¿Por qué las ventanillas de los aviones tienen la forma que tienen?

Viajar en avión puede resultar un placer, o una pesadilla. Estamos a pocas jornadas de que comience un nuevo éxodo veraniego de miles y miles de personas que se trasladarán de un lado a otro en busca de su lugar favorito de descanso y vacaciones. Y muchas escogerán el avión para tal fin. Así las cosas, si realizáramos una encuesta entre usuarios de este medio de transporte en cualquier aeropuerto es probable que los resultados en torno a este dilema, placer/pesadilla, fueran bastante ajustados. No habría, casi con seguridad, una opción claramente ganadora. Lo que sí es bastante probable es que la mayoría de los entrevistados estarían de acuerdo en considerar que el avión es un medio seguro, muy seguro a la hora de viajar de un lugar a otro.

Con los datos en la mano es incuestionable que los índices de siniestralidad aérea son mínimos en comparación con los de otras maneras de desplazarse. Y para ello el mundo de la aeronáutica comercial se emplea muy a fondo en minimizar al máximo el riesgo de accidentes, cuidando el diseño íntegro de un avión hasta el más nímio detalle. Nada puede quedar al azar. Todo está estudiado concienzudamente para intentar garantizar la seguridad en el aire. Desde la forma cilíndrica de las cabinas, los materiales de construcción, la ubicación de asientos, los protocolos de emergencia… hasta las ventanillas. Sí, también las ventanillas.

En el blog ya explicamos en su momento el por qué de ese pequeño agujerito que todos podemos observar en la parte inferior de las ventanillas de los aviones. Pues bien. Además del diminuto orificio, las ventanillas y su forma inciden igualmente en la seguridad aérea.

En tiempos pretéritos las ventanillas de los aviones eran rectangulares. Así fue hasta que dos accidentes aéreos pusieron en alerta a los ingenieros. A mediados de la década de los años 50 del siglo pasado dos aviones que cubrían, uno la ruta Roma-Londres, y Londres-Johannesburgo el otro, se precipitaron al suelo. Las investigaciones posteriores revelaron que ambos siniestros estaban relacionados con la forma de las ventanillas. ¿Por qué?

Típicas ventanillas en aeronaves de mediados del siglo XX

Cuando un avión toma altura toda su estructura recibe un fuerte estrés debido al cambio de presión entre el interior y el exterior. Ese estrés se reparte de manera más o menos uniforme por toda la cabina debido a su diseño en forma de tubo cilíndrico, lo que ayuda a presurizar correctamente el interior de la cabina; sin embargo las ventanillas son zonas muy sensibles y siempre suponen un obstáculo en la segura presurización de todo el avión.

Si las ventanillas fueran rectangulares la presión podría concentrarse peligrosamente en sus esquinas con el consiguiente riesgo de rotura del vidrio. En cambio si éstas son redondeadas, la tensión a la que se ve sometida toda la cabina se suaviza y se equilibra cuando alcanza esa especie de ojos de buey por los que a casi todos -no lo neguemos- nos encanta mirar cuando viajamos en avión, minimizando así el peligro de rotura.

¿Placer o pesadilla? Volar puede suponer cualquiera de las dos sensaciones. Sin embargo cuando contemplemos un hermoso panorama a través de la ventanilla de nuestro avión, desde las alturas, pensad que esa misma ventanilla y su curiosa forma pueden ayudar, de manera definitiva, a inclinar la balanza hacia la primera de las opciones; la placentera.

Fotos vía portal Pixabay.com

Pic deLuxe: Ponga un búnker en su vida

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La Guerra Fría acabó tras la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento posterior de todos los regímemes comunistas situados al otro lado del llamado “Telón de Acero”, justo al inicio de la década de los años noventa del siglo pasado.

En la llamada Europa Oriental van quedando ya pocos vestigios de aquellas décadas de plomo, recelo y temor hacia un conflicto nuclear que pudiera desencadenarse entre ambos lados de ese temible Telón de Acero. Sin embargo, en Albania quedan, como mudos testigos de delicados tiempos pasados, miles y miles de “setas” de hormigón que siembran el suelo del pequeño estado balcánico. Son los búnkeres que el dictador Enver Hoxha ordenó construir entre 1967 y 1986.

En la mente perturbadora y paranoica del dirigente comunista albanés se instaló la creencia de que su país podía ser invadido por fuerzas extranjeras. Recelaba de los Estados Unidos, por supuesto, pero también de la entonces Unión Soviética en manos de Nikita Kruschev, el sucesor de su idolatrado Josef Stalin. Hoxha no confiaba en absoluto en Kruschev por considerarle muy alejado de la ortodoxia estalinista y acabó rompiendo relaciones con el régimen soviético a comienzos de la década de los sesenta.

A partir de ese momento Hoxha se lanzó a la tarea de “bunkerizar” por completo el país construyendo unos 750 mil búnkeres. Dada la extensión de Albania, algo menos de 30 mil Km2, y su población -en torno a los tres millones de habitantes-, el promedio al terminar esta delirante e ingente obra de construcción fue de un búnker por cada cuatro habitantes, aproximadamente. Un despropósito.

Los búnkeres de Albania estuvieron en uso hasta 1991 cuando el régimen comunista albanés, dirigido en aquel momento por Ramiz Alia, el sucesor de Hoxha tras su muerte en 1985, colapsó y la República Socialista Popular pasó a mejor vida.

La bunkerización del país supuso un auténtico dispendio que provocó un desastre económico en el país. Con un severo régimen autárquico en el interior, las fronteras cerradas, aislado del exterior para el comercio internacional, con falta de materias primas, cortes de energía, escasez de divisas y alimentos, Albania entró en barrena. Un lastre que a día de hoy todavía está pasando factura al pequeño país.

Tras el negro periodo comunista, Albania abandonó la construcción de búnkeres. Debido a su recia consistencia, su destrucción siempre ha sido tarea complicada por lo que al final se ha optado por dejarlos donde están. Esto, paradójicamente, ha convertido a esta auténtica ensalada de setas que brotan del suelo en una curiosa atracción turística para los visitantes.

Se estima que actualmente podrían quedar medio millón de búnkeres repartidos por la geografía de Albania. Los hay de muy diferentes tamaños y están por todas partes. En el campo, en las ciudades, a orillas del mar, al borde de carreteras, en cementerios, en laderas y puertos de montaña…

Su uso, como resulta obvio, ya no guarda relación con su origen. Aunque muchos han sido abandonados, otros muchos se reutilizan hoy como almacenes, establos para animales, bodegas, despensas, vestidores, baños, cafés e incluso como alojamientos rurales. Sin olvidar los populares botellones entre jóvenes. Y no tan jóvenes.

Naturaleza en Albania, diagnóstico estado crítico

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He regresado de mi reciente viaje por Albania, en el sureste de la siempre enigmática península de los Balcanes. El resultado ha sido una fascinante travesía por uno de los países más auténticos y genuinos que todavía quedan en Europa. Se puede seguir este interesante periplo albanés simplemente con pinchar sobre la etiqueta “Albania” del blog, o de este mismo post.

Nieve perenne en las montañas que emergen de suelo albanés

Albania, en mi opinión, sorprende por una suerte de virginidad y provincianismo que se entrelazan y empapan los cuatro puntos cardinales de su mapa. Es como si la modernidad y la globalización pasaran de puntillas por estas latitudes mediterráneas y dejaran aquí la dosis justa, manteniendo al país fijado en una especie de túnel temporal por el que ya hemos pasado otros europeos hace algún tiempo en nuestros respectivos países.

Junto a su desordenada y decadente capital, Tirana, este pequeño estado balcánico está bendecido por una naturaleza y una biodiversidad que podrían ser su principal activo si no fuera por el peligro que corren, a menos que cambien con urgencia algunas cosas. Altas cumbres en permanente color blanco, ríos de caprichoso cauce, bellos lagos enclaustrados entre montañas y fértiles valles inundan el paisaje, el mismo paisaje que es visible desde la ventanilla de nuestro vehículo, sea autobús, furgón o taxi, cuando nos movemos de un lado a otro del país. Un tesoro de postal al alcance de la mano.

Parque Natural Zheji, desde la carretera SH4

Sin embargo este idílico panorama es engañoso. Un par de datos. El setenta por ciento de la superficie de este pequeño estado es montañoso, con algunos picos que superan los dos mil metros de altura; una tercera parte de esa misma superficie está tapizada por apretados bosques y una rica y variada flora que incluye numerosas especies endémicas. Albania, por otro lado, país de tamaño similar a Bélgica, tiene declarados de manera oficial catorce parques nacionales. Pero esta declaración bien se podría decir que solo es sobre el papel ya que el estado y conservación de todos esos espacios, que gozarían de la máxima protección y vigilancia en cualquier otro país europeo, aquí sobre suelo albanés, simplemente son papel mojado. Falta de mantenimiento, tala ilegal y caza furtiva constituyen, por desgracia, el tridente letal que vacía de contenido cualquier declaración oficial de que no encontramos ante un espacio natural protegido.

Río Osum, con las montañas del Parque Nacional “Mali i Tomorrit” al fondo

Albania es una nación eminentemente rural, tradicional, de fuertes y arraigadas costumbres, no siempre acertadas, y este aspecto pesa muy mucho en la mentalidad de sus habitantes. Fuera de Tirana o Dürres, la segunda ciudad del país, la población está falta de una profunda sensibilización sobre el medio ambiente y lo que significa e implica su cuidado y defensa. Incluso en las ciudades mencionadas -y alguna más- es visible cierta desafección por parte de la ciudadanía hacia la separación y reciclado de la basura doméstica. Y todo a pesar de que sus ayuntamientos se esfuerzan en mentalizar a los vecinos de lo vital que resulta vivir en un ambiente urbano más salubre y saludable. Se han conseguido algunos avances, en especial en Tirana, desde que su carismático exalcalde, Edi Rama, hoy primer ministro del país, se involucrara en la tarea de transformar la ciudad y mejorarla en muchos aspectos, entre ellos la separación y recogida de residuos de cualquier naturaleza.

Canal Vivari, el desagüe natural del Lago Butrinto en el mar Jónico

Pero fuera de las urbes, en el campo, el panorama es desolador. Las orillas de los ríos están inudadas de plásticos, envases de cartón y aluminio vacíos, o bolsas con detritus medio desgarradas que conviven, sin que nadie lo impida, con el agua -turbia muchas veces- que discurre a escasos centímetros. En los márgenes de las carreteras, y a lo largo de kilómetros, se acumulan bolsas y bolsas de basura que languidecen sin remedio bajo el aplastante sol del verano o la impenitente humedad del invierno. Las cunetas son auténticos estercoleros que ofrecen un espectáculo impactante para el que viene de fuera, lo que se traduce en una imagen devastadora del país cara al exterior.

Cordillera Mali i Gribës, en el condado de Gjirokastër, al sur del país

En la profundidad de los nutridos bosques que forran el arrugado suelo albanés, la situación no es mejor. Los plásticos y restos de harapos se enredan sin piedad en las ramas de árboles y arbustos impidiendo su natural crecimiento. Mortal fotografía que, por supuesto, se repite en el interior de los, a priori, protegidos por el ministerio de Medio Ambiente, parques nacionales del pequeño país balcánico.

He omitido de forma deliverada la publicación de fotos reflejando este pernicioso escenario. No quiero abundar más en una imagen en exceso negativa hacia un país al que debo gratitud y respeto. Todo lo cual no es óbice para reclamar desde esta modesta ventana, a quien corresponda, un plan urgente que solucione el estado crítico en el que se encuentra la salud ecológica de este país llamado Albania.

La pequeña villa de Lin, a orillas del lago Orhid

Resulta irónico, por otra parte, que sus habitantes, los mismos que no ponen demasiada diligencia en eso del cuidado medioambiental, sean al tiempo el principal valor del país. Los albaneses son gente humilde, amable, servicial y muy amistosa. En ningún momento, y quiero recalcarlo, el viajero se sentirá desamparado o con sensación de peligro cuando se desplaza por Albania. Aunque viajemos en solitario, como es mi caso, siempre nos sentiremos arropados y seguros. Así es Albania. Con sus luces y sus sombras.

Sarandë y Butrinto, ocio y cultura en la Riviera Albanesa

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La mañana había amanecido lluviosa, desapacible, en Shkodër, al norte de Albania. Tomada la decisión de no aventurarme en la cercana y sobrecogedora montaña de Thethi y Valvona debido al mal tiempo, puse rumbo hacia la punta sur del país, hacia Sarandë, en busca de la soleada Riviera Albanesa, frente a la isla griega de Corfú.

Próximo destino: la Riviera Albanesa

Ya lo he comentado en entradas anteriores. Moverse en Albania no es sencillo. Un manifiesto caos en el transporte interurbano por carretera provoca cierto desánimo en la primera toma de contacto con él. Sin embargo, con el transcurso de las jornadas se produce un curioso fenómeno de inmersión. Sin darte cuenta formas parte de ese fabuloso enredo pero al tiempo consigues salir del paso, porque al final autobuses, minibuses y cualquier vehículo con cuatro ruedas que transporte pasajeros -en algunos casos sentados incluso en taburetes en medio del pasillo- salen y llegan a destino. Puede que no a la hora prevista, pero llegan.

Terminal de autobuses Ndërqytetas en Tirana

Con este panorama abandoné Shkodër a las 7.45 de la mañana hacia Tirana, la capital albanesa. Una vez allí, algo más de dos horas después, me bajé en la siempre desconcertante y bulliciosa terminal de autobuses de Ndërqytetas, en la plaza del Águila. Es a mi juicio la principal de los varios intentos de estación de autobuses que existen en Tirana, aunque solo sea por la cantidad de ellos que operan desde allí. De esta manera no fue difícil localizar el furgón que en tan solo dos minutos salía hacia Sarandë, mi siguiente y último destino en Albania. Había llegado a tiempo.

El minibús en el que viajé hasta Sarandë

Tras un largo y fatigoso viaje de cinco horas y cuarto, el pequeño omnibús llega por fin al centro de Sarandë y desaloja a sus entumecidos pasajeros en plena calle, porque allí no hay algo que se asemeje a una terminal de autobuses. Sin embargo el panorama se presenta alentador. La tarde es radiante, la temperatura muy agradable, y el paseo marítimo está animado, lo mismo que las terrazas y cafés que se asoman a él. Y como deseo que la experiencia sea total, me busco alojamiento en el mismo bulevar Hasan Tahsini, a escasos metros del agua. No me cuesta encontrar algo de mi gusto y además por un buen precio: diecinueve euros la noche y vistas de película sobre el mar Jónico y la isla de Corfú, al fondo. Esto es Albania amig@s.

Vistas desde la terraza de la habitación de mi hotel en Sarandë

En esta época del año, en plena primavera, Sarandë, bautizada por este bloguero como la “Niza de la Riviera Albanesa”, disfruta de una plácida tranquilidad que a buen seguro los lugareños echarán en falta dentro de apenas mes y medio, en cuanto aterrice aquí la temporada estival. Será entonces cuando el sosiego y serenidad del que disfrutan ahora en la ciudad se evapore, para dar lugar a una efervescencia y bullicio que la envolverán en un ambiente solo apto para acérrimos del sol y playa. Es la quietud que precede a la tormenta.

Panorámica de Sarandë con sus terrazas en el pequeño puertoAnochece sobre el paseo marítimo de Sarandë

Mientras llega ese turbador momento estoy metido de lleno en la conocida como Riviera Albanesa, una porción de costa que se extiende por el litoral mediterráneo, desde el parque nacional de Llogara hasta la frontera con Grecia. Su animada vida nocturna, el ecoturismo, playas de agua color turquesa, solitarias caletas, cañones costeros, pequeños pueblos, iglesias ortodoxas y restos de castillos, son el reclamo principal para que la jet albanesa -y de otros países de la zona- haya puesto sus ojos en esta parte de Albania. Yo no soy tan pretencioso y me conformo con pasar un par de días en la zona, disfrutando de un buen clima, comida, ambiente y empaparme de algo de cultura.

Sol y playa en la Riviera Albanesa 

¿Cultura en un destino azul, de sol y playa? Pues sí. La misma ciudad de Sarandë atesora interesantes restos arqueológicos, herencia de épocas pasadas. De la orillas del mar, en la playa, emerge lo que queda de la antigua puerta de entrada a la fortaleza de Onhezmi, en el lado occidental de la misma. Y en la calle Abedin Dino, al lado del céntrico parque municipal Miqësia, nos sorprende un auténtico museo a cielo abierto, una construcción con raíces fechadas en el siglo IV/V a.C. El monumento alberga las ruinas de una sinagoga y una basílica que hubo allí. Se trataría de una basílica cristiana temprana que se transformó en sinagoga a principios del siglo XV.

Restos de la antigua puerta de Onhezmi en la playa de Sarandë

Pero lo que verdaderamente me había traído hasta esta esquina de Albania, además de su benigno clima, era conocer uno de los tesoros arqueológicos más notables que guarda el país. Para este ilustrado fin hay que trasladarse una veintena de kilómetros al sur de Sarandé, ya prácticamente en territorio griego. Allí, en una caprichosa y recogida península se mantiene vivo un fragmento de la historia del Mediterráneo: la antigua ciudad portuaria de Butrinto. He llegado hasta uno de los destinos culturales más visitados por turistas y viajeros en la península de los Balcanes; incrustado además en el pequeño parque nacional del mismo nombre y declarada ciudad Herencia de la Humanidad por la UNESCO en 1992.

Teatro Romano de Butrinto

Butrinto, la antigua Buthrotum que fundaran los exiliados de Troya tras la caída de la mítica ciudad anatolia -de ahí que también sea conocida como la “pequeña Troya”-, nos ofrece en la actualidad un apasionante viaje por distintas etapas de la historia de las civilizaciones y cuyos orígenes se remontan hasta al menos el siglo IV a.C. Griegos, romanos, bizantinos, venecianos y otomanos, todos, de uno en uno y sucesivamente a través de las centurias, han dejado una huella indeleble y atemporal de su paso por Butrinto.

Baptisterio en Butrinto Gran Basílica en Butrinto

Los muros, un teatro romano del siglo III, la villa o residencia privada, los baños y el ágora, todos romanos; el baptisterio con su suelo de mosaico, la gran basílica bizantina del s.VI, el castillo y la torre venecianas del s. XIV-XV… son solo unos ejemplos, a modo de provisional inventario, que nos esperan al entrar en la legendaria Butrinto…

A tener en cuenta

Para trasladarse desde Sarandë hasta el sitio de Butrinto existe un servicio regular de autobuses. Se puede tomar uno en la parada que hay frente a los restos de la basílica/sinagoga, en la calle Abedin Dino, y nos deja en la misma puerta de acceso al recinto de Butrinto. El primer autobús pasa a las 5.35 horas y el último a las 21.35 horas. La frecuencia de paso es de uno a la hora, justo en el minuto 35. El autobús de vuelta se toma en el mismo punto donde nos ha dejado a la ida. El precio por trayecto es de 100 lek, unos 70 céntimos de euro.

Entrada a Butrinto: 700 lek, algo más de cinco euros.

Shkodër, la puerta de entrada a los Alpes Albaneses

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Dejo atrás Pogradec con el Orhid, el encantador lago compartido entre Albania y la República de Macedonia y pongo rumbo, esta vez, hacia el noroeste del pequeño país balcánico, casi en la frontera con otra de las exrepúblicas yugoslavas: Montenegro. Mi plan es alcanzar Shkodër, la principal ciudad del norte de Albania, muy cerca de su lago homónimo. Shkodër es para el viajero, además, la puerta que da acceso a los impresionantes Alpes Albanos o Montes Prokletije, una rama de los Alpes Dináricos que se extienden por la península de los Balcanes. Y por esta razón pongo la vista y el objetivo en esa abrupta y hermosa zona del país; y por esa razón me presto a una nueva y extenuante jornada de carretera a través de la geografía albanesa.

Cuando viajas por Albania entre dos puntos algo distantes, sí o sí, casi seguro, tendrás que pasar por la capital, Tirana, para cambiar de autobús, minibús o furgón en alguna de sus destartaladas terminales diseminadas por la ciudad y tomar nuevamente otro que te llevará a destino. Fue así como, tras el correspondiente trasbordo en Tirana, llegué a Shkodër seis horas después de la salida en Pogradec.

La envidiable posición geográfica de Shkodër convierte a la ciudad en el trampolín ideal para lanzarse a explorar el indómito y bellísimo norte de Albania. Existen agencias especializadas que facilitan la tarea de llevarte e introducirte en ese mundo algo salvaje y remoto que es la montaña albanesa más septentrional, con recorridos en barco por el espectacular lago Komani –apodado el fiordo de Albania-, para abrir boca, y adentrarse más tarde en territorio de los parques nacionales de Thethi y del Valle Valvona.

Mi idea era, a través de una agencia local de Shkodër, viajar hasta el pueblecito de Theth –en el primero de los parques-, pernoctar allí en pensión completa y aprovechar para conocer su austera pero cautivadora iglesia católica y la famosa cascada de Grunas, con su impresionante caída de agua precipitándose desde unos treinta metros de altura. Eso, y disfrutar de una naturaleza abrupta y sugerente.

Iglesia católica de Theth, en el Parque Nacional de Thethi. Foto vía Pixabay.com

Este era el plan de actuación previsto cuando me bajé del autobús alrededor de las tres de la tarde en Shkodër. Busqué a continuación un hotel asequible en el mismo centro urbano y lo encontré muy cerca del Teatro Migjeni. Una vez desprendido de la mochila, y tras una ducha reparadora, me dispuse a pasar la tarde visitando la ciudad.

Todo empezó a torcerse en medio de la noche cuando la lluvia me despertó golpeando con fuerza la ventana de mi habitación. No me lo podía creer. Alguna nube emborronaba, sin apariencia de amenaza, el cielo casi azul cuando arribé a la ciudad, pero el sol finalmente se había impuesto regalándome una placentera y luminosa tarde del mes de mayo.

De repente el tiempo había cambiado… para mal. Me levanté de la cama, encendí mi portátil y consulté en Internet la previsión meteorológica en el área del parque nacional. Para disgusto mío el pronóstico era bastante nefasto, con lluvia, descenso de temperatura y posibilidad de tormentas vespertinas en la zona de Theth durante, al menos, los dos días siguientes.

Mi sueño de visitar la montaña albanesa se ha evaporado. Con semejantes condiciones atmosféricas en verdad no merece la pena adentrarse en territorio montañoso. Por otro lado no dispongo de suficientes días para quedarme en la zona y esperar a que el tiempo cambie de cara. En ningún momento, lo reconozco, he tenido la precaución de informarme sobre la meteorología prevista en esa parte del país. Desde mi llegada a Albania el tiempo ha sido estable y cálido. Pero estamos en primavera y en esta época el clima es todo menos tranquilo.

Siempre que viajo existe un plan B. Y si no lo hay, lo improviso. En este caso hay que sustituir la montaña por otro lugar que me permita aprovechar los últimos días de mi estancia en Albania. Si la montaña ha fallado, entonces la costa mediterránea puede ser una buena opción.

Así, examinando el mapa del país, he caído en la cuenta de que en su extremo más meridional se sitúa la famosa Riviera Albanesa, con la ciudad de Sarandë como capital de la misma; y sobre todo las famosas ruinas arqueológicas de Butrinto, la en otro tiempo ciudad portuaria donde dejaron su huella diferentes culturas y civilizaciones. Situadas en el parque nacional del mismo nombre, Butrinto se localiza a pocos kilómetros al sur de Sarandë, casi en territorio heleno. Plan B en marcha…

Entre tanto, qué ver en Shkodër

Conocido como el Miguel Ángel albanés, la ciudad de Shkodër debe mucho a un gran artista polifacético de nombre Kolë Idromeno, nacido precisamente aquí, en Shkodër, en 1860. Diferentes edificaciones del siglo XIX en la ciudad llevan su firma. Tal es así que el barrio de Gjuhadol, incrustado en el distrito histórico, al norte de la ciudad, en conjunto tiene su sello.

Calle Kolë Idromena en Shkodër

En la actualidad la principal arteria del barrio se llama como él; un animado y coqueto bulevard peatonal donde los lugareños se dan cita al finalizar el día, paseando entre sus pequeñas galerías de arte, cafés, terrazas y tiendas de diseño.

Las villas residenciales del barrio se caracterizan por una larga sucesión de ventanas y contraventanas, grandes puertas y paredes altas, todos ellos elementos típicos de la arquitectura decimonónica local. Idromeno fallecería en 1939, en la capital, Tirana.

Típicas fachadas de las construcciones del s.XIX en el centro de Shkodër 

Reflejo de la diversidad y tolerancia religiosa del país y de la ciudad, mezquitas musulmanas conviven sin problema con iglesias ortodoxas y templos católicos. En 1995 se levantó la impresionante mezquita Ebu Bekir en el mismo lugar donde antes estuvo otra del siglo XIII y destruida durante el régimen comunista de Enver Hoxha. Más reciente es la mezquita Parrucë o El Zamil, de 2003, con la misma arquitectura de otra previa construida en 1943 y destruida en 1968, para mayor gloria del ateísmo imperante en la época de la dictadura del proletariado de Hoxha.

Mezquitas de Ebu Bekir (arriba) y Parrucë (abajo)

Los ortodoxos se dan cita principalmente en una imponente iglesia construida a comienzos de este milenio, en un terreno ocupado antes por otra iglesia de madera. Los católicos, por su lado, gozan de buena salud en esta parte del país y aquí, en Shkodër, disponen de un importante punto de encuentro, además de la catedral.

Se trata de la Iglesia Franciscana, levantada en 1890. Fue construida en estilo italiano y coronada con estatuas religiosas. Durante los oscuros años de recalcitrante comunismo se salvó de la quema para servir como centro cultural. La gran Franciscana, al menos, no corrió la misma funesta suerte de tantos y tantos centros religiosos, fuere cual fuere su credo. Se reabrió como templo para culto católico nuevamente en 1998.

Iglesia Ortodoxa Campanario de la iglesia Franciscana

Uno de los símbolos de Sarandë es la Torre del Reloj, o mejor, lo que queda de ella. Se le conoce popularmente como el “Reloj Inglés” debido a que fue construida por un misionero protestante evangélico británico, Lord Paget, para uso religioso. Después de su fallecimiento se convertiría en una torre de vigilancia contra incendios.

Torre del Reloj, a la izquierda, con los minaretes de Ebu Bekir, a la derecha

Dejamos Shkodër en el norte de Albania y nos vamos al extremo opuesto, en el sur. Dejamos la lluvia para ir en busca del sol. Estoy a punto de tomar de nuevo un autobús, o dos, o los que haga falta. Nos marchamos hasta la Riviera Albanesa. En la próxima entrada…

Dedicated to Ida. “Famelinderit” for your help and sympathy 🙂

Pogradec, el secreto albanés del Lago Orhid

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Amanezco en Pogradec, al este de Albania. No he abandonado el país, pero casi estoy tocando con las manos la Antigua República Yugoslava de Macedonia (FYROM, por sus siglas en inglés). Desde la ventana de mi hotel ahogo pensamientos en esta mañana soleada contemplando la inmensidad del lago que tengo frente a mí. Amanezco en esta esquina albanesa bañada por las plácidas aguas transparentes del lago Orhid.

Panorámica del lago Orhid desde Pogradec

La víspera había salido de la doblemente milenaria Berat. Un furgón minibús de aspecto algo destartalado me había llevado desde la “ciudad de las mil ventanas” hasta Elbasan, en el centro del país. Sin tiempo que perder camino unos cuatrocientos metros desde lo que parece una terminal de autobuses absolutamente surrealista, hasta una improvisada parada de furgonetas-taxi frente al estadio de fútbol.

Tras unos segundos de gestos con las manos y monosílabos en diferentes lenguas, apalabro destino y precio con el conductor. Me subo al taxi donde compartiré asiento apretado y bastante calor con otros nueve viajeros, todos del país. No hay tiempo para más. La furgoneta taxi arranca y salimos como alma que lleva el diablo dirección Pogradec. En Albania se viaja así, a golpe de improvisación y algo de regateo cuando las circunstancias lo requieren.

Orilla sur del lago Orhid en Pogradec

El lago Orhid, el principal motivo que me ha traído hasta este bello y un tanto escondido rincón de la geografía de Albania, es un tesoro en forma de óvalo que la naturaleza ha excavado en suelo calizo y se ha encargado de guardar entre montañas desde su formación hace unos cuatro millones de años.

Hoy contemplo esta arcaica y hermosa criatura de profundas aguas –casi trescientos metros en su punto más bajo- desde su ribera sur, en Pogradec, y la vista se pierde en la inmensidad hacia Struga, a unos treinta kilómetros, en el norte, ya en Macedonia, país con el que Albania comparte la propiedad del lago.

Lago Orhid desde Pogradec. Al fondo territorio de Macedonia

Pogradec es una ciudad desangelada, bastante sucia y anárquica. Su arquitectura de pasado comunista se deja notar muy mucho todavía en edificios que languidecen sin remedio al lado de otros de nuevo cuño y con los que el maridaje se antoja imposible. Es la primera impresión que te llevas cuando la furgoneta-taxi se adentra en las polvorientas calles de Pogradec y te deja en la Rruga (calle) Rinia. Al bajarte sientes la necesidad de buscar con premura el bálsamo, un bálsamo que no es otro que el lago.

Y cuando por fin llegas a él, se disipan todas las dudas y se evaporan todos los inconvenientes del largo y tedioso viaje entre cerradas curvas y rampas interminables. Es el momento de reconciliarse con el resto del mundo porque en verdad ha merecido la pena llegar hasta este apartado y escorado lugar del mapa albanés, hasta no hace mucho desconocido para los viajeros internacionales. Solo los albaneses, conocedores de lo que tenían dentro, llegaban aquí en masa para sacar partido de su propio patrimonio.

Jardines a orillas del lago Orhid en Pogradec 

Una vez en Pogradec se impone un plan rápido de actuación. El guion establece en primer lugar la búsqueda de hotel para pernoctar. Tarea sencilla. En la ciudad existen numerosos establecimientos para reposar nuestro cansado cuerpo, pero ya que nos ponemos, por favor, hay que alojarse a orillas del lago. Por el paseo de la ribera asoman varios hoteles, todos con buena apariencia externa y todos bastante asequibles para el bolsillo de un europeo occidental. Así pues, ¡fuera dudas y a darse un capricho con vistas a las aguas del Orhid!

Espectaculares vistas desde uno de los hoteles en primera línea

Acomodados y con las pertenencias a resguardo en nuestra habitación, ha llegado el momento de salir a empaparse de viejos edificios grises y destartalados repartidos por el interior del centro urbano, herencia de cuarenta y tantos años de comunismo estalinista en estado puro.

Sin embargo, y a pesar de su nulo valor estético, introducirse en ese oscuro túnel del tiempo y ponerse en la piel de personas, familias enteras que han vivido –y viven aún- en edificios sin alma, sin color, sin vida en definitiva, siempre es un sabio ejercicio de autoconciencia. En ese trance todo lo que tenemos por común y habitual en nuestro cómodo primer mundo, adquiere mucho más valor y aprecio.

Rancia arquitectura comunista en las calles de Pogradec

Con la retina impregnada de tanta decadencia arquitectónica propia de otros tiempos, sin duda peores, no deberíamos marcharnos de esta parte de la ciudad sin echar un vistazo antes al par de mezquitas y a la iglesia cristiana ortodoxa de Santa María que se levantan sobre este céntrico suelo.

Edificios religiosos, todos, que no atesoran una belleza extraordinaria ni tiempo de existencia a sus espaldas. Las purgas de otros tiempos vaciaron de vida y contenido todo lo que oliera a religioso, y tras el tenebroso agujero comunista dejado por el dictador Hoxha, tuvieron que renacer de sus cenizas, cuando no ser levantados nuevamente.

Iglesia ortodoxa de Santa María

Cumplida esta parte protocolaria de nuestro guion de visita a Pogradec, dejamos para el final el disfrute y deleite del lago. Verdaderamente el Orhid es un lugar de postal. Su inmensidad atrapa al instante y el color de sus aguas seduce al momento. Su leyenda de lugar prehistórico lo engrandece aún más pues tenemos la impresión de estar contemplando un ser absolutamente primitivo, una reliquia que nos ha llegado casi intacta hasta nuestros días.

No hay que perderse un paseo por su orilla al caer la tarde, cuando los habitantes de Pogradec, de cualquier edad, que aquí no hay distingos, salen, pasean tranquilamente, toman algo en cualquiera de las terrazas y se dejan ver. Y nosotros, cumpliendo fielmente el dicho popular que reza “donde fueres, haz lo que vieres”, nos unimos con gusto a la función.

Las mil ventanas de Berat

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Salir de Tirana no es tarea complicada, pero tampoco un camino de rosas. Descartado el ferrocarril por escaso, lento y obsoleto, la opción más viable que nos queda es el bús interurbano. Sin embargo la capital no dispone de una estación central de autobuses al uso, como en muchas ciudades europeas. En Tirana el viajero tiene que acudir a distintos aparcamientos a cielo abierto situados en diferentes puntos de la geografía urbana, donde se arremolinan autobuses y pequeños furgones con un cartel de la ciudad de destino localizado en el parabrisas. Te subes, pagas en el interior y nos vamos en cuanto el conductor, más o menos, estima oportuno. Esto es Albania 🙂

Después de un par de horas de viaje se arriba a la pequeña y encantadora ciudad de Berat, en el centro sur del país, a orillas del río Osum. Estoy en una de las ciudades más antiguas y bellas de esta nación balcánica; constancia existe de que ya estaba habitada allá por el siglo IV a.C. Berat es reflejo de un rico pasado bizantino primero, y otomano después, a quienes antecedieron los sempiternos romanos con su imperio en plena expansión, y antes todavía los ilirios.

Panorámica de Berat

De su pasado bizantino quedan numerosas iglesias del siglo XIII y de la era otomana diferentes mezquitas datadas a partir del siglo XV. La ciudad tiene no uno, sino tres centros históricos diferentes, lo que convierte su visita en toda una experiencia.

Fortaleza de Kalaja

El primero de los barrios, conocido también como fortaleza de Kalaja, se sitúa en lo alto de una escarpada colina que preside el castillo de Berat. Su construcción es del siglo XIII, pero sus orígenes se remontan al siglo IV a.C. Dentro del recinto amurallado, entre estrechas calles empedradas y viviendas otomanas, residen todavía un centenar de personas.

Callejeando por el barrio de la fortaleza

La ciudadela acoge un museo iconográfico y un puñado de pequeñas iglesias bizantinas en diferentes estados de conservación aunque, al menos en apariencia, cerradas al público. También es el hogar de una de las mezquitas más antiguas de Albania, la mezquita Roja, s.XV, que cohabita con otra, la mezquita Blanca. En realidad lo que persiste tras el paso de los siglos son unas ruinas y su localización no es cosa fácil.

Iglesia bizantina de la Santísima Trinidad (s.XIII-XIV)

La idea es ascender a pie –no tenemos otra alternativa- desde el río al caer la tarde para alcanzar el barrio en el momento más idóneo del día. Especial cuidado hay que guardar con la interminable y empinada cuesta que nos conduce hasta allá arriba y su suelo adoquinado, muy erosionado y resbaladizo por el efecto del trascurso del tiempo sobre él.

Sin embargo el esfuerzo merece la pena ya que se verá recompensado con unas fabulosas vistas de los otros dos cascos históricos, el valle por donde discurre el río y las montañas al fondo, nevadas todavía a pesar de estar a comienzos de mayo. Si complicada es la subida, atención a la bajada. Los irregulares y deslizantes adoquines pueden jugar una mala pasada si no ponemos atención al suelo.

Vistas desde la torre sur de la fortaleza de Kalaja

La entrada a la ciudadela no es libre y gratuita. Hay que abonar en la Puerta de Kalaja, antes de pasar bajo el arco, un “peaje” de 100 lek, unos 75 céntimos de euro al cambio actual.

Barrio de Mangalem

Localizado a los pies de la colina del castillo, Mangalem es por lo general el primer lugar que el visitante pisará al llegar a Berat. Lo mejor y más interesante de la arquitectura tradicional otomana tapiza el suelo de este barrio eminentemente musulmán.

Sus callecitas intentando trepar la colina, entre gastadas piedras y escalones imposibles, forman una retorcida malla de tejados ocres y encaladas paredes. Y ventanas, cientos de ventanas mirando hacia el río. De ahí el sobrenombre que se ha ganado Berat, “la ciudad de las mil ventanas”. El conjunto, visto desde la orilla opuesta del río Osum, es sencillamente único.

Panorámica del barrio de Mangalem al anochecer

Fuera de la colina, pero todavía dentro de Mangalem, se encuentra el llamado centro medieval, un pequeño complejo social y religioso del siglo XV, compuesto por la mezquita del Rey, conocida anteriormente como del Sultán Bayazit; la librería Helvetie, con sus celosías en madera, de un estilo barroco adaptado al arte islámico, y finalmente la posada de los Dervishes.

Centro medieval (siglo XV)

Barrio de Gorica

Situado frente a Mangalem, en la margen contraria del río, se localiza el barrio cristiano de Berat: Gorica. Dos puentes aseguran su conexión con el resto de la ciudad otomana. Uno de 1777, destruido en 1880 por una riada y vuelto a reconstruir aunque sin seguir la estructura original, de nombre Gorica, igual que el barrio; y otro más reciente, más moderno, pero desprovisto del encanto del primero.

Barrio de Gorica

Gorica surgió para evitar problemas de convivencia. Los otomanos lo tenían muy claro y segregaron a la población cristiana de la musulmana enviándola al otro lado del Osum para que no hubiera enfrentamientos y conflictos entre ambas comunidades.

Hoy, paradojas de la historia, las dos confesiones viven compartiendo calles y tabiques. Paseando por Berat te puedes topar con una iglesia ortodoxa a escasos metros de una mezquita. Y es que la tolerancia religiosa y cultural, además de un mutuo respeto, son algo asentado plenamente en la sociedad civil albanesa contemporánea.

Puente de Gorica sobre el río Osum

Dimensionalmente Gorica es el más pequeño de los tres barrios, aunque no por ello pierde en interés y autenticidad. El monasterio de San Spiridon, del siglo XVIII, y la iglesia de Santo Tomás, del mismo siglo que el monasterio, son los dos principales tesoros que guarda el barrio. La iglesia fue destruida como parte de la purga a la que sometió el régimen comunista a todo lo que oliera a religión, pero fue devuelta de sus cenizas en la década de los noventa del siglo pasado con aportaciones de la comunidad cristiana de Gorica.

Bulevar Republika en Berat

Berat bien merece una visita cuando nos encontramos viajando por Albania. Su triple casco histórico, su valioso patrimonio labrado por siglos de dominaciones extranjeras, su espectacular ubicación geográfica y su ambiente, en especial el nocturno, convierten a esta antiquísima ciudad en un hermoso destino que no debemos pasar por alto. Por todo ello no ha de extrañar que la UNESCO la haya inscrito en la lista de ciudades Patrimonio de la Humanidad en 2008.

Una capital de nombre Tirana

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He desembarcado en Tirana, Tiranë en lengua local, la capital desde 1912 y principal puerta de entrada a este pequeño estado balcánico llamado Albania. Con algo más de medio millón de habitantes, es el claro centro político, cultural y financiero de la pequeña república. Para un país eminentemente agrario y rural, Tirana insufla una buena dosis de aire urbanita y cierta modernidad, convirtiendo así a la capital en una excepción dentro del país.

Tirana, capital de Albania

Poco o casi nada queda en la ciudad de su grueso y rico pasado otomano que se prolongó durante casi siete siglos. Con la invasión fascista italiana de 1939, la ciudad empezaría un cambio radical. Uno de los arquitectos de cabecera del “Duce”, Florestano di Fausto, transformó el centro histórico a base de amplios bulevares y recios edificios estatales en estilo neorrenacentista, al que se uniría más tarde el horrendo y grisáceo estilo estalinista importado por Enver Hoxha y su férrea dictadura marxista-leninista que se extendería desde 1944 y por más de cuatro décadas. Todo lo cual no impediría hablar de un cierto estilo propio, derivado del aislamiento y la singularidad del régimen político impuesto por Hoxha; una suerte de adaptación arquitectónica a la albanesa. Esto vendría a traducirse en una capital que en el fondo, y aunque guarda un aire, se parece poco a sus homólogas de la antigua Europa Oriental, aquella que surgió tras el temible Telón de Acero.

Bulevar Dëshmorët e Kombit de Tirana

Durante ese largo y oscuro lapso de “democracia popular”, y como ocurriría en otros estados socialistas del este de Europa con sus capitales, mucha gente emigró desde el campo a la capital en busca de mejores condiciones de vida. Tirana experimentó un fuerte crecimiento demográfico lo que acarreó que se edificara de forma bastante descontrolada para acoger a los nuevos vecinos. Fenómeno que se vería agravado a partir de 1992 con la llegada de la democracia. A partir de ese momento la ciudad “engordó” todavía más. Se cuadruplicó su población, se empezó a construir de manera ilegal utilizando sin rubor suelo de uso público y se creó una caótica malla viaria a la que por faltar hasta le falta en muchos casos nombre para las calles y semáforos para regular el ya de por sí caótico y contaminante tráfico de la capital.

Moderno complejo comercial Toptani, en el centro de Tirana

Pero la nueva etapa democrática también ha traído consigo modernidad y algo de globalización. Junto a novísimos rascacielos y modernas áreas comerciales, las viejas y desangeladas edificaciones de corte comunista se están viendo sometidas, de la mano del ayuntamiento capitalino, a todo un proceso de lavado de cara, con el pintado de las fachadas en llamativos colores, lo que -aunque de manera un tanto artificiosa- se traduce ahora en edificios de aspecto algo más acogedor y amigable. Por otro lado el municipio también se ha embarcado en la firme tarea de recuperar zonas verdes para uso y disfrute de la ciudadanía local y foránea, cuestión que siempre es de agradecer, en especial por los primeros. En definitiva la ciudad camina muy lenta, pero segura, hacia un nuevo status algo más sostenible y saludable, donde se está intentando integrar pasado y futuro de la mejor manera posible.

Viejos edificios comunistas descompuestos por el paso del tiempo…… junto a otros rejuvenecidos con un “restyling”

Descubriendo la capital

El corazón Tirana se encuentra en la plaza Skanderbeg, nombre que honra tributo al legendario héroe nacional que combatió con tenacidad a los otomanos a mediados del siglo XV y que se ve recompensado, además, con una estatua ecuestre suya presidiendo la plaza desde 1968. Aquí se encontraba precisamente el casco histórico otomano, pero a comienzos de los sesenta del siglo pasado toda esta área sufrió un cambio radical y crítico. Se derribaron la casi totalidad de los edificios existentes y se abrió un enorme espacio para dar cabida a otros nuevos, más acordes con la ortodoxia de corte marxista imperante en el poder.

Estatua ecuestre del héroe Skanderbeg

Fue entonces cuando se levantaron el completísimo Museo Nacional de Historia, el más grande del país, con su descomunal mural-mosaico en la fachada conocido como “Los Albaneses”; y el Palacio de la Cultura, actual Teatro de la Ópera y Ballet Nacional, en los terrenos que en otro tiempo ocupara el Bazar Viejo. El palacio fue un regalo de la Unión Soviética y se finalizó en 1963, cuando ya se había oficializado el divorcio entre los dos países.

Museo Nacional de HistoriaPalacio de la Cultura, en el centro de la foto

Pero la plaza Skanderbeg acoge otros puntos interesantísimos que no debemos perder de vista. Por ejemplo la preciosa mezquita Et’hem Bey, de fines del siglo XVIII, con una decoración exterior a base de pinturas y ornamentos que se fijan en la naturaleza, algo muy poco usual en el arte islámico. Esta mezquita es la única edificación de la era otomana que se salvó en la plaza tras la tabla rasa que impusieron las autoridades comunistas del momento. La constitución albanesa dictaminaba el ateísmo de Estado y no se reconocía ninguna religión; es más, cualquier manifestación religiosa era objeto de una durísima persecución y represión. Los edificios de cualquier confesión fueron destruidos y borrados del mapa, de ahí que la mezquita Et´hem Bey sea una reliquia única en su género, un tesoro histórico y religioso, un auténtico superviviente.

Mezquita Et´hem Bey y la Torre del Reloj

El minarete de Et´hem Bey comparte vecindad con otro prestigioso inquilino pues a su lado se levanta la Torre del Reloj, de 1830; una magnífica atalaya de 35 metros de altitud para observar buena parte del centro de la ciudad desde allá arriba. El reloj es de origen alemán, muy moderno para la época, y fue comprado por el estado albanés en 1928. La torre, por su parte, fue construida y finalizada con la ayuda económica de las familias más pudientes de Tirana.

Edificio del Ministerio de Industria y Energía, en el cierre sur de la plaza de SkanderbegEdificio de la Universidad, el punto final del bulevar Dëshmoret e Kombit

Skanderbeg  se cierra por su flanco sur con un espléndido arco formado por varios edificios oficiales de la época de ocupación fascista, para conectar a continuación con el magnífico bulevar Dëshmorët e Kombit; la gran arteria que nos conduce en perfecta línea recta hasta los tres arcos de la Universidad Politécnica, en otra plaza muy abierta: Madre Teresa. Por el camino nos regala algunas sorpresas, como el animado Rinia; el parque público central de Tirana, que data de 1950. Frente al parque, en la acera opuesta se levanta la Galería Nacional de Arte, inaugurada en 1974.

Parque Rinia de TiranaGalería Nacional de Arte

Unos metros más al sur de la galería, y cruzando el raquítico río Lana, nos toparemos con una de las sicodelias más extravagantes de la ciudad: la famosa Pirámide de Tirana. Un edificio con aire futurista diseñado, para mayor gloria suya, por la hija del dictador, Pranvera Hoxha. En su día estuvo revestido de mármol y hoy brilla por la ausencia del mismo. El tiempo ha actuado sin piedad con él y el estado de abandono, según épocas, casi total. Ha tenido usos de lo más variopinto, como museo, centro para operaciones de tipo humanitario, discoteca… pero el disfrute más extendido -y peligroso- ha sido y es el de inmenso tobogán para quinceañeros.

Pirámide de Tirana

Y ya antes de llegar al punto final del espacioso bulevar, mirándose casi de reojo, dos edificios: el Palacio de Congresos, proyectado y construido en los años 80 del siglo XX como símbolo de la ideología comunista y expresión autoritaria de un régimen; y el conocido popularmente como Palacio de las Brigadas, actual Palacio Presidencial, mandado construir en estilo modernista por el rey Zogu I en 1936 para servir como su residencia. Sin embargo, poco después la familia real tuvo que huir precipitadamente del país ante la llegada de las huestes invasoras fascistas de Mussolini en 1939. Recuperado por los partisanos que liberaron el país tras la Segunda Guerra Mundial, le devolvieron el nombre de las Brigadas hasta la caída del régimen comunista, cuando pasó a ser residencia oficial del Presidente de la República, adquiriendo su vigente denominación.

Palacio de Congresos (arriba) y Palacio Presidencial (abajo)

Para detractores y nostálgicos de la república socialista popular

No abandonamos nuestro bulevar Dëshmorët e Kombit. A la altura de su intersección con la calle Ismail Qemali nos espera el Memorial Checkpoint como reconocido homenaje a las víctimas del comunismo. Justo a su entrada tenemos un fragmento del Muro de Berlín, catalogado como 28/40, regalo de la capital alemana al pueblo albanés, y a su izquierda un búnker que tuvo el dudoso honor de guardar la entrada principal al cercano bloque residencial donde vivió Enver Hoxha y buena parte de la gerontocracia del Partido del Trabajo entre 1945 y 1991. Para completar el memorial, unos metros más allá se conservan unas vigas de hormigón de las minas de Spaç, un campo de trabajos forzados donde iban a parar los presos políticos del régimen. Se mantuvo activo entre 1968 y 1990.

Memorial Checkpoint

El memorial sirve a su vez como puerta de acceso al distrito Blloku -Bloque-, la exclusiva zona de Tirana donde residía, como decía en el párrafo anterior, la élite del poder, incluido el mismísimo Enver Hoxha, y donde el resto de mortales no podía poner el pie. Ni decir tiene que la otrora zona vedada, hoy se ha convertido en lugar de paso obligado; un área donde, animados por la curiosidad, los visitantes se dejan caer con el reclamo de las numerosas tiendas, bares de copas y restaurantes que se han abierto por allí. Impensable hace un cuarto de siglo. Se puede ver –solo su exterior- la villa donde habitó el dictador si nos asomamos a la esquina de la calle Ismael Qemali con Ibrahim Rugova. No resulta difícil imaginar cómo vivía el “añorado” camarada presidente.

Villa residencial de Enver HoxhaCafé en el distrito de Blloku

Tirana es una ciudad dinámica, tolerante y joven, muy joven. Espejo de un difícil y convulso pasado pero abierta a un esperanzador futuro que ya está ahí. Un día o dos bastarán para tomarle el pulso…

Tercer aniversario y billete para Albania

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Es Dos de Mayo. Hoy este blog llega a su tercer año de vida, con energía y deseos de continuar en ese empeño que su autor tiene por la divulgación del siempre apasionante universo viajero. Nunca, y lo digo con sinceridad, pensé que ” La Mochila de Marco Polo” tendría el recorrido que ha tenido hasta la fecha. Lo que nació como mero pasatiempo se ha convertido en una criatura muy querida para mí; humilde criatura que intento cuidar y mimar en lo que mis posibilidades me permiten.

Y hoy, en esta efeméride especial, vuelvo a poner los pies en un aeropuerto para iniciar una nueva aventura fuera de las fronteras españolas. Esta vez el destino se encuentra dentro de Europa, pero se trata de un lugar bastante desconocido, enigmático y que entraña cierta dificultad para adentrarse en él. Esta vez mi meta está en la siempre compleja y convulsa península de los Balcanes. Esta vez me espera… la República de Albania.

Mapa de Albania

En cierta ocasión leí en un blog la mejor y más certera definición que podemos encontrar de este país. “Albania ha sido siempre el verso suelto de Europa. Un verso sin el que no se puede entender ni completar el poema que es Europa.” Imposible resumir mejor en un par de frases la esencia de este pequeño estado balcánico, situado a medio camino entre Grecia y la extinta Yugoslavia.

Albania es un mundo aparte, una anomalía, una excepción dentro del Viejo Continente. Cuando aterrizamos en este bello país hay que dejar de lado los convencionalismos a los que estamos acostumbrados en el resto de Europa. Aquí, en Albania, todo gravita en su propia órbita. Y esto no es más que el resultado de la funesta herencia de más de cuarenta años recibida de un régimen político autárquico que anquilosó, aisló y empobreció de forma contumaz a todo un país.

Bandera de la República de Albania

Enver Hoxha, nacido en 1908 dentro de una próspera familia albanesa tosk que comerciaba con el textil, estudió y se educó en el prestigioso Liceo de Korçë para luego trasladarse a Francia y matricularse en la Sorbona de París. Ya en la capital gala empezaría a apuntar maneras asistiendo a charlas del Partido Comunista francés y escribiendo en L´Humanité. Aquí, en Francia, empezaría su fascinación por el marxismo y su desmesurada devoción por el dictador bolchevique Josef Stalin. En Paris, y más tarde desde el consulado albanés en Bruselas, donde trabajó como secretario hasta su expulsión en 1936, fraguaría el germen de una feroz dictadura ateo comunista que implantaría en la República Popular de Albania surgida tras la retirada fascista italiana e invasión nazi posterior, ya en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Resulta cuanto menos curioso. Hoxha participó en la Guerra Civil Española como brigadista internacional y la vena guerrillera la trasladaría después a su país, donde organizó la resistencia partisana que combatiría la ocupación alemana hasta su término. Así Albania, de la firme mano de Hoxha, entraría en 1944 en un lúgubre y siniestro túnel del tiempo del que ya no saldría hasta la caída por efecto dominó del comunismo en toda la Europa Oriental, a comienzos de los noventa del siglo pasado; si bien Albania, ya desaparecido el dictador en 1985, vivió el desmoronamiento del régimen en manos de Ramiz Alia, su sucesor, con cierto retraso.

Enver Hoxha, en la cima del poder. Autor Forrásjelölés Hasonló, CC BY-SA 3.0

La Albania de hoy, veinticinco años después de la ruptura con su aciago pasado, todavía adolece de los males inoculados por la ortodoxia marxista de Enver Hoxha en el tejido social y económico del país. Hoxha rompió sucesivamente con la Yugoslavia del mariscal Josip Broz Tito en 1950 por desavenencias en política comercial surgidas de una excesiva subordinación hacia los yugoslavos; con la Unión Soviética de Nikita Jrushchov en 1961, a quien consideraba, como sucesor de su idolatrado Stalin, antimarxista, derrotista y revisionista, un desestalinizador en toda regla, un traidor.

Y por último también se divorció de la China post Mao en 1976, debido al acercamiento que el gigante asiático experimentó hacia la Yugoslavia de Tito. Mao era otro estalinista convencido como Hoxha, y por tanto el entendimiento entre ambos no conocía fisuras. Con los nuevos inquilinos instalados en Pekín, la situación cambió de forma radical y la ruptura no se hizo esperar.

Catedral ortodoxa de la Resurrección de Cristo en Korçë

Rotos los lazos con las potencias socialistas que podían ser afines, Albania desapareció del mapa. Represión social con la ayuda inestimable de la “Sigurimi”, la policía secreta del estado; propaganda activa del ateísmo de Estado y censura informativa. El cóctel perfecto para un aislamiento total. La paranoia obsesiva de Hoxha con una posible invasión externa le llevó a construir unos 750 mil búnkeres repartidos por todo el país. Toda la geografía albanesa se vio invadida; sí, pero de pequeñas setas hormigonadas que brotaron del suelo como una epidemia. Todavía hoy perviven alrededor de medio millón de ellas como testigos del pasado, desempeñando funciones de lo más variopinto, desde almacenes de grano a cafés con aroma rústico. Con todo, muchos han sido abandonados a su suerte.

Albania, conocida en lengua local como Shqipëria -“Tierra de las Águilas”-, con una extensión similar a la de Bélgica, que da cobijo a unos tres millones de fieles, abarcando musulmanes –un 70%- y cristianos -30%, entre ortodoxos y católicos-, ha sido pasto de diversas invasiones protagonizadas por bizantinos, griegos, romanos y otomanos, escribiendo así su dilatada y agitada historia. Fueron sin duda los otomanos, que se quedaron en este bello rincón del Adriático en plan “okupa” a lo largo de siete interminables siglos hasta que su imperio colapsó en 1912, dando paso a la nueva Albania independiente, quienes más huella han dejado en el país balcánico.

Iglesia católica de Theth, en los Alpes Albaneses, al norte del país

Huellas producto de heridas infligidas por unos y otros y cicatrices derivadas de las primeras. Todo lo cual ha dado lugar a una nación cuyos ciudadanos han sabido recoger e integrar como nadie dentro de la Vieja Europa, y de manera casi ejemplar, el legado recibido. De ahí la singularidad albanesa, proyectada en sus tradiciones, en su cultura, en su convivencia, en su tolerancia y en su modo de ver o enfrentar la vida.

El punto negro y final de este verso suelto que es Albania lo escribió Enver Hoxha llevando al país a una situación crítica de miseria y falta de libertades, sumiéndolo en un tenebroso oscurantismo del que por fortuna va saliendo cinco lustros más tarde y que a punto estuvo de suponer su destrucción. En paralelo, y como paradoja de que a veces lo malo puede traer algo bueno, el país se ha preservado de manera casi intacta.

Playas de aspecto vírginal a lo largo del litoral adriático (a excepción de la abigarrada Riviera Albanesa, en el sur, a orillas del mar Jónico), montañas y valles de postal en el norte, ciudades encantadas y marcadas por la huella de otras civilizaciones, antiquísimos lagos como el Orhid, compartido con la vecina Macedonia, impresionantes restos arqueológicos en Butrinto, la pequeña Troya… la lista es larga y muy atractiva para el inquieto y solitario viajero.

Riviera Albanesa

Albania, el país de las águilas que surcan los cielos sobre las montañas blancas, es mi próximo destino…

Fotos de Dominio Público vía Pixabay.com

Sakura y hanami en Japón

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Es uno de los acontecimientos anuales en el País del Sol Naciente; corrijo, es el acontecimiento del año en Japón, uno de los mayores símbolos de su milenaria cultura. Cuando llega la primavera todo el país se ve sacudido por una explosión de color, el mismo que irradian las delicadas flores blancas y violáceas que brotan de los millones de cerezos – 桜 “sakura” en japonés- que salpican el suelo de la geografía nipona de norte a sur. Y es precisamente en el sur, en Okinawa, donde comienza este bellísimo espectáculo a mediados del mes de marzo.

Cerezo en flor, “sakura”, en el País del Sol Naciente

Poco a poco la floración se va extendiendo al resto del país, en función de la latitud y por tanto del clima local, en un lento viaje que va recorriendo el archipiélago nipón en dirección norte hasta terminar en la más septentrional de las islas, en Hokkaido, hacia la segunda mitad del mes de abril. Este acontecimiento de la naturaleza es el anuncio del fin del invierno y la llegada de un clima más benigno y agradable al país del Trono del Crisantemo. La llegada, en definitiva, de la primavera.

En Japón, en cualquier lugar, por remoto que sea, existe una auténtica veneración por los cerezos en flor, por su contemplación, lo que aquí se conoce como “hanami“, 花見 -literalmente “ver flores”-; una celebración que congrega a la práctica totalidad de la población nipona desde la época Nara, en el siglo VII.

Tal es la importancia del “hanami” que la agencia meteorológica nacional emite boletines específicos –sakurazensen– durante esta época del año para que propios y foráneos sepan el momento idóneo durante el cual la “sakura” estará en su máximo apogeo. Normalmente entre diez y quince días. Efímero, pero muy intenso.

Todo un acontecimiento social que reune, sobre todo en los parques públicos, a familias enteras que pasan la jornada disfrutando de un picnic bajo la espectacular bóveda creada por la infinidad de flores que cubren las ramas de los cerezos.

La “sakura” en Tokio, capital de Japón

Y no solo familias, también estudiantes de cualquier edad, grupos de amigos y personal de oficinas y empresas que hacen un alto en su apretada agenda laboral para unirse a esta devoción colectiva, por lo que hacerse un hueco bajo esas primorosas nubes de tonos blanquecinos y rosáceos no resulta nada fácil; al contrario, a veces se producen pequeñas tensiones por conseguir un trocito de suelo y eso conlleva plantarse allí desde primera hora de la mañana para reservar sitio y aferrarse a él. Nadie, absolutamente nadie quiere perderse el espectáculo del “hanami” en Japón.

El “hanami” tiene connotaciones filosóficas y religiosas enraizadas en el sintoísmo y el budismo, mayoritarios en Japón. El primero otorga un lugar central a la veneración de la naturaleza; el segundo incide en lo efímero de la existencia. La “sakura”, el cerezo en flor, responde así perfectamente a ambas premisas.

Pero la “sakura” también tiene relación con el mundo samurái y su código ético, el bushido. Esta legendaria casta de guerreros, surgida en el Japón de los albores del siglo IX, se identificaba de manera casi mimética con la flor del cerezo; de hecho era su emblema. Un samurái estaba dispuesto a morir en su plenitud de vida, sin envejecer, o marchitarse, tal como le ocurre a la flor del cerezo que durante su esplendor en la rama del árbol es despojada de él por el viento y arrastrada hasta caer al suelo. Toda una metáfora existencial que ambos, samurái y sakura, llevaban hasta sus últimas consecuencias.

Si estáis en Japón, en concreto en la isla de Honshu, éstos son algunos de los lugares donde podréis asistir a este auténtico e inimitable espectáculo que brinda la naturaleza, solo una vez al año:

“Hanami” en el Parque Ueno de Tokio

(Foto vía Wikipedia Commons)

En Tokio, la capital del país. De obligado precepto acudir al animadísimo parque Yoyogi, estación Harajuku de la línea Yamanote (muy recomendada para vuestros desplazamientos en la ciudad), al lado del Santuario Meiji, en el distrito de Shibuya; el parque Ueno, junto a la estación del mismo nombre, con más de mil cerezos y varios museos en su interior, además de un zoo y el santuario Toshogu, del siglo XVII. Por último el Jardín Nacional Shinjuku Gyoen, estaciones Shinjuku Gyoen-mae o Shijuku Sanchome (hay más accesos), un cuidadísimo espacio verde que se extiende por los distritos de Shinjuku y Shibuya, donde bicicletas, mascotas y bebidas alcohólicas están prohibidas. En este exquisito jardín se combinan sabiamente el estilo francés, inglés y japonés, y alberga unos mil seiscientos ejemplares de cerezo en flor que esperan allí para extasiar el sentido de la vista a cualquiera que se acerque a contemplarlos.

En la antigua capital imperial, Kioto, podemos -y debemos- asistir para celebrar el “hanami” en el parque Maruyama, el más antiguo de la ciudad, con su precioso jardín japonés de estilo Kaiju-shiki, muy cerca del popular barrio de Gion y con el santuario de Yasaka en el lado oriental del parque. Tiene unos ochocientos ejemplares de cerezo, algunos de la variedad Gion Shidare-zakura que cubren por completo el árbol.

Parque del Castillo de Osaka

Si viajáis a Osaka, vuestro lugar para ir al encuentro del cerezo en flor está en los jardines del popular parque público del castillo; y si estáis de paso en Nara, el parque del mismo nombre -que oferta al visitante un museo, dos templos, un santuario y da cobijo a más de un millar de ciervos shika en plena libertad, considerados además como “tesoro nacional”-, será el lugar perfecto para disfrutar en vivo de la “sakura” 🙂

Fotos portal Pixabay.com