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El que finaliza, 2017, ha sido un año atípico, difícil, agridulce en la vida de este bloguero. No ha sido un año especialmente movido en lo que a salidas viajeras se refiere, pero aún así hubo ocasión de subirse a aviones, trenes o autobuses y cruzar algunas fronteras allende los límites de este país llamado España.

El año que se nos va deja en mi corazón la triste y enorme pérdida de mi madre en el mes de febrero. Con ella perdí, además, a mi más fiel seguidora por los cuatro puntos cardinales del mapa. Pero la vida, por suerte o desgracia, no se detiene y hay que subirse a su vagón para no quedarse atrás. La vida continúa, sea en el trabajo, en tus relaciones personales o en el plano más íntimo y privado. Por eso mismo, y porque a ella no le hubiera gustado que dejara de hacerlo, también en este año viajé; no mucho, pero lo hice.

Tirana, la capital de Albania

En primavera puse rumbo hacia uno de los rincones europeos que aún no había visitado. En la península de los Balcanes me esperaba desde hacía tiempo un pequeño pero fascinante país que hasta la década de los años noventa del siglo pasado estuvo completamente aislado del mundo, injustamente aislado y empobrecido por la delirante voluntad de su máximo dirigente, Enver Hoxha. Ese país es Albania. Si hacéis clic aquí, aquí, aquí, aquí y aquí os haréis una idea de lo que dio de sí mi periplo primaveral albanés de norte a sur.

Berat, la ciudad de las mil ventanas. Albania

Metidos ya en el verano hice una incursión rápida, la enésima, por ese país que comparte frontera, la más antigua de Europa, con España. Ese país no podía ser otro que mi querido Portugal. Allí visité una de las ciudades más simbólicas de la patria de Pessoa.

Évora es historia viva de Portugal, encanto y tradición que esperan al viajer@ que se quedará prendad@ con su imponente legado monumental, un legado que barre desde los tiempos de los romanos hasta el día de hoy. En Évora llegó a instalarse en el siglo XVI la corte de la célebre dinastía Avis, con los aclamados monarcas Manuel I y Juan III, coincidiendo con una de las etapas más fructíferas de la historia del país vecino. Y también en esta ciudad, paradojas de la historia, quedó proclamada la república en 1910.

Évora, Portugal

Pocas semanas después puse rumbo hacia la parte más meridional del Cáucaso, esa difusa región del mapa donde se confunden dos continentes, Europa y Asia. Allí me esperaban un par de países de leyenda, antaño bajo la égida comunista de la extinta Unión Soviética: Georgia y Armenia.

El primero, Georgia, es un delicioso conglomerado de primorosos y variados parajes naturales que encuentran su confín en las mansas aguas del Mar Negro. Paisajes de estrechos y profundos valles, altiplanicies y praderas aluviales se ven salpicados de magníficas fortalezas, monasterios ortodoxos e iglesias medievales que cubren toda la geografía del pequeño país; desde Tiflis, su capital, hasta las más remotas montañas de laderas escarpadas que compiten en belleza con inagotables bosques de coníferas y viñedos.

Batumi, a orillas del mar Negro en el oeste de Georgia

Para completar el círculo aquí, en Georgia, vino al mundo Iósif Stalin, uno de los personajes más controvertidos del siglo XX. Dirigió con mano férrea los designios de la Unión Soviética durante la Guerra Fría y no goza, precisamente, por estos pagos de buena reputación, excepto en Gori, su pueblo natal.

Armenia, por su parte, acredita orgullosa ser la primera nación del mundo que adoptó el cristianismo como religión oficial allá por el lejano año 301 d.C. Un destino muy revelador para amantes de dificultades sobrevenidas en el camino; un país donde desplazarse en incómodos minibuses por sus desvencijadas carreteras y un obsoleto ferrocarril de la época soviética le añade un plus de emoción. Y un país donde esa huella soviética es perfectamente visible allá donde miremos, empezando por la mismísima capital: Ereván, a los pies del mítico monte Ararat con su perpetua cumbre nevada.

El bíblico monte Ararat desde Ereván, capital de Armenia

Casi a las puertas del otoño tuve tiempo para explorar uno de los lugares más extraordinarios de la geografía española. El río Duero en su discurrir por la frontera entre España y Portugal labra en la durísima piedra granítica de la penillanura castellana uno de los entornos más portentosos y solitarios de la Península Ibérica: los -o las- Arribes. Una suerte de cañón, de profundo cañon natural de paredes verticales en muchos tramos, por donde discurre dócil el cauce del río. Un río domésticado por obra y gracia de una faraónica infraestructura de ingeniería hidroeléctrica conjunta, hispano lusa, que conforma un paraje único y sublime.

El río Duero a su paso por los Arribes

Y así fue este 2017. Un año de emociones, disfrute, duelo. Pero es el año que me ha tocado vivir y así he intentado transmitirlo a todos vosotros, queridos lectores y lectoras. El siguiente, 2018, no se presenta con buena cara. Mi salud va a requerir de atención médica en los próximos meses y una reorganización de los periodos vacacionales en el trabajo impiden que pueda viajar tanto como yo quisiera. Pero algo se hará y aquí lo contaré. Seguid en esta sintonía…

¡Próspero y feliz 2018!