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Un suspiro. Eso es, medido en tiempo, lo que os llevará viajar desde Astaná hasta Nursultán si os encontráis ahora mismo de viaje por Kazajistán, en el corazón de Asia Central. Hasta hace justo una semana, el pasado 20 de marzo, la primera, Astaná,  era la capital oficial del estado kazajo y desde esa fecha su nombre ha sido sustituido por el segundo, Nursultán, en honor al que fuera único presidente de esta exrepública soviética durante tres largas décadas, Nursultán Nazarbáyev.

Considerado como el padre de la patria de los kazajos, Nazarbáyev había dimitido, contra todo pronóstico, de la más alta magistratura del estado un día antes, el 19 de marzo, y en un acto sin precedentes de celeridad parlamentaria el poder legislativo decidió en unas pocas horas dar vía libre y aprobar por unanimidad el cambio oficial del nombre de la capital del país para que desde ese instante llevara el de su controvertido y megalómano expresidente.

N. Nazarbáyev y George W. Bush en la Casa Blanca. DOMINIO PÚBLICO

No es la primera vez que la ahora rebautizada capital de Kazajistán ha visto cómo cambiaban su nombre. Durante el primer tercio del siglo XIX los cosacos se asentaron aquí construyendo un fuerte al que con el tiempo llamaron Akmolinsk hasta que en 1961 los soviéticos lo renombraron como Tselinogrado. Con la independencia de la república de Kazajistán del orbe soviético a comienzos de los años noventa del siglo XX pasó a llamarse Akmola -literalmente “tumba blanca“-, lo que da una idea de la extrema dureza que acusa el paraje donde se asentó aquel primitivo puesto militar de avanzada.

No fue éste el último baile de nombres. El ahora dimitido presidente decide trasladar en 1997 la capital desde la amable Almatý, en el sur del país, hasta la desangelada y gélida Akmola, en el centro-norte de la vasta exrepública soviética.  Pero no se conformaría con este drástico cambio de ubicación capitalina. Solo un año después, en 1998, Nazarbáyev vuelve a tomar la iniciativa y cambia por enésima vez el nombre de la primigenia Akmolinsk ahora por el de Astaná, literalmente traducido como “la ciudad capital”. Un cambio que, como vemos, no ha durado ni dos décadas.

  El bloguero en la antigua Astaná

Este bloguero tuvo la oportunidad de visitar la antigua Astaná durante el otoño de 2016.  Anclada en el interior de la durísima estepa centroasiática, la ciudad fue diseñada y levantada por y para mayor gloria y medida del entonces, en apariencia, eterno Nazarbáyev. Una urbe ultramoderna, desconcertante, desmesurada, muy en la línea de la excéntrica personalidad del líder kazajo. Y para cumplir su sueño el imperturbable presidente no dudó en tirar de chequera y contratar los servicios de los mejores arquitectos del momento, entre ellos el mismísimo Norman Foster.

No en vano el resultado final, desarrollado sobre todo al sur del río Ishim que atraviesa la capital y que contrasta vivamente con el recalcitrante estilo procomunista que predomina en buena parte de la orilla opuesta del mismo río, ha recibido el calificativo de la “Dubái del Norte”, al abrigo de opulentos edificios de acero y cristal, de lucrativos negocios empresariales que allí fructifican a diario y el olor del petróleo que escupen sin pausa las entrañas del subsuelo de Kazajistán.

Río Ishim a su paso por Nursultán, la rebautizada capital de Kazajistán

Poco queda de aquel remoto lugar donde Iósif Stalin, en su afán por hacer la vida imposible a detractores y enemigos, ordenó levantar un gulag; una prisión acorde a las despiadadas condiciones del entorno –cuarenta grados bajo cero de temperatura media durante el invierno- y donde décadas más tarde otro visionario de dudosa reputación democrática, Nazarbáyev, decidió dejar su firma.

Pero el culto a la personalidad del arrogante y polémico expresidente no se ciñe a los límites de Nursultán, antes Astaná. Su imagen ha copado, y copa, los espacios públicos de todas las ciudades del país en forma de enormes retratos o estatuas. Su nombre está presente en plazas, escuelas, alguna universidad y cómo no, en el aeropuerto internacional de la capital.

Ese aire de divinidad terrenal que se gasta Nazarbáyev llega al paroxismo en el monumento símbolo de la recién rebautizada capital, la conocida como torre “Bayterek”, literalmente Álamos Altos en idioma local. Allí, a casi cien metros de altura nos espera, además de una fabulosa panorámica sobre la ciudad, una impresión dorada de la mano derecha del gran guía patrio sobre un vistoso pedestal. Colocar la mano sobre la huella presidencial y pedir al tiempo un deseo se ha convertido en la principal atracción de los turistas en tránsito y en un ritual casi obsesivo para prosélitos del expresidente.

Torre Bayterek en Nursután, antigua Astaná

Astaná ha pasado de figurar grabada en la piel de los mapas de Kazajistán a ser reemplazada por Nursultán, una exultante referencia al nombre del “adorado” líder. A partir de ahora tendremos que familiarizarnos con esta nueva denominación cuando planifiquemos un viaje por este inmenso país de hostil apariencia y amistosas gentes.

Sin embargo no os sorprendáis si os da la impresión de que la sombra del ya jubilado y hábil presidente persigue vuestros pasos. Nursultán Nazarbáyev ha dejado el poder de manera sorpresiva, pero no se va del todo. Continúa presidiendo el partido gubernamental, “Nur Otan“, el Consejo de Seguridad y desde ya ostenta el título de “líder de la nación” de forma vitalicia. Además, para que todo quede en familia, su hija Dariga Nazarbáyeva se postula para presentarse y ganar, por supuesto, las próximas elecciones presidenciales de 2020.

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