La eterna sonrisa de Ereván

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Es la perfecta e impactante tarjeta de presentación cuando llegas a la ciudad. Su amplia base y su cima a 5165 metros de altura en forma de blanco cono, con nieves perpetuas, recortan el horizonte de manera impecable convirtiéndola en una de las montañas más singulares de la Tierra. Si a esto unimos el hecho de que cristianismo, judaísmo e islam consideran a este monte como el lugar en el que según la tradición se posó el Arca de Noé tras el Diluvio Universal descrito en el Libro del Génesis, podemos colegir que estamos ante un lugar cargado de enorme magnetismo y simbología.

El bíblico Monte Ararat

El mítico Monte Ararat es la icónica tarjeta de presentación de Ereván, la capital de la actual República de Armenia, ciudad desde la que es ampliamente visible –con permiso siempre de las brumas suspendidas de forma pertinaz en el ambiente-. Todo lo cual no impide declarar que el Ararat en una montaña situada en territorio de la vecina y próxima Turquía tras la partición de fronteras pactada en 1923 entre la entonces Unión Soviética y Turquía; pero aun así se considera parte de la Armenia Histórica y es el indiscutible símbolo nacional de la pequeña nación caucásica.

Panorámica de Ereván con el Monte Ararat dibujándose al fondo

Con el seductor hechizo que siempre provoca en el viajero el legendario Ararat al encontrarse cara a cara con él por primera vez, el bloguero decide adentrarse y aventurarse en Ereván, la ciudad capital de Armenia anclada al final de una extensa llanura en el centro del país y a orillas del río Hrazdan.

Un país, Armenia, que tal como le sucede a Georgia, su vecino del norte, se encuentra en esa difusa zona del mapa donde dos continentes, Europa y Asia, se ven las caras y se se dan la mano. Con todo, ambos países se consideran cultural, histórica y políticamente parte integrante de Europa, si bien desde un punto de vista geográfico serían más asiáticos que europeos.

I LOVE EREVAN

Una ciudad, Ereván, antigua, muy antigua. Hay que remontarse hasta el lejano siglo VIII antes de Cristo para encontrar los primeros vestigios fundacionales en una fortaleza urartiana [Urartia, entre el mar Negro y el Caspio; el área donde estaría el origen del pueblo armenio y uno de sus primeros reinos], una fortificación bautizada con el nombre de Erebuní, nombre que evolucionaría hasta el actual Ereván.

Nombre que, por cierto, en idioma armenio se escribe Երևան o Երեւան y en ruso Ереван, del cual deriva Yereván, la otra manera común de nombrar a la capital armenia; un idioma, el armenio, tan enrevesado y complejo como el de su vecino georgiano al norte. Una lengua indoeuropea utilizada ya desde los albores del siglo V y cuyo alfabeto se compone de 36 letras, de las que veintiuna procederían del griego, once mostrarían un estilo griego y cuatro estarían inspiradas en el siríaco, cuya escritura –la de este último- procede del alfabeto arameo. No apto, como vemos, para aprender de manera urgente en cualquier academia de idiomas al uso.

Plano del centro de Ereván

Citaba antes que la historia de Ereván se hunde en el tiempo hasta muy atrás. Los urartianos serían los primeros de una larga lista de dominadores y conquistadores que vendrían después. Romanos, árabes, mongoles, persas, turcos… fueron asiduos de estas latitudes, pero no siempre con pacíficas intenciones. Significativo resulta el hecho de que persas y turcos intercambiaran dominio sobre la ciudad hasta catorce veces. Algo tendría Ereván para tan obstinada obsesión.

Obsesión que, por cierto, también invadió a los rusos hasta hacerse con ella en 1827. Tras el colapso del imperio de los Romanov en 1918 y el fin de la Primera Guerra Mundial, Ereván vive su pequeño e intenso sueño como capital de la independiente República Democrática de Armenia. Sueño, que como en el caso de la República Democrática de Georgia, apenas duraría un par de años tras los cuales sería absorbida, perdón, invadida, perdón, anexionada por los bolcheviques de la recién creada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS- como uno de sus quince miembros. Solo en 1991, con la liquidación del estado soviético fue como Armenia, al igual que ocurriera como vimos en la entrada anterior con la vecina Georgia y el resto de repúblicas de aquel conglomerado estalinista, recuperaría su plena soberanía e independencia.

Estatua de Alexander Myasnikyan, revolucionario bolchevique armenio, en Ereván

Pero volvamos atrás en el tiempo. Bajo la batuta de los comunistas, Ereván resurge, se transforma, se acicala; eso sí, con ese estilo tan espartano acorde a la época y que se extendería cuan mancha de aceite por toda la zona de influencia pro soviética. Con el “Plan General de Ereván”, de 1924, la pequeña urbe comienza su masiva reconstrucción, modernización y expansión para convertirse en todo un referente regional de la cultura, la ciencia, la industria y el comercio de productos agrícolas.

Las autoridades fomentan “ad hoc” abiertamente la llegada y asentamiento de personas en la ciudad procedentes de otras partes de la república socialista soviética. De esta manera se llegaría a superar en décadas posteriores el millón de habitantes y Ereván cumpliría así su anhelado sueño de tener metro. Y es que únicamente las ciudades que superaban esa mágica cifra dentro de la URSS podían acceder la financiación estatal de Moscú que permitiera costear la construcción de un suburbano.

Edificaciones de estética soviética en el centro de Ereván

De la mano del preminente arquitecto armenio Alexander Tamanián, Ereván se convertirá a partir de los años 30 del siglo pasado en la ciudad perfecta, con su visión neoclásica y megalómana de una metrópoli a base de amplias avenidas y grandes plazas que recordaran a Paris o Viena, salpicada al tiempo con maravillosos ejemplos arquitectónicos a gran escala de Modernismo y Post-Modernismo.

Un paseo por la calle Abovian, en las cercanías de la Ópera, nos deleitará con su aire Belle Époque, donde unas pocas, por desgracia, y encantadoras fachadas Art Noveau y de estilo renacimiento morisco que aún sobreviven harán las delicias de los amantes de la arquitectura en general.

Calle Abovian con algún ejemplo del periodo Belle Époque armenio

La nueva Ereván se diseñó en el primer tercio del siglo XX a partir de una malla circular y radial que se cerraba en su lado oriental con un enorme jardín en forma de media luna. Para ello hubo que demoler un número muy considerable de edificaciones antiguas que impedían crear ese nuevo pulmón verde que se llamaría, y continua llamándose, el Parque Circular.

El Parque Circular de Ereván

Esto no evitó que el exterior de ese gran anillo circular urbano se inundara de numerosos edificios grises e impersonales que deberían acoger a los cientos de miles de armenios llegados de otras partes de la república comunista; cuadro desangelado y desordenado que perdura a día de hoy.

A pesar de los cerca de dos billones de dólares que el gobierno armenio destinó a principios del nuevo milenio para modernizar y remozar la ciudad, muy poco de esta nada desdeñable partida presupuestaria ha llegado hasta estos barrios periféricos necesitados de una apremiante rehabilitación y rejuvenecimiento.

Histórico edificio Tufenkian en el centro de Ereván

El contrapunto cobra vida en el interior de ese gran anillo, presentándose en la actualidad como una auténtica joya de la temprana arquitectura soviética, un verdadero museo vintage comunista a cielo abierto que comparte espacio con modernos edificios que han brotado con el nuevo milenio.

Edificaciones donde la paleta de acuarelas ha dejado un cuadro muy sugerente y atractivo debido en gran medida a que la piedra más utilizada en la construcción local es el tufo (o toba), una piedra volcánica autóctona que nos regala una variada y sorprendente policromía de tonos y colores.

Avenida del Norte

Este bloguero se ha instalado en un cómodo hotel a escasos diez metros de la Avenida del Norte. Un eje peatonal, no demasiado largo, que conecta dos puntos esenciales del Ereván central: la Plaza de la República y la Plaza de la Libertad; esta última donde nuestro conocido Alexander Tamanián dejó su firma en uno de los edificios más representativos de la capital armenia, cual es el Teatro de la Ópera y el Ballet.

Un coqueto lago, plácidos jardines y varias esculturas que no pasan desapercibidas, como la del compositor y pianista armenio Arno Babajanyan, relevante figura pública durante la época soviética, es el escenario que rodea al gran teatro y abre la imaginación del visitante.

Teatro de la Ópera y Ballet de Everán, con la estatua de Aram Khachatryan, compositor y director armenioEstatua de Arno Babajanyan, compositor y pianista armenio

A partir de este animado eje peatonal que es la Avenida del Norte, donde abundan los restaurantes de moda, cafés lounge, tiendas de reconocidas firmas, algún hotel no apto para cualquier bolsillo y acontecen además eventos artísticos de interés, como el prestigioso “Yerevan Taraz Fest 2017″, con la presencia de acreditadas firmas locales de la moda, como Nikolyan o Shadoyan Fashion, este bloguero simplemente se deja llevar.

“Yerevan Taraz Fest 2017″ en la Avenida del Norte

Tras visitar la Plaza de la Libertad en la parte alta de la Avenida del Norte, ahora el bloguero se dirige hacia el el sur, hacia la Plaza de la República –antes Plaza de Lenin-, el genuino corazón político de la ciudad capital y, me atrevería a decir por extensión, de todo el país. La Galería Nacional, el Museo de Historia de Armenia, la sede del Gobierno, varios ministerios… ¿Es o no el centro del centro de la vida política armenia?

Plaza de la República en ErevánEdificio sede del Gobierno armenio en la Plaza de la República

Es hora de ganar altura. El bloguero se decanta esta vez por el mejor lugar posible en la ciudad: la Cascada. Una inmensa criatura con acento cultural que vio la luz en plena etapa de lucidez comunista durante los años setenta del siglo pasado y que va a rendir justo homenaje a nuestro arquitecto favorito nacional, Alexander Tamanián.

Abajo nos espera un pequeño ejército de esculturas donadas por artistas latinoamericanos -alguna lleva incluso la firma del maestro Botero- y numerosas fuentes; todo este cuadro es el preludio a una borrachera de peldaños que aguardan para conducirnos ascendiendo, no sin dificultad, hasta los casi 120 metros de una colina coronada por un enorme obelisco que recuerda a los caídos en la Gran Guerra Patria acaecida entre 1941 y 1945 contra las huestes fascistas hitlerianas.

La Cascada Botero en Ereván

El conjunto monumental, visto desde abajo, simula una enorme cascada de peldaños interrumpida por cinco plataformas a distintos niveles de altura con más esculturas y fuentes. Desde arriba las vistas sobre la capital y el monte Ararat, cuando las brumas no son tan obstinadas, difícilmente podrán superarse desde otro punto de la ciudad. Solo el vecino y siempre concurrido Parque de la Victoria, con su imponente monumento Mayr-Hayastán, la Madre Armenia, puede hacer una saludable y digna competencia al primero.

Avenida Mashtots con el monumento Mayr-Hayastán al fondo, en la cima del Parque de la Victoria

Es hora de alimentar el espíritu. El bloguero se inclina por el lugar más indicado para tal menester. Saliendo de la Plaza de la República por el sureste y caminando unos diez minutos por la avenida Tigran Mets, o bien tomando el metro para bajarse en la estación Zoravar Andranik –en honor al líder de la liberación armenia- de la única línea existente del suburbano -de estética naturalmente “soviet”-, alcanzaremos la gran Catedral de San Gregorio el Iluminador, el templo más grande del país perteneciente a la mayoritaria Iglesia Apostólica Armenia que, aunque ortodoxa, se diferencia de la ortodoxia de raíz griega.

Catedral de San Gregorio el Iluminador en Ereván

No está de más recordar al lector/a que Armenia fue la primera nación del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial allá por el lejano año de 301 de nuestra era, y a San Gregorio se le atribuye la responsabilidad de la conversión del país hacia el cristianismo desde el paganismo.

La catedral que lleva su nombre fue finalizada y consagrada en 2001, coincidiendo con el 1700 aniversario de esa proclamación oficial. En señal de respeto y reconocimiento, los restos del santo descansan en su interior “ad aeternum”.

Este bloguero camina, vive y explora durante un par de días, mezclándose entre la gente local, los lugares más significativos de esta moderna y vibrante urbe europea del Cáucaso sur. Una gente, un pueblo que, pese a todas las penurias y tragedias del pasado, incluido un brutal genocidio en el siglo XX aún no reconocido por los sucesores de sus responsables, mira hacia el futuro con humildad y optimismo. Y siempre sin perder la sonrisa, esa eterna sonrisa de Ereván.

Tiflis, puente entre Asia y Europa

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La Mochila de Marco Polo ha desembarcado, como he anunciado en anteriores entradas, en la región del Cáucaso sur, en esa difusa zona del mapa donde Europa cede el testigo a Asia, aunque también podría verse por el lado contrario e invertir los papeles, difuminándose de esta manera Asia en Europa. Aquí, en este lado del mundo, emerge la pequeña República de Georgia, y con ella su capital: Tiflis, o también Tbilisi, nombre transliterado del georgiano თბილისი, el endiablado idioma local que tiene su propio alfabeto, no tiene familia lingüistica conocida y es la lengua materna del 85% de la población total del país, según los últimos estudios. Según estos mismos estudios, un 55% de esa población habla y entiende ruso de manera altarnativa al georgiano, resultado de la política de imposición lingüistica que se produjo durante la etapa comunista.

Panorámica de Tiflis, la capital de Georgia

Las raíces primitivas de Tiflis se hunden en el siglo V cuando Vakhtang Gorgasali, un rey de la antigua Iberia caucásica, decide fundar en este lugar, a orillas del río Kurá y al amparo de las colinas que la rodean, esta hermosa ciudad que, con algunas abruptas interrupciones y hasta el día de hoy, es y ha sido la capital de Georgia.

Tiflis es una sabia combinación de antiguo y moderno; es decir, al recorrer su compleja orografía nos recreamos con una arquitectura civil y religiosa, procedente en buena medida del medievo, que marida con rabiosos y modernos edificios que nos señalan que aquí también ha llegado el siglo XXI.

Tiflis y su rabiante vanguardismo

Antiguamente esta ciudad desempeñó un papel clave en la Ruta de la Seda y en las relaciones entre imperios rivales, Tiflis servía siempre como moneda de cambio. Más adelante, en el primer tercio del siglo XX, la revolución bolchevique acabó con el sueño de una Georgia independiente para ser anexionada por una Unión Soviética que echaba a andar tras su propia revolución del proletariado.

Edificio del antiguo Parlamento de Georgia

Poco más de dos años, entre 1918 y 1921, fue todo lo que duraría una experiencia única que se había materializado en la llamada República Democrática de Georgia, donde el pequeño país estrenó una constitución avanzada para la época y celebró elecciones parlamentarias libres. De todo esto fue testigo la capital y hoy el viejo edificio del parlamento es un testigo viviente de aquella época inolvidable para quienes tienen ya una edad avanzada.

Plaza de la República en Tiflis

Tras la liquidación del estado soviético y con él la existencia de la República Socialista Soviética de Georgia, el país recuperó su soberanía en 1991. Y así hasta hoy. No sin sobresaltoss, como la llamada “Revolución de las Rosas” que tuvo lugar en el año 2003. Los alrededores de la Plaza de la Libertad y ésta misma, el auténtico corazón social y emocional de la capital, fueron testigo de un momento histórico que sirvió para derrocar de manera pacífica a un presidente, Eduard Shevardnadze, quien había puesto al país al borde del abismo con su política amparada en la corrupción y el consiguiente colapso de la economía nacional.

Avenida Rustaveli

Desde esta emblemática plaza parte la avenida Rustaveli, en honor al gran poeta nacional Shoata Rustaveli; la más conocida y transitada de la ciudad. Originalmente diseñada por el barón Hausmann en el siglo XIX, esta arteria -con su perfecta hilera de árboles- es todo un referente cultural y político de la capital georgiana. El Teatro de la Ópera y el Ballet, el Parlamento –actual y antiguo-, y la iglesia (ortodoxa) de Kashveti de San Jorge, construida a inicios del siglo pasado con el patrocinio de la nobleza y burguesía del país, son algunos de sus vecinos más ilustres.

Teatro de la Ópera y el Ballet Parlamento de Georgia Iglesia de Kashveti de San Jorge

Si abandonamos la Plaza de la Libertad por el lado opuesto al de la avenida Rustaveli entraremos en el barrio de Narikala, parte del cual trepa por la colina coronada por la Fortaleza de Narikala que fue fundada en el siglo IV y expandida después, en el s.VII, por los Omeyas y más tarde aún por el rey David IV de Georgia. Fueron los mongoles quienes bautizaron a la ciudadela como Narin Qala. De ahí deriva su nombre actual.

Vista al caer la noche sobre la Fortaleza y el distrito de Narikala

Al lado de la fortaleza se yergue la impresionante escultura de una mujer que ofrece vino con una mano al visitante amistoso, mientras con la otra mano empuña una espada para avisar a quien venga a la ciudad con pensamientos poco pacíficos. Toda una alegoría.

Las vistas desde la fortaleza sobre Tiflis, con el río partiendo en dos mitades a la ciudad, son impagables. Pagar sí que hay que pagar por subir hasta este punto en el teleférico que se toma en la plaza de Europa. Sin embargo yo recomiendo ascender a pie al caer la tarde. La subida no es agobiante a esas horas y, si se realiza sin prisas, el ascenso se irá compensando gratamente con el espectáculo visual que va “in crescendo” a medida que ganamos altura.

Tiflis desde la Fortaleza de Narikala

El distrito de Narikala es el corazón medieval de la capital georgiana. La mayor parte de las edificaciones son casitas balconadas –algunas no en muy buen estado- de los siglos XVI y XVII y se enclavan en un decorado de estrechas y laberínticas callecitas con pavimento de adoquines bastante incómodos, todo hay que decirlo. Pero es el precio que a veces hay que pagar por saborear el encanto de lo antiguo.

Típicas casas del barrio de Narikala

Narikala es también el hogar de la Catedral Sioni. Situada en la histórica calle Sioni del casco viejo de Tiflis, fue la catedral ortodoxa georgiana de la ciudad por derecho propio hasta la consagración de la actual Catedral de la Santísima Trinidad, en 2004.

Inicialmente la vieja catedral Sioni fue construida entre los siglos VI y VII pero el paso del tiempo se mostró especialmente duro con ella. Sucesivamente destruida por invasores y vuelta a reconstruir, la actual iglesia sobrevive desde el siglo XIII, con cambios entre el XVII y XIX. Su nombre deriva de la tradición medieval georgiana de bautizar iglesias con nombres procedentes de Tierra Santa. Siguiendo la tradición, Sioni deriva del monte Sion, en Jerusalén.

Catedral Sioni de Tiflis

Tradición y antigüedad es lo que predominan en la deliciosa basílica Anchiskhati de Santa María. Porque este pequeño templo con sus tres naves es el más antiguo que sobrevive en la ya de por sí antigua ciudad de Tiflis. Situada en la estrecha calle Shavteli del viejo Tiflis, la iglesia, que pertenece a la Iglesia Ortodoxa de Georgia, data del siglo VI y su visita es casi de obligado cumplimiento.

Basílica Anchiskhati de Santa María

Frente a Narikala, en la orilla opuesta del río Kurá, se levanta Metehki, otro encantador barrio histórico de Tiflis que aprovecha el espectacular acantilado sobre el río a modo de balcón natural. Fue una de las primeras áreas habitadas de la ciudad. La historia nos cuenta que el rey Vakhtang I Gorgasali mandó levantar en este lugar, durante el siglo V, una primitiva iglesia y una fortaleza que cumplía al tiempo el papel de residencia real. Durante el siglo XIII se construye la Iglesia de la Asunción de Metehki que, con daños y sucesivas restauraciones, nos ha llegado hasta hoy.

Los bolcheviques y sus purgas estuvieron a punto de terminar con la existencia de la iglesia. Sin embargo un grupo de intelectuales georgianos se opusieron de manera contumaz y lograron salvar al templo de su definitiva y trágica liquidación. Los soviéticos aceptaron la supervivencia del edificio religioso pero con otro papel diferente. Fue así como la vieja iglesia pasó a ser un teatro más de la ciudad. Con la salida de los comunistas en 1991, la Asunción de Metehki volvió a renacer para servir doctrinalmente a sus fieles devotos.

Colina de Metehki, con la iglesia y la estatua de Vakhtang I

Al lado de la iglesia, en 1961, se levantó la estatua ecuestre del rey Vakhtang I, mirando desafiante hacia el río y la fortaleza de Narikala. Ambos, iglesia y estatua, son en la actualidad un icono incontestable de la ciudad capital de Georgia.

Hemos hablado mucho de iglesias y catedrales. Y es que en Georgia la religión es sacrosanta. En este país la mayoría de la población, en torno a un nada desdeñable 85%, profesa el culto de la Iglesia Ortodoxa y Apostólica georgiana, una de las iglesias autocéfalas más antiguas de la Iglesia Ortodoxa. Es por ello que la Catedral de la Santísima Trinidad de Tiflis, comúnmente conocida como “Sameba”, simboliza de manera casi perfecta esta devoción por un credo religioso.

Catedral Sameba de Tiflis

Sameba se levanta sobre una colina que domina de forma innegable el horizonte hacia el oriente de la capital de Georgia. Su corta existencia, o lo que es lo mismo, su reciente finalización y consagración, que datan de 2004, ha permitido en su construcción aunar los diferentes estilos tradicionales que han predominado en la arquitectura religiosa georgiana a lo largo de los siglos y encajarlos en su diseño. Y además se le han añadido matices bizantinos. El remate sublime para un templo de hechura perfecta.

Puente de la Paz sobre el río Kurá

Tiflis, o Tbilisi, es tradición e innovación. Tradición que saboreamos en Narikala o Metekhi. Innovación que admiramos en su novísimas creaciones, como el Puente de la Paz sobre el río Kurá, una estructura de acero y cristal que conecta el casco antiguo de la capital con el llamado nuevo distrito. Sus fulgurantes luces LED nocturnas nos anuncian un progresivo viaje desde el pasado hacia el futuro. O también podría reflejar el metafórico rol de unión entre dos continentes que aquí, en Georgia y su capital, se dan la mano: Europa y Asia.

Batumi, el “Singapur georgiano”

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Capital de la “república de Ayaria”, una región autónoma dentro de Georgia, Batumi es la segunda ciudad del pequeño estado caucásico. Se levanta sobre una bahía natural que forma el mar Negro en su costa oriental, rodeada por las montañas del vecino Parque Nacional de Mtirala y a muy pocos kilómetros de la frontera con Turquía. Esta proximidad a un país no culturalmente ruso y su clima subtropical convierten a la ciudad en un destino vacacional de primer orden para los georgianos. Pero no solo de turismo interior vive Batumi. Hasta aquí se acercan cada año miles de turistas de otras nacionalidades tan dispares como israelíes, turcos, ucranianos, bielorrusos, armenios, polacos o lituanos, por citar algunos ejemplos.

Batumi y su puerto, al amparo de una bahía natural en el Mar Negro

Georgia es en la actualidad una nación soberana pero no siempre fue así. Entre 1921 y 1991 perteneció a la Unión Soviética tras un corto periodo de independencia de apenas dos años. Durante la etapa comunista Batumi se convirtió en lugar predilecto para la élite del poder moscovita que veraneaba aquí, en el mar Negro. Esta circunstancia puso a la ciudad en el mapa y atrajo a su vez a hordas de ciudadanos del resto de la URSS que venían hasta este rincón del mapa bendecido por su clima y ambiente algo exclusivo.

El Singapur georgiano

La Batumi de hoy es un importante resort estival que incluye playas, balneario, casinos, hoteles de lujo, una base militar, estación de ferrocarril, puerto y aeropuerto. Todo esto se traduce en turismo y dinero que hacen de Batumi un enorme centro comercial y de ocio en el que se apoya buena parte de la economía del país. De ahí el sobrenombre con el que algunos han apodado a la pequeña ciudad caucásica: “Singapur georgiano”.

Sol y playa en el Mar Negro

A primera vista, y con todo lo dicho, podría parecer que Batumi no es un destino con el atractivo suficiente como para ser visitado por viajeros inquietos. Sin embargo no es así. Más allá de la playa, el clima dorado y su potente ambiente nocturno existe otro tipo de vida en la ciudad, interesante además. Iglesias, mezquitas, sinagogas, teatros y museos se encargan de dar otro toque menos mundano y más seductor para quien no solo desea tostarse al sol entre chapuzón y chapuzón.

Batumi y su arquitectura del siglo XIX

La Batumi que vemos en el presente se nos muestra como una ecléctica mezcla arquitectónica, donde encantadores edificios clásicos del siglo XIX comparten sitio con ultramodernos diseños en acero, como el de la Torre Alfabética, y con rascacielos que se prestan para servir como apartamentos de lujo y hoteles, sin olvidar los consabidos casinos. Aquí, en estas latitudes de aires subtropicales, el juego es un poderosísimo imán que seduce y atrae a buena parte de los visitantes que tiene la ciudad.

Plaza de Europa

La ciudad tiene un punto de encuentro en la céntrica Plaza de Europa, con su escultura dedicada a Medea sobre un descomunal pedestal y el precioso reloj astronómico, localizado en un edificio de arquitectura visual única. A partir de aquí podemos  acercarnos hasta la Catedral de la Santísima Virgen María, el templo más importante de la ciudad, si bien en su pasado soviético tuvo cometidos variopintos, como servir de archivo o ¡laboratorio de alto voltaje!. Tras esos años oscuros de férreo estalinismo volvió a manos de la Iglesia Ortodoxa Georgiana, la mayoritaria en este país.

Catedral de la Santísima Virgen

La catedral está construida en ese estilo neogótico tan propio de fines del siglo XIX, con tres cúpulas y su piedra exterior tiene la curiosa propiedad de cambiar de color según el tiempo meteorológico que envuelve al edificio religioso.

No lejos está la preciosa iglesia de San Nicolás, también del decimonono. Un regalo que los griegos que vivían en Batumi por aquel entonces hicieron al sultán otomano con motivo de su jubileo ganando así su aprobación para la construcción del templo. Pero hubo una condición, digamos singular: que las campanas no repicaran nunca.

Iglesia de San Nicolás

La pequeña Iglesia Apostólica Armenia, a pocos metros de San Nicolás, también vio la luz en el siglo XIX para luego ser defenestrada en la etapa de pertenencia del país a la extinta Unión Soviética. Servir como planetarium la salvó de su quema definitiva durante esa época y en el año 1992, recuperada la independencia de Georgia, la iglesia retomó sus funciones pastorales.

Iglesia Apostólica de Armenia

Uno de los lugares donde hay que dejarse ver al atardecer es el Boulevard de la costa, una suerte de paseo marítimo de unos ocho kilómetros de longitud -casi finaliza en Turquía- que inició su construcción en 1881 y está envuelto en un jardín costero. En la actualidad sus bungalows, cafés y locales llenos de ambiente, bancos de diseño, esculturas, fuentes… son el principal reclamo para que lugareños y visitantes se apoderen de la zona al finalizar el día.

Boulevar de Batumi

Ayer por la mañana, minutos antes de las ocho, me dí un baño en las cálidas y apacibles aguas del Mar Negro. Hacía mucho tiempo que no me dejaba caer en una playa para zambullirme en el agua marina. Sin embargo ayer experimenté una extraña, pero al tiempo excitante sensación. No todos los días uno puede introducir su cuerpo serrano en un marco tan exótico y llamativo 🙂

Bienvenidos al Cáucaso sur

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La Mochila de Marco Polo acaba de desembarcar en la exrepública soviética de Georgia, en el Cáucaso sur. Tras una breve parada en su capital, Tbilisi, ahora me encuentro en Batumi, la segunda ciudad del país, en la costa oriental del mar Negro.

Tbilisi, capital de Georgia

Batumi es un importante resort veraniego de esta zona euroasiática, a escasos kilómetros de la frontera con Turquía, y conocido por su intensa vida nocturna, sus playas y sus casinos que compiten con Sochi, otro importante centro vacacional del mar Negro, pero en este caso ubicado en la vecina Federación Rusa. Batumi recibe no solo a los propios georgianos, sino también a un nutrido pelotón de elementos foráneos que incluyen variopintas nacionalidades, tales como rusos, turcos, azerbayanos, israelíes, polacos o lituanos, además de europeos occidentales.

El skyline de Batumi, a orillas del Mar Negro

Aquí me encuentro descansando un par de días a orillas del mar, disfrutando de su agradable brisa y del ambiente estival antes de proseguir viaje. Pequeños placeres que a veces se tiene que dar el sufrido viajero para compensar el cansancio que, en la mayor parte de los casos, se apodera sin remedio de su cuerpo al trajinar de un lado a otro 🙂

Este bloguero en la Plaza de Europa de Batumi

En próximas jornadas iré subiendo al blog nuevas entradas con el material que ya estoy empezando a recopilar y editar. Mi intención es, además, llegar hasta la vecina Armenia y ver con mis ojos el mítico y bíblico monte Ararat. Atentos pues a la pantalla…

Évora, el delicioso encanto de la decadencia

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Tostada por el implacable sol del verano que siempre asola el sufrido y abnegado Alentejo portugués, se alza en medio de la áspera llanura ondulante la placentera y medieval ciudad de Évora. El sobrenombre de ciudad-museo, como es conocida, ya es toda una declaración de intenciones que por sí misma invita a hacer un alto en el camino hacia Lisboa, la capital de Portugal. Y es que Évora se encuentra a un centenar de kilómetros de la “Raya” -la frontera luso española- y a unos ciento treinta de la capital del país, ya en la desembocadura del río Tajo.

Paisaje de la región del Alentejo desde Évora

Recorrer las angostas calles adoquinadas de Évora supone realizar al mismo tiempo un seductor viaje a través de los siglos. Desde que los romanos se asentaran en estos lares allá por el año 57 a.C. bautizando el lugar como “Ebora Liberalitas Julia”, y hasta casi nuestros días, la ciudad ha sido acariciada y deseada por diversos pretendientes, eso sí, con muy diversa fortuna.

Évora vista desde las torres de la catedral

Tras los romanos llegarían los visigodos, quienes no dejaron precisamente buen recuerdo en la villa alentejana debido a las continuas incursiones de los bárbaros durante su mandato. Los árabes tomarían el relevo más tarde, en el año 715, redimiendo a Évora de la amarga huella visigoda, revitalizándola como importante centro comercial. Pero los cristianos, en su tenaz pugna por aplastar el dominio islámico sobre la península ibérica, lograron finalmente hacerse con el control de la ciudad en el siglo XII, convirtiéndola más adelante en un importante centro religioso y universitario de Portugal.

Palacio de D. Manuel

Será a partir del siglo XIV cuando Évora inicie su particular despegue, su auténtica edad de oro. Y en ello tuvo mucho que ver la casa reinante en Portugal en aquellos momentos, la dinastía Avis, cuyos reales miembros, empezando por Alfonso V, instalaron la corte precisamente aquí, en Évora. El palacio de D. Manuel, en el interior del Jardín Público, un parque construido entre 1863 y 1867 por iniciativa municipal sobre el terreno que anteriormente ocupaba la huerta real del palacio y el vecino convento de San Francisco, fue levantado en el siglo XIV y hoy lo único que subsiste del antiguo complejo palatino es un pabellón denominado la “Galería de las Damas”. Este pabellón alberga elementos característicos del gótico tardío, de influencia mudéjar, que se ensamblan en perfecta armonía con otros elementos renacentistas.

Galería de las Damas, lo único que sobrevive del antiguo complejo real

El palacio, o lo que queda de él, es todo un símbolo del decisivo papel que Évora jugó durante la próspera etapa monárquica, etapa que llegaría a su fin en 1580 cuando el rey cardenal D. Henrique muere sin dejar descendencia y el todopoderoso monarca español Felipe II se hace con el trono de Portugal. La corte abandona la ciudad y con ella desaparece el boato y la influencia del poder.

Évora entra así en una lánguida decadencia que, paradojas de la historia, la va a preservar y proteger. Es por ello que su centro histórico luce todavía hoy un atractivo esplendor, con sus murallas del siglo XIV, museos, palacios, iglesias, monasterios, blancas casas del siglo XVI adornadas con maravillosos balcones de hierro, como los que vemos en la rua -“calle” en portugués- 5 de Outubro; un tesoro que de otra manera difícilmente hubiera podido sobrevivir.

Fachadas con sus típicos balcones en la rua 5 de Outubro

Un centro histórico que tiene su punto neurálgico en la siempre animada y porticada Praça do Giraldo, la plaza del Giraldo; el lugar idóneo para comenzar la exploración de esta mágica ciudad que domina el Alto Alentejo portugués.

Ambiente nocturno en la Plaza de Giraldo

En la plaza ocupa un lugar prominente la querida, para los locales, fuente Henriquina -monumento nacional desde 1910-, a pocos metros de la bella iglesia de San Antón. Bajo los arcos de la plaza se esconden tiendas, librerías y cafés que permitirán al visitante resguardarse del implacable sol veraniego o del recio frío invernal.

Iglesia de San Antón y fuente Henriquina en la plaza de Giraldo

Alrededor de esta primorosa plaza gravita todo un ramillete de interesantísimos monumentos que inundan el casco viejo de Évora, un entresijo de callejuelas y edificios históricos encerrados dentro de sus murallas medievales.

No podemos salir de la ciudad sin detenernos en la Sé Catedral que nos recordará a una iglesia con influencias góticas, pero también a una fortaleza con el románico de sus contrafuertes del siglo XIII. El claustro gótico del siglo XIV es sencillamente soberbio, como soberbias son las vistas desde las torres a las que se asciende por una estrecha y algo peligrosa escalera de caracol.

La entrada a la catedral no es libre y cuesta 3,50 euros (dato de 2017) que dan derecho a visitar el interior, el claustro y las torres. La Sé de Évora es la catedral más grande de la época del medievo que existe en el país vecino. Otra poderosa razón para visitarla.

Sé Catedral de Évora Claustro de la catedral

El gótico y el estilo manuelino, con denominación de origen típicamente portugués, se dan la mano en la solemne iglesia conventual de San Francisco, la primera que la orden franciscana levantó en Portugal entre los siglos XV y XVI. En su interior el oro de los diez altares laterales y los paneles de pintura portuguesa del Renacimiento sobrecogen por momentos. San Francisco fue, además, adoptada por el rey D. Manuel como Iglesia Real al encontrarse dentro del amplio recinto palaciego que incluía el convento, el palacio y el huerto. En el alzado de la Capilla Mayor divisamos dos maravillosas ventanas renacentistas, en mármol, tras las cuales el monarca y su familia asistían a los oficios religiosos.

Pero lo que de verdad mueve en la actualidad al visitante hasta este sacro recinto es la famosa “Capela dos Ossos”, la Capilla de los Huesos. La leyenda sobre mármol del arco de su entrada nos dará una estremecedora bienvenida: “Nosotros huesos que aquí estamos por los vuestros esperamos”. La capilla, levantada a partir de una idea de los monjes franciscanos a finales del siglo XVI, da cobijo a unos cinco mil cráneos humanos y varios miles de huesos que estaban sepultados en diversos cementerios de iglesias y monasterios de la ciudad.

Iglesia de San Francisco Entrada a la Capilla de los Huesos Interior de la tétrica capilla

La intención de los monjes con su capilla era reflexionar acerca de la condición humana y meditar sobre la vida eterna. En definitiva que quienes todavía pisamos suelo terrenal tengamos presente lo efímero y breve que es el término vida, y que antes o después acabaremos bajo tierra. Puede resultar macabro y algo brutal, pero hay que entender el contexto en el que se movían los franciscanos en el siglo XVI. El concepto de vida y su brevedad siguen estando ahí, pero la atención que le prestamos hoy día es casi nula.

El acceso a la capilla se realiza por el exterior de la iglesia. La entrada cuesta 4 euros (dato de 2107).

Ya comentaba más arriba las raíces romanas de Évora. El mejor ejemplo de este origen lo encontraremos en el sorprendente Templo de Diana, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Construido en el siglo I d.C. en la zona alta de la ciudad, como parte integrante del Fórum Romano, el templo estaba consagrado al culto imperial y no a la diosa Diana. Tras servir para variopintos usos, en la actualidad es uno de los templos mejor conservados de la Iberia romana. Todavía se yerguen en magnífico estado catorce de sus columnas originales corintias.

Templo romano de Diana

Acercarse hasta esta plácida ciudad del interior de Portugal supondrá para el viajero que quede atrapado al instante en su particularísima atmósfera. Se sentirá, mientras permanezca en ella, alejado del ajetreo y el casi sinsentido que caracteriza a las grandes urbes en las que nos ha tocado vivir de manera habitual. El encanto de su deliciosa decadencia, unido a la mixtura de estilos arquitectónicos que exhiben sus monumentos y un apasionante pasado histórico -que incluye la proclamación de la república el 5 de octubre de 1910 desde el antiguo balcón de la Cámara Municipal o ayuntamiento-, le confieren a Évora el envoltorio perfecto para darse un pequeño capricho en forma de regalo viajero. Tal y como está haciendo el bloguero durante este caluroso fin de semana del mes de julio.

Típica calle estrecha del casco medieval de Évora

Y es que ya lo apuntó José Saramago, el insigne premio Nobel portugués de Literatura: “Évora es un estado de ánimo”. Pues eso.

Viena, creatividad y audacia a orillas del Danubio (II)

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En la entrada anterior tuvimos la ocasión de conocer a un revolucionario de la escuadra y el cartabón que se empeñó en dejar su firma en pleno corazón de la capital austriaca. No sin el disgusto, eso sí, al menos al principio, de los vecinos empadronados en la ciudad imperial. Hablamos de Hans Hollein.

Friedensreich Hundertwasser fue otro auténtico visionario, quien para no desentonar con otros correligionarios de su tiempo supo levantar polvareda con su polémico proyecto materializado entre 1983 y 1986 en el número 34-38 de la Kegelgasse, en el distrito 3 de Viena: la Hundertwasserhaus. Se trata de un estrambótico complejo residencial destinado a viviendas sociales que se construyó con financiación municipal.

DSCN3653Hundertwasserhaus, obra de Friedensreich Hundertwasser

El resultado es un edificio rabiosamente llamativo por su combinación de colores y formas ondulantes asimétricas. Si algo no le falta desde luego es originalidad y a diario es visitado en peregrinación por miles de turistas que se acercan hasta él con ayuda del tranvía número 1. Llegados al lugar las miradas de los visitantes apuntan con asombro hacia esa “criatura tan poco convencional que agrupa una cincuentena de viviendas, dieciséis terrazas privadas, tres azoteas comunitarias, un jardín de invierno y un par de áreas de juegos para los más pequeños.

DSCN3655La Hundertwasserhaus, distrito 3 de Viena

Hundertwasser no sólo dejó su sello creativo en esta singular edificación. Al norte de la capital, en el distrito 9, nos topamos con otra de sus grotescas obras: la Planta Incineradora de Spittelau. Este controvertido artista vienés, que dedicó buena parte de su tiempo a la pintura y a la escultura, no era arquitecto, pero gustaba de diseñar edificios, a cada cual más original y rompedor, siempre combinando curiosas formas y atrevido colorido. Así fue como entre 1988 y 1997 dio forma a esta novedosa instalación dedicada a la incineración de residuos que, como dato interesante, proporciona en la actualidad una parte sustancial de la energía necesaria para el funcionamiento del sistema de calefacción de la ciudad.

Para llegar hasta aquí hay que tomar el metro, líneas U4 o U6, estación Spittelau. Desde el vagón del metro –sobre todo de la línea U6 que discurre elevada y a cielo abierto- ya se divisa perfectamente la brillante torre de la planta a medida que nos aproximamos a la estación.

DSCN3624Planta incineradora de Spittelau, en el distrito 9 de Viena

A partir de los años 60 del siglo pasado Viena se expande definitivamente hacia el otro lado del Danubio, hacia el este. La tarea ya había comenzado a fines del XIX con el dragado de los grandes humedales que existían más allá del río, consiguiendo de esta manera regular su cauce. La ciudad imperial comienza así a crecer imparable por la orilla opuesta del majestuoso Danubio, si bien nunca llegará a adquirir en este lado las dimensiones que tiene en la margen izquierda, donde se ubica el centro histórico y la mayoría de los distritos de la capital.

Con el paso de los años se producirá la transformación más profunda y radical de esta moderna zona en expansión, surgiendo nuevos barrios residenciales, como Donaustadt y Floridsdorf, que se conviertirán en vecinos muy próximos de un amplio y flamante proyecto que va a albergar, a finales de los años 70, una de las tres sedes de Naciones Unidas fuera de la ciudad de Nueva York. Se trata de la ONU-City, también conocido como “Vienna International Centre“.

DSCN3643Vista general de la ONU-City, con la DC Tower 1 en primer término

Construido en 1979 sobre una superficie de 180 mil m2, el complejo en forma de “Y” está conformado por media docena de edificios que acogen las oficinas de la organización intergubernamental fundada en 1945, además de otro en forma cilíndrica destinado a conferencias.

Tanto si sois apasionados de la política de altos vuelos como acérrimos de las últimas tendencias arquitectónicas, el viaje hasta la zona no dejará indiferente a nadie. Y más desde 2013, año en el que se inauguró la DC Tower 1, el edificio más alto de Austria con una cota de 220 metros, que lleva la firma del insigne Dominique Perrault. La estación Kaisermühlen de la línea U1 del metro de Viena os acercará hasta esta parte tan internacional de la capital austriaca.

DSCN3637Línea 1 del metro de Viena a su paso por la ONU-City

Viena es mucho más que el distrito 1, la Ringstrasse, el Hofburg, la Albertina o la catedral de San Esteban. Para deleite de quien se acerque a visitar la capital de Austria, hay vida más allá de todos esos lugares tan llenos de historia y tradición. Palabra de bloguero 🙂

Viena, creatividad y audacia a orillas del Danubio (I)

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Viena es un maravilloso escaparate de arquitectura, de arquitectura de diferentes épocas y estilos. La poderosa familia Habsburgo modeló durante siglos la capital de su imperio a voluntad y perpetuidad. En este blog ya hemos realizado una aproximación en distintas entradas -solo hay que pinchar en la etiqueta “Viena”- a esta bellísima y elegante ciudad que tanto fascina y atrae a quienes se acercan hasta ella. Incluido este bloguero, naturalmente.

Viena, siempre elegancia y distinción

Sin embargo un trágico hecho casi se lleva por delante buena parte de esa impresionante herencia monumental y arquitectónica dejada por la dinastía habsbúrgica. Con la Segunda Guerra Mundial Viena sufrió en sus carnes la violencia y atrocidad de un conflicto bélico que la dañó profundamente, dejando muy tocado el corazón de aquel grandioso legado otorgado por los Habsburgo.

En los años siguientes al final de la contienda mundial -1945- se intentó recuperar el esplendor perdido con un cuidadoso y detallado proceso de reconstrucción y rehabilitación de edificios, palacios, calles, plazas, jardines y todo lo que había sido pasto de la barbarie en el conflicto armado. Pero será a partir de los años 60 del siglo pasado cuando empezarán a surgir revolucionarios ejemplos de arquitectura moderna de posguerra, en clara contraposición a lo ya existente. Sirva como ejemplo la Donauturm -o torre del Danubio-, la audaz y ya vanguardista por entonces, en 1964 cuando se inauguró, torre de comunicaciones de la ciudad.

Donauturm de Viena

Esta Viena tan singular y sorprendente surgió del cerebro de auténticos visionarios que, con el tiempo, daría lugar a lo que se conoció como “fenómeno austriaco”. Este fue el punto de partida parafabricar una nueva Viena; el perfecto contrapunto a esa otra Viena dejada allí, a orillas del Danubio, por el augusto emperador Francisco José y sus regios antepasados. No sin fuerte controversia en algunos casos, como veremos.

Uno de los proyectos que agitaría mentes y conciencias  tomó forma en el mismísimo corazón de Viena, en la plaza de la catedral de San Esteban. En tan sacrosanto lugar un arquitecto, Hans Hollein, se atreve a levantar a mediados de la década de los años 80 del siglo XX un edificio absolutamente rompedor para un entorno tan tradicional: la Haas House.

El resultado fue una moderna casa con dos fachadas diferenciadas. Una de cristal, donde se refleja la catedral casi de forma mística, y la otra a base de ventanas cuadradas –casetones, en jerga arquitectónica- que le confiere al conjunto un aspecto similar al de un tablero de ajedrez.

Haas House, a la izquierda, frente a la catedral de San Esteban

La idea del autor era provocar un choque de épocas siguiendo un esquema cronológico: en este céntrico e histórico escenario las casas medievales habían sustituido a las primitivas viviendas romanas, y ahora la suya se levantaba sobre los restos de aquéllas. Hollein no solo causó así un choque de épocas; su provocación condujo a otro choque, esta vez en la calle, con el cruce de opiniones a favor y en contra de su especialísimo vástago.

La valentía y atrevimiento de Hollein derivaron de forma irremediable en un escándalo público en toda regla. Por fortuna hoy día, después de varias décadas, la “demoníaca” presencia del edificio en San Esteban ya ha sido asimilada por propios y extraños, pero sobre todo por los primeros.

En la siguiente entrada seguiremos sumergiéndonos un poquito más en esa otra Viena alternativa y transgresora que surgió a orillas de Danubio a partir de mediados del siglo XX, y que hoy se codea con lo más granado y selecto que dejaron sobre el mismo terreno los Habsburgo.

¿Por qué las ventanillas de los aviones tienen la forma que tienen?

Viajar en avión puede resultar un placer, o una pesadilla. Estamos a pocas jornadas de que comience un nuevo éxodo veraniego de miles y miles de personas que se trasladarán de un lado a otro en busca de su lugar favorito de descanso y vacaciones. Y muchas escogerán el avión para tal fin. Así las cosas, si realizáramos una encuesta entre usuarios de este medio de transporte en cualquier aeropuerto es probable que los resultados en torno a este dilema, placer/pesadilla, fueran bastante ajustados. No habría, casi con seguridad, una opción claramente ganadora. Lo que sí es bastante probable es que la mayoría de los entrevistados estarían de acuerdo en considerar que el avión es un medio seguro, muy seguro a la hora de viajar de un lugar a otro.

Con los datos en la mano es incuestionable que los índices de siniestralidad aérea son mínimos en comparación con los de otras maneras de desplazarse. Y para ello el mundo de la aeronáutica comercial se emplea muy a fondo en minimizar al máximo el riesgo de accidentes, cuidando el diseño íntegro de un avión hasta el más nímio detalle. Nada puede quedar al azar. Todo está estudiado concienzudamente para intentar garantizar la seguridad en el aire. Desde la forma cilíndrica de las cabinas, los materiales de construcción, la ubicación de asientos, los protocolos de emergencia… hasta las ventanillas. Sí, también las ventanillas.

En el blog ya explicamos en su momento el por qué de ese pequeño agujerito que todos podemos observar en la parte inferior de las ventanillas de los aviones. Pues bien. Además del diminuto orificio, las ventanillas y su forma inciden igualmente en la seguridad aérea.

En tiempos pretéritos las ventanillas de los aviones eran rectangulares. Así fue hasta que dos accidentes aéreos pusieron en alerta a los ingenieros. A mediados de la década de los años 50 del siglo pasado dos aviones que cubrían, uno la ruta Roma-Londres, y Londres-Johannesburgo el otro, se precipitaron al suelo. Las investigaciones posteriores revelaron que ambos siniestros estaban relacionados con la forma de las ventanillas. ¿Por qué?

Típicas ventanillas en aeronaves de mediados del siglo XX

Cuando un avión toma altura toda su estructura recibe un fuerte estrés debido al cambio de presión entre el interior y el exterior. Ese estrés se reparte de manera más o menos uniforme por toda la cabina debido a su diseño en forma de tubo cilíndrico, lo que ayuda a presurizar correctamente el interior de la cabina; sin embargo las ventanillas son zonas muy sensibles y siempre suponen un obstáculo en la segura presurización de todo el avión.

Si las ventanillas fueran rectangulares la presión podría concentrarse peligrosamente en sus esquinas con el consiguiente riesgo de rotura del vidrio. En cambio si éstas son redondeadas, la tensión a la que se ve sometida toda la cabina se suaviza y se equilibra cuando alcanza esa especie de ojos de buey por los que a casi todos -no lo neguemos- nos encanta mirar cuando viajamos en avión, minimizando así el peligro de rotura.

¿Placer o pesadilla? Volar puede suponer cualquiera de las dos sensaciones. Sin embargo cuando contemplemos un hermoso panorama a través de la ventanilla de nuestro avión, desde las alturas, pensad que esa misma ventanilla y su curiosa forma pueden ayudar, de manera definitiva, a inclinar la balanza hacia la primera de las opciones; la placentera.

Fotos vía portal Pixabay.com

Pic deLuxe: Ponga un búnker en su vida

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La Guerra Fría acabó tras la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento posterior de todos los regímemes comunistas situados al otro lado del llamado “Telón de Acero”, justo al inicio de la década de los años noventa del siglo pasado.

En la llamada Europa Oriental van quedando ya pocos vestigios de aquellas décadas de plomo, recelo y temor hacia un conflicto nuclear que pudiera desencadenarse entre ambos lados de ese temible Telón de Acero. Sin embargo, en Albania quedan, como mudos testigos de delicados tiempos pasados, miles y miles de “setas” de hormigón que siembran el suelo del pequeño estado balcánico. Son los búnkeres que el dictador Enver Hoxha ordenó construir entre 1967 y 1986.

En la mente perturbadora y paranoica del dirigente comunista albanés se instaló la creencia de que su país podía ser invadido por fuerzas extranjeras. Recelaba de los Estados Unidos, por supuesto, pero también de la entonces Unión Soviética en manos de Nikita Kruschev, el sucesor de su idolatrado Josef Stalin. Hoxha no confiaba en absoluto en Kruschev por considerarle muy alejado de la ortodoxia estalinista y acabó rompiendo relaciones con el régimen soviético a comienzos de la década de los sesenta.

A partir de ese momento Hoxha se lanzó a la tarea de “bunkerizar” por completo el país construyendo unos 750 mil búnkeres. Dada la extensión de Albania, algo menos de 30 mil Km2, y su población -en torno a los tres millones de habitantes-, el promedio al terminar esta delirante e ingente obra de construcción fue de un búnker por cada cuatro habitantes, aproximadamente. Un despropósito.

Los búnkeres de Albania estuvieron en uso hasta 1991 cuando el régimen comunista albanés, dirigido en aquel momento por Ramiz Alia, el sucesor de Hoxha tras su muerte en 1985, colapsó y la República Socialista Popular pasó a mejor vida.

La bunkerización del país supuso un auténtico dispendio que provocó un desastre económico en el país. Con un severo régimen autárquico en el interior, las fronteras cerradas, aislado del exterior para el comercio internacional, con falta de materias primas, cortes de energía, escasez de divisas y alimentos, Albania entró en barrena. Un lastre que a día de hoy todavía está pasando factura al pequeño país.

Tras el negro periodo comunista, Albania abandonó la construcción de búnkeres. Debido a su recia consistencia, su destrucción siempre ha sido tarea complicada por lo que al final se ha optado por dejarlos donde están. Esto, paradójicamente, ha convertido a esta auténtica ensalada de setas que brotan del suelo en una curiosa atracción turística para los visitantes.

Se estima que actualmente podrían quedar medio millón de búnkeres repartidos por la geografía de Albania. Los hay de muy diferentes tamaños y están por todas partes. En el campo, en las ciudades, a orillas del mar, al borde de carreteras, en cementerios, en laderas y puertos de montaña…

Su uso, como resulta obvio, ya no guarda relación con su origen. Aunque muchos han sido abandonados, otros muchos se reutilizan hoy como almacenes, establos para animales, bodegas, despensas, vestidores, baños, cafés e incluso como alojamientos rurales. Sin olvidar los populares botellones entre jóvenes. Y no tan jóvenes.

Naturaleza en Albania, diagnóstico estado crítico

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He regresado de mi reciente viaje por Albania, en el sureste de la siempre enigmática península de los Balcanes. El resultado ha sido una fascinante travesía por uno de los países más auténticos y genuinos que todavía quedan en Europa. Se puede seguir este interesante periplo albanés simplemente con pinchar sobre la etiqueta “Albania” del blog, o de este mismo post.

Nieve perenne en las montañas que emergen de suelo albanés

Albania, en mi opinión, sorprende por una suerte de virginidad y provincianismo que se entrelazan y empapan los cuatro puntos cardinales de su mapa. Es como si la modernidad y la globalización pasaran de puntillas por estas latitudes mediterráneas y dejaran aquí la dosis justa, manteniendo al país fijado en una especie de túnel temporal por el que ya hemos pasado otros europeos hace algún tiempo en nuestros respectivos países.

Junto a su desordenada y decadente capital, Tirana, este pequeño estado balcánico está bendecido por una naturaleza y una biodiversidad que podrían ser su principal activo si no fuera por el peligro que corren, a menos que cambien con urgencia algunas cosas. Altas cumbres en permanente color blanco, ríos de caprichoso cauce, bellos lagos enclaustrados entre montañas y fértiles valles inundan el paisaje, el mismo paisaje que es visible desde la ventanilla de nuestro vehículo, sea autobús, furgón o taxi, cuando nos movemos de un lado a otro del país. Un tesoro de postal al alcance de la mano.

Parque Natural Zheji, desde la carretera SH4

Sin embargo este idílico panorama es engañoso. Un par de datos. El setenta por ciento de la superficie de este pequeño estado es montañoso, con algunos picos que superan los dos mil metros de altura; una tercera parte de esa misma superficie está tapizada por apretados bosques y una rica y variada flora que incluye numerosas especies endémicas. Albania, por otro lado, país de tamaño similar a Bélgica, tiene declarados de manera oficial catorce parques nacionales. Pero esta declaración bien se podría decir que solo es sobre el papel ya que el estado y conservación de todos esos espacios, que gozarían de la máxima protección y vigilancia en cualquier otro país europeo, aquí sobre suelo albanés, simplemente son papel mojado. Falta de mantenimiento, tala ilegal y caza furtiva constituyen, por desgracia, el tridente letal que vacía de contenido cualquier declaración oficial de que no encontramos ante un espacio natural protegido.

Río Osum, con las montañas del Parque Nacional “Mali i Tomorrit” al fondo

Albania es una nación eminentemente rural, tradicional, de fuertes y arraigadas costumbres, no siempre acertadas, y este aspecto pesa muy mucho en la mentalidad de sus habitantes. Fuera de Tirana o Dürres, la segunda ciudad del país, la población está falta de una profunda sensibilización sobre el medio ambiente y lo que significa e implica su cuidado y defensa. Incluso en las ciudades mencionadas -y alguna más- es visible cierta desafección por parte de la ciudadanía hacia la separación y reciclado de la basura doméstica. Y todo a pesar de que sus ayuntamientos se esfuerzan en mentalizar a los vecinos de lo vital que resulta vivir en un ambiente urbano más salubre y saludable. Se han conseguido algunos avances, en especial en Tirana, desde que su carismático exalcalde, Edi Rama, hoy primer ministro del país, se involucrara en la tarea de transformar la ciudad y mejorarla en muchos aspectos, entre ellos la separación y recogida de residuos de cualquier naturaleza.

Canal Vivari, el desagüe natural del Lago Butrinto en el mar Jónico

Pero fuera de las urbes, en el campo, el panorama es desolador. Las orillas de los ríos están inudadas de plásticos, envases de cartón y aluminio vacíos, o bolsas con detritus medio desgarradas que conviven, sin que nadie lo impida, con el agua -turbia muchas veces- que discurre a escasos centímetros. En los márgenes de las carreteras, y a lo largo de kilómetros, se acumulan bolsas y bolsas de basura que languidecen sin remedio bajo el aplastante sol del verano o la impenitente humedad del invierno. Las cunetas son auténticos estercoleros que ofrecen un espectáculo impactante para el que viene de fuera, lo que se traduce en una imagen devastadora del país cara al exterior.

Cordillera Mali i Gribës, en el condado de Gjirokastër, al sur del país

En la profundidad de los nutridos bosques que forran el arrugado suelo albanés, la situación no es mejor. Los plásticos y restos de harapos se enredan sin piedad en las ramas de árboles y arbustos impidiendo su natural crecimiento. Mortal fotografía que, por supuesto, se repite en el interior de los, a priori, protegidos por el ministerio de Medio Ambiente, parques nacionales del pequeño país balcánico.

He omitido de forma deliverada la publicación de fotos reflejando este pernicioso escenario. No quiero abundar más en una imagen en exceso negativa hacia un país al que debo gratitud y respeto. Todo lo cual no es óbice para reclamar desde esta modesta ventana, a quien corresponda, un plan urgente que solucione el estado crítico en el que se encuentra la salud ecológica de este país llamado Albania.

La pequeña villa de Lin, a orillas del lago Orhid

Resulta irónico, por otra parte, que sus habitantes, los mismos que no ponen demasiada diligencia en eso del cuidado medioambiental, sean al tiempo el principal valor del país. Los albaneses son gente humilde, amable, servicial y muy amistosa. En ningún momento, y quiero recalcarlo, el viajero se sentirá desamparado o con sensación de peligro cuando se desplaza por Albania. Aunque viajemos en solitario, como es mi caso, siempre nos sentiremos arropados y seguros. Así es Albania. Con sus luces y sus sombras.