siempre compleja y convulsa península de los Balcanes. Esta vez me espera… la República de Albania.

Mapa de Albania

En cierta ocasión leí en un blog la mejor y más certera definición que podemos encontrar de este país. “Albania ha sido siempre el verso suelto de Europa. Un verso sin el que no se puede entender ni completar el poema que es Europa.” Imposible resumir mejor en un par de frases la esencia de este pequeño estado balcánico, situado a medio camino entre Grecia y la extinta Yugoslavia.

Albania es un mundo aparte, una anomalía, una excepción dentro del Viejo Continente. Cuando aterrizamos en este bello país hay que dejar de lado los convencionalismos a los que estamos acostumbrados en el resto de Europa. Aquí, en Albania, todo gravita en su propia órbita. Y esto no es más que el resultado de la funesta herencia de más de cuarenta años recibida de un régimen político autárquico que anquilosó, aisló y empobreció de forma contumaz a todo un país.

Bandera de la República de Albania

Enver Hoxha, nacido en 1908 dentro de una próspera familia albanesa tosk que comerciaba con el textil, estudió y se educó en el prestigioso Liceo de Korçë para luego trasladarse a Francia y matricularse en la Sorbona de París. Ya en la capital gala empezaría a apuntar maneras asistiendo a charlas del Partido Comunista francés y escribiendo en L´Humanité. Aquí, en Francia, empezaría su fascinación por el marxismo y su desmesurada devoción por el dictador bolchevique Josef Stalin. En Paris, y más tarde desde el consulado albanés en Bruselas, donde trabajó como secretario hasta su expulsión en 1936, fraguaría el germen de una feroz dictadura ateo comunista que implantaría en la República Popular de Albania surgida tras la retirada fascista italiana e invasión nazi posterior, ya en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Resulta cuanto menos curioso. Hoxha participó en la Guerra Civil Española como brigadista internacional y la vena guerrillera la trasladaría después a su país, donde organizó la resistencia partisana que combatiría la ocupación alemana hasta su término. Así Albania, de la firme mano de Hoxha, entraría en 1944 en un lúgubre y siniestro túnel del tiempo del que ya no saldría hasta la caída por efecto dominó del comunismo en toda la Europa Oriental, a comienzos de los noventa del siglo pasado; si bien Albania, ya desaparecido el dictador en 1985, vivió el desmoronamiento del régimen en manos de Ramiz Alia, su sucesor, con cierto retraso.

Enver Hoxha, en la cima del poder. Autor Forrásjelölés Hasonló, CC BY-SA 3.0

La Albania de hoy, veinticinco años después de la ruptura con su aciago pasado, todavía adolece de los males inoculados por la ortodoxia marxista de Enver Hoxha en el tejido social y económico del país. Hoxha rompió sucesivamente con la Yugoslavia del mariscal Josip Broz Tito en 1950 por desavenencias en política comercial surgidas de una excesiva subordinación hacia los yugoslavos; con la Unión Soviética de Nikita Jrushchov en 1961, a quien consideraba, como sucesor de su idolatrado Stalin, antimarxista, derrotista y revisionista, un desestalinizador en toda regla, un traidor.

Y por último también se divorció de la China post Mao en 1976, debido al acercamiento que el gigante asiático experimentó hacia la Yugoslavia de Tito. Mao era otro estalinista convencido como Hoxha, y por tanto el entendimiento entre ambos no conocía fisuras. Con los nuevos inquilinos instalados en Pekín, la situación cambió de forma radical y la ruptura no se hizo esperar.

Catedral ortodoxa de la Resurrección de Cristo en Korçë

Rotos los lazos con las potencias socialistas que podían ser afines, Albania desapareció del mapa. Represión social con la ayuda inestimable de la “Sigurimi”, la policía secreta del estado; propaganda activa del ateísmo de Estado y censura informativa. El cóctel perfecto para un aislamiento total. La paranoia obsesiva de Hoxha con una posible invasión externa le llevó a construir unos 750 mil búnkeres repartidos por todo el país. Toda la geografía albanesa se vio invadida; sí, pero de pequeñas setas hormigonadas que brotaron del suelo como una epidemia. Todavía hoy perviven alrededor de medio millón de ellas como testigos del pasado, desempeñando funciones de lo más variopinto, desde almacenes de grano a cafés con aroma rústico. Con todo, muchos han sido abandonados a su suerte.

Albania, conocida en lengua local como Shqipëria -“Tierra de las Águilas”-, con una extensión similar a la de Bélgica, que da cobijo a unos tres millones de fieles, abarcando musulmanes –un 70%- y cristianos -30%, entre ortodoxos y católicos-, ha sido pasto de diversas invasiones protagonizadas por bizantinos, griegos, romanos y otomanos, escribiendo así su dilatada y agitada historia. Fueron sin duda los otomanos, que se quedaron en este bello rincón del Adriático en plan “okupa” a lo largo de siete interminables siglos hasta que su imperio colapsó en 1912, dando paso a la nueva Albania independiente, quienes más huella han dejado en el país balcánico.

Iglesia católica de Theth, en los Alpes Albaneses, al norte del país

Huellas producto de heridas infligidas por unos y otros y cicatrices derivadas de las primeras. Todo lo cual ha dado lugar a una nación cuyos ciudadanos han sabido recoger e integrar como nadie dentro de la Vieja Europa, y de manera casi ejemplar, el legado recibido. De ahí la singularidad albanesa, proyectada en sus tradiciones, en su cultura, en su convivencia, en su tolerancia y en su modo de ver o enfrentar la vida.

El punto negro y final de este verso suelto que es Albania lo escribió Enver Hoxha llevando al país a una situación crítica de miseria y falta de libertades, sumiéndolo en un tenebroso oscurantismo del que por fortuna va saliendo cinco lustros más tarde y que a punto estuvo de suponer su destrucción. En paralelo, y como paradoja de que a veces lo malo puede traer algo bueno, el país se ha preservado de manera casi intacta.

Playas de aspecto vírginal a lo largo del litoral adriático (a excepción de la abigarrada Riviera Albanesa, en el sur, a orillas del mar Jónico), montañas y valles de postal en el norte, ciudades encantadas y marcadas por la huella de otras civilizaciones, antiquísimos lagos como el Orhid, compartido con la vecina Macedonia, impresionantes restos arqueológicos en Butrinto, la pequeña Troya… la lista es larga y muy atractiva para el inquieto y solitario viajero.

Riviera Albanesa

Albania, el país de las águilas que surcan los cielos sobre las montañas blancas, es mi próximo destino…

Fotos de Dominio Público vía Pixabay.com

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