Évora, el delicioso encanto de la decadencia

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Tostada por el implacable sol del verano que siempre asola el sufrido y abnegado Alentejo portugués, se alza en medio de la áspera llanura ondulante la placentera y medieval ciudad de Évora. El sobrenombre de ciudad-museo, como es conocida, ya es toda una declaración de intenciones que por sí misma invita a hacer un alto en el camino hacia Lisboa, la capital de Portugal. Y es que Évora se encuentra a un centenar de kilómetros de la “Raya” -la frontera luso española- y a unos ciento treinta de la capital del país, ya en la desembocadura del río Tajo.

Paisaje de la región del Alentejo desde Évora

Recorrer las angostas calles adoquinadas de Évora supone realizar al mismo tiempo un seductor viaje a través de los siglos. Desde que los romanos se asentaran en estos lares allá por el año 57 a.C. bautizando el lugar como “Ebora Liberalitas Julia”, y hasta casi nuestros días, la ciudad ha sido acariciada y deseada por diversos pretendientes, eso sí, con muy diversa fortuna.

Évora vista desde las torres de la catedral

Tras los romanos llegarían los visigodos, quienes no dejaron precisamente buen recuerdo en la villa alentejana debido a las continuas incursiones de los bárbaros durante su mandato. Los árabes tomarían el relevo más tarde, en el año 715, redimiendo a Évora de la amarga huella visigoda, revitalizándola como importante centro comercial. Pero los cristianos, en su tenaz pugna por aplastar el dominio islámico sobre la península ibérica, lograron finalmente hacerse con el control de la ciudad en el siglo XII, convirtiéndola más adelante en un importante centro religioso y universitario de Portugal.

Palacio de D. Manuel

Será a partir del siglo XIV cuando Évora inicie su particular despegue, su auténtica edad de oro. Y en ello tuvo mucho que ver la casa reinante en Portugal en aquellos momentos, la dinastía Avis, cuyos reales miembros, empezando por Alfonso V, instalaron la corte precisamente aquí, en Évora. El palacio de D. Manuel, en el interior del Jardín Público, un parque construido entre 1863 y 1867 por iniciativa municipal sobre el terreno que anteriormente ocupaba la huerta real del palacio y el vecino convento de San Francisco, fue levantado en el siglo XIV y hoy lo único que subsiste del antiguo complejo palatino es un pabellón denominado la “Galería de las Damas”. Este pabellón alberga elementos característicos del gótico tardío, de influencia mudéjar, que se ensamblan en perfecta armonía con otros elementos renacentistas.

Galería de las Damas, lo único que sobrevive del antiguo complejo real

El palacio, o lo que queda de él, es todo un símbolo del decisivo papel que Évora jugó durante la próspera etapa monárquica, etapa que llegaría a su fin en 1580 cuando el rey cardenal D. Henrique muere sin dejar descendencia y el todopoderoso monarca español Felipe II se hace con el trono de Portugal. La corte abandona la ciudad y con ella desaparece el boato y la influencia del poder.

Évora entra así en una lánguida decadencia que, paradojas de la historia, la va a preservar y proteger. Es por ello que su centro histórico luce todavía hoy un atractivo esplendor, con sus murallas del siglo XIV, museos, palacios, iglesias, monasterios, blancas casas del siglo XVI adornadas con maravillosos balcones de hierro, como los que vemos en la rua -“calle” en portugués- 5 de Outubro; un tesoro que de otra manera difícilmente hubiera podido sobrevivir.

Fachadas con sus típicos balcones en la rua 5 de Outubro

Un centro histórico que tiene su punto neurálgico en la siempre animada y porticada Praça do Giraldo, la plaza del Giraldo; el lugar idóneo para comenzar la exploración de esta mágica ciudad que domina el Alto Alentejo portugués.

Ambiente nocturno en la Plaza de Giraldo

En la plaza ocupa un lugar prominente la querida, para los locales, fuente Henriquina -monumento nacional desde 1910-, a pocos metros de la bella iglesia de San Antón. Bajo los arcos de la plaza se esconden tiendas, librerías y cafés que permitirán al visitante resguardarse del implacable sol veraniego o del recio frío invernal.

Iglesia de San Antón y fuente Henriquina en la plaza de Giraldo

Alrededor de esta primorosa plaza gravita todo un ramillete de interesantísimos monumentos que inundan el casco viejo de Évora, un entresijo de callejuelas y edificios históricos encerrados dentro de sus murallas medievales.

No podemos salir de la ciudad sin detenernos en la Sé Catedral que nos recordará a una iglesia con influencias góticas, pero también a una fortaleza con el románico de sus contrafuertes del siglo XIII. El claustro gótico del siglo XIV es sencillamente soberbio, como soberbias son las vistas desde las torres a las que se asciende por una estrecha y algo peligrosa escalera de caracol.

La entrada a la catedral no es libre y cuesta 3,50 euros (dato de 2017) que dan derecho a visitar el interior, el claustro y las torres. La Sé de Évora es la catedral más grande de la época del medievo que existe en el país vecino. Otra poderosa razón para visitarla.

Sé Catedral de Évora Claustro de la catedral

El gótico y el estilo manuelino, con denominación de origen típicamente portugués, se dan la mano en la solemne iglesia conventual de San Francisco, la primera que la orden franciscana levantó en Portugal entre los siglos XV y XVI. En su interior el oro de los diez altares laterales y los paneles de pintura portuguesa del Renacimiento sobrecogen por momentos. San Francisco fue, además, adoptada por el rey D. Manuel como Iglesia Real al encontrarse dentro del amplio recinto palaciego que incluía el convento, el palacio y el huerto. En el alzado de la Capilla Mayor divisamos dos maravillosas ventanas renacentistas, en mármol, tras las cuales el monarca y su familia asistían a los oficios religiosos.

Pero lo que de verdad mueve en la actualidad al visitante hasta este sacro recinto es la famosa “Capela dos Ossos”, la Capilla de los Huesos. La leyenda sobre mármol del arco de su entrada nos dará una estremecedora bienvenida: “Nosotros huesos que aquí estamos por los vuestros esperamos”. La capilla, levantada a partir de una idea de los monjes franciscanos a finales del siglo XVI, da cobijo a unos cinco mil cráneos humanos y varios miles de huesos que estaban sepultados en diversos cementerios de iglesias y monasterios de la ciudad.

Iglesia de San Francisco Entrada a la Capilla de los Huesos Interior de la tétrica capilla

La intención de los monjes con su capilla era reflexionar acerca de la condición humana y meditar sobre la vida eterna. En definitiva que quienes todavía pisamos suelo terrenal tengamos presente lo efímero y breve que es el término vida, y que antes o después acabaremos bajo tierra. Puede resultar macabro y algo brutal, pero hay que entender el contexto en el que se movían los franciscanos en el siglo XVI. El concepto de vida y su brevedad siguen estando ahí, pero la atención que le prestamos hoy día es casi nula.

El acceso a la capilla se realiza por el exterior de la iglesia. La entrada cuesta 4 euros (dato de 2107).

Ya comentaba más arriba las raíces romanas de Évora. El mejor ejemplo de este origen lo encontraremos en el sorprendente Templo de Diana, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Construido en el siglo I d.C. en la zona alta de la ciudad, como parte integrante del Fórum Romano, el templo estaba consagrado al culto imperial y no a la diosa Diana. Tras servir para variopintos usos, en la actualidad es uno de los templos mejor conservados de la Iberia romana. Todavía se yerguen en magnífico estado catorce de sus columnas originales corintias.

Templo romano de Diana

Acercarse hasta esta plácida ciudad del interior de Portugal supondrá para el viajero que quede atrapado al instante en su particularísima atmósfera. Se sentirá, mientras permanezca en ella, alejado del ajetreo y el casi sinsentido que caracteriza a las grandes urbes en las que nos ha tocado vivir de manera habitual. El encanto de su deliciosa decadencia, unido a la mixtura de estilos arquitectónicos que exhiben sus monumentos y un apasionante pasado histórico -que incluye la proclamación de la república el 5 de octubre de 1910 desde el antiguo balcón de la Cámara Municipal o ayuntamiento-, le confieren a Évora el envoltorio perfecto para darse un pequeño capricho en forma de regalo viajero. Tal y como está haciendo el bloguero durante este caluroso fin de semana del mes de julio.

Típica calle estrecha del casco medieval de Évora

Y es que ya lo apuntó José Saramago, el insigne premio Nobel portugués de Literatura: “Évora es un estado de ánimo”. Pues eso.

Viena, creatividad y audacia a orillas del Danubio (II)

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En la entrada anterior tuvimos la ocasión de conocer a un revolucionario de la escuadra y el cartabón que se empeñó en dejar su firma en pleno corazón de la capital austriaca. No sin el disgusto, eso sí, al menos al principio, de los vecinos empadronados en la ciudad imperial. Hablamos de Hans Hollein.

Friedensreich Hundertwasser fue otro auténtico visionario, quien para no desentonar con otros correligionarios de su tiempo supo levantar polvareda con su polémico proyecto materializado entre 1983 y 1986 en el número 34-38 de la Kegelgasse, en el distrito 3 de Viena: la Hundertwasserhaus. Se trata de un estrambótico complejo residencial destinado a viviendas sociales que se construyó con financiación municipal.

DSCN3653Hundertwasserhaus, obra de Friedensreich Hundertwasser

El resultado es un edificio rabiosamente llamativo por su combinación de colores y formas ondulantes asimétricas. Si algo no le falta desde luego es originalidad y a diario es visitado en peregrinación por miles de turistas que se acercan hasta él con ayuda del tranvía número 1. Llegados al lugar las miradas de los visitantes apuntan con asombro hacia esa “criatura tan poco convencional que agrupa una cincuentena de viviendas, dieciséis terrazas privadas, tres azoteas comunitarias, un jardín de invierno y un par de áreas de juegos para los más pequeños.

DSCN3655La Hundertwasserhaus, distrito 3 de Viena

Hundertwasser no sólo dejó su sello creativo en esta singular edificación. Al norte de la capital, en el distrito 9, nos topamos con otra de sus grotescas obras: la Planta Incineradora de Spittelau. Este controvertido artista vienés, que dedicó buena parte de su tiempo a la pintura y a la escultura, no era arquitecto, pero gustaba de diseñar edificios, a cada cual más original y rompedor, siempre combinando curiosas formas y atrevido colorido. Así fue como entre 1988 y 1997 dio forma a esta novedosa instalación dedicada a la incineración de residuos que, como dato interesante, proporciona en la actualidad una parte sustancial de la energía necesaria para el funcionamiento del sistema de calefacción de la ciudad.

Para llegar hasta aquí hay que tomar el metro, líneas U4 o U6, estación Spittelau. Desde el vagón del metro –sobre todo de la línea U6 que discurre elevada y a cielo abierto- ya se divisa perfectamente la brillante torre de la planta a medida que nos aproximamos a la estación.

DSCN3624Planta incineradora de Spittelau, en el distrito 9 de Viena

A partir de los años 60 del siglo pasado Viena se expande definitivamente hacia el otro lado del Danubio, hacia el este. La tarea ya había comenzado a fines del XIX con el dragado de los grandes humedales que existían más allá del río, consiguiendo de esta manera regular su cauce. La ciudad imperial comienza así a crecer imparable por la orilla opuesta del majestuoso Danubio, si bien nunca llegará a adquirir en este lado las dimensiones que tiene en la margen izquierda, donde se ubica el centro histórico y la mayoría de los distritos de la capital.

Con el paso de los años se producirá la transformación más profunda y radical de esta moderna zona en expansión, surgiendo nuevos barrios residenciales, como Donaustadt y Floridsdorf, que se conviertirán en vecinos muy próximos de un amplio y flamante proyecto que va a albergar, a finales de los años 70, una de las tres sedes de Naciones Unidas fuera de la ciudad de Nueva York. Se trata de la ONU-City, también conocido como “Vienna International Centre“.

DSCN3643Vista general de la ONU-City, con la DC Tower 1 en primer término

Construido en 1979 sobre una superficie de 180 mil m2, el complejo en forma de “Y” está conformado por media docena de edificios que acogen las oficinas de la organización intergubernamental fundada en 1945, además de otro en forma cilíndrica destinado a conferencias.

Tanto si sois apasionados de la política de altos vuelos como acérrimos de las últimas tendencias arquitectónicas, el viaje hasta la zona no dejará indiferente a nadie. Y más desde 2013, año en el que se inauguró la DC Tower 1, el edificio más alto de Austria con una cota de 220 metros, que lleva la firma del insigne Dominique Perrault. La estación Kaisermühlen de la línea U1 del metro de Viena os acercará hasta esta parte tan internacional de la capital austriaca.

DSCN3637Línea 1 del metro de Viena a su paso por la ONU-City

Viena es mucho más que el distrito 1, la Ringstrasse, el Hofburg, la Albertina o la catedral de San Esteban. Para deleite de quien se acerque a visitar la capital de Austria, hay vida más allá de todos esos lugares tan llenos de historia y tradición. Palabra de bloguero 🙂

Viena, creatividad y audacia a orillas del Danubio (I)

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Viena es un maravilloso escaparate de arquitectura, de arquitectura de diferentes épocas y estilos. La poderosa familia Habsburgo modeló durante siglos la capital de su imperio a voluntad y perpetuidad. En este blog ya hemos realizado una aproximación en distintas entradas -solo hay que pinchar en la etiqueta “Viena”- a esta bellísima y elegante ciudad que tanto fascina y atrae a quienes se acercan hasta ella. Incluido este bloguero, naturalmente.

Viena, siempre elegancia y distinción

Sin embargo un trágico hecho casi se lleva por delante buena parte de esa impresionante herencia monumental y arquitectónica dejada por la dinastía habsbúrgica. Con la Segunda Guerra Mundial Viena sufrió en sus carnes la violencia y atrocidad de un conflicto bélico que la dañó profundamente, dejando muy tocado el corazón de aquel grandioso legado otorgado por los Habsburgo.

En los años siguientes al final de la contienda mundial -1945- se intentó recuperar el esplendor perdido con un cuidadoso y detallado proceso de reconstrucción y rehabilitación de edificios, palacios, calles, plazas, jardines y todo lo que había sido pasto de la barbarie en el conflicto armado. Pero será a partir de los años 60 del siglo pasado cuando empezarán a surgir revolucionarios ejemplos de arquitectura moderna de posguerra, en clara contraposición a lo ya existente. Sirva como ejemplo la Donauturm -o torre del Danubio-, la audaz y ya vanguardista por entonces, en 1964 cuando se inauguró, torre de comunicaciones de la ciudad.

Donauturm de Viena

Esta Viena tan singular y sorprendente surgió del cerebro de auténticos visionarios que, con el tiempo, daría lugar a lo que se conoció como “fenómeno austriaco”. Este fue el punto de partida parafabricar una nueva Viena; el perfecto contrapunto a esa otra Viena dejada allí, a orillas del Danubio, por el augusto emperador Francisco José y sus regios antepasados. No sin fuerte controversia en algunos casos, como veremos.

Uno de los proyectos que agitaría mentes y conciencias  tomó forma en el mismísimo corazón de Viena, en la plaza de la catedral de San Esteban. En tan sacrosanto lugar un arquitecto, Hans Hollein, se atreve a levantar a mediados de la década de los años 80 del siglo XX un edificio absolutamente rompedor para un entorno tan tradicional: la Haas House.

El resultado fue una moderna casa con dos fachadas diferenciadas. Una de cristal, donde se refleja la catedral casi de forma mística, y la otra a base de ventanas cuadradas –casetones, en jerga arquitectónica- que le confiere al conjunto un aspecto similar al de un tablero de ajedrez.

Haas House, a la izquierda, frente a la catedral de San Esteban

La idea del autor era provocar un choque de épocas siguiendo un esquema cronológico: en este céntrico e histórico escenario las casas medievales habían sustituido a las primitivas viviendas romanas, y ahora la suya se levantaba sobre los restos de aquéllas. Hollein no solo causó así un choque de épocas; su provocación condujo a otro choque, esta vez en la calle, con el cruce de opiniones a favor y en contra de su especialísimo vástago.

La valentía y atrevimiento de Hollein derivaron de forma irremediable en un escándalo público en toda regla. Por fortuna hoy día, después de varias décadas, la “demoníaca” presencia del edificio en San Esteban ya ha sido asimilada por propios y extraños, pero sobre todo por los primeros.

En la siguiente entrada seguiremos sumergiéndonos un poquito más en esa otra Viena alternativa y transgresora que surgió a orillas de Danubio a partir de mediados del siglo XX, y que hoy se codea con lo más granado y selecto que dejaron sobre el mismo terreno los Habsburgo.

¿Por qué las ventanillas de los aviones tienen la forma que tienen?

Viajar en avión puede resultar un placer, o una pesadilla. Estamos a pocas jornadas de que comience un nuevo éxodo veraniego de miles y miles de personas que se trasladarán de un lado a otro en busca de su lugar favorito de descanso y vacaciones. Y muchas escogerán el avión para tal fin. Así las cosas, si realizáramos una encuesta entre usuarios de este medio de transporte en cualquier aeropuerto es probable que los resultados en torno a este dilema, placer/pesadilla, fueran bastante ajustados. No habría, casi con seguridad, una opción claramente ganadora. Lo que sí es bastante probable es que la mayoría de los entrevistados estarían de acuerdo en considerar que el avión es un medio seguro, muy seguro a la hora de viajar de un lugar a otro.

Con los datos en la mano es incuestionable que los índices de siniestralidad aérea son mínimos en comparación con los de otras maneras de desplazarse. Y para ello el mundo de la aeronáutica comercial se emplea muy a fondo en minimizar al máximo el riesgo de accidentes, cuidando el diseño íntegro de un avión hasta el más nímio detalle. Nada puede quedar al azar. Todo está estudiado concienzudamente para intentar garantizar la seguridad en el aire. Desde la forma cilíndrica de las cabinas, los materiales de construcción, la ubicación de asientos, los protocolos de emergencia… hasta las ventanillas. Sí, también las ventanillas.

En el blog ya explicamos en su momento el por qué de ese pequeño agujerito que todos podemos observar en la parte inferior de las ventanillas de los aviones. Pues bien. Además del diminuto orificio, las ventanillas y su forma inciden igualmente en la seguridad aérea.

En tiempos pretéritos las ventanillas de los aviones eran rectangulares. Así fue hasta que dos accidentes aéreos pusieron en alerta a los ingenieros. A mediados de la década de los años 50 del siglo pasado dos aviones que cubrían, uno la ruta Roma-Londres, y Londres-Johannesburgo el otro, se precipitaron al suelo. Las investigaciones posteriores revelaron que ambos siniestros estaban relacionados con la forma de las ventanillas. ¿Por qué?

Típicas ventanillas en aeronaves de mediados del siglo XX

Cuando un avión toma altura toda su estructura recibe un fuerte estrés debido al cambio de presión entre el interior y el exterior. Ese estrés se reparte de manera más o menos uniforme por toda la cabina debido a su diseño en forma de tubo cilíndrico, lo que ayuda a presurizar correctamente el interior de la cabina; sin embargo las ventanillas son zonas muy sensibles y siempre suponen un obstáculo en la segura presurización de todo el avión.

Si las ventanillas fueran rectangulares la presión podría concentrarse peligrosamente en sus esquinas con el consiguiente riesgo de rotura del vidrio. En cambio si éstas son redondeadas, la tensión a la que se ve sometida toda la cabina se suaviza y se equilibra cuando alcanza esa especie de ojos de buey por los que a casi todos -no lo neguemos- nos encanta mirar cuando viajamos en avión, minimizando así el peligro de rotura.

¿Placer o pesadilla? Volar puede suponer cualquiera de las dos sensaciones. Sin embargo cuando contemplemos un hermoso panorama a través de la ventanilla de nuestro avión, desde las alturas, pensad que esa misma ventanilla y su curiosa forma pueden ayudar, de manera definitiva, a inclinar la balanza hacia la primera de las opciones; la placentera.

Fotos vía portal Pixabay.com

Pic deLuxe: Ponga un búnker en su vida

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La Guerra Fría acabó tras la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento posterior de todos los regímemes comunistas situados al otro lado del llamado “Telón de Acero”, justo al inicio de la década de los años noventa del siglo pasado.

En la llamada Europa Oriental van quedando ya pocos vestigios de aquellas décadas de plomo, recelo y temor hacia un conflicto nuclear que pudiera desencadenarse entre ambos lados de ese temible Telón de Acero. Sin embargo, en Albania quedan, como mudos testigos de delicados tiempos pasados, miles y miles de “setas” de hormigón que siembran el suelo del pequeño estado balcánico. Son los búnkeres que el dictador Enver Hoxha ordenó construir entre 1967 y 1986.

En la mente perturbadora y paranoica del dirigente comunista albanés se instaló la creencia de que su país podía ser invadido por fuerzas extranjeras. Recelaba de los Estados Unidos, por supuesto, pero también de la entonces Unión Soviética en manos de Nikita Kruschev, el sucesor de su idolatrado Josef Stalin. Hoxha no confiaba en absoluto en Kruschev por considerarle muy alejado de la ortodoxia estalinista y acabó rompiendo relaciones con el régimen soviético a comienzos de la década de los sesenta.

A partir de ese momento Hoxha se lanzó a la tarea de “bunkerizar” por completo el país construyendo unos 750 mil búnkeres. Dada la extensión de Albania, algo menos de 30 mil Km2, y su población -en torno a los tres millones de habitantes-, el promedio al terminar esta delirante e ingente obra de construcción fue de un búnker por cada cuatro habitantes, aproximadamente. Un despropósito.

Los búnkeres de Albania estuvieron en uso hasta 1991 cuando el régimen comunista albanés, dirigido en aquel momento por Ramiz Alia, el sucesor de Hoxha tras su muerte en 1985, colapsó y la República Socialista Popular pasó a mejor vida.

La bunkerización del país supuso un auténtico dispendio que provocó un desastre económico en el país. Con un severo régimen autárquico en el interior, las fronteras cerradas, aislado del exterior para el comercio internacional, con falta de materias primas, cortes de energía, escasez de divisas y alimentos, Albania entró en barrena. Un lastre que a día de hoy todavía está pasando factura al pequeño país.

Tras el negro periodo comunista, Albania abandonó la construcción de búnkeres. Debido a su recia consistencia, su destrucción siempre ha sido tarea complicada por lo que al final se ha optado por dejarlos donde están. Esto, paradójicamente, ha convertido a esta auténtica ensalada de setas que brotan del suelo en una curiosa atracción turística para los visitantes.

Se estima que actualmente podrían quedar medio millón de búnkeres repartidos por la geografía de Albania. Los hay de muy diferentes tamaños y están por todas partes. En el campo, en las ciudades, a orillas del mar, al borde de carreteras, en cementerios, en laderas y puertos de montaña…

Su uso, como resulta obvio, ya no guarda relación con su origen. Aunque muchos han sido abandonados, otros muchos se reutilizan hoy como almacenes, establos para animales, bodegas, despensas, vestidores, baños, cafés e incluso como alojamientos rurales. Sin olvidar los populares botellones entre jóvenes. Y no tan jóvenes.

Naturaleza en Albania, diagnóstico estado crítico

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He regresado de mi reciente viaje por Albania, en el sureste de la siempre enigmática península de los Balcanes. El resultado ha sido una fascinante travesía por uno de los países más auténticos y genuinos que todavía quedan en Europa. Se puede seguir este interesante periplo albanés simplemente con pinchar sobre la etiqueta “Albania” del blog, o de este mismo post.

Nieve perenne en las montañas que emergen de suelo albanés

Albania, en mi opinión, sorprende por una suerte de virginidad y provincianismo que se entrelazan y empapan los cuatro puntos cardinales de su mapa. Es como si la modernidad y la globalización pasaran de puntillas por estas latitudes mediterráneas y dejaran aquí la dosis justa, manteniendo al país fijado en una especie de túnel temporal por el que ya hemos pasado otros europeos hace algún tiempo en nuestros respectivos países.

Junto a su desordenada y decadente capital, Tirana, este pequeño estado balcánico está bendecido por una naturaleza y una biodiversidad que podrían ser su principal activo si no fuera por el peligro que corren, a menos que cambien con urgencia algunas cosas. Altas cumbres en permanente color blanco, ríos de caprichoso cauce, bellos lagos enclaustrados entre montañas y fértiles valles inundan el paisaje, el mismo paisaje que es visible desde la ventanilla de nuestro vehículo, sea autobús, furgón o taxi, cuando nos movemos de un lado a otro del país. Un tesoro de postal al alcance de la mano.

Parque Natural Zheji, desde la carretera SH4

Sin embargo este idílico panorama es engañoso. Un par de datos. El setenta por ciento de la superficie de este pequeño estado es montañoso, con algunos picos que superan los dos mil metros de altura; una tercera parte de esa misma superficie está tapizada por apretados bosques y una rica y variada flora que incluye numerosas especies endémicas. Albania, por otro lado, país de tamaño similar a Bélgica, tiene declarados de manera oficial catorce parques nacionales. Pero esta declaración bien se podría decir que solo es sobre el papel ya que el estado y conservación de todos esos espacios, que gozarían de la máxima protección y vigilancia en cualquier otro país europeo, aquí sobre suelo albanés, simplemente son papel mojado. Falta de mantenimiento, tala ilegal y caza furtiva constituyen, por desgracia, el tridente letal que vacía de contenido cualquier declaración oficial de que no encontramos ante un espacio natural protegido.

Río Osum, con las montañas del Parque Nacional “Mali i Tomorrit” al fondo

Albania es una nación eminentemente rural, tradicional, de fuertes y arraigadas costumbres, no siempre acertadas, y este aspecto pesa muy mucho en la mentalidad de sus habitantes. Fuera de Tirana o Dürres, la segunda ciudad del país, la población está falta de una profunda sensibilización sobre el medio ambiente y lo que significa e implica su cuidado y defensa. Incluso en las ciudades mencionadas -y alguna más- es visible cierta desafección por parte de la ciudadanía hacia la separación y reciclado de la basura doméstica. Y todo a pesar de que sus ayuntamientos se esfuerzan en mentalizar a los vecinos de lo vital que resulta vivir en un ambiente urbano más salubre y saludable. Se han conseguido algunos avances, en especial en Tirana, desde que su carismático exalcalde, Edi Rama, hoy primer ministro del país, se involucrara en la tarea de transformar la ciudad y mejorarla en muchos aspectos, entre ellos la separación y recogida de residuos de cualquier naturaleza.

Canal Vivari, el desagüe natural del Lago Butrinto en el mar Jónico

Pero fuera de las urbes, en el campo, el panorama es desolador. Las orillas de los ríos están inudadas de plásticos, envases de cartón y aluminio vacíos, o bolsas con detritus medio desgarradas que conviven, sin que nadie lo impida, con el agua -turbia muchas veces- que discurre a escasos centímetros. En los márgenes de las carreteras, y a lo largo de kilómetros, se acumulan bolsas y bolsas de basura que languidecen sin remedio bajo el aplastante sol del verano o la impenitente humedad del invierno. Las cunetas son auténticos estercoleros que ofrecen un espectáculo impactante para el que viene de fuera, lo que se traduce en una imagen devastadora del país cara al exterior.

Cordillera Mali i Gribës, en el condado de Gjirokastër, al sur del país

En la profundidad de los nutridos bosques que forran el arrugado suelo albanés, la situación no es mejor. Los plásticos y restos de harapos se enredan sin piedad en las ramas de árboles y arbustos impidiendo su natural crecimiento. Mortal fotografía que, por supuesto, se repite en el interior de los, a priori, protegidos por el ministerio de Medio Ambiente, parques nacionales del pequeño país balcánico.

He omitido de forma deliverada la publicación de fotos reflejando este pernicioso escenario. No quiero abundar más en una imagen en exceso negativa hacia un país al que debo gratitud y respeto. Todo lo cual no es óbice para reclamar desde esta modesta ventana, a quien corresponda, un plan urgente que solucione el estado crítico en el que se encuentra la salud ecológica de este país llamado Albania.

La pequeña villa de Lin, a orillas del lago Orhid

Resulta irónico, por otra parte, que sus habitantes, los mismos que no ponen demasiada diligencia en eso del cuidado medioambiental, sean al tiempo el principal valor del país. Los albaneses son gente humilde, amable, servicial y muy amistosa. En ningún momento, y quiero recalcarlo, el viajero se sentirá desamparado o con sensación de peligro cuando se desplaza por Albania. Aunque viajemos en solitario, como es mi caso, siempre nos sentiremos arropados y seguros. Así es Albania. Con sus luces y sus sombras.

Sarandë y Butrinto, ocio y cultura en la Riviera Albanesa

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La mañana había amanecido lluviosa, desapacible, en Shkodër, al norte de Albania. Tomada la decisión de no aventurarme en la cercana y sobrecogedora montaña de Thethi y Valvona debido al mal tiempo, puse rumbo hacia la punta sur del país, hacia Sarandë, en busca de la soleada Riviera Albanesa, frente a la isla griega de Corfú.

Próximo destino: la Riviera Albanesa

Ya lo he comentado en entradas anteriores. Moverse en Albania no es sencillo. Un manifiesto caos en el transporte interurbano por carretera provoca cierto desánimo en la primera toma de contacto con él. Sin embargo, con el transcurso de las jornadas se produce un curioso fenómeno de inmersión. Sin darte cuenta formas parte de ese fabuloso enredo pero al tiempo consigues salir del paso, porque al final autobuses, minibuses y cualquier vehículo con cuatro ruedas que transporte pasajeros -en algunos casos sentados incluso en taburetes en medio del pasillo- salen y llegan a destino. Puede que no a la hora prevista, pero llegan.

Terminal de autobuses Ndërqytetas en Tirana

Con este panorama abandoné Shkodër a las 7.45 de la mañana hacia Tirana, la capital albanesa. Una vez allí, algo más de dos horas después, me bajé en la siempre desconcertante y bulliciosa terminal de autobuses de Ndërqytetas, en la plaza del Águila. Es a mi juicio la principal de los varios intentos de estación de autobuses que existen en Tirana, aunque solo sea por la cantidad de ellos que operan desde allí. De esta manera no fue difícil localizar el furgón que en tan solo dos minutos salía hacia Sarandë, mi siguiente y último destino en Albania. Había llegado a tiempo.

El minibús en el que viajé hasta Sarandë

Tras un largo y fatigoso viaje de cinco horas y cuarto, el pequeño omnibús llega por fin al centro de Sarandë y desaloja a sus entumecidos pasajeros en plena calle, porque allí no hay algo que se asemeje a una terminal de autobuses. Sin embargo el panorama se presenta alentador. La tarde es radiante, la temperatura muy agradable, y el paseo marítimo está animado, lo mismo que las terrazas y cafés que se asoman a él. Y como deseo que la experiencia sea total, me busco alojamiento en el mismo bulevar Hasan Tahsini, a escasos metros del agua. No me cuesta encontrar algo de mi gusto y además por un buen precio: diecinueve euros la noche y vistas de película sobre el mar Jónico y la isla de Corfú, al fondo. Esto es Albania amig@s.

Vistas desde la terraza de la habitación de mi hotel en Sarandë

En esta época del año, en plena primavera, Sarandë, bautizada por este bloguero como la “Niza de la Riviera Albanesa”, disfruta de una plácida tranquilidad que a buen seguro los lugareños echarán en falta dentro de apenas mes y medio, en cuanto aterrice aquí la temporada estival. Será entonces cuando el sosiego y serenidad del que disfrutan ahora en la ciudad se evapore, para dar lugar a una efervescencia y bullicio que la envolverán en un ambiente solo apto para acérrimos del sol y playa. Es la quietud que precede a la tormenta.

Panorámica de Sarandë con sus terrazas en el pequeño puertoAnochece sobre el paseo marítimo de Sarandë

Mientras llega ese turbador momento estoy metido de lleno en la conocida como Riviera Albanesa, una porción de costa que se extiende por el litoral mediterráneo, desde el parque nacional de Llogara hasta la frontera con Grecia. Su animada vida nocturna, el ecoturismo, playas de agua color turquesa, solitarias caletas, cañones costeros, pequeños pueblos, iglesias ortodoxas y restos de castillos, son el reclamo principal para que la jet albanesa -y de otros países de la zona- haya puesto sus ojos en esta parte de Albania. Yo no soy tan pretencioso y me conformo con pasar un par de días en la zona, disfrutando de un buen clima, comida, ambiente y empaparme de algo de cultura.

Sol y playa en la Riviera Albanesa 

¿Cultura en un destino azul, de sol y playa? Pues sí. La misma ciudad de Sarandë atesora interesantes restos arqueológicos, herencia de épocas pasadas. De la orillas del mar, en la playa, emerge lo que queda de la antigua puerta de entrada a la fortaleza de Onhezmi, en el lado occidental de la misma. Y en la calle Abedin Dino, al lado del céntrico parque municipal Miqësia, nos sorprende un auténtico museo a cielo abierto, una construcción con raíces fechadas en el siglo IV/V a.C. El monumento alberga las ruinas de una sinagoga y una basílica que hubo allí. Se trataría de una basílica cristiana temprana que se transformó en sinagoga a principios del siglo XV.

Restos de la antigua puerta de Onhezmi en la playa de Sarandë

Pero lo que verdaderamente me había traído hasta esta esquina de Albania, además de su benigno clima, era conocer uno de los tesoros arqueológicos más notables que guarda el país. Para este ilustrado fin hay que trasladarse una veintena de kilómetros al sur de Sarandé, ya prácticamente en territorio griego. Allí, en una caprichosa y recogida península se mantiene vivo un fragmento de la historia del Mediterráneo: la antigua ciudad portuaria de Butrinto. He llegado hasta uno de los destinos culturales más visitados por turistas y viajeros en la península de los Balcanes; incrustado además en el pequeño parque nacional del mismo nombre y declarada ciudad Herencia de la Humanidad por la UNESCO en 1992.

Teatro Romano de Butrinto

Butrinto, la antigua Buthrotum que fundaran los exiliados de Troya tras la caída de la mítica ciudad anatolia -de ahí que también sea conocida como la “pequeña Troya”-, nos ofrece en la actualidad un apasionante viaje por distintas etapas de la historia de las civilizaciones y cuyos orígenes se remontan hasta al menos el siglo IV a.C. Griegos, romanos, bizantinos, venecianos y otomanos, todos, de uno en uno y sucesivamente a través de las centurias, han dejado una huella indeleble y atemporal de su paso por Butrinto.

Baptisterio en Butrinto Gran Basílica en Butrinto

Los muros, un teatro romano del siglo III, la villa o residencia privada, los baños y el ágora, todos romanos; el baptisterio con su suelo de mosaico, la gran basílica bizantina del s.VI, el castillo y la torre venecianas del s. XIV-XV… son solo unos ejemplos, a modo de provisional inventario, que nos esperan al entrar en la legendaria Butrinto…

A tener en cuenta

Para trasladarse desde Sarandë hasta el sitio de Butrinto existe un servicio regular de autobuses. Se puede tomar uno en la parada que hay frente a los restos de la basílica/sinagoga, en la calle Abedin Dino, y nos deja en la misma puerta de acceso al recinto de Butrinto. El primer autobús pasa a las 5.35 horas y el último a las 21.35 horas. La frecuencia de paso es de uno a la hora, justo en el minuto 35. El autobús de vuelta se toma en el mismo punto donde nos ha dejado a la ida. El precio por trayecto es de 100 lek, unos 70 céntimos de euro.

Entrada a Butrinto: 700 lek, algo más de cinco euros.

Shkodër, la puerta de entrada a los Alpes Albaneses

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Dejo atrás Pogradec con el Orhid, el encantador lago compartido entre Albania y la República de Macedonia y pongo rumbo, esta vez, hacia el noroeste del pequeño país balcánico, casi en la frontera con otra de las exrepúblicas yugoslavas: Montenegro. Mi plan es alcanzar Shkodër, la principal ciudad del norte de Albania, muy cerca de su lago homónimo. Shkodër es para el viajero, además, la puerta que da acceso a los impresionantes Alpes Albanos o Montes Prokletije, una rama de los Alpes Dináricos que se extienden por la península de los Balcanes. Y por esta razón pongo la vista y el objetivo en esa abrupta y hermosa zona del país; y por esa razón me presto a una nueva y extenuante jornada de carretera a través de la geografía albanesa.

Cuando viajas por Albania entre dos puntos algo distantes, sí o sí, casi seguro, tendrás que pasar por la capital, Tirana, para cambiar de autobús, minibús o furgón en alguna de sus destartaladas terminales diseminadas por la ciudad y tomar nuevamente otro que te llevará a destino. Fue así como, tras el correspondiente trasbordo en Tirana, llegué a Shkodër seis horas después de la salida en Pogradec.

La envidiable posición geográfica de Shkodër convierte a la ciudad en el trampolín ideal para lanzarse a explorar el indómito y bellísimo norte de Albania. Existen agencias especializadas que facilitan la tarea de llevarte e introducirte en ese mundo algo salvaje y remoto que es la montaña albanesa más septentrional, con recorridos en barco por el espectacular lago Komani –apodado el fiordo de Albania-, para abrir boca, y adentrarse más tarde en territorio de los parques nacionales de Thethi y del Valle Valvona.

Mi idea era, a través de una agencia local de Shkodër, viajar hasta el pueblecito de Theth –en el primero de los parques-, pernoctar allí en pensión completa y aprovechar para conocer su austera pero cautivadora iglesia católica y la famosa cascada de Grunas, con su impresionante caída de agua precipitándose desde unos treinta metros de altura. Eso, y disfrutar de una naturaleza abrupta y sugerente.

Iglesia católica de Theth, en el Parque Nacional de Thethi. Foto vía Pixabay.com

Este era el plan de actuación previsto cuando me bajé del autobús alrededor de las tres de la tarde en Shkodër. Busqué a continuación un hotel asequible en el mismo centro urbano y lo encontré muy cerca del Teatro Migjeni. Una vez desprendido de la mochila, y tras una ducha reparadora, me dispuse a pasar la tarde visitando la ciudad.

Todo empezó a torcerse en medio de la noche cuando la lluvia me despertó golpeando con fuerza la ventana de mi habitación. No me lo podía creer. Alguna nube emborronaba, sin apariencia de amenaza, el cielo casi azul cuando arribé a la ciudad, pero el sol finalmente se había impuesto regalándome una placentera y luminosa tarde del mes de mayo.

De repente el tiempo había cambiado… para mal. Me levanté de la cama, encendí mi portátil y consulté en Internet la previsión meteorológica en el área del parque nacional. Para disgusto mío el pronóstico era bastante nefasto, con lluvia, descenso de temperatura y posibilidad de tormentas vespertinas en la zona de Theth durante, al menos, los dos días siguientes.

Mi sueño de visitar la montaña albanesa se ha evaporado. Con semejantes condiciones atmosféricas en verdad no merece la pena adentrarse en territorio montañoso. Por otro lado no dispongo de suficientes días para quedarme en la zona y esperar a que el tiempo cambie de cara. En ningún momento, lo reconozco, he tenido la precaución de informarme sobre la meteorología prevista en esa parte del país. Desde mi llegada a Albania el tiempo ha sido estable y cálido. Pero estamos en primavera y en esta época el clima es todo menos tranquilo.

Siempre que viajo existe un plan B. Y si no lo hay, lo improviso. En este caso hay que sustituir la montaña por otro lugar que me permita aprovechar los últimos días de mi estancia en Albania. Si la montaña ha fallado, entonces la costa mediterránea puede ser una buena opción.

Así, examinando el mapa del país, he caído en la cuenta de que en su extremo más meridional se sitúa la famosa Riviera Albanesa, con la ciudad de Sarandë como capital de la misma; y sobre todo las famosas ruinas arqueológicas de Butrinto, la en otro tiempo ciudad portuaria donde dejaron su huella diferentes culturas y civilizaciones. Situadas en el parque nacional del mismo nombre, Butrinto se localiza a pocos kilómetros al sur de Sarandë, casi en territorio heleno. Plan B en marcha…

Entre tanto, qué ver en Shkodër

Conocido como el Miguel Ángel albanés, la ciudad de Shkodër debe mucho a un gran artista polifacético de nombre Kolë Idromeno, nacido precisamente aquí, en Shkodër, en 1860. Diferentes edificaciones del siglo XIX en la ciudad llevan su firma. Tal es así que el barrio de Gjuhadol, incrustado en el distrito histórico, al norte de la ciudad, en conjunto tiene su sello.

Calle Kolë Idromena en Shkodër

En la actualidad la principal arteria del barrio se llama como él; un animado y coqueto bulevard peatonal donde los lugareños se dan cita al finalizar el día, paseando entre sus pequeñas galerías de arte, cafés, terrazas y tiendas de diseño.

Las villas residenciales del barrio se caracterizan por una larga sucesión de ventanas y contraventanas, grandes puertas y paredes altas, todos ellos elementos típicos de la arquitectura decimonónica local. Idromeno fallecería en 1939, en la capital, Tirana.

Típicas fachadas de las construcciones del s.XIX en el centro de Shkodër 

Reflejo de la diversidad y tolerancia religiosa del país y de la ciudad, mezquitas musulmanas conviven sin problema con iglesias ortodoxas y templos católicos. En 1995 se levantó la impresionante mezquita Ebu Bekir en el mismo lugar donde antes estuvo otra del siglo XIII y destruida durante el régimen comunista de Enver Hoxha. Más reciente es la mezquita Parrucë o El Zamil, de 2003, con la misma arquitectura de otra previa construida en 1943 y destruida en 1968, para mayor gloria del ateísmo imperante en la época de la dictadura del proletariado de Hoxha.

Mezquitas de Ebu Bekir (arriba) y Parrucë (abajo)

Los ortodoxos se dan cita principalmente en una imponente iglesia construida a comienzos de este milenio, en un terreno ocupado antes por otra iglesia de madera. Los católicos, por su lado, gozan de buena salud en esta parte del país y aquí, en Shkodër, disponen de un importante punto de encuentro, además de la catedral.

Se trata de la Iglesia Franciscana, levantada en 1890. Fue construida en estilo italiano y coronada con estatuas religiosas. Durante los oscuros años de recalcitrante comunismo se salvó de la quema para servir como centro cultural. La gran Franciscana, al menos, no corrió la misma funesta suerte de tantos y tantos centros religiosos, fuere cual fuere su credo. Se reabrió como templo para culto católico nuevamente en 1998.

Iglesia Ortodoxa Campanario de la iglesia Franciscana

Uno de los símbolos de Sarandë es la Torre del Reloj, o mejor, lo que queda de ella. Se le conoce popularmente como el “Reloj Inglés” debido a que fue construida por un misionero protestante evangélico británico, Lord Paget, para uso religioso. Después de su fallecimiento se convertiría en una torre de vigilancia contra incendios.

Torre del Reloj, a la izquierda, con los minaretes de Ebu Bekir, a la derecha

Dejamos Shkodër en el norte de Albania y nos vamos al extremo opuesto, en el sur. Dejamos la lluvia para ir en busca del sol. Estoy a punto de tomar de nuevo un autobús, o dos, o los que haga falta. Nos marchamos hasta la Riviera Albanesa. En la próxima entrada…

Dedicated to Ida. “Famelinderit” for your help and sympathy 🙂

Pogradec, el secreto albanés del Lago Orhid

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Amanezco en Pogradec, al este de Albania. No he abandonado el país, pero casi estoy tocando con las manos la Antigua República Yugoslava de Macedonia (FYROM, por sus siglas en inglés). Desde la ventana de mi hotel ahogo pensamientos en esta mañana soleada contemplando la inmensidad del lago que tengo frente a mí. Amanezco en esta esquina albanesa bañada por las plácidas aguas transparentes del lago Orhid.

Panorámica del lago Orhid desde Pogradec

La víspera había salido de la doblemente milenaria Berat. Un furgón minibús de aspecto algo destartalado me había llevado desde la “ciudad de las mil ventanas” hasta Elbasan, en el centro del país. Sin tiempo que perder camino unos cuatrocientos metros desde lo que parece una terminal de autobuses absolutamente surrealista, hasta una improvisada parada de furgonetas-taxi frente al estadio de fútbol.

Tras unos segundos de gestos con las manos y monosílabos en diferentes lenguas, apalabro destino y precio con el conductor. Me subo al taxi donde compartiré asiento apretado y bastante calor con otros nueve viajeros, todos del país. No hay tiempo para más. La furgoneta taxi arranca y salimos como alma que lleva el diablo dirección Pogradec. En Albania se viaja así, a golpe de improvisación y algo de regateo cuando las circunstancias lo requieren.

Orilla sur del lago Orhid en Pogradec

El lago Orhid, el principal motivo que me ha traído hasta este bello y un tanto escondido rincón de la geografía de Albania, es un tesoro en forma de óvalo que la naturaleza ha excavado en suelo calizo y se ha encargado de guardar entre montañas desde su formación hace unos cuatro millones de años.

Hoy contemplo esta arcaica y hermosa criatura de profundas aguas –casi trescientos metros en su punto más bajo- desde su ribera sur, en Pogradec, y la vista se pierde en la inmensidad hacia Struga, a unos treinta kilómetros, en el norte, ya en Macedonia, país con el que Albania comparte la propiedad del lago.

Lago Orhid desde Pogradec. Al fondo territorio de Macedonia

Pogradec es una ciudad desangelada, bastante sucia y anárquica. Su arquitectura de pasado comunista se deja notar muy mucho todavía en edificios que languidecen sin remedio al lado de otros de nuevo cuño y con los que el maridaje se antoja imposible. Es la primera impresión que te llevas cuando la furgoneta-taxi se adentra en las polvorientas calles de Pogradec y te deja en la Rruga (calle) Rinia. Al bajarte sientes la necesidad de buscar con premura el bálsamo, un bálsamo que no es otro que el lago.

Y cuando por fin llegas a él, se disipan todas las dudas y se evaporan todos los inconvenientes del largo y tedioso viaje entre cerradas curvas y rampas interminables. Es el momento de reconciliarse con el resto del mundo porque en verdad ha merecido la pena llegar hasta este apartado y escorado lugar del mapa albanés, hasta no hace mucho desconocido para los viajeros internacionales. Solo los albaneses, conocedores de lo que tenían dentro, llegaban aquí en masa para sacar partido de su propio patrimonio.

Jardines a orillas del lago Orhid en Pogradec 

Una vez en Pogradec se impone un plan rápido de actuación. El guion establece en primer lugar la búsqueda de hotel para pernoctar. Tarea sencilla. En la ciudad existen numerosos establecimientos para reposar nuestro cansado cuerpo, pero ya que nos ponemos, por favor, hay que alojarse a orillas del lago. Por el paseo de la ribera asoman varios hoteles, todos con buena apariencia externa y todos bastante asequibles para el bolsillo de un europeo occidental. Así pues, ¡fuera dudas y a darse un capricho con vistas a las aguas del Orhid!

Espectaculares vistas desde uno de los hoteles en primera línea

Acomodados y con las pertenencias a resguardo en nuestra habitación, ha llegado el momento de salir a empaparse de viejos edificios grises y destartalados repartidos por el interior del centro urbano, herencia de cuarenta y tantos años de comunismo estalinista en estado puro.

Sin embargo, y a pesar de su nulo valor estético, introducirse en ese oscuro túnel del tiempo y ponerse en la piel de personas, familias enteras que han vivido –y viven aún- en edificios sin alma, sin color, sin vida en definitiva, siempre es un sabio ejercicio de autoconciencia. En ese trance todo lo que tenemos por común y habitual en nuestro cómodo primer mundo, adquiere mucho más valor y aprecio.

Rancia arquitectura comunista en las calles de Pogradec

Con la retina impregnada de tanta decadencia arquitectónica propia de otros tiempos, sin duda peores, no deberíamos marcharnos de esta parte de la ciudad sin echar un vistazo antes al par de mezquitas y a la iglesia cristiana ortodoxa de Santa María que se levantan sobre este céntrico suelo.

Edificios religiosos, todos, que no atesoran una belleza extraordinaria ni tiempo de existencia a sus espaldas. Las purgas de otros tiempos vaciaron de vida y contenido todo lo que oliera a religioso, y tras el tenebroso agujero comunista dejado por el dictador Hoxha, tuvieron que renacer de sus cenizas, cuando no ser levantados nuevamente.

Iglesia ortodoxa de Santa María

Cumplida esta parte protocolaria de nuestro guion de visita a Pogradec, dejamos para el final el disfrute y deleite del lago. Verdaderamente el Orhid es un lugar de postal. Su inmensidad atrapa al instante y el color de sus aguas seduce al momento. Su leyenda de lugar prehistórico lo engrandece aún más pues tenemos la impresión de estar contemplando un ser absolutamente primitivo, una reliquia que nos ha llegado casi intacta hasta nuestros días.

No hay que perderse un paseo por su orilla al caer la tarde, cuando los habitantes de Pogradec, de cualquier edad, que aquí no hay distingos, salen, pasean tranquilamente, toman algo en cualquiera de las terrazas y se dejan ver. Y nosotros, cumpliendo fielmente el dicho popular que reza “donde fueres, haz lo que vieres”, nos unimos con gusto a la función.

Las mil ventanas de Berat

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Salir de Tirana no es tarea complicada, pero tampoco un camino de rosas. Descartado el ferrocarril por escaso, lento y obsoleto, la opción más viable que nos queda es el bús interurbano. Sin embargo la capital no dispone de una estación central de autobuses al uso, como en muchas ciudades europeas. En Tirana el viajero tiene que acudir a distintos aparcamientos a cielo abierto situados en diferentes puntos de la geografía urbana, donde se arremolinan autobuses y pequeños furgones con un cartel de la ciudad de destino localizado en el parabrisas. Te subes, pagas en el interior y nos vamos en cuanto el conductor, más o menos, estima oportuno. Esto es Albania 🙂

Después de un par de horas de viaje se arriba a la pequeña y encantadora ciudad de Berat, en el centro sur del país, a orillas del río Osum. Estoy en una de las ciudades más antiguas y bellas de esta nación balcánica; constancia existe de que ya estaba habitada allá por el siglo IV a.C. Berat es reflejo de un rico pasado bizantino primero, y otomano después, a quienes antecedieron los sempiternos romanos con su imperio en plena expansión, y antes todavía los ilirios.

Panorámica de Berat

De su pasado bizantino quedan numerosas iglesias del siglo XIII y de la era otomana diferentes mezquitas datadas a partir del siglo XV. La ciudad tiene no uno, sino tres centros históricos diferentes, lo que convierte su visita en toda una experiencia.

Fortaleza de Kalaja

El primero de los barrios, conocido también como fortaleza de Kalaja, se sitúa en lo alto de una escarpada colina que preside el castillo de Berat. Su construcción es del siglo XIII, pero sus orígenes se remontan al siglo IV a.C. Dentro del recinto amurallado, entre estrechas calles empedradas y viviendas otomanas, residen todavía un centenar de personas.

Callejeando por el barrio de la fortaleza

La ciudadela acoge un museo iconográfico y un puñado de pequeñas iglesias bizantinas en diferentes estados de conservación aunque, al menos en apariencia, cerradas al público. También es el hogar de una de las mezquitas más antiguas de Albania, la mezquita Roja, s.XV, que cohabita con otra, la mezquita Blanca. En realidad lo que persiste tras el paso de los siglos son unas ruinas y su localización no es cosa fácil.

Iglesia bizantina de la Santísima Trinidad (s.XIII-XIV)

La idea es ascender a pie –no tenemos otra alternativa- desde el río al caer la tarde para alcanzar el barrio en el momento más idóneo del día. Especial cuidado hay que guardar con la interminable y empinada cuesta que nos conduce hasta allá arriba y su suelo adoquinado, muy erosionado y resbaladizo por el efecto del trascurso del tiempo sobre él.

Sin embargo el esfuerzo merece la pena ya que se verá recompensado con unas fabulosas vistas de los otros dos cascos históricos, el valle por donde discurre el río y las montañas al fondo, nevadas todavía a pesar de estar a comienzos de mayo. Si complicada es la subida, atención a la bajada. Los irregulares y deslizantes adoquines pueden jugar una mala pasada si no ponemos atención al suelo.

Vistas desde la torre sur de la fortaleza de Kalaja

La entrada a la ciudadela no es libre y gratuita. Hay que abonar en la Puerta de Kalaja, antes de pasar bajo el arco, un “peaje” de 100 lek, unos 75 céntimos de euro al cambio actual.

Barrio de Mangalem

Localizado a los pies de la colina del castillo, Mangalem es por lo general el primer lugar que el visitante pisará al llegar a Berat. Lo mejor y más interesante de la arquitectura tradicional otomana tapiza el suelo de este barrio eminentemente musulmán.

Sus callecitas intentando trepar la colina, entre gastadas piedras y escalones imposibles, forman una retorcida malla de tejados ocres y encaladas paredes. Y ventanas, cientos de ventanas mirando hacia el río. De ahí el sobrenombre que se ha ganado Berat, “la ciudad de las mil ventanas”. El conjunto, visto desde la orilla opuesta del río Osum, es sencillamente único.

Panorámica del barrio de Mangalem al anochecer

Fuera de la colina, pero todavía dentro de Mangalem, se encuentra el llamado centro medieval, un pequeño complejo social y religioso del siglo XV, compuesto por la mezquita del Rey, conocida anteriormente como del Sultán Bayazit; la librería Helvetie, con sus celosías en madera, de un estilo barroco adaptado al arte islámico, y finalmente la posada de los Dervishes.

Centro medieval (siglo XV)

Barrio de Gorica

Situado frente a Mangalem, en la margen contraria del río, se localiza el barrio cristiano de Berat: Gorica. Dos puentes aseguran su conexión con el resto de la ciudad otomana. Uno de 1777, destruido en 1880 por una riada y vuelto a reconstruir aunque sin seguir la estructura original, de nombre Gorica, igual que el barrio; y otro más reciente, más moderno, pero desprovisto del encanto del primero.

Barrio de Gorica

Gorica surgió para evitar problemas de convivencia. Los otomanos lo tenían muy claro y segregaron a la población cristiana de la musulmana enviándola al otro lado del Osum para que no hubiera enfrentamientos y conflictos entre ambas comunidades.

Hoy, paradojas de la historia, las dos confesiones viven compartiendo calles y tabiques. Paseando por Berat te puedes topar con una iglesia ortodoxa a escasos metros de una mezquita. Y es que la tolerancia religiosa y cultural, además de un mutuo respeto, son algo asentado plenamente en la sociedad civil albanesa contemporánea.

Puente de Gorica sobre el río Osum

Dimensionalmente Gorica es el más pequeño de los tres barrios, aunque no por ello pierde en interés y autenticidad. El monasterio de San Spiridon, del siglo XVIII, y la iglesia de Santo Tomás, del mismo siglo que el monasterio, son los dos principales tesoros que guarda el barrio. La iglesia fue destruida como parte de la purga a la que sometió el régimen comunista a todo lo que oliera a religión, pero fue devuelta de sus cenizas en la década de los noventa del siglo pasado con aportaciones de la comunidad cristiana de Gorica.

Bulevar Republika en Berat

Berat bien merece una visita cuando nos encontramos viajando por Albania. Su triple casco histórico, su valioso patrimonio labrado por siglos de dominaciones extranjeras, su espectacular ubicación geográfica y su ambiente, en especial el nocturno, convierten a esta antiquísima ciudad en un hermoso destino que no debemos pasar por alto. Por todo ello no ha de extrañar que la UNESCO la haya inscrito en la lista de ciudades Patrimonio de la Humanidad en 2008.