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Corría el año 1989 y un director de cine español, José Luís Cuerda, estrenaba en la gran pantalla una película absolutamente redonda, genial, de culto; una obra maestra de humor absurdo, delirante y surrealista. Su título: Amanece, que no es poco.

Porque este trabajo del cineasta castellano-manchego viene a constituir, además de una suerte de excepcional comedia rural, un sentido reconocimiento hacia unas gentes y una tierra absolutamente maravillosas; un homenaje a ese pedazo de territorio bendecido por alguna divinidad y asentado al sur de la provincia de Albacete, una de las cinco provincias que componen la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha.

José Luís Cuerda echó mano para la ocasión de todo un elenco de actores principales y, sobre todo, secundarios que ya por la época, finales de los años ochenta del siglo pasado, eran habituales y consagrados en las pantallas cinematográficas españolas. Hablamos de Antonio Resines, Luis Ciges, José Sazatornil, Cassen, María Isbert, Gabino Diego, Aurora Bautista, Chus Lampreave… y un largo etcétera.

Sin embargo, junto a ellos también habría que destacar la encomiable labor y buen hacer de decenas y decenas de extras no profesionales del medio; personas anónimas que se pusieron prestas a las órdenes de José Luís Cuerda, personas que vivían allí mismo, en las localizaciones exteriores de la película, principalmente en los tres pueblos donde se rodó “Amanece, que no es poco”: Ayna, Molinicos y Liétor.

Pueblos, gentes…y una moto con sidecar. Porque esta película no sería la misma sin ese pequeño y gracioso vehículo de tres ruedas, tan popular en los años 50 del siglo XX, que se unió, como uno más, al magistral reparto coral de esta inolvidable película.

Un sidecar en el que Antonio Resines, interpretando a un ingeniero español que imparte clases en una universidad estadounidense y que ha decidido tomarse un año sabático para viajar a aquella España de la incipiente democracia post franquista, llega a un pueblecito de vecindario extravagante, perdido en ese sureste peninsular montañoso y remoto, donde no se ve a nadie por las calles “porque todo el mundo, como cada día del año, está en misa y la misa en sí misma es un espectáculo”. El joven profesor llega acompañado de su padre, el inolvidable Luís Ciges, quien le ha regalado el sidecar a su hijo en compensación por haber matado antes a su madre. Es solo el comienzo…

Cuando ahora, en pleno siglo XXI, el viajero que viene de Albacete, la capital provincial, se asoma a la profunda y espectacular garganta que forma el río Mundo y se aproxima bajando por la serpenteante carretera hacia la villa de Ayna, no debe sorprenderse de que a la entrada, en un rústico mirador construido sobre una curva encima del pueblo, le dé la bienvenida un simpático sidecar de color verde, a tono con los bosques y montañas circundantes. Y es que este sidecar ya es un vecino más de Ayna.

En próximas entradas conoceremos algo más de esa mágica y bellísima porción sureña de la provincia de Albacete en la “Sierra del Segura”. Veremos dónde nace el río Mundo, afluente del río Segura, eje natural y vertebrador de toda la zona, y exploraremos Ayna, la oficiosa capital de la conocida como “Suiza manchega” y escenario principal de la irreverente y rompedora “Amanece, que no es poco”.

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