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Y… ¿dónde estará Kiel?, se preguntarán algunos lectores/as.

Al caer la tarde había subido a un tren regional de la “Deutsche Bahn”, la compañía de ferrocarriles alemanes, en la estación central de Hamburgo y poco más de sesenta minutos después me apeaba en la funcional estación de Kiel. Era pleno mes de julio y la latitud local me permitía arribar a mi destino con un firmamento en el que aún se vislumbraba una acogedora y tamizada luz diurna, a pesar de la tardía hora.

Vista de Kiel con la estación de trenes a la izquierda

Kiel es la capital del pequeño land o estado federado -similar a las comunidades autónomas en España- de Schleswig-Holstein; el land situado más al norte de Alemania, lo que significa que comparte frontera con la vecina Dinamarca y, en consecuencia, ocupa parte del territorio de la península de Jütland. Kiel está a tiro de piedra del Mar Báltico, protegida por un holgado fiordo –Kieler Förde-, con su ajetreado puerto tomado por las típicas grúas de pórtico en sus febriles astilleros, todos dando la bienvenida a los elegantes cruceros que amarran a diario en los muelles de Cruise Terminal Ostseekai, Schwedenkai o Norwegenkai procedentes de diferentes puntos de Escandinavia y Lituania.

Precisamente la cercanía con el reino de Dinamarca hizo posible que la ciudad formara parte de su territorio hasta 1864 para pasar después a manos de Prusia. El cambio sentó bien a la urbe, siglos atrás perteneciente a la poderosa e influyente Liga Hanseática, porque a partir de entonces experimentó un rápido auge. El Kaiser Guillermo I convierte el puerto en principal base de la Marina de Guerra, la población se multiplica de manera notable y se construyen unos imponentes astilleros. Sin embargo la Segunda Guerra Mundial se interpuso en su próspero camino y la fatalidad se cebó con la ciudad hasta el punto de dejarla reducida a escombros y cenizas tras los bombardeos estadounidenses de diciembre de 1943.

Muelle “Schweden-Kai” en el fiordo de Kiel, con la ciudad a su espalda

Con el trágico término de la gran guerra vino la reconstrucción; una reconstrucción que en el caso que nos ocupa poco fidelizó al original. Del desastre bélico surgió una ciudad más amplia, industrial, práctica y novedosa, con una actividad centrada alrededor de sus potentes astilleros, los más grandes de la República Federal. Si uno comparase Kiel, al norte, con Núremberg, en Baviera, al sur del país e igualmente arrasada por las bombas aliadas y reconstruida después, diría que estamos en países muy diferentes.

Y sin embargo Kiel conserva a día de hoy un seductor atractivo, ese mismo que propicia su ambiente marinero y portuario, sus amables gentes y la célebre concentración anual –Kieler Woche– de veleros en la desembocadura del fiordo, un auténtico espectáculo en medio de un concurrido entorno lúdico y festivo.

Holstenstraße en Kiel. Foto Wikipedia CC BY-SA 3.0/Autor: Bin im Garten

Dentro del recinto urbano, la animada savia universitaria, el sereno estilo de vida propio de una ciudad donde el agua todo lo impregna, hasta el corazón mismo de sus habitantes; sin grandes aglomeraciones de tráfico, apacibles calles y tonificantes espacios verdes, nos regala en conjunto una experiencia muy alejada de la que podemos llegar a vivir -y padecer- en frenéticas ciudades llenas de hormigón, acero, cristal, vehículos contaminantes y ruido, mucho ruido.

Dado que la reconstrucción de Kiel tras la Segunda Guerra Mundial no fue muy del gusto de todos, en la década de los años noventa del siglo pasado se decidió actuar en el casco antiguo de la ciudad a fin de conciliar sentimientos e historia. De esta manera se reconstruyó la histórica calle Eggerstedtstraße y se remodeló elAlte Markt“, el siempre concurrido Antiguo Mercado. Junto a la Dänische Straße, el paseo con mayor solera popular que alberga edificios del último tercio del XIX transpirando un irresistible encanto marítimo, la Holstenstraße, una de las zonas peatonales más longevas de Alemania. El plan de actuación pareciera haber dado sus frutos pues la antigua urbe hanseática luce ahora algo más acorde a la tradición, cultura e historia de esta parte del país.

“Nikolaikirche” en Kiel. Foto Wikipedia CC BY-SA 3.0/Autor: Arne List Torre del “Altes Rathaus” con el “Kleiner Kiel” en primer término 

Calles que alumbran edificios de eclesiástico porte como la “Nikolaikirche“, o iglesia de San Nicolás, con su característico ladrillo de color rojo y tres naves. El templo ha sido testigo desde el siglo XIII de todo cuanto ha acontecido en ese dédalo que es el centro histórico de Kiel, si bien hubo que suturar las gravísímas heridas dejadas por la contienda mundial. Lo mismo que la torre de inspiración veneciana del “Altes Rathaus“, el Ayuntamiento Antiguo, levantado en 1911 y que con sus 67 metros de altura a orillas del pequeño lago “Kleiner Kiel“, dentro del recinto del Hiroshimapark, es el símbolo de la ciudad portuaria. Casi compartiendo pared y aliento, y sin abandonar la Rathausplatz -Plaza del Ayuntamiento- se nos aparece compacta y recia la “Opernhaus” (1907), sede a su vez del Teatro de Kiel.

Faro de Westerheversand. Foto Wikipedia CC BY-SA 4.0/Autor: Marco Leiter

Puede que Kiel no figure en el catálogo de ciudades Patrimonio de la UNESCO por su inigualable casco antiguo y sus esplendorosos monumentos históricos. Pero esta parte de Alemania, con una notable influencia del luteranismo, estilo de vida y carácter más próximos a sus vecinos escandinavos al norte de la frontera, convierten a la placentera capital de Schleswig-Holstein, y su territorio, en un lugar verdaderamente singular dentro de la República Federal Alemana. Una región que hipnotiza por sus paisajes acuáticos con pintorescos faros, marismas incrustadas en parques naturales e idílicos senderos para disfrutar de sosegados paseos a pie o en bicicleta. Un lugar poco conocido y, sin embargo, perfecto para perderse sobre todo ahora, en primavera y en ese ya tangible estío…

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