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He desembarcado en Tirana, Tiranë en lengua local, la capital desde 1912 y principal puerta de entrada a este pequeño estado balcánico llamado Albania. Con algo más de medio millón de habitantes, es el claro centro político, cultural y financiero de la pequeña república. Para un país eminentemente agrario y rural, Tirana insufla una buena dosis de aire urbanita y cierta modernidad, convirtiendo así a la capital en una excepción dentro del país.

Tirana, capital de Albania

Poco o casi nada queda en la ciudad de su grueso y rico pasado otomano que se prolongó durante casi siete siglos. Con la invasión fascista italiana de 1939, la ciudad empezaría un cambio radical. Uno de los arquitectos de cabecera del “Duce”, Florestano di Fausto, transformó el centro histórico a base de amplios bulevares y recios edificios estatales en estilo neorrenacentista, al que se uniría más tarde el horrendo y grisáceo estilo estalinista importado por Enver Hoxha y su férrea dictadura marxista-leninista que se extendería desde 1944 y por más de cuatro décadas. Todo lo cual no impediría hablar de un cierto estilo propio, derivado del aislamiento y la singularidad del régimen político impuesto por Hoxha; una suerte de adaptación arquitectónica a la albanesa. Esto vendría a traducirse en una capital que en el fondo, y aunque guarda un aire, se parece poco a sus homólogas de la antigua Europa Oriental, aquella que surgió tras el temible Telón de Acero.

Bulevar Dëshmorët e Kombit de Tirana

Durante ese largo y oscuro lapso de “democracia popular”, y como ocurriría en otros estados socialistas del este de Europa con sus capitales, mucha gente emigró desde el campo a la capital en busca de mejores condiciones de vida. Tirana experimentó un fuerte crecimiento demográfico lo que acarreó que se edificara de forma bastante descontrolada para acoger a los nuevos vecinos. Fenómeno que se vería agravado a partir de 1992 con la llegada de la democracia. A partir de ese momento la ciudad “engordó” todavía más. Se cuadruplicó su población, se empezó a construir de manera ilegal utilizando sin rubor suelo de uso público y se creó una caótica malla viaria a la que por faltar hasta le falta en muchos casos nombre para las calles y semáforos para regular el ya de por sí caótico y contaminante tráfico de la capital.

Moderno complejo comercial Toptani, en el centro de Tirana

Pero la nueva etapa democrática también ha traído consigo modernidad y algo de globalización. Junto a novísimos rascacielos y modernas áreas comerciales, las viejas y desangeladas edificaciones de corte comunista se están viendo sometidas, de la mano del ayuntamiento capitalino, a todo un proceso de lavado de cara, con el pintado de las fachadas en llamativos colores, lo que -aunque de manera un tanto artificiosa- se traduce ahora en edificios de aspecto algo más acogedor y amigable. Por otro lado el municipio también se ha embarcado en la firme tarea de recuperar zonas verdes para uso y disfrute de la ciudadanía local y foránea, cuestión que siempre es de agradecer, en especial por los primeros. En definitiva la ciudad camina muy lenta, pero segura, hacia un nuevo status algo más sostenible y saludable, donde se está intentando integrar pasado y futuro de la mejor manera posible.

Viejos edificios comunistas descompuestos por el paso del tiempo…… junto a otros rejuvenecidos con un “restyling”

Descubriendo la capital

El corazón Tirana se encuentra en la plaza Skanderbeg, nombre que honra tributo al legendario héroe nacional que combatió con tenacidad a los otomanos a mediados del siglo XV y que se ve recompensado, además, con una estatua ecuestre suya presidiendo la plaza desde 1968. Aquí se encontraba precisamente el casco histórico otomano, pero a comienzos de los sesenta del siglo pasado toda esta área sufrió un cambio radical y crítico. Se derribaron la casi totalidad de los edificios existentes y se abrió un enorme espacio para dar cabida a otros nuevos, más acordes con la ortodoxia de corte marxista imperante en el poder.

Estatua ecuestre del héroe Skanderbeg

Fue entonces cuando se levantaron el completísimo Museo Nacional de Historia, el más grande del país, con su descomunal mural-mosaico en la fachada conocido como “Los Albaneses”; y el Palacio de la Cultura, actual Teatro de la Ópera y Ballet Nacional, en los terrenos que en otro tiempo ocupara el Bazar Viejo. El palacio fue un regalo de la Unión Soviética y se finalizó en 1963, cuando ya se había oficializado el divorcio entre los dos países.

Museo Nacional de HistoriaPalacio de la Cultura, en el centro de la foto

Pero la plaza Skanderbeg acoge otros puntos interesantísimos que no debemos perder de vista. Por ejemplo la preciosa mezquita Et’hem Bey, de fines del siglo XVIII, con una decoración exterior a base de pinturas y ornamentos que se fijan en la naturaleza, algo muy poco usual en el arte islámico. Esta mezquita es la única edificación de la era otomana que se salvó en la plaza tras la tabla rasa que impusieron las autoridades comunistas del momento. La constitución albanesa dictaminaba el ateísmo de Estado y no se reconocía ninguna religión; es más, cualquier manifestación religiosa era objeto de una durísima persecución y represión. Los edificios de cualquier confesión fueron destruidos y borrados del mapa, de ahí que la mezquita Et´hem Bey sea una reliquia única en su género, un tesoro histórico y religioso, un auténtico superviviente.

Mezquita Et´hem Bey y la Torre del Reloj

El minarete de Et´hem Bey comparte vecindad con otro prestigioso inquilino pues a su lado se levanta la Torre del Reloj, de 1830; una magnífica atalaya de 35 metros de altitud para observar buena parte del centro de la ciudad desde allá arriba. El reloj es de origen alemán, muy moderno para la época, y fue comprado por el estado albanés en 1928. La torre, por su parte, fue construida y finalizada con la ayuda económica de las familias más pudientes de Tirana.

Edificio del Ministerio de Industria y Energía, en el cierre sur de la plaza de SkanderbegEdificio de la Universidad, el punto final del bulevar Dëshmoret e Kombit

Skanderbeg  se cierra por su flanco sur con un espléndido arco formado por varios edificios oficiales de la época de ocupación fascista, para conectar a continuación con el magnífico bulevar Dëshmorët e Kombit; la gran arteria que nos conduce en perfecta línea recta hasta los tres arcos de la Universidad Politécnica, en otra plaza muy abierta: Madre Teresa. Por el camino nos regala algunas sorpresas, como el animado Rinia; el parque público central de Tirana, que data de 1950. Frente al parque, en la acera opuesta se levanta la Galería Nacional de Arte, inaugurada en 1974.

Parque Rinia de TiranaGalería Nacional de Arte

Unos metros más al sur de la galería, y cruzando el raquítico río Lana, nos toparemos con una de las sicodelias más extravagantes de la ciudad: la famosa Pirámide de Tirana. Un edificio con aire futurista diseñado, para mayor gloria suya, por la hija del dictador, Pranvera Hoxha. En su día estuvo revestido de mármol y hoy brilla por la ausencia del mismo. El tiempo ha actuado sin piedad con él y el estado de abandono, según épocas, casi total. Ha tenido usos de lo más variopinto, como museo, centro para operaciones de tipo humanitario, discoteca… pero el disfrute más extendido -y peligroso- ha sido y es el de inmenso tobogán para quinceañeros.

Pirámide de Tirana

Y ya antes de llegar al punto final del espacioso bulevar, mirándose casi de reojo, dos edificios: el Palacio de Congresos, proyectado y construido en los años 80 del siglo XX como símbolo de la ideología comunista y expresión autoritaria de un régimen; y el conocido popularmente como Palacio de las Brigadas, actual Palacio Presidencial, mandado construir en estilo modernista por el rey Zogu I en 1936 para servir como su residencia. Sin embargo, poco después la familia real tuvo que huir precipitadamente del país ante la llegada de las huestes invasoras fascistas de Mussolini en 1939. Recuperado por los partisanos que liberaron el país tras la Segunda Guerra Mundial, le devolvieron el nombre de las Brigadas hasta la caída del régimen comunista, cuando pasó a ser residencia oficial del Presidente de la República, adquiriendo su vigente denominación.

Palacio de Congresos (arriba) y Palacio Presidencial (abajo)

Para detractores y nostálgicos de la república socialista popular

No abandonamos nuestro bulevar Dëshmorët e Kombit. A la altura de su intersección con la calle Ismail Qemali nos espera el Memorial Checkpoint como reconocido homenaje a las víctimas del comunismo. Justo a su entrada tenemos un fragmento del Muro de Berlín, catalogado como 28/40, regalo de la capital alemana al pueblo albanés, y a su izquierda un búnker que tuvo el dudoso honor de guardar la entrada principal al cercano bloque residencial donde vivió Enver Hoxha y buena parte de la gerontocracia del Partido del Trabajo entre 1945 y 1991. Para completar el memorial, unos metros más allá se conservan unas vigas de hormigón de las minas de Spaç, un campo de trabajos forzados donde iban a parar los presos políticos del régimen. Se mantuvo activo entre 1968 y 1990.

Memorial Checkpoint

El memorial sirve a su vez como puerta de acceso al distrito Blloku -Bloque-, la exclusiva zona de Tirana donde residía, como decía en el párrafo anterior, la élite del poder, incluido el mismísimo Enver Hoxha, y donde el resto de mortales no podía poner el pie. Ni decir tiene que la otrora zona vedada, hoy se ha convertido en lugar de paso obligado; un área donde, animados por la curiosidad, los visitantes se dejan caer con el reclamo de las numerosas tiendas, bares de copas y restaurantes que se han abierto por allí. Impensable hace un cuarto de siglo. Se puede ver –solo su exterior- la villa donde habitó el dictador si nos asomamos a la esquina de la calle Ismael Qemali con Ibrahim Rugova. No resulta difícil imaginar cómo vivía el “añorado” camarada presidente.

Villa residencial de Enver HoxhaCafé en el distrito de Blloku

Tirana es una ciudad dinámica, tolerante y joven, muy joven. Espejo de un difícil y convulso pasado pero abierta a un esperanzador futuro que ya está ahí. Un día o dos bastarán para tomarle el pulso…

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