Albarracín o la magia del rodeno

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Existen pueblos esparcidos por la geografía española que desprenden duende, llenos de alma, y otros que sencillamente parecieran estar bendecidos por la gracia de alguna divinidad celestial. Y existe uno en concreto que bien podría aunar todas las bondades descritas con anterioridad. Para muchos, además, es considerado el pueblo más bonito de España y siempre aparece en las listas “top ten” de los pueblos más hermosos del país. Ese pueblo se encuentra en la comunidad autónoma de Aragón y se llama… Albarracín.

Albarracín, Teruel. España

Albarracín se localiza, como decía más atrás, al sur de Aragón, concretamente en el suroeste de la provincia de Teruel –una de las tres que componen la región autónoma junto a Zaragoza y Huesca– y a menos de cuarenta kilómetros de la capital provincial. Tiene un emplazamiento absolutamente envidiable, sugerente objetivo de cualquier fotógrafo paisajista y, por supuesto, para cualquier visitante, pues aprovecha un retorcido y profundo meandro excavado por el río Guadalaviar en la puerta de entrada a la serranía de Albarracín. El resultado final, con sus pasadizos, escalinatas y casas apretadas y multiformes dando cuerpo y vida a angostas callecitas empedradas y empinadas, que parecieran empujadas al abismo del acantilado, es en definitiva inigualable y sin parangón. Imposible, casi, de reproducir en otra parte.

Pero si hay algo que caracteriza a Albarracín es, sin género de dudas, su característico color rojizo, “rodeno” para ser más precisos, por el color de la tierra en esta zona del mapa peninsular. Distintas tonalidades de ocre, anaranjado y rojo en las fachadas que armonizan en perfecta sintonía con los tonos grises del inmenso roquedal y los moteados del verde de pinos y enebros que salpican, a veces de forma algo dispar, las laderas del desfiladero al que se asoma el pueblo.

Calles y fachadas imposibles en Albarracín

Y todo se debe al mágico yeso rojo, que junto a la madera y la teja árabe, son los elementos predominantes en la arquitectura tradicional local. Un yeso molido artesanalmente, de dureza y flexibilidad muy peculiares, elaborado a partir de elementos naturales y autóctonos de los alrededores del pueblo y con el que se ha acicalado prácticamente todas las fachadas de Albarracín.

Fachadas que en muchos casos se corresponden con opulentas mansiones señoriales, casas solariegas de familias que hicieron dinero al abrigo de la trashumancia durante siglos con otras regiones del país, en especial Andalucía. El resto son casitas, digamos, más humildes y modestas, aunque solo en apariencia. Todas tienen su encanto, con sus balcones de madera tallada, sus ventanas con visillos de encaje o sus vistosos llamadores en la puerta. Todas se integran de manera perfecta en un conjunto urbanístico muy homogéneo y apiñado.

Cuando uno se atreve, por fin, a adentrase en las estrechas y ascendentes callejuelas y mira hacia el cielo, no es exagerado decir que a veces cuesta verlo. Balcones y voladizos de un lado u otro de la calle casi se tocan, se abrazan conformando una suerte de techumbre improvisada por la que difícilmente el astro rey logra imponer a duras penas el propósito de que sus rayos alcancen el suelo pedregoso.

Plaza Mayor de Albarracín

Albarracín maravilla, asombra, deslumbra. Solo hay que visitar la Plaza Mayor con sus porches y ventanales para viajar en el tiempo, o la Catedral del Salvador, del siglo XVI y totalmente recuperada de un injusto e insólito abandono. Hoy luce con primor su primitivo estilo gótico levantino que tanto predicamento cosechó en el viejo reino de Aragón. No es un templo de grandes dimensiones. Solo tiene una nave pero, ¿cómo desafiar todavía más a un endiablado terreno que no pone las cosas fáciles?.

Próxima a la catedral, el Castillo. Domina el meandro y toda la pequeña población turolense. Fue alcazaba andalusí cuando el clan bereber de los Banu Razin alcanzó el poder y se convirtieron en soberanos de la taifa de Albarracín, en el siglo XI. En siglos posteriores fue residencia de los señores de Albarracín y con la conquista de la ciudad y el señorío para la corona de Aragón en 1284 por parte de Pedro III, el castillo sufrió una drástica transformación. La ocupación de sus torres y aposentos se mantuvo hasta fines del siglo XVI.

Castillo de Albarracín, arriba a la izquierda. En el centro, la catedral

Los orígenes de Albarracín se remontan a la época de los visigodos, cuando éstos levantaron una pequeña aldea en torno a la iglesia prerrománica de Santa María, antecedente de la actual iglesia de Santa María. Debido a su ubicación, encastrada en una intrincada hoz del río Guadalaviar, desde el principio quedó patente la necesidad de defensa de la villa y su dificultad para ser conquistada.

Fue así como a partir del siglo X, durante la ocupación musulmana, vio la luz un primer tramo de muralla en torno a la primitiva iglesia, la alcazaba árabe, una torre albarrana y una puerta de entrada; un tramo que, con los siglos y sucesivas ampliaciones, se convertiría en un impresionante recinto amurallado que llegó a rodear todo el casco histórico de Albarracín.

Del siglo XIV son la mayor parte de los fragmentos de muralla que hoy se conservan y podemos admirar, transportándonos por momentos hasta la lejana Asia al contemplar cómo los restos del viejo perímetro defensivo se contonean y ascienden firme y decididos por las escarpadas crestas de los cerros, como si de la Gran Muralla China se tratara. Un símil en absoluto exagerado.

Murallas de Albarracín y la torre de la iglesia de Santa María

Albarracín es único, inimitable. Una fantasía medieval que deslumbra renovada en plena era digital del siglo XXI y que rezuma encanto, belleza, serenidad y magia; la misma magia que transmite un paisaje natural de fuertes contrastes cromáticos entre el rodeno de las tradicionales casas, el verde de los pinos y el gris de las inmensas paredes rocosas que custodian el Guadalaviar a su paso por estas lindes.

¿Estamos ante el pueblo más bonito de España? Posiblemente sea cierto.

 

+INFO en la Oficina de Turismo de Albarracín en la calle San Antonio, 2

Portal Oficial de Turismo Sierra de Albarracin 

Turismo de Aragón

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Pic deLuxe: Aveiro, entre moliceiros y canales

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Situada a unos setenta kilómetros al sur de la segunda urbe de Portugal, Oporto, nos encontramos con una pequeña y encantadora ciudad atlántica que responde al nombre de Aveiro. Capital del distrito homónimo, Aveiro salvaguarda todavía su vieja esencia marinera y ese aire de cierta melancolía y tradición tan propio del país vecino al tiempo que combina sabiamente, y en una delicada armonía, lo antiguo con lo moderno.

Conocida popularmente como la “Venecia portuguesa” debido a que está emplazada en una extensa ría que discurre en paralelo a la línea del océano Atlántico, su casco histórico conocido como Beira Mar es un conglomerado de edificios señoriales “art noveau”, pintorescas casitas de pescadores pintadas en vivos colores, restaurantes donde degustar buen pescado y vetustos almacenes de sal conviviendo con un manojo de puentes y canales por donde navegan plácidos y llenos de turistas los típicosmoliceiros”, esas coloridas barcazas en forma de media luna que recuerdan a las famosas góndolas venecianas. Evocar pues, que no comparar, a la afamada ciudad italiana resulta casi inevitable.

Aveiro no es solo canales y moliceiros. También es sinónimo de cercanas e infinitas playas de arena blanca, dunas móviles y “palheiros”, las típicas casas de madera pintadas a rayas de colores donde antaño los pescadores ponían sus redes y aparejos de pesca a buen recaudo. Un verdadero imán para los miles y miles de visitantes que cada año se acercan hasta este paradisiaco rincón portugués. Eso sí, las gélidas y bravías aguas del Atlántico son todo un desafío y no aptas para bañistas enclenques y poco decididos. Pero atrevidos siempre hay en cualquier parte, ¿verdad? 🙂

Relojes fuera. Estamos en Sommarøy

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Es el  sueño de cualquier mortal. Eliminar los relojes de nuestra vida diaria y detener el tiempo. Una auténtica quimera en cualquier parte del mundo. Y sin embargo existe un lugar sobre la faz del planeta que sí lo ha logrado. Si me queréis acompañar en este post de hoy, conoceremos en las siguientes líneas tan atemporal punto en el mapa.

Nuestro curioso destino se encuentra en las apartadas y desangeladas tierras escandinavas de Noruega, en el norte de Europa. Allí, por encima del Círculo Polar Ártico, una pequeña isla de apenas medio kilómetro cuadrado emerge del océano, apenas cuarenta kilómetros al oeste de la ciudad de Tromsø, ya en el continente. Nuestra isla en cuestión atiende al nombre de  Sommar –Sommarøy, en noruego- y se traduciría como “isla de verano”. Esta denominación tan estival no es baladí pues en estas latitudes muy septentrionales, y en la época próxima al solsticio de verano, el sol no se oculta en el horizonte durante 69 largas jornadas de luz continua con noches muy, muy brillantes e inexistentes tal como las entendemos.

Isla de Sommarøy, Noruega. CC BY-SA 3.0 Autor Harald Groven

Son los efectos del llamado “Sol de medianoche” que puntualmente cada primavera, el 18 de mayo, visita estos territorios aprovechando que el eje de rotación de la Tierra está lo suficientemente inclinado en esta época del año como para que los rayos del sol iluminen de manera constante la superficie terrestre y sean visibles en todo momento aquí, en estas latitudes tan al norte. Y así hasta el 26 de julio cuando la isla de Sommar empieza a recuperar su normalidad cíclica día-noche. Aunque no por mucho, como veremos.

Los escasos trescientos habitantes de Sommarøy pretenden algo casi mágico, utópico a los ojos del resto de humanos: crear en la isla una zona libre de horario. En la práctica esto supone eliminar los relojes de la vida diaria y literalmente parar el tiempo. Tan osada y atrevida iniciativa empezó a tomar cuerpo tras una asamblea vecinal convocada el pasado mes de mayo donde quedó patente la voluntad popular de eliminar los horarios y abolir la rigidez en la medición del tiempo. Algo en consonancia con el apacible y sosegado estilo de vida insular, libre de estrés, y donde la pauta impuesta por los relojes se había convertido en una auténtica y pesada rémora, en definitiva, en algo sin sentido e innecesario.

Y, ¿qué ocurre con los visitantes que cada año acuden a la isla atraídos por sus paisajes de playa y fina arena blanca? Los residentes lo tienen claro y no dudan en invitar a los turistas a que  abandonen sus relojes en el  pretil del puente que une Sommar con otra isla, Kvaløya, por la cual se accede a la Noruega continental y, sin más, te olvides del tiempo y vivas tu vida. Fuera compromisos horarios. Así de claro. Si el sol permanece perenne e imperturbable las veinticuatro horas del día ahí, a la vista, ¿para qué necesitas saber la hora?

De hecho es muy habitual a las dos o las tres de la, teórica, madrugada ver a los niños jugando al fútbol, jóvenes bañándose en la playa y gente pintando sus casas o cortando el césped de sus jardines, por ejemplo. Es la flexibilidad total. Ese es el objetivo de esta singularísima iniciativa, que esta isla noruega no se rija por plazos. Todavía más. Se está estudiando cómo conseguir que formalmente la isla pueda abandonar su zona horaria.

Casas en la isla de Sommar. CC BY-SA 3.0 Autor Kjetil Ree

Tan idealista y ensoñadora iniciativa todavía tiene por delante algunos desafíos para ser legalizada y reconocida. Para ello es necesario presentar esta decisión colectiva en el Parlamento noruego y que los diputados nacionales den luz verde a algo que, si bien todavía no está refrendado por escrito en el poder legislativo, la apacible gente de Sommar, que vive principalmente de la pesca y el turismo, viene practicando generación tras generación desde tiempos inmemoriales.

Por otro lado, ¿serán capaces los turistas de adaptarse a un sistema tan radical donde no priman el tiempo y los plazos? Y otro reto no menos importante y a la vez inquietante: qué hacer cuando la situación se revierte entre noviembre y enero de cada año; cuando el sol no aparece nunca por el horizonte y Sommarøy queda engullida en la larga y oscura noche polar. El tiempo, ese tiempo que pretenden liquidar aquí, en estas inhóspitas latitudes, lo dirá…

En un lugar de La Manchuela

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En las últimas entradas este blog se ha movido por tierras de la provincia de Albacete en el interior de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. Principalmente por el sur; un sur meridional radicalmente distinto en cuanto a paisaje del restante árido territorio provincial, dentro de un paraje natural cincelado con firme voluntad por el curso del río Mundo. Sin embargo, en la parte más septentrional de la provincia también descubriremos un impactante rincón de manchas boscosas de robledal y campos de cultivo, con meandros y profundas gargantas modeladas con tesón por otro río, en este caso el Júcar; un río que parece contonearse con garbo aquí, entre abruptas paredes verticales y crestas calcáreas.

Curso del río Júcar a su paso por la provincia de Albacete

Hoy nos vamos a detener en un pueblo de esos que calificamos “con encanto”, cuyo pasado ibero, árabe y romano ha dejado una huella indeleble en su patrimonio histórico y cultural. Todo dentro de un marco realmente incomparable que atrapa al instante a quien lo visita. Hoy vamos a conocer Alcalá del Júcar.

Alcalá del Júcar se emplaza en la esquina nordeste de la provincia de Albacete, dentro de la comarca de la Manchuela, tocando casi con la mano territorio de la vecina Comunidad Valenciana. El río Júcar, aquí en su sinuoso tramo medio-bajo, traza una espectacular garganta que ha obligado literalmente, y desde siempre, a adaptar todo el entramado urbano de estrechas calles y pequeñas placitas del pueblo a la empinada ladera que emerge de la profunda hoz del río y su meandro.

Entrando en Alcalá del Júcar

El resultado, como podemos imaginar, es un conjunto arquitectónico único y maravilloso, con sus pintorescas casitas, muchas incrustadas en la roca, cuevas horadadas en la montaña de extremo a extremo y el imponente castillo coronando la muela de la hoz. A esto hay que unir ese peculiarísimo laminado que presenta el cañón del río en su base, lo que confiere al conjunto un aspecto como de inmensa tarta de caliza, una tarta muy dulce y apetecible, por cierto.

Los árabes ya se instalaron por estos pagos allá por el siglo XI y levantaron una fortaleza que sirviera de contención a la constante presión militar de los reyes cristianos y garantizara a la vez su línea defensiva. La insistencia tiene al final su recompensa y así fue como en el año 1211, tras una campaña relámpago de Alfonso VIII  -a quien ya conocimos en Ayna liberando ese mismo año a la villa sureña de la presencia musulmana-, se logró arrebatar el castillo de Alcalá para la causa de la Corona de Castilla.

Puente Romano y castillo de Alcalá del Júcar en la cima de la hoz

Precisamente de la época árabe data el castillo que corona la hoz del Júcar. Su envidiable emplazamiento lo convirtió en casi inexpugnable para disgusto de las huestes militares que durante centurias intentaron su asalto con perseverancia y diferente fortuna. La fortaleza, de los siglos XII-XIII, tiene un torreón en forma pentagonal, su seña más visible y atractiva, y todavía se conservan tramos de la muralla original que rodeaba el fortín.

Descendiendo por las empinadas y angostas callecitas alcanzaremos otro de los imprescindibles de este bonito pueblo castellano manchego: la iglesia de San Andrés. Un magnífico templo levantado entre los siglos XVI y XVIII, de nave única y forma de cruz latina de proporciones considerables. Mención especial para la bóveda de crucería con terceletes, original del siglo XVI.

Iglesia de San Andrés

Y descendiendo desde la iglesia de San Andrés hasta el río Júcar nos toparemos de lleno con el Puente Romano, llamado así no por su origen, sino por apariencia. Data del siglo XVIII si bien su  precuela medieval se remonta a los siglos XIV y XV cuando el puente sirvió de aduana o puerto seco en el conocido como “Camino Real de Castilla a Levante”, una ruta terrestre que habilitaba el paso de carruajes para transportar trigo a la ciudad de Valencia, comunicando así el reino de Castilla con el reino de Valencia.

Por último. No abandonemos Alcalá del Júcar sin visitar, al menos, una de sus famosas cuevas, otra de las indiscutibles señas de identidad alcalaínas. El formidable cerro calcáreo que acoge la población está literalmente taladrado por grutas y cavernas que son famosas por su polifacético uso. Sirven de establos, farmacias naturales, pequeños museos etnográficos… y algunas, como la cueva de Masagó o la del Diablo, disponen de tabernas donde reponer fuerzas tras el largo peregrinaje por esos húmedos y ascendentes túneles que atraviesan la montaña de lado a lado.

+INFO en la Oficina de Turismo, Paseo de los Robles s/n, justo al lado del Puente Romano sobre el Júcar

Alcaladeljucar.net

Turismocastillalamancha.es

Ayna, allá donde se quiebra La Mancha

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Existe un lugar en La Mancha que sorprendería al mismísimo don Quijote si el ingenioso  hidalgo salido de la mente y pluma de Miguel de Cervantes pudiera visitarlo hoy. Un lugar enclavado al sur de la provincia de Albacete, en el sureste de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha; un lugar que logra dinamitar la rigurosa monotonía amarilla que domina la persistente planicie manchega y que supone un absoluto quiebro del paisaje dominante en esta parte del país.

Uno de los causantes de esta suerte de catarsis sobre el terreno lo conocimos en la entrada anterior: el río Mundo. Un río que tras su accidentado nacimiento en la Cueva de los Chorros, en plena Sierra del Segura, se aleja mansamente y empieza un lento viaje a través de un entorno natural único y rompedor, esculpiendo a su paso un imponente paisaje kárstico a base de estrechas gargantas y vertiginosos farallones rocosos que escoltarán su viaje aguas más abajo hasta encontrarse con el cauce del río principal, el Segura.

Ayna, en la comarca de la Sierra del Segura

A lo largo de su recorrido, el río Mundo va dejando atrás pintorescos pueblecitos y rústicas aldeas, serpenteando muchas veces entre abruptos escarpes calizos, desafiantes laderas con terrazas excavadas por el ser humano para obrar vida a sus cultivos y una densa vegetación cargada de pinos carrascos, sabinas y enebros.

Royo Odrea, Alcadima, Híjar, Liétor y, sobre todo, Ayna, son solo algunos de esos apacibles núcleos de población que visita el río en su lento discurrir. Y todos juntos componen un bello cuadro paisajístico rural que por sus especiales características nos transportan a otros parajes internacionales de ensueño. Por ello mismo la zona, y salvando las distancias, ha sido bautizada como la “Suiza Manchega”.

  Entrando en Ayna

Ayna tiene raíces antiguas, muy antiguas, que se entierran en el lejano Paleolítico Superior, hace unos 15mil años, cuando sus primeros pobladores se dejaron caer por aquí. Pero serían los árabes, a partir del año 711, quienes marcarían el verdadero devenir de la pequeña villa con un asentamiento permanente y estable. De hecho su nombre, Ayna, se traduciría del árabe como “ojos bellos” o “fuentes escondidas”. El viejo sistema de riego por acequias que todavía perdura hoy, y que los moradores de la media luna trajeron a estas tierras, sería otro legado islámico.

Esta fructífera presencia musulmana se extendería en el tiempo hasta la llegada de las huestes cristianas de la mano del gran rey Alfonso VIII, a inicios del siglo XIII. En 1565 será otro monarca no menos ilustre y enérgico, Felipe II, quien otorgará a Ayna el distinguido privilegio de villazgo, independizándose así, y a partir de entonces, de la vecina y poderosa Alcaraz.

Ayna tiene una estética especial, con apretadas viviendas y estrechas calles que trepan montaña arriba desde su falda y, a la vez, un carácter morisco herencia de su importante pasado árabe. El ceñido cauce del río Mundo y las afiladas paredes que lo rodean y protegen, en especial el conjunto de ocho picos frente a la población conocidos como “Los Picarzos”, son la indiscutible seña de identidad de Ayna.

Vista de Los Picarzos desde el castillo de la Yedra

Para hacernos una mejor idea de todo lo reflejado en las líneas anteriores, la opción más sabia -y recomendada por parte de este bloguero- es subir a los miradores que coronan este pintoresco paraje y obtener así una visión perfecta del entorno.

Justo sobre el monte San Urbán, en la parte superior de la ladera sobre la que se asienta Ayna, tenemos el “Mirador del Diablo”. Las vistas desde aquí son difíciles de describir. Ni el mismísimo diablo podría mejorarlas. Para llegar a él hay que tomar la carretera autonómica CM 3203 que une Ayna con Albacete. El mirador se encuentra a solo un kilómetro y medio de la primera.

Ayna y su entorno desde el Mirador del Diablo

Otro balcón natural desde el que otear la belleza y encanto de la otrora población morisca es el “Mirador Rodea Grande”. Al estar situado justo encima de la villa, a su entrada, podremos contemplar en su justa medida el abigarramiento de las casas y la estrechez de las calles. Calles y casas que sirvieron de escenario, tal como descubrimos en una entrada anterior, a una de las películas más importantes del cine español de finales de los ochenta del siglo pasado: “Amanece, que no es poco”. En este mirador hay una réplica del sidecar que tanto juego dio en la película de José Luís Cuerda.

Un tercer mirador, éste fuera de Ayna, a unos cinco kilómetros por la CM 3203 camino hacia Elche de la Sierra, nos dará otra perspectiva de la Suiza Manchega. Es el “Mirador del Infierno”. Resulta cuanto menos algo inquietante ese cierto proselitismo que se da por estos pagos hacia todo lo que huela a satánico y diabólico 🙂

Royo Odrea y sus famosas peñas desde el Mirador del Infierno

Bromas aparte, desde este balcón que por momentos parece sobrevolar el profundo cañón fluvial, divisaremos la rústica aldea de Royo Odrea, las peñas “del Prao” y “el Pico”, además de los esbeltos olmos y ubérrimas huertas que de manera inmemorial están presentes aquí, en la sinuosa ribera del río Mundo.

Ayna es paisaje en estado puro. Pero también desprende lindeza puertas adentro. Además de dejarse seducir por sus casitas y las angostas y empinadas callecitas que conducen hasta los escasos restos del castillo de la Yedra, primitiva fortificación musulmana del siglo XII, en su arquitectura religiosa encontraremos motivos de admiración en la iglesia de Santa María de lo Alto.

Iglesia parroquial de Santa María de los Alto, en Ayna

La parroquial todavía conserva su torre de sillería del siglo XVII, y sus tallas de la Patrona y del Niño Jesús Resucitado, en madera, son exquisitas. Tampoco debiéramos olvidar una visita a las ermitas de Nuestra Señora de los Remedios, con su artesonado mudéjar del siglo XVI, y del Santo Cristo de Cabrillas, siglo XVIII, de planta cuadrada y tejado a cuatro aguas.

Escribía unos párrafos más atrás que Ayna es paisaje. Y para explorarlo los entusiastas del senderismo disponen de todo un catálogo de rutas a elegir que harán las delicias de exigentes y más sosegados, en definitiva de cualquier persona.

Ayna desde la ribera del río Mundo

El sendero GR-67 pasa por estas latitudes y ofrece dos versiones locales dentro de su recorrido: Ayna-La Fuensanta y Ayna-La Alcadima. Por otro lado destacan tres rutas, o paseos, por el interior de la villa y sus alrededores que nos permitirán tener una visión más completa, y hasta más romántica, de este bello rincón manchego. ¡Ah! No sería extraño cruzarse en plena marcha rutera con alguna cabra montés, la verdadera reina de las cumbres de Ayna, según convencida sentencia de los lugareños.

+INFO en la Oficina de Turismo de Ayna situada en la Plaza Mayor, 4

Ayna.es

Sierradelsegura.com

El “Reventón” del río Mundo

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Es una percepción errónea. Cuando comunicas a alguien que te vas al sur de la provincia de Albacete, una de las cinco que conforman la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha en el centro sureste de España, te va a replicar siempre la misma expresión, casi como si de un mantra se tratara: “Pero si eso es un secarral”…

Nada más lejos de la realidad. Es cierto que mientras avanzamos con nuestro vehículo por el interior de la suave y ondulante planicie manchega, los áridos campos amarillos se suceden hasta donde alcanza nuestra vista; unos campos salpicados y amenizados cada cierto tiempo por los inmortales, gráciles y quijotescos molinos de viento.

Molinos de viento en Castilla-La Mancha. PIXABAY

Y así es hasta que alcanzas esa suerte de cuña geográfica que el mapa de la provincia albaceteña introduce caprichosamente entre tierras jienenses de Andalucía y la Región de Murcia. Y ahí cambia todo. Porque habrás llegado a la impresionante Sierra del Segura, con sus esbeltos picos, afilados cerros y virginales bosques de robles, pinos y avellanos. Un auténtico deleite visual. Un paraíso tapizado de verde que nada tiene que ver con lo visto hasta llegar allí.

Situados en plena sierra nos instalamos en la población de Riópar que a su vez es la puerta de entrada al “Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima”, el lugar donde se ubica el paraje conocido como los “Chorros del Río Mundo”, el punto donde nace el río homónimo y principal afluente del río Segura. Y es aquí donde ahora, en primavera, acontece uno de los espectáculos más extraordinarios que el visitante puede encontrar en la geografía peninsular ibérica; un regalo de la naturaleza, un fenómeno natural conocido como el “Reventón”. Algo similar a una explosión, pero una explosión de agua, luz y sonido.

Reventón del río Mundo

El reventón alude al enorme torrente de agua que cada primavera, con las lluvias y el deshielo, se precipita de forma espontánea y en picado desde las entrañas de la montaña, a un centenar de metros de altura, estrellándose contra el suelo y pulverizando literalmente el agua.

Arriba, una oquedad abierta en plena pared vertical y cárstica posibilita la salida de un agua enfurecida que da lugar a la nacida del río Mundo, río que después de varias cascadas, pozas y torrentes sigue su lento viaje a través de estrechas gargantas y farallones rocosos hacia su encuentro con las aguas del Segura.

Salto de agua desde la Cueva de los Chorros

La oquedad por donde las aguas del río Mundo ven la luz del exterior no es sino la puerta a su vez de entrada a la “Cueva de los Chorros”. Se calcula, grosso modo, que hay explorados en su interior alrededor de medio centenar de kilómetros, pero se especula que la cueva podría esconder otro tanto en forma de galerías y estrechos túneles sin pisar todavía por el ser humano. Es abrumador, e inquietante, solo pensarlo.

El espectáculo de la inmensa y atronadora cascada que origina el nacimiento del río Mundo se ve aderezado por una naturaleza desbordante. Pinares, acebos y tejos escoltan más abajo el discurrir de unas aguas puras, cristalinas y, sorpresivamente, más mansas y tranquilas con relación a la fiereza de esas mismas aguas solo unos metros más arriba.

Curso inicial del río Mundo. Al fondo, la vecina Sierra de Alcaraz

El fenómeno del reventón está, como señalaba líneas atrás, íntimamente ligado a la estación primaveral, al deshielo y las precipitaciones propias de esta época del año. El agua de la nieve y la lluvia se filtra en el subsuelo y se acumula en cantidades muy considerables en el interior de las cavidades y galerías.

Con la subida gradual de la temperatura en el exterior, pero también en el interior, aumenta la presión del agua y ésta busca a la desesperada una salida hacia fuera. El caudal del agua pasa entonces de unos cincuenta litros por segundo a los más de ocho mil que en días concretos la oquedad escupe sin contemplaciones y a las bravas. El resultado final es fácil de imaginar. Y disfrutar…

ACCESOS

Desde Riópar tomar la carretera autonómica CM-3204 hasta el kilómetro 5. Allí, a la izquierda, se toma el desvío señalizado hacia la pista asfaltada A-77 que nos conduce a la “Explanada de los Chorros”, a poco más de un par de kilómetros del cruce, donde se puede aparcar el vehículo. Los accesos a la explanada están regulados y hay un aforo máximo en el parking: 110 vehículos particulares y 6 autobuses. Desde la explanada tendremos que hacer algo de senderismo hasta alcanzar los rústicos miradores y pasarelas instaladas sobre las embravecidas aguas. Una agradable caminata de apenas setecientos cincuenta metros y de baja dificultad. Un esfuerzo que posibilitará al final contemplar sin problemas la boca de la Cueva de los Chorros y la mágica cascada.

Pic deLuxe: Un sidecar de película

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Corría el año 1989 y un director de cine español, José Luís Cuerda, estrenaba en la gran pantalla una película absolutamente redonda, genial, de culto; una obra maestra de humor absurdo, delirante y surrealista. Su título: Amanece, que no es poco.

Porque este trabajo del cineasta castellano-manchego viene a constituir, además de una suerte de excepcional comedia rural, un sentido reconocimiento hacia unas gentes y una tierra absolutamente maravillosas; un homenaje a ese pedazo de territorio bendecido por alguna divinidad y asentado al sur de la provincia de Albacete, una de las cinco provincias que componen la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha.

José Luís Cuerda echó mano para la ocasión de todo un elenco de actores principales y, sobre todo, secundarios que ya por la época, finales de los años ochenta del siglo pasado, eran habituales y consagrados en las pantallas cinematográficas españolas. Hablamos de Antonio Resines, Luis Ciges, José Sazatornil, Cassen, María Isbert, Gabino Diego, Aurora Bautista, Chus Lampreave… y un largo etcétera.

Sin embargo, junto a ellos también habría que destacar la encomiable labor y buen hacer de decenas y decenas de extras no profesionales del medio; personas anónimas que se pusieron prestas a las órdenes de José Luís Cuerda, personas que vivían allí mismo, en las localizaciones exteriores de la película, principalmente en los tres pueblos donde se rodó “Amanece, que no es poco”: Ayna, Molinicos y Liétor.

Pueblos, gentes…y una moto con sidecar. Porque esta película no sería la misma sin ese pequeño y gracioso vehículo de tres ruedas, tan popular en los años 50 del siglo XX, que se unió, como uno más, al magistral reparto coral de esta inolvidable película.

Un sidecar en el que Antonio Resines, interpretando a un ingeniero español que imparte clases en una universidad estadounidense y que ha decidido tomarse un año sabático para viajar a aquella España de la incipiente democracia post franquista, llega a un pueblecito de vecindario extravagante, perdido en ese sureste peninsular montañoso y remoto, donde no se ve a nadie por las calles “porque todo el mundo, como cada día del año, está en misa y la misa en sí misma es un espectáculo”. El joven profesor llega acompañado de su padre, el inolvidable Luís Ciges, quien le ha regalado el sidecar a su hijo en compensación por haber matado antes a su madre. Es solo el comienzo…

Cuando ahora, en pleno siglo XXI, el viajero que viene de Albacete, la capital provincial, se asoma a la profunda y espectacular garganta que forma el río Mundo y se aproxima bajando por la serpenteante carretera hacia la villa de Ayna, no debe sorprenderse de que a la entrada, en un rústico mirador construido sobre una curva encima del pueblo, le dé la bienvenida un simpático sidecar de color verde, a tono con los bosques y montañas circundantes. Y es que este sidecar ya es un vecino más de Ayna.

En próximas entradas conoceremos algo más de esa mágica y bellísima porción sureña de la provincia de Albacete en la “Sierra del Segura”. Veremos dónde nace el río Mundo, afluente del río Segura, eje natural y vertebrador de toda la zona, y exploraremos Ayna, la oficiosa capital de la conocida como “Suiza manchega” y escenario principal de la irreverente y rompedora “Amanece, que no es poco”.

Un lustro de “La Mochila De Marco Polo”

Faltaban apenas unos minutos para las once de la noche aquí en Madrid, la capital de España, cuando saltó al ciberespacio el primer post de este blog. Era un dos de mayo, tal día como hoy, pero entre aquella tímida entrada publicada en 2014 y ésta, media la bonita cifra de cinco años.

Y tengo que confesarlo. Nunca pensé entonces que la atrevida, por mi parte, aventura que acababa de iniciar en internet iba a llegar hasta este casi inimaginable aniversario quinquenal. Siempre he dicho, y lo sigo reconociendo a fecha de hoy, que este es un blog muy personal, modesto y sencillo, pero con un inequívoco afán por divulgar y entretener, todo lo cual me ha empujado a continuar dando vida a esta “criatura” que, con esfuerzo, imaginación y humildad, ha logrado llegar a la mágica edad de cinco años. Podrá parecer poco, o tal vez no, pero para mí ya es todo un logro.

Para cualquier viajero apasionado poder dar rienda suelta a sus impresiones, emociones y vivencias; expresar lo que experimenta y acumula cuando sale a patear mundo, es algo imprescindible, casi vital. Tener la posibilidad de compartir, transmitir a los demás todo lo que se va absorbiendo y asimilando por el camino, puedo asegurar que no tiene precio. Y esto lo ha podido sentir quien escribe estas líneas con un sencillo y pequeño blog como el que hoy está de aniversario.

La Mochila de Marco Polo cumple en este dos de mayo la redonda cifra de cinco años. Lo que empezó casi por casualidad hace un lustro se ha convertido para mí en una verdadera creación personal, una apuesta por intentar hacer un buen producto final con mis escasos medios, pero con grandes dosis de ilusión al mismo tiempo y deseos de irradiar vivencias y conocimientos de manera desinteresada.

Durante mi último viaje. Tiflis, Georgia, agosto 2017

No sé cómo será la evolución de esta bitácora viajera a partir de este cumpleaños. Ya comentaba en el post final del año pasado la mala pasada que me ha jugado la salud en los últimos meses y por la que he tenido que aparcar mis viajes, además de otras cosas. El próximo verano se cumplirá un par de años desde que me subí por última vez a un avión. Salvo desplazamientos por la geografía española y alguna pequeña incursión por carretera en el vecino y adorado Portugal, no he vuelto a salir de las fronteras de España con rumbo hacia otros lejanos y atractivos destinos.

Quiero agradecer vivamente a lectores y lectoras, todos y todas, el tiempo dedicado a seguir con interés y curiosidad las evoluciones de este pequeño blog. Es el mayor honor y satisfacción que puede tener cualquier autor. Intentaré continuar con esta noble tarea de divulgar y entretener a toda persona que con inquietudes viajeras quiera acercarse hasta esta ventanita cibernética.

Gracias de veras a tod@s 🙂

España, Portugal… y sus puentes fronterizos

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España y Portugal comparten en la actualidad una de las fronteras más antiguas y estables de Europa a pesar del amplio muestrario de pasadas disputas militares. Con alguna excepción, como el contencioso fronterizo en torno a la villa de Olivenza en la provincia extremeña de Badajoz, podemos aseverar que los dos estados mantienen a día de hoy, y desde que se firmara en 1864 el “Tratado de Lindes de Lisboa” que fijó de manera definitiva -en parte- los límites entre ellos, mantienen, decía, una buena relación de vecindad a ambos lados de una frontera que popular y cariñosamente es conocida como “La Raya”.

Restos del antiguo “Puente de Ajuda” sobre el río Guadiana a la altura de Olivenza. España en la orilla derecha, Portugal en la izquierda

Buena parte de esa histórica y zigzagueante línea fronteriza aprovecha el cauce de alguno de los principales ríos ibéricos que serpentean territorio peninsular, como el Duero, el Tajo o el Guadiana, y para salvar esa marca de separación fluvial se ha recurrido, con el devenir de los tiempos, a la construcción de puentes `ad hoc` que ayudaran a facilitar la comunicación entre ambas naciones de forma fluida y amistosa.

Y hablando de puentes. Desde Galicia, en el noroeste de España, hasta Andalucía, en el sur, son varios los puentes internacionales que sirven para vencer la Raya. Uno de los más bonitos sin duda está en Tui, en la provincia de Pontevedra. Este icónico y pionero puente de hierro inaugurado en 1886 y rematado con pilares de piedra sobre las aguas del río Miño, conecta el susodicho municipio gallego de Tui con el portugués de Valença do Minho, en el distrito de Viana do Castelo. Una maravillosa obra de ingeniería de casi cuatrocientos metros de longitud que vio la luz a partir del proyecto del egregio ingeniero riojano Pelayo Mancebo y Agreda. En la actualidad esta peculiar criatura metálica, con aires que recuerdan al estilo Eiffel, tiene un triple uso: carretero, ferroviario y peatonal. El puente global.

Puente internacional de Tui. CC BY-2.0 Autor: amaianos

Otros, por su parte, son más modernos, como el que salva las aguas del rio Guadiana en su desembocadura sobre el Atlántico a la altura de la población onubense de Ayamonte. El puente, con sus característicos pilares en forma triangular, se inauguró en 1991 si bien el estudio de viabilidad de esta gran obra conjunta entre los dos países se remonta a los años sesenta del siglo pasado. Tiene una longitud de 666 metros y su tablero se levanta veinte metros  por encima de las aguas del Guadiana.

Dado que la profundidad del río en este punto es de unos diez metros, la navegación de navíos de gran calado bajo su estructura es perfectamente posible. Cruzando por el puente desde España entramos en el municipio portugués de Castro Marim, en el distrito de Faro.

Puente internacional de Ayamonte, Huelva. DOMINIO PúBLICO

Y entre medias, casi a mitad de camino entre la húmeda Galicia del norte y la tostada Andalucía del sur, nos topamos en la provincia de Badajoz -una de las dos que conforman la comunidad autónoma de Extremadura– con el más singular de los puentes que vamos a explorar en este post.

Se le conoce como el puente de El Marco y toma su nombre de la pequeña pedanía homónima que se extiende a ambas orillas del arroyo Abrilongo, tributario del río Gévora, a su vez afluente del Guadiana. La peculiaridad de este puente rural estriba en que no solo enlaza las dos partes de la pedanía, sino que al mismo tiempo conecta los dos países ibéricos. Es más, teniendo en cuenta sus reducidas dimensiones -3,2 mts de longitud y 1,45 de ancho- esta circunstancia le aúpa al privilegiado y honorífico puesto de ser el puente internacional más diminuto del planeta. Por razones obvias solo está permitido que lo crucen personas y bicicletas.

Puente de El Marco, Badajoz. DOMINIO PúBLICO

“El Marco” en la parte española, “Marco” a secas en la portuguesa, es como decía más arriba el nombre de una pequeña pedanía o caserío que por el lado español pertenece al municipio extremeño de La Codosera, del que dista unos tres kilómetros, y por el lado de Portugal depende del cercano concejo de Arronches, en el Alentejo portugués.

El rústico puentecito que vemos hoy data de 2008. En esa fecha, con la ayuda de fondos de la Unión Europea y el empeño de la Cámara Municipal de Arronches, se decidió sustituir el viejo pontón construido en madera décadas atrás por los vecinos con un endeble pasamanos para salvar las aguas del estrecho arroyo -reforzado más tarde en los años noventa con unas pletinas metálicas-, por un puente también de madera, más sólido, con doble pasarela y refuerzos a base de barras de metal. Todo pensado para que pudiera resistir una hipotética crecida del arroyo durante la época de lluvias.

Para que la atmósfera internacional quede patente en este olvidado y apartado rincón del mapa ibérico salpicado de olivares, castañares, encinas y alcornoques, dos mojones en piedra, uno a cada orilla con las iniciales E y P labradas en ellos, dejan constancia al viajero de que estamos ante un paso fronterizo; eso sí, un paso fronterizo nada corriente.

Lejos quedan aquellos tiempos en que pobladores de ambos lados de la frontera realizaban contrabando con productos muy básicos como huevos, patatas, jabón, corcho… en pesados fardos. Por tratarse de un contrabando menor, que yo llamaría casi de “subsistencia”, los guardias de ambas orillas, la Guardia Civil en la española y la Fiscal en la portuguesa, lo pasaban por alto y dejaban hacer en aquellos paupérrimos años de posguerra civil española.

Puente internacional El Marco. DOMINIO PúBLICO

Todo lo cual no impidió que con el paso del tiempo llegase a florecer aquí todo un emporio comercial a pequeña escala que atrajo a muchos visitantes de los dos países en busca de los chollos que ofertaban cualquiera de la decena de tiendas que se llegaron a establecer a ambos lados del arroyo Abrilongo, sobre todo en la década de los dorados años ochenta del siglo pasado, cuando residían en este remoto lugar unas 250 personas de manera permanente. Las estrellas eran el café, las toallas o el tabaco en el lado luso, y el vino, las vajillas o las incombustibles navajas en el lado hispano. Hoy no llegan ni a medio centenar de vecinos y apenas resisten tres tiendas de las diez que hubo en los buenos tiempos.

Nostálgicos y difíciles tiempos que se apagaron en 1995 con la entrada en vigor del “Tratado de Schengen”. La libre circulación de personas y mercancías a partir de ese momento en territorio de la Unión Europea se hizo realidad y las fronteras desaparecieron de facto. Y con ellas la pequeña y próspera “Andorra hispano lusa” de El Marco y este bello, recóndito e ilegal rincón fronterizo.

Pic deLuxe: La Torre Eiffel está de cumpleaños

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Foto PIXABAY

Iban a ser solo veinte años y al final llegó a los cien, y todavía más. El domingo pasado, 31 de marzo, la icónica y celebérrima Torre Eiffel de París ha cumplido la nada desdeñable edad de ciento treinta añazos. Hoy día es el monumento más reconocible y respetado de la capital francesa y nadie cuestiona el valor e importancia de esta obra maestra de la ingeniería del siglo XIX salida de la prodigiosa mente e ingenio de su creador: Gustav Eiffel.

La radical criatura puesta en pie por Eiffel vería la luz un 31 de marzo de 1889, si bien el público no pudo acceder a esta impresionante obra arquitectónica, cuya silueta se ha convertido con el devenir de los tiempos en el símbolo absoluto de la ciudad del Sena, y por extensión de la Francia contemporánea, hasta el 15 de mayo de 1889, un mes y medio después de su inauguración.

La excusa para levantar esta rompedora, para la época, estructura de hierro forjado de trescientos metros (iniciales) de altura fue la celebración en París de la Exposición Universal de 1889, con la que se pretendía conmemorar el primer centenario de la Revolución Francesa. Varios arquitectos se encargaron del proyecto inicial de diseño de la torre, pero sería Eiffel quien acabaría dándole forma y vida definitivas tras dos años, dos meses y cinco días de trabajos.

Desde su apertura al público han pasado por la torre Eiffel más de trescientos millones de visitantes, y cada año alrededor de siete millones de almas no quieren abstenerse de la excitante experiencia de ascender por ese portentoso mecano metálico hasta su cota máxima para contemplar, desde aquella privilegiada posición cercana a los cielos, unas impresionantes vistas sobre el Sena y la elegante malla urbana parisina.

La torre Eiffel, icono entre los iconos, tuvo que sufrir insultantes apelativos incluso antes de su construcción. Lindezas del estilo “monstruo de hierro” o “esqueleto de atalaya”, fueron fomentadas desde insignes mentes de las artes y las letras del momento que no dudaron en arremeter contra Eiffel para tratar de vilipendiar y ridiculizar su criatura de hierro, incluso cuando solo era una idea.

La cruda realidad se impuso nada más terminar su construcción y desde aquel mismo 31 de marzo de 1889 el pueblo -y no tan pueblo- se rindió ante la perfección, ante el diseño tan rompedor e innovador de aquella extraordinaria obra. Y lo que inicialmente serían solo veinte años de vida, al final se ha convertido en algo “sine die”. Por fortuna.

Porque Eiffel, además de un acreditado ingeniero civil, también fue un visionario y se empeñó en que su creación no durara el efímero impasse de un par de décadas. A través de experimentos científicos y técnicos, así como de resistencia al aire, propicia que las primeras transmisiones radiográficas de París se realicen desde el envidiable emplazamiento de su torre, o convertir a ésta en una estación de observación meteorológica. Todo lo cual derivó en su supervivencia definitiva.

Esta efeméride podría ser el pretexto ideal para una imborrable visita, incluso si ya la conocéis, a la torre Eiffel por ejemplo ahora, en las ya cercanas vacaciones de Pascua. Y si os animáis a descubrir este referente único de arquitectura decimonónica e inmortalizarlo desde todos los ángulos y esquinas posibles con vuestras cámaras y teléfonos móviles inteligentes, recordad que, al menos en teoría, no podréis fotografiarlo durante la noche. Si queréis saber el por qué solo tenéis que pinchar aquí.