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Amanezco en Pogradec, al este de Albania. No he abandonado el país, pero casi estoy tocando con las manos la Antigua República Yugoslava de Macedonia (FYROM, por sus siglas en inglés). Desde la ventana de mi hotel ahogo pensamientos en esta mañana soleada contemplando la inmensidad del lago que tengo frente a mí. Amanezco en esta esquina albanesa bañada por las plácidas aguas transparentes del lago Orhid.

Panorámica del lago Orhid desde Pogradec

La víspera había salido de la doblemente milenaria Berat. Un furgón minibús de aspecto algo destartalado me había llevado desde la “ciudad de las mil ventanas” hasta Elbasan, en el centro del país. Sin tiempo que perder camino unos cuatrocientos metros desde lo que parece una terminal de autobuses absolutamente surrealista, hasta una improvisada parada de furgonetas-taxi frente al estadio de fútbol.

Tras unos segundos de gestos con las manos y monosílabos en diferentes lenguas, apalabro destino y precio con el conductor. Me subo al taxi donde compartiré asiento apretado y bastante calor con otros nueve viajeros, todos del país. No hay tiempo para más. La furgoneta taxi arranca y salimos como alma que lleva el diablo dirección Pogradec. En Albania se viaja así, a golpe de improvisación y algo de regateo cuando las circunstancias lo requieren.

Orilla sur del lago Orhid en Pogradec

El lago Orhid, el principal motivo que me ha traído hasta este bello y un tanto escondido rincón de la geografía de Albania, es un tesoro en forma de óvalo que la naturaleza ha excavado en suelo calizo y se ha encargado de guardar entre montañas desde su formación hace unos cuatro millones de años.

Hoy contemplo esta arcaica y hermosa criatura de profundas aguas –casi trescientos metros en su punto más bajo- desde su ribera sur, en Pogradec, y la vista se pierde en la inmensidad hacia Struga, a unos treinta kilómetros, en el norte, ya en Macedonia, país con el que Albania comparte la propiedad del lago.

Lago Orhid desde Pogradec. Al fondo territorio de Macedonia

Pogradec es una ciudad desangelada, bastante sucia y anárquica. Su arquitectura de pasado comunista se deja notar muy mucho todavía en edificios que languidecen sin remedio al lado de otros de nuevo cuño y con los que el maridaje se antoja imposible. Es la primera impresión que te llevas cuando la furgoneta-taxi se adentra en las polvorientas calles de Pogradec y te deja en la Rruga (calle) Rinia. Al bajarte sientes la necesidad de buscar con premura el bálsamo, un bálsamo que no es otro que el lago.

Y cuando por fin llegas a él, se disipan todas las dudas y se evaporan todos los inconvenientes del largo y tedioso viaje entre cerradas curvas y rampas interminables. Es el momento de reconciliarse con el resto del mundo porque en verdad ha merecido la pena llegar hasta este apartado y escorado lugar del mapa albanés, hasta no hace mucho desconocido para los viajeros internacionales. Solo los albaneses, conocedores de lo que tenían dentro, llegaban aquí en masa para sacar partido de su propio patrimonio.

Jardines a orillas del lago Orhid en Pogradec 

Una vez en Pogradec se impone un plan rápido de actuación. El guion establece en primer lugar la búsqueda de hotel para pernoctar. Tarea sencilla. En la ciudad existen numerosos establecimientos para reposar nuestro cansado cuerpo, pero ya que nos ponemos, por favor, hay que alojarse a orillas del lago. Por el paseo de la ribera asoman varios hoteles, todos con buena apariencia externa y todos bastante asequibles para el bolsillo de un europeo occidental. Así pues, ¡fuera dudas y a darse un capricho con vistas a las aguas del Orhid!

Espectaculares vistas desde uno de los hoteles en primera línea

Acomodados y con las pertenencias a resguardo en nuestra habitación, ha llegado el momento de salir a empaparse de viejos edificios grises y destartalados repartidos por el interior del centro urbano, herencia de cuarenta y tantos años de comunismo estalinista en estado puro.

Sin embargo, y a pesar de su nulo valor estético, introducirse en ese oscuro túnel del tiempo y ponerse en la piel de personas, familias enteras que han vivido –y viven aún- en edificios sin alma, sin color, sin vida en definitiva, siempre es un sabio ejercicio de autoconciencia. En ese trance todo lo que tenemos por común y habitual en nuestro cómodo primer mundo, adquiere mucho más valor y aprecio.

Rancia arquitectura comunista en las calles de Pogradec

Con la retina impregnada de tanta decadencia arquitectónica propia de otros tiempos, sin duda peores, no deberíamos marcharnos de esta parte de la ciudad sin echar un vistazo antes al par de mezquitas y a la iglesia cristiana ortodoxa de Santa María que se levantan sobre este céntrico suelo.

Edificios religiosos, todos, que no atesoran una belleza extraordinaria ni tiempo de existencia a sus espaldas. Las purgas de otros tiempos vaciaron de vida y contenido todo lo que oliera a religioso, y tras el tenebroso agujero comunista dejado por el dictador Hoxha, tuvieron que renacer de sus cenizas, cuando no ser levantados nuevamente.

Iglesia ortodoxa de Santa María

Cumplida esta parte protocolaria de nuestro guion de visita a Pogradec, dejamos para el final el disfrute y deleite del lago. Verdaderamente el Orhid es un lugar de postal. Su inmensidad atrapa al instante y el color de sus aguas seduce al momento. Su leyenda de lugar prehistórico lo engrandece aún más pues tenemos la impresión de estar contemplando un ser absolutamente primitivo, una reliquia que nos ha llegado casi intacta hasta nuestros días.

No hay que perderse un paseo por su orilla al caer la tarde, cuando los habitantes de Pogradec, de cualquier edad, que aquí no hay distingos, salen, pasean tranquilamente, toman algo en cualquiera de las terrazas y se dejan ver. Y nosotros, cumpliendo fielmente el dicho popular que reza “donde fueres, haz lo que vieres”, nos unimos con gusto a la función.

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