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Foto PIXABAY

Iban a ser solo veinte años y al final llegó a los cien, y todavía más. El domingo pasado, 31 de marzo, la icónica y celebérrima Torre Eiffel de París ha cumplido la nada desdeñable edad de ciento treinta añazos. Hoy día es el monumento más reconocible y respetado de la capital francesa y nadie cuestiona el valor e importancia de esta obra maestra de la ingeniería del siglo XIX salida de la prodigiosa mente e ingenio de su creador: Gustav Eiffel.

La radical criatura puesta en pie por Eiffel vería la luz un 31 de marzo de 1889, si bien el público no pudo acceder a esta impresionante obra arquitectónica, cuya silueta se ha convertido con el devenir de los tiempos en el símbolo absoluto de la ciudad del Sena, y por extensión de la Francia contemporánea, hasta el 15 de mayo de 1889, un mes y medio después de su inauguración.

La excusa para levantar esta rompedora, para la época, estructura de hierro forjado de trescientos metros (iniciales) de altura fue la celebración en París de la Exposición Universal de 1889, con la que se pretendía conmemorar el primer centenario de la Revolución Francesa. Varios arquitectos se encargaron del proyecto inicial de diseño de la torre, pero sería Eiffel quien acabaría dándole forma y vida definitivas tras dos años, dos meses y cinco días de trabajos.

Desde su apertura al público han pasado por la torre Eiffel más de trescientos millones de visitantes, y cada año alrededor de siete millones de almas no quieren abstenerse de la excitante experiencia de ascender por ese portentoso mecano metálico hasta su cota máxima para contemplar, desde aquella privilegiada posición cercana a los cielos, unas impresionantes vistas sobre el Sena y la elegante malla urbana parisina.

La torre Eiffel, icono entre los iconos, tuvo que sufrir insultantes apelativos incluso antes de su construcción. Lindezas del estilo “monstruo de hierro” o “esqueleto de atalaya”, fueron fomentadas desde insignes mentes de las artes y las letras del momento que no dudaron en arremeter contra Eiffel para tratar de vilipendiar y ridiculizar su criatura de hierro, incluso cuando solo era una idea.

La cruda realidad se impuso nada más terminar su construcción y desde aquel mismo 31 de marzo de 1889 el pueblo -y no tan pueblo- se rindió ante la perfección, ante el diseño tan rompedor e innovador de aquella extraordinaria obra. Y lo que inicialmente serían solo veinte años de vida, al final se ha convertido en algo “sine die”. Por fortuna.

Porque Eiffel, además de un acreditado ingeniero civil, también fue un visionario y se empeñó en que su creación no durara el efímero impasse de un par de décadas. A través de experimentos científicos y técnicos, así como de resistencia al aire, propicia que las primeras transmisiones radiográficas de París se realicen desde el envidiable emplazamiento de su torre, o convertir a ésta en una estación de observación meteorológica. Todo lo cual derivó en su supervivencia definitiva.

Esta efeméride podría ser el pretexto ideal para una imborrable visita, incluso si ya la conocéis, a la torre Eiffel por ejemplo ahora, en las ya cercanas vacaciones de Pascua. Y si os animáis a descubrir este referente único de arquitectura decimonónica e inmortalizarlo desde todos los ángulos y esquinas posibles con vuestras cámaras y teléfonos móviles inteligentes, recordad que, al menos en teoría, no podréis fotografiarlo durante la noche. Si queréis saber el por qué solo tenéis que pinchar aquí.