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La Guerra Fría acabó tras la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento posterior de todos los regímemes comunistas situados al otro lado del llamado “Telón de Acero”, justo al inicio de la década de los años noventa del siglo pasado.

En la llamada Europa Oriental van quedando ya pocos vestigios de aquellas décadas de plomo, recelo y temor hacia un conflicto nuclear que pudiera desencadenarse entre ambos lados de ese temible Telón de Acero. Sin embargo, en Albania quedan, como mudos testigos de delicados tiempos pasados, miles y miles de “setas” de hormigón que siembran el suelo del pequeño estado balcánico. Son los búnkeres que el dictador Enver Hoxha ordenó construir entre 1967 y 1986.

En la mente perturbadora y paranoica del dirigente comunista albanés se instaló la creencia de que su país podía ser invadido por fuerzas extranjeras. Recelaba de los Estados Unidos, por supuesto, pero también de la entonces Unión Soviética en manos de Nikita Kruschev, el sucesor de su idolatrado Josef Stalin. Hoxha no confiaba en absoluto en Kruschev por considerarle muy alejado de la ortodoxia estalinista y acabó rompiendo relaciones con el régimen soviético a comienzos de la década de los sesenta.

A partir de ese momento Hoxha se lanzó a la tarea de “bunkerizar” por completo el país construyendo unos 750 mil búnkeres. Dada la extensión de Albania, algo menos de 30 mil Km2, y su población -en torno a los tres millones de habitantes-, el promedio al terminar esta delirante e ingente obra de construcción fue de un búnker por cada cuatro habitantes, aproximadamente. Un despropósito.

Los búnkeres de Albania estuvieron en uso hasta 1991 cuando el régimen comunista albanés, dirigido en aquel momento por Ramiz Alia, el sucesor de Hoxha tras su muerte en 1985, colapsó y la República Socialista Popular pasó a mejor vida.

La bunkerización del país supuso un auténtico dispendio que provocó un desastre económico en el país. Con un severo régimen autárquico en el interior, las fronteras cerradas, aislado del exterior para el comercio internacional, con falta de materias primas, cortes de energía, escasez de divisas y alimentos, Albania entró en barrena. Un lastre que a día de hoy todavía está pasando factura al pequeño país.

Tras el negro periodo comunista, Albania abandonó la construcción de búnkeres. Debido a su recia consistencia, su destrucción siempre ha sido tarea complicada por lo que al final se ha optado por dejarlos donde están. Esto, paradójicamente, ha convertido a esta auténtica ensalada de setas que brotan del suelo en una curiosa atracción turística para los visitantes.

Se estima que actualmente podrían quedar medio millón de búnkeres repartidos por la geografía de Albania. Los hay de muy diferentes tamaños y están por todas partes. En el campo, en las ciudades, a orillas del mar, al borde de carreteras, en cementerios, en laderas y puertos de montaña…

Su uso, como resulta obvio, ya no guarda relación con su origen. Aunque muchos han sido abandonados, otros muchos se reutilizan hoy como almacenes, establos para animales, bodegas, despensas, vestidores, baños, cafés e incluso como alojamientos rurales. Sin olvidar los populares botellones entre jóvenes. Y no tan jóvenes.

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