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Tengo que reconocerlo y anticiparlo. Este post no va a quedar nada objetivo. Veamos. Esta es la historia de un país que no alcanzaba el millón de habitantes durante la Edad Media y sus tentáculos ya se extendían por medio mundo. Unos siglos más tarde, con algo más de diez millones, ese mismo país está absolutamente de moda en ese mismo medio mundo que sus decididos marinos de otro tiempo conquistaron para la metrópoli. Y en el otro medio también. Estoy hablando, naturalmente, de Portugal.

A mediados del pasado mes de diciembre se celebraron en Phu Quoc, Vietnam, los “World Travel Awards”, algo así como los Óscar del mundo de los viajes. Y en esa misma ceremonia hubo un clarísimo ganador: Portugal. El pequeño país europeo arrasó y fue elegido en este prestigioso certamen como Mejor Destino Turístico Mundial; su capital, Lisboa, como la ciudad ideal para una escapada urbana, o mejor “City Break”, además de mejor puerto de cruceros; Madeira, la siempre atlántica -con sabor caribeño- isla, como Mejor Destino Insular; y los Parques de Sintra -a pocos kilómetros de Lisboa- fueron reconocidos por su excepcional estado de conservación. El diario británico “The Guardian” y la cadena estadounidense todo noticias CNN ya habían santificado poco antes a Lisboa, la bella capital portuguesa, como la ciudad más “cool” del Viejo Continente. Era el aperitivo antes del festín.

Puente 25 de abril sobre el río Tajo a su paso por Lisboa

Todo el país, desde el continente hasta las Azores en mitad del vasto Atlántico, pasando por la incomparable Madeira, al norte de las islas Canarias, se ha visto sacudido por un auténtico terremoto; un merecido reconocimiento a la labor bien hecha, al esmero y excelencia en un sector clave para el desarrollo y expasión de un país como es el turístico. Portugal ha pasado de ser una nación casi insignificante en una esquina del mapa europeo, con escasa proyección internacional, a jugar entre los más grandes. Pero todo esto no es fruto de la casualidad porque atractivos y méritos no le faltan.

Lisboa, la cautivadora y evocadora capital de Portugal, siempre engancha a sus visitantes. Un paseo por el vanguardista y vibrante Bairro Alto, el bohemio Chiado, el laberíntico y empinado barrio de Alfama -cuna del fado-, la céntrica Baixa pombalina o por las animadas docas del Tajo bajo el espectacular puente 25 de abril hasta alcanzar Belén, a los pies de la desembocadura del río, con su irrepetible y manuelino Monasterio de los Jerónimos y la Antiga Confeitaria donde degustar sus tradicionales y auténticos “Pastéis de Belém” -de secreta receta guardada con celo bajo llave-, desata todos los sentidos. El sentimiento de pertenecia a un lugar que no es el tuyo alcanza aquí cotas inimaginables porque siempre, SIEMPRE deserás volver a Lisboa.

Típico tranvía, o “elétrico” recorriendo el centro de Lisboa

A escasa distancia de Lisboa, en dirección hacia las bravías y frías aguas del Atlántico, se encuentra la villa real de Sintra. Destino absolutamente obligado para todo aquel que se deja caer en Portugal. Allí disfrutaremos de ese entorno natural único de cuidados y mimados bosques que dan cobijo a magníficas y encantadoras residencias que ocuparon en su día los monarcas portugueses. Algunas sacadas, casi, de un cuento, como el romántico Palacio de Pena, el icónico Palacio Nacional, el desafiante Castillo de los Moros o la apasionante Quinta da Regaleira.

Palacio de Pena en Sintra

Madeira, por su parte, desprende ese embrujo difícil de sospechar antes de aterrizar en la isla. Un clima muy benevolente unido a una vegetación tropical exhuberante, a pesar de los dañinos efectos de los incendios forestales de 2016, convierten a este paradisíaco lugar situado sobre el océano Atlántico, a un millar de kilómetros al oeste de Portugal continental, en un innegable estímulo para los sentidos.

Acantilados de postal en Madeira

Portugal fue mi primera vez fuera de las fronteras españolas a comienzos de los años setenta. Apenas un niño que quedó prendado por un idioma diferente al suyo y que no entendía, unos paisajes costeros atlánticos de ensueño y una ciudad, Oporto, con un río, el Duero, atravesado por un fascinante, casi irreal, puente de hierro que le pareció como dejado allí por una nave intergaláctica. Son mis precarios recuerdos de entonces. Hoy, varias décadas más tarde, he vuelto a este entrañable país en incontables ocasiones. “Eu adoro Portugal”. Irremediablemente.

Lo advertí al comienzo. Este post no iba a quedar nada objetivo 🙂

Nota: Fotos vía portal Pixabay.com a excepción de la primera que abre el post, con la bandera portuguesa.