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Para una cantidad importante de urbanitas –y yo lo soy- salir fuera de la zona de confort que supone su hábitat natural se traduce en una experiencia incómoda, sin alicientes, con claros síntomas de abulia, agobio… y terminan padeciendo una especie de síndrome, que yo denominaría, de “desubicación”. Sin embargo existe otro porcentaje, tal vez no tan cuantioso, de miembros de la misma especie para quienes salir fuera de la gran ciudad durante unos pocos días supone un alivio y una suerte de recarga mental y de baterías. Aquí, dentro de este selecto grupo, me encuentro yo 🙂 Y por si fuera poco, cuanto más aislado esté el lugar elegido, más atractivo tiene.

No es la primera vez que este blog ha dado a conocer alguno de esos encantadores paraísos perdidos en medio de la geografía. Hoy vamos a conocer otro lugar retirado y recogido donde el viajero verdaderamente sentirá la sensación de paz y desconexión tan ausentes en una gran urbe. Hoy vamos a viajar hasta la frontera hispano lusa –popularmente conocida como “La Raya”- donde el gran río ibérico, el Duero, ha labrado a lo largo del interminable túnel del tiempo un paraje único, de gran riqueza paisajística y biodiversidad de especies animales y vegetales sin salir de Península Ibérica: los (o las) Arribes del Duero.

El río Duero a su paso por Los Arribes

Tampoco es la primera vez que este blog se ha aproximado a esta joya natural, protegida tanto en el lado español como en el portugués, pero que en la última década está sufriendo la cruel embestida de esa lacra humana intencionada conocida como incendios forestales. No va a ser éste el objeto del post de hoy. En las siguientes líneas conoceremos un rinconcito delicioso situado casi al final de ese tramo donde el Duero ejerce el papel de guardián fronterizo, que en este caso no controla ni separa, más bien al contrario, une. Porque España y Portugal, a pesar de recelos y desconfianzas del pasado, están moral y humanamente obligados a mirarse y respetarse.

Nos situamos. Estamos en la provincia de Salamanca, en la Comunidad Autónoma española de Castilla y León. Y más en concreto al oeste de la provincia; como señalaba antes, en sus confines, tocando casi con territorio portugués, donde el río Duero vertebra un espacio natural protegido a ambos lados de la frontera. De un lado el “Parque Natural de los Arribes del Duero” –que abarca las provincias de Salamanca y Zamora-, del otro el “Parque Natural Douro Internacional”. El río serpentea a lo largo de casi un centenar de kilómetros entre paredes y montañas formando una profunda depresión, un tajo en el férreo y granítico sustrato de la contumaz penillanura que se extiende antes y después de su cauce. Un paisaje sobrecogedor.

Embalse de Saucelle

Poco antes del final de ese tramo compartido, cuando el Duero se interna de manera definitiva en territorio de Portugal, nos topamos con la presa, el embalse y el poblado del Salto de Saucelle. El “Salto de Saucelle”, como también se conoce al conjunto, forma parte de un sofisticado y eficaz sistema de presas y embalses que jalonan la cuenca del río en su cauce compartido y que se conoce como “Saltos del Duero”.

Aprovechando el desnivel que presenta el río Duero entre la zona más alta y la más baja de ese tramo común –cerca de cuatrocientos metros-, y viendo su enorme potencial energético, condujo a que ambas naciones, España y Portugal, acordaran en el primer tercio del siglo XX el aprovechamiento hidroeléctrico del río, para lo cual se “troceó” su cauce fronterizo en cinco embalses; de ellos dos son gestionados por España y los otros tres por el país vecino.

Mapa del río Duero con sus desniveles en Los Arribes

El último de esa serie participativa de saltos, antes del viaje en solitario del Duero por tierras lusas, es el ya referido Salto de Saucelle, en manos españolas. Fue inaugurado en 1956 y la duración de la intrincada ejecución de las obras se prolongó durante una década.

Dada la complejidad y tiempo de los trabajos se construyó en las proximidades, a orillas del río, un poblado para albergar a ingenieros, jefes de obra y trabajadores. Estos últimos fueron alojados en un par de centenares de pabellones, mientras que para los primeros se levantaron unas cuarenta viviendas a modo de acogedores chalets, encalados y con su pequeña parcelita de terreno alrededor.

Presa del Salto de Saucelle con sus 83 metros de altura

El poblado disponía de todas las comodidades y equipamientos para dar servicio a la considerable comunidad humana que acogió. Una bonita iglesia (consagrada), de nombre San Pedro Apóstol, asistencia médica, un despacho de correos, un economato, tiendas, centralita de teléfonos, escuela, un Casino Club, una sala de cine, instalaciones deportivas e incluso una casa cuartel de la Guardia Civil. Una coqueta villa en toda regla.

Una vez inaugurada la presa y la central hidroeléctrica, los barracones donde dormían los trabajadores fueron desmantelados. Sin embargo las casitas y resto de infraestructuras se mantuvieron durante algunas décadas para acoger, ahora, al personal –y sus familias- encargado del correcto funcionamiento y mantenimiento de la Central. Los avances tecnológicos y la automatización terminaron por llegar con los años hasta este remoto lugar y los trabajadores fueron deshabitando poco a poco el poblado. Condenado a su ostracismo y desaparición, el poblado volvió a renacer en este milenio como complejo de turismo rural que lleva por nombre “Aldeaduero”.

Aldeaduero, en el Salto de Saucelle, con el río Duero al fondo 

Aldeaduero es el sucesor del antiguo Poblado del Salto de Saucelle. En su recuperación y rehabilitación se han mantenido muchos elementos constructivos del viejo poblado, acondicionándolos para el hospedaje y una estancia cómoda y agradable de sus visitantes. Así los chalets que ocuparon en su día ingenieros y jefes de obra, hoy son casitas rurales, o villas como las llaman aquí. Dos de los edificios principales en la actualidad se han reconvertido en un hotel y una hospedería, ésta última en la plaza Ángel Orensanz.

Junto a ellos el viajero dispone de un restaurante, un café bar, terraza de verano, una tienda de productos típicos (abierta según temporada), una cabaña balinesa y diversas instalaciones para la práctica de deportes como el fútbol, baloncesto o tenis, además de una piscina. La parroquial de San Pedro sigue ahí, pero ya no se ofician misas ni actos religiosos. Sin embargo puede visitarse. Las llaves las suministran en la hospedería.

Interior de Aldeaduero, con la hospedería al fondo Iglesia de San Pedro Apóstol

Todo un complejo de ocio y descanso a escasos metros del río Duero en su orilla hispana, por debajo de la presa, y rodeado de un apacible y espléndido entorno paisajístico y natural de clima mediterráneo, a pesar de estar geográficamente más cerca del Atlántico.

Montañas, riscos y promontorios que aderezan un escenario donde predominan olivos y vides, sobre todo en el lado portugués del río. Vides que brotan en los típicos bancales; terrazas hechas por el hombre, estratificando así las laderas para aumentar el grosor de la tierra y retener las lluvias. Secular inteligencia humana.

Aldeaduero, en el fondo de un apacible y aislado valle 

El actual poblado se asienta a escasos metros del río Duero, a poca distancia de la desembocadura de su afluente, el río Huebra, en un apretado y ajustado valle, no demasiado profundo dentro de la excepcional depresión geográfica que suponen Los Arribes. No demasiado profundo, pero sí lo suficiente como para sentirse aislado del mundanal ruido que aquí brilla por su ausencia.

Lo mismo que el tráfico rodado. Apenas una decena de vehículos por hora es lo que puede moverse durante el día en esta apartada e idílica esquina del mapa. Algunos van y vienen hacia o desde Portugal, cruzando por encima de la presa de Saucelle, a unos trescientos metros del poblado; presa que en este punto hace las labores de puente internacional para unir poblaciones cercanas, como Saucelle e Hinojosa del Duero en el lado español, con Freixo de Espada à Cinta, en el portugués, a solo media docena de kilómetros del salto.

Presa de Saucelle con funciones de puente internacional

Si decidimos cruzar la Raya, en la orilla opuesta del Duero se levanta, a unos 550 metros de altura, el mirador natural de Penedo Durão. Desde esta privilegiada azotea tenemos, muy posiblemente, las mejores vistas de todo el Parque Natural Arribes del Duero/Douro Internacional. Al aliciente de las vistas se une otro aliciente no menor, cual es la observación de aves que anidan en estas altas cotas. En especial de buitres leonados, que revolotean sin descanso durante la jornada sobre los abruptos riscos y salientes.

Todo un espectáculo que atrae a curiosos y fotógrafos especializados en la naturaleza. Y no solo los buitres están empadronados en estos lares al amparo de la declaración de “Zona Especial de Protección de Aves”. A ellos hay que sumar alimoches, cigüeñas negras, águilas perdiceras y alguna pareja de águila real.

Penedo Durão, en la orilla portuguesa del río Duero Desembocadura del Huebra en el Duero, desde Penedo Durão

Un paisaje producto de la titánica insistencia de las aguas de un río a lo largo de millones de años, cero ruido, nada de atascos matinales, tranquilidad casi absoluta, aire puro, miradores que dejan sin aliento, cobertura muy limitada de telefonía móvil… Aislamiento y desconexión. Lo que mejor define a este pequeño y encantador rincón a orillas del gran Duero.

¿Os apetece venir? Si la respuesta es afirmativa, por favor sed RESPETUOSOS CON EL MEDIO NATURAL.

ACCESOS

Desde ESPAÑA, por Salamanca, tomando la carretera autonómica CL-517 hasta Lumbrales. Desde allí por la provincial SA-330 hacia Saucelle. Un kilómetro antes de llegar a esta población tomar el desvío señalizado a la izquierda hacia el Salto de Saucelle. En la bajada ya podréis otear el impresionante paisaje del poblado, el río Duero y Portugal.

Desde PORTUGAL por la EN221 que atraviesa Freixo de Espada à Cinta hacia Barca d´Alva. En la bajada girar a vuestra izquierda en el desvío señalizado, dirección Presa de Saucelle.

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