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España y Portugal comparten en la actualidad una de las fronteras más antiguas y estables de Europa a pesar del amplio muestrario de pasadas disputas militares. Con alguna excepción, como el contencioso fronterizo en torno a la villa de Olivenza en la provincia extremeña de Badajoz, podemos aseverar que los dos estados mantienen a día de hoy, y desde que se firmara en 1864 el “Tratado de Lindes de Lisboa” que fijó de manera definitiva -en parte- los límites entre ellos, mantienen, decía, una buena relación de vecindad a ambos lados de una frontera que popular y cariñosamente es conocida como “La Raya”.

Restos del antiguo “Puente de Ajuda” sobre el río Guadiana a la altura de Olivenza. España en la orilla derecha, Portugal en la izquierda

Buena parte de esa histórica y zigzagueante línea fronteriza aprovecha el cauce de alguno de los principales ríos ibéricos que serpentean territorio peninsular, como el Duero, el Tajo o el Guadiana, y para salvar esa marca de separación fluvial se ha recurrido, con el devenir de los tiempos, a la construcción de puentes `ad hoc` que ayudaran a facilitar la comunicación entre ambas naciones de forma fluida y amistosa.

Y hablando de puentes. Desde Galicia, en el noroeste de España, hasta Andalucía, en el sur, son varios los puentes internacionales que sirven para vencer la Raya. Uno de los más bonitos sin duda está en Tui, en la provincia de Pontevedra. Este icónico y pionero puente de hierro inaugurado en 1886 y rematado con pilares de piedra sobre las aguas del río Miño, conecta el susodicho municipio gallego de Tui con el portugués de Valença do Minho, en el distrito de Viana do Castelo. Una maravillosa obra de ingeniería de casi cuatrocientos metros de longitud que vio la luz a partir del proyecto del egregio ingeniero riojano Pelayo Mancebo y Agreda. En la actualidad esta peculiar criatura metálica, con aires que recuerdan al estilo Eiffel, tiene un triple uso: carretero, ferroviario y peatonal. El puente global.

Puente internacional de Tui. CC BY-2.0 Autor: amaianos

Otros, por su parte, son más modernos, como el que salva las aguas del rio Guadiana en su desembocadura sobre el Atlántico a la altura de la población onubense de Ayamonte. El puente, con sus característicos pilares en forma triangular, se inauguró en 1991 si bien el estudio de viabilidad de esta gran obra conjunta entre los dos países se remonta a los años sesenta del siglo pasado. Tiene una longitud de 666 metros y su tablero se levanta veinte metros  por encima de las aguas del Guadiana.

Dado que la profundidad del río en este punto es de unos diez metros, la navegación de navíos de gran calado bajo su estructura es perfectamente posible. Cruzando por el puente desde España entramos en el municipio portugués de Castro Marim, en el distrito de Faro.

Puente internacional de Ayamonte, Huelva. DOMINIO PúBLICO

Y entre medias, casi a mitad de camino entre la húmeda Galicia del norte y la tostada Andalucía del sur, nos topamos en la provincia de Badajoz -una de las dos que conforman la comunidad autónoma de Extremadura junto a Cáceres– con el más singular de los puentes que vamos a explorar en este post.

Se le conoce como el puente de El Marco y toma su nombre de la pequeña pedanía homónima que se extiende a ambas orillas del arroyo Abrilongo, tributario del río Gévora, a su vez afluente del Guadiana. La peculiaridad de este puente rural estriba en que no solo enlaza las dos partes de la pedanía, sino que al mismo tiempo conecta los dos países ibéricos. Es más, teniendo en cuenta sus reducidas dimensiones -3,2 mts de longitud y 1,45 de ancho- esta circunstancia le aúpa al privilegiado y honorífico puesto de ser el puente internacional más diminuto del planeta. Por razones obvias solo está permitido que lo crucen personas y bicicletas.

Puente de El Marco, provincia de Badajoz. Al fondo, el lado luso de la frontera

“El Marco” en la parte española, “Marco” a secas en la portuguesa, es como decía más arriba el nombre de una pequeña pedanía o caserío que por el lado español pertenece al municipio extremeño de La Codosera, del que dista unos tres kilómetros, y por el lado de Portugal depende del cercano concejo de Arronches, en el Alentejo portugués.

El rústico puentecito que vemos hoy data de 2008. En esa fecha, con la ayuda de fondos de la Unión Europea y el empeño de la Cámara Municipal de Arronches, se decidió sustituir al fin el viejo pontón construido en madera décadas atrás por los vecinos, pontón que contaba con un endeble pasamanos para salvar las aguas del estrecho arroyo.

Ese pasamanos rudimentario se había reforzado en los años noventa con unas pletinas metálicas, pero aun así la condición de precariedad era patente. En 2008, como señalaba antes, se decide sustituir la frágil infraestructura por un puente, también de madera, pero más sólido, con doble pasarela y refuerzos a base de barras de metal. Todo pensado para que pudiera resistir una hipotética crecida del arroyo durante la época de lluvias.

   Mojón fronterizo

En este curioso y apartado rincón del mapa ibérico salpicado de olivares, castañares, encinas y alcornoques, un mojón en piedra con las iniciales “E” y “P” labradas en él, dejan constancia al viajero de que se encuentra ante un paso fronterizo; eso sí, un paso fronterizo nada corriente.

Lejos quedan aquellos tiempos en que pobladores de ambos lados de la frontera realizaban contrabando con productos muy básicos como huevos, patatas, jabón, corcho… en pesados fardos. Por tratarse de un contrabando menor, que yo llamaría casi de “subsistencia”, los guardias de ambas orillas, la Guardia Civil en la española y la Fiscal en la portuguesa, lo pasaban por alto y dejaban hacer en aquellos paupérrimos años de posguerra civil española.

Puente internacional El Marco. Al fondo, la parte española

Todo lo cual no impidió que con el paso del tiempo llegase a florecer aquí todo un emporio comercial a pequeña escala que atrajo a muchos visitantes de los dos países en busca de los chollos que ofertaban cualquiera de la decena de tiendas que se llegaron a establecer a ambos lados del arroyo Abrilongo, sobre todo en la década de los dorados años ochenta del siglo pasado, cuando residían en este remoto lugar unas 250 personas de manera permanente. Las estrellas eran el café, las toallas o el tabaco en el lado luso, y el vino, las vajillas o las incombustibles navajas en el lado hispano. Hoy no llegan ni a medio centenar de vecinos y apenas resisten tres tiendas de las diez que hubo en los buenos tiempos.

Nostálgicos y difíciles tiempos que se apagaron en 1995 con la entrada en vigor del “Tratado de Schengen”. La libre circulación de personas y mercancías a partir de ese momento en territorio de la Unión Europea se hizo realidad y las fronteras desaparecieron de facto. Y con ellas la pequeña y próspera “Andorra hispano lusa” de El Marco y este bello, recóndito e ilegal rincón fronterizo.