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Tostada por el implacable sol del verano que siempre asola el sufrido y abnegado Alentejo portugués, se alza en medio de la áspera llanura ondulante la placentera y medieval ciudad de Évora. El sobrenombre de ciudad-museo, como es conocida, ya es toda una declaración de intenciones que por sí misma invita a hacer un alto en el camino hacia Lisboa, la capital de Portugal. Y es que Évora se encuentra a un centenar de kilómetros de la “Raya” -la frontera luso española- y a unos ciento treinta de la capital del país, ya en la desembocadura del río Tajo.

Paisaje de la región del Alentejo desde Évora

Recorrer las angostas calles adoquinadas de Évora supone realizar al mismo tiempo un seductor viaje a través de los siglos. Desde que los romanos se asentaran en estos lares allá por el año 57 a.C. bautizando el lugar como “Ebora Liberalitas Julia”, y hasta casi nuestros días, la ciudad ha sido acariciada y deseada por diversos pretendientes, eso sí, con muy diversa fortuna.

Évora vista desde las torres de la catedral

Tras los romanos llegarían los visigodos, quienes no dejaron precisamente buen recuerdo en la villa alentejana debido a las continuas incursiones de los bárbaros durante su mandato. Los árabes tomarían el relevo más tarde, en el año 715, redimiendo a Évora de la amarga huella visigoda, revitalizándola como importante centro comercial. Pero los cristianos, en su tenaz pugna por aplastar el dominio islámico sobre la península ibérica, lograron finalmente hacerse con el control de la ciudad en el siglo XII, convirtiéndola más adelante en un importante centro religioso y universitario de Portugal.

Palacio de D. Manuel

Será a partir del siglo XIV cuando Évora inicie su particular despegue, su auténtica edad de oro. Y en ello tuvo mucho que ver la casa reinante en Portugal en aquellos momentos, la dinastía Avis, cuyos reales miembros, empezando por Alfonso V, instalaron la corte precisamente aquí, en Évora. El palacio de D. Manuel, en el interior del Jardín Público, un parque construido entre 1863 y 1867 por iniciativa municipal sobre el terreno que anteriormente ocupaba la huerta real del palacio y el vecino convento de San Francisco, fue levantado en el siglo XIV y hoy lo único que subsiste del antiguo complejo palatino es un pabellón denominado la “Galería de las Damas”. Este pabellón alberga elementos característicos del gótico tardío, de influencia mudéjar, que se ensamblan en perfecta armonía con otros elementos renacentistas.

Galería de las Damas, lo único que sobrevive del antiguo complejo real

El palacio, o lo que queda de él, es todo un símbolo del decisivo papel que Évora jugó durante la próspera etapa monárquica, etapa que llegaría a su fin en 1580 cuando el rey cardenal D. Henrique muere sin dejar descendencia y el todopoderoso monarca español Felipe II se hace con el trono de Portugal. La corte abandona la ciudad y con ella desaparece el boato y la influencia del poder.

Évora entra así en una lánguida decadencia que, paradojas de la historia, la va a preservar y proteger. Es por ello que su centro histórico luce todavía hoy un atractivo esplendor, con sus murallas del siglo XIV, museos, palacios, iglesias, monasterios, blancas casas del siglo XVI adornadas con maravillosos balcones de hierro, como los que vemos en la rua -“calle” en portugués- 5 de Outubro; un tesoro que de otra manera difícilmente hubiera podido sobrevivir.

Fachadas con sus típicos balcones en la rua 5 de Outubro

Un centro histórico que tiene su punto neurálgico en la siempre animada y porticada Praça do Giraldo, la plaza del Giraldo; el lugar idóneo para comenzar la exploración de esta mágica ciudad que domina el Alto Alentejo portugués.

Ambiente nocturno en la Plaza de Giraldo

En la plaza ocupa un lugar prominente la querida, para los locales, fuente Henriquina -monumento nacional desde 1910-, a pocos metros de la bella iglesia de San Antón. Bajo los arcos de la plaza se esconden tiendas, librerías y cafés que permitirán al visitante resguardarse del implacable sol veraniego o del recio frío invernal.

Iglesia de San Antón y fuente Henriquina en la plaza de Giraldo

Alrededor de esta primorosa plaza gravita todo un ramillete de interesantísimos monumentos que inundan el casco viejo de Évora, un entresijo de callejuelas y edificios históricos encerrados dentro de sus murallas medievales.

No podemos salir de la ciudad sin detenernos en la Sé Catedral que nos recordará a una iglesia con influencias góticas, pero también a una fortaleza con el románico de sus contrafuertes del siglo XIII. El claustro gótico del siglo XIV es sencillamente soberbio, como soberbias son las vistas desde las torres a las que se asciende por una estrecha y algo peligrosa escalera de caracol.

La entrada a la catedral no es libre y cuesta 3,50 euros (dato de 2017) que dan derecho a visitar el interior, el claustro y las torres. La Sé de Évora es la catedral más grande de la época del medievo que existe en el país vecino. Otra poderosa razón para visitarla.

Sé Catedral de Évora Claustro de la catedral

El gótico y el estilo manuelino, con denominación de origen típicamente portugués, se dan la mano en la solemne iglesia conventual de San Francisco, la primera que la orden franciscana levantó en Portugal entre los siglos XV y XVI. En su interior el oro de los diez altares laterales y los paneles de pintura portuguesa del Renacimiento sobrecogen por momentos. San Francisco fue, además, adoptada por el rey D. Manuel como Iglesia Real al encontrarse dentro del amplio recinto palaciego que incluía el convento, el palacio y el huerto. En el alzado de la Capilla Mayor divisamos dos maravillosas ventanas renacentistas, en mármol, tras las cuales el monarca y su familia asistían a los oficios religiosos.

Pero lo que de verdad mueve en la actualidad al visitante hasta este sacro recinto es la famosa “Capela dos Ossos”, la Capilla de los Huesos. La leyenda sobre mármol del arco de su entrada nos dará una estremecedora bienvenida: “Nosotros huesos que aquí estamos por los vuestros esperamos”. La capilla, levantada a partir de una idea de los monjes franciscanos a finales del siglo XVI, da cobijo a unos cinco mil cráneos humanos y varios miles de huesos que estaban sepultados en diversos cementerios de iglesias y monasterios de la ciudad.

Iglesia de San Francisco Entrada a la Capilla de los Huesos Interior de la tétrica capilla

La intención de los monjes con su capilla era reflexionar acerca de la condición humana y meditar sobre la vida eterna. En definitiva que quienes todavía pisamos suelo terrenal tengamos presente lo efímero y breve que es el término vida, y que antes o después acabaremos bajo tierra. Puede resultar macabro y algo brutal, pero hay que entender el contexto en el que se movían los franciscanos en el siglo XVI. El concepto de vida y su brevedad siguen estando ahí, pero la atención que le prestamos hoy día es casi nula.

El acceso a la capilla se realiza por el exterior de la iglesia. La entrada cuesta 4 euros (dato de 2107).

Ya comentaba más arriba las raíces romanas de Évora. El mejor ejemplo de este origen lo encontraremos en el sorprendente Templo de Diana, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Construido en el siglo I d.C. en la zona alta de la ciudad, como parte integrante del Fórum Romano, el templo estaba consagrado al culto imperial y no a la diosa Diana. Tras servir para variopintos usos, en la actualidad es uno de los templos mejor conservados de la Iberia romana. Todavía se yerguen en magnífico estado catorce de sus columnas originales corintias.

Templo romano de Diana

Acercarse hasta esta plácida ciudad del interior de Portugal supondrá para el viajero que quede atrapado al instante en su particularísima atmósfera. Se sentirá, mientras permanezca en ella, alejado del ajetreo y el casi sinsentido que caracteriza a las grandes urbes en las que nos ha tocado vivir de manera habitual. El encanto de su deliciosa decadencia, unido a la mixtura de estilos arquitectónicos que exhiben sus monumentos y un apasionante pasado histórico -que incluye la proclamación de la república el 5 de octubre de 1910 desde el antiguo balcón de la Cámara Municipal o ayuntamiento-, le confieren a Évora el envoltorio perfecto para darse un pequeño capricho en forma de regalo viajero. Tal y como está haciendo el bloguero durante este caluroso fin de semana del mes de julio.

Típica calle estrecha del casco medieval de Évora

Y es que ya lo apuntó José Saramago, el insigne premio Nobel portugués de Literatura: “Évora es un estado de ánimo”. Pues eso.

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