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Existe un lugar en La Mancha que sorprendería al mismísimo don Quijote si el ingenioso  hidalgo salido de la mente y pluma de Miguel de Cervantes pudiera visitarlo hoy. Un lugar enclavado al sur de la provincia de Albacete, en el sureste de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha; un lugar que logra dinamitar la rigurosa monotonía amarilla que domina la persistente planicie manchega y que supone un absoluto quiebro del paisaje dominante en esta parte del país.

Uno de los causantes de esta suerte de catarsis sobre el terreno lo conocimos en la entrada anterior: el río Mundo. Un río que tras su accidentado nacimiento en la Cueva de los Chorros, en plena Sierra del Segura, se aleja mansamente y empieza un lento viaje a través de un entorno natural único y rompedor, esculpiendo a su paso un imponente paisaje kárstico a base de estrechas gargantas y vertiginosos farallones rocosos que escoltarán su viaje aguas más abajo hasta encontrarse con el cauce del río principal, el Segura.

Ayna, en la comarca de la Sierra del Segura

A lo largo de su recorrido, el río Mundo va dejando atrás pintorescos pueblecitos y rústicas aldeas, serpenteando muchas veces entre abruptos escarpes calizos, desafiantes laderas con terrazas excavadas por el ser humano para obrar vida a sus cultivos y una densa vegetación cargada de pinos carrascos, sabinas y enebros.

Royo Odrea, Alcadima, Híjar, Liétor y, sobre todo, Ayna, son solo algunos de esos apacibles núcleos de población que visita el río en su lento discurrir. Y todos juntos componen un bello cuadro paisajístico rural que por sus especiales características nos transportan a otros parajes internacionales de ensueño. Por ello mismo la zona, y salvando las distancias, ha sido bautizada como la “Suiza Manchega”.

  Entrando en Ayna

Ayna tiene raíces antiguas, muy antiguas, que se entierran en el lejano Paleolítico Superior, hace unos 15mil años, cuando sus primeros pobladores se dejaron caer por aquí. Pero serían los árabes, a partir del año 711, quienes marcarían el verdadero devenir de la pequeña villa con un asentamiento permanente y estable. De hecho su nombre, Ayna, se traduciría del árabe como “ojos bellos” o “fuentes escondidas”. El viejo sistema de riego por acequias que todavía perdura hoy, y que los moradores de la media luna trajeron a estas tierras, sería otro legado islámico.

Esta fructífera presencia musulmana se extendería en el tiempo hasta la llegada de las huestes cristianas de la mano del gran rey Alfonso VIII, a inicios del siglo XIII. En 1565 será otro monarca no menos ilustre y enérgico, Felipe II, quien otorgará a Ayna el distinguido privilegio de villazgo, independizándose así, y a partir de entonces, de la vecina y poderosa Alcaraz.

Ayna tiene una estética especial, con apretadas viviendas y estrechas calles que trepan montaña arriba desde su falda y, a la vez, un carácter morisco herencia de su importante pasado árabe. El ceñido cauce del río Mundo y las afiladas paredes que lo rodean y protegen, en especial el conjunto de ocho picos frente a la población conocidos como “Los Picarzos”, son la indiscutible seña de identidad de Ayna.

Vista de Los Picarzos desde el castillo de la Yedra

Para hacernos una mejor idea de todo lo reflejado en las líneas anteriores, la opción más sabia -y recomendada por parte de este bloguero- es subir a los miradores que coronan este pintoresco paraje y obtener así una visión perfecta del entorno.

Justo sobre el monte San Urbán, en la parte superior de la ladera sobre la que se asienta Ayna, tenemos el “Mirador del Diablo”. Las vistas desde aquí son difíciles de describir. Ni el mismísimo diablo podría mejorarlas. Para llegar a él hay que tomar la carretera autonómica CM 3203 que une Ayna con Albacete. El mirador se encuentra a solo un kilómetro y medio de la primera.

Ayna y su entorno desde el Mirador del Diablo

Otro balcón natural desde el que otear la belleza y encanto de la otrora población morisca es el “Mirador Rodea Grande”. Al estar situado justo encima de la villa, a su entrada, podremos contemplar en su justa medida el abigarramiento de las casas y la estrechez de las calles. Calles y casas que sirvieron de escenario, tal como descubrimos en una entrada anterior, a una de las películas más importantes del cine español de finales de los ochenta del siglo pasado: “Amanece, que no es poco”. En este mirador hay una réplica del sidecar que tanto juego dio en la película de José Luís Cuerda.

Un tercer mirador, éste fuera de Ayna, a unos cinco kilómetros por la CM 3203 camino hacia Elche de la Sierra, nos dará otra perspectiva de la Suiza Manchega. Es el “Mirador del Infierno”. Resulta cuanto menos algo inquietante ese cierto proselitismo que se da por estos pagos hacia todo lo que huela a satánico y diabólico 🙂

Royo Odrea y sus famosas peñas desde el Mirador del Infierno

Bromas aparte, desde este balcón que por momentos parece sobrevolar el profundo cañón fluvial, divisaremos la rústica aldea de Royo Odrea, las peñas “del Prao” y “el Pico”, además de los esbeltos olmos y ubérrimas huertas que de manera inmemorial están presentes aquí, en la sinuosa ribera del río Mundo.

Ayna es paisaje en estado puro. Pero también desprende lindeza puertas adentro. Además de dejarse seducir por sus casitas y las angostas y empinadas callecitas que conducen hasta los escasos restos del castillo de la Yedra, primitiva fortificación musulmana del siglo XII, en su arquitectura religiosa encontraremos motivos de admiración en la iglesia de Santa María de lo Alto.

Iglesia parroquial de Santa María de los Alto, en Ayna

La parroquial todavía conserva su torre de sillería del siglo XVII, y sus tallas de la Patrona y del Niño Jesús Resucitado, en madera, son exquisitas. Tampoco debiéramos olvidar una visita a las ermitas de Nuestra Señora de los Remedios, con su artesonado mudéjar del siglo XVI, y del Santo Cristo de Cabrillas, siglo XVIII, de planta cuadrada y tejado a cuatro aguas.

Escribía unos párrafos más atrás que Ayna es paisaje. Y para explorarlo los entusiastas del senderismo disponen de todo un catálogo de rutas a elegir que harán las delicias de exigentes y más sosegados, en definitiva de cualquier persona.

Ayna desde la ribera del río Mundo

El sendero GR-67 pasa por estas latitudes y ofrece dos versiones locales dentro de su recorrido: Ayna-La Fuensanta y Ayna-La Alcadima. Por otro lado destacan tres rutas, o paseos, por el interior de la villa y sus alrededores que nos permitirán tener una visión más completa, y hasta más romántica, de este bello rincón manchego. ¡Ah! No sería extraño cruzarse en plena marcha rutera con alguna cabra montés, la verdadera reina de las cumbres de Ayna, según convencida sentencia de los lugareños.

+INFO en la Oficina de Turismo de Ayna situada en la Plaza Mayor, 4

Ayna.es

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