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He regresado de mi reciente viaje por Albania, en el sureste de la siempre enigmática península de los Balcanes. El resultado ha sido una fascinante travesía por uno de los países más auténticos y genuinos que todavía quedan en Europa. Se puede seguir este interesante periplo albanés simplemente con pinchar sobre la etiqueta “Albania” del blog, o de este mismo post.

Nieve perenne en las montañas que emergen de suelo albanés

Albania, en mi opinión, sorprende por una suerte de virginidad y provincianismo que se entrelazan y empapan los cuatro puntos cardinales de su mapa. Es como si la modernidad y la globalización pasaran de puntillas por estas latitudes mediterráneas y dejaran aquí la dosis justa, manteniendo al país fijado en una especie de túnel temporal por el que ya hemos pasado otros europeos hace algún tiempo en nuestros respectivos países.

Junto a su desordenada y decadente capital, Tirana, este pequeño estado balcánico está bendecido por una naturaleza y una biodiversidad que podrían ser su principal activo si no fuera por el peligro que corren, a menos que cambien con urgencia algunas cosas. Altas cumbres en permanente color blanco, ríos de caprichoso cauce, bellos lagos enclaustrados entre montañas y fértiles valles inundan el paisaje, el mismo paisaje que es visible desde la ventanilla de nuestro vehículo, sea autobús, furgón o taxi, cuando nos movemos de un lado a otro del país. Un tesoro de postal al alcance de la mano.

Parque Natural Zheji, desde la carretera SH4

Sin embargo este idílico panorama es engañoso. Un par de datos. El setenta por ciento de la superficie de este pequeño estado es montañoso, con algunos picos que superan los dos mil metros de altura; una tercera parte de esa misma superficie está tapizada por apretados bosques y una rica y variada flora que incluye numerosas especies endémicas. Albania, por otro lado, país de tamaño similar a Bélgica, tiene declarados de manera oficial catorce parques nacionales. Pero esta declaración bien se podría decir que solo es sobre el papel ya que el estado y conservación de todos esos espacios, que gozarían de la máxima protección y vigilancia en cualquier otro país europeo, aquí sobre suelo albanés, simplemente son papel mojado. Falta de mantenimiento, tala ilegal y caza furtiva constituyen, por desgracia, el tridente letal que vacía de contenido cualquier declaración oficial de que no encontramos ante un espacio natural protegido.

Río Osum, con las montañas del Parque Nacional “Mali i Tomorrit” al fondo

Albania es una nación eminentemente rural, tradicional, de fuertes y arraigadas costumbres, no siempre acertadas, y este aspecto pesa muy mucho en la mentalidad de sus habitantes. Fuera de Tirana o Dürres, la segunda ciudad del país, la población está falta de una profunda sensibilización sobre el medio ambiente y lo que significa e implica su cuidado y defensa. Incluso en las ciudades mencionadas -y alguna más- es visible cierta desafección por parte de la ciudadanía hacia la separación y reciclado de la basura doméstica. Y todo a pesar de que sus ayuntamientos se esfuerzan en mentalizar a los vecinos de lo vital que resulta vivir en un ambiente urbano más salubre y saludable. Se han conseguido algunos avances, en especial en Tirana, desde que su carismático exalcalde, Edi Rama, hoy primer ministro del país, se involucrara en la tarea de transformar la ciudad y mejorarla en muchos aspectos, entre ellos la separación y recogida de residuos de cualquier naturaleza.

Canal Vivari, el desagüe natural del Lago Butrinto en el mar Jónico

Pero fuera de las urbes, en el campo, el panorama es desolador. Las orillas de los ríos están inudadas de plásticos, envases de cartón y aluminio vacíos, o bolsas con detritus medio desgarradas que conviven, sin que nadie lo impida, con el agua -turbia muchas veces- que discurre a escasos centímetros. En los márgenes de las carreteras, y a lo largo de kilómetros, se acumulan bolsas y bolsas de basura que languidecen sin remedio bajo el aplastante sol del verano o la impenitente humedad del invierno. Las cunetas son auténticos estercoleros que ofrecen un espectáculo impactante para el que viene de fuera, lo que se traduce en una imagen devastadora del país cara al exterior.

Cordillera Mali i Gribës, en el condado de Gjirokastër, al sur del país

En la profundidad de los nutridos bosques que forran el arrugado suelo albanés, la situación no es mejor. Los plásticos y restos de harapos se enredan sin piedad en las ramas de árboles y arbustos impidiendo su natural crecimiento. Mortal fotografía que, por supuesto, se repite en el interior de los, a priori, protegidos por el ministerio de Medio Ambiente, parques nacionales del pequeño país balcánico.

He omitido de forma deliverada la publicación de fotos reflejando este pernicioso escenario. No quiero abundar más en una imagen en exceso negativa hacia un país al que debo gratitud y respeto. Todo lo cual no es óbice para reclamar desde esta modesta ventana, a quien corresponda, un plan urgente que solucione el estado crítico en el que se encuentra la salud ecológica de este país llamado Albania.

La pequeña villa de Lin, a orillas del lago Orhid

Resulta irónico, por otra parte, que sus habitantes, los mismos que no ponen demasiada diligencia en eso del cuidado medioambiental, sean al tiempo el principal valor del país. Los albaneses son gente humilde, amable, servicial y muy amistosa. En ningún momento, y quiero recalcarlo, el viajero se sentirá desamparado o con sensación de peligro cuando se desplaza por Albania. Aunque viajemos en solitario, como es mi caso, siempre nos sentiremos arropados y seguros. Así es Albania. Con sus luces y sus sombras.

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