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Era solo cuestión de tiempo. De poco tiempo. Hace unos meses nos hacíamos eco en el blog de uno de esos hitos de la aeronáutica comercial cuando relatábamos que la compañía Singapore Airlines había pulverizado una marca anterior al unir dos puntos alejados, muy alejados, en el mapa… y además, en un único salto. La aerolínea de la pequeña isla-ciudad-estado del sur de Asia había conseguido volar entre Singapur y Nueva York en algo más de dieciocho horas, sin escalas. Ciertamente un desafío y un éxito.

Apenas un año después, otra poderosa compañía aérea, la australiana Qantas, acaba de arrebatar a los singapurenses su plusmarca mundial, cada vez más y más efímera, al unir ahora y sin paradas intermedias Sídney con la capital del mundo, Nueva York. Sin embargo hay que señalar que en principio se trata del primero de tres vuelos experimentales que forman parte de un proyecto de Qantas conocido como Sunrise; vuelos que enlazarán Sídney con Nueva York y Londres, y con los que los australianos tratan de comprobar los efectos que producen trayectos aéreos tan largos sobre la salud, bienestar y reloj biológico de quienes viajan a bordo, pasajeros y tripulantes, para luego iniciar en condiciones de idoneidad su definitiva actividad comercial en estas rutas, no antes, eso sí, de 2022.

El B787-9s de Qantas aterrizando el 20 de octubre de 2019 en el aeropuerto de Sídney, Australia. Yahoo Images

Este vuelo inaugural de prueba aterrizó en Sídney procedente del aeropuerto JFK de la ciudad de los rascacielos el pasado domingo 20 de octubre, tras 19 horas y 16 minutos en el aire, 16.200kms recorridos y atravesar quince husos horarios desde la costa este de los Estados Unidos. Lo que hizo especial y distinto a este vuelo fue el hecho de que junto a seis pasajeros voluntarios, volaron -compartiendo tiempo y espacio- un grupo de científicos además, lógicamente, de la tripulación y personal de Qantas. En total no más de cincuenta personas.

La misión de los científicos era realizar un estudio que midiera el impacto del temido efecto “jet lag” sobre usuarios y tripulación de este tipo de rutas ultralargas; usuarios y personal de vuelo que por una vez se convirtieron en auténticas cobayas humanas para la causa científica y también la seguridad y comodidad aérea

Para este trayecto experimental la aerolínea australiana ha operado con un moderno y eficiente Boeing 787-9s y, como señalaba más atrás, lo ha convertido en un híbrido entre medio de transporte para pasajeros y laboratorio para la ciencia. Los investigadores estudiarán ahora, con los datos recogidos en este experimento y los otros dos previstos, los efectos que producen casi veinte horas de vuelo en el sueño de los pasajeros, en sus comidas y la actividad que éstos realizan en cabina a lo largo del vuelo. Todo siguiendo un plan previamente diseñado y monitorizado de ingesta de alimentos y bebida, ciclo de sueño, iluminación y movimientos físicos en el interior del avión.

Sídney, Australia. PIXABAY

Así mismo será muy interesante observar y analizar cómo influyen en el cerebro de los pilotos y auxiliares de vuelo esas mismas veinte horas surcando los aires, maximizar su tiempo de descanso cuando están inactivos y determinar el patrón óptimo para mantener el nivel de alerta durante el periodo que están activos en su servicio.

Aunque este vuelo, y los otros dos programados para noviembre y diciembre, no son estrictamente comerciales dado que no se ha puesto a la venta billete alguno, sus fines de investigación proporcionarán certidumbre y bienestar a la hora de operar vuelos ultralargos. Sea todo por la seguridad y bienestar de tod@s. La pregunta ahora es: ¿cuánto le durará a Qantas este nuevo récord? A buen seguro que no tardando mucho encontraréis la respuesta es este blog 🙂