Pic deLuxe: Dolce vita a Trento

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Adoro Italia. Es uno de los países que este inquieto bloguero más ha visitado fuera de las fronteras españolas, solo por detrás de su querido Portugal. A mi añorada madre le comentaba en alguna ocasión, antes de emprender viaje hacia el país transalpino, que conocía mucho mejor la “Milano Centrale”, la intemporal y mastodóntica estación central de trenes de Milán, que “Atocha”, la histórica terminal ferroviaria madrileña que tantos cientos de miles de pasajeros -yo entre ellos- ha acogido a lo largo de sus 125 años de ajetreada vida.

Adoro Italia por esa similitud que guarda con España en cuanto a modo de ver, sentir y disfrutar de la vida. Con probabilidad, y pese a las diferencias, que existen, no lo vamos a obviar, creo que es el país más cercano y parecido al mío dentro de Europa. Ambos poseen una riqueza monumental y artística difícilmente superables; ambos poseen una geografía física similar por mucho que la Toscana sea la Toscana; y ambos poseen una geografía humana sorprendentemente parecida debido a la similitud en los genes que portan sus habitantes, lo que se traduce en unas costumbres similares -para lo bueno y para lo malo- y un carácter abierto, relajado -para algunos tal vez demasiado relajado-, ese “il dolce far niente”, el dulce gusto por el no hacer nada -no confurdir con vaguería- tan presente en la inconfundible “bota” italiana pero con adeptos igualmente en la península ibérica. Los italianos serían, salvando distancias y reservas, los primos hermanos perfectos de los españoles dentro del Viejo Continente.

La foto que abre el post está tomada en Trento, en la alpina región autónoma italiana de Trentino-Alto Ádige. Trento pasó a la historia por dar nombre a ese Concilio Ecuménico que la Iglesia Católica celebró en la entonces ciudad imperial libre, entre los años 1545 y 1563, y que se propuso -nada menos- parar los pies a la reforma protestante de Matin Lutero. Hoy Trento, como el resto de Italia, se afana en demostrar que sus habitantes están abonados de manera perenne a la “dolce vita”… Adoro Italia. Definitivamente

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¿Qué está pasando en Ryanair?

Tomar un vuelo con destino hacia cualquier punto del planeta -casi- siempre supone un más que notable quebradero de cabeza para el viajero y todo un ejercicio de voluntarismo por su parte. Intentar embarcar y llegar a destino sin novedad se vuelve una tarea cada vez más ardua y -casi- utópica, por mucha fe que pongamos en la compañía aérea de turno. Y si esa compañía tiene su sede en Irlanda y se llama Ryanair, entonces nos ha tocado el premio gordo… de la mala suerte.

Tras un final de verano en Europa, continente donde Ryanair acumula el mayor número de sus operaciones, de auténtico caos, con cancelaciones masivas de vuelos por una “mala planificación de los turnos de vacaciones de sus pilotos”, según la versión dada por los responsables de la aerolínea, entramos ahora en un otoño e invierno que promete ser muy complicado para sus sufridos usuarios.

A partir del próximo 17 de noviembre Ryanair va a dejar en el dique seco unas veinticinco aeronaves de las cuatrocientas que componen su flota. Se trata así de cumplir con las exigencias de la Autoridad de Aviación de Irlanda relativas a la distribución de los descansos y periodos vacacionales de sus pilotos. Esto se traducirá de manera inmediata en la suspensión de 34 rutas durante este próximo invierno. En números redondos la low cost irlandesa cancelará unos 20 mil vuelos entre los meses de septiembre y marzo.

El previsible número de afectados, como puede colegirse, podría ser mayúsculo. La compañía, eso sí, ralativiza el problema aclarando que el 99% de sus casi 129 millones de usuarios no se verá afectado por las cancelaciones. No obstante, y por la misma lógica, el porcentaje restante supone una cantidad de suficiente entidad como para restarle importancia y desdeñarla. Cualquiera de los potenciales lectores de este modesto blog podría entrar en el bombo y tocarle la lotería de… no poder volar, si así lo tuviera previsto desde ahora y hasta mediados de marzo de 2018, con la popular aerolínea de bajo coste irlandesa.

¿Cómo se llega hasta este intrincado escenario? Pues sinceramente no lo sé. El mundo de la aviación comercial es tan complejo, está tan saturado y adolece de tantos problemas internos afectando a múltiples sectores, que intentar volar sin contratiempos con cualquier compañía aérea, al final termina convirtiéndose -casi- en un acto de fe.

Ryanair es un ejemplo de éxito empresarial. La compañía irlandesa nace en 1985 con pocos recursos y en pocos años nada en un mar de éxito. Pero a veces los pingües beneficios se logran a base de maniatar y maltratar -léase por favor en sentido figurado- al usuario final para reducir costes. Ryanair permite volar a precios muy bajos y tiene acérrimos defensores. Para mi, sin embargo, el catálogo de agravios e inconvenientes que provoca y arrastra la aerolínea es demasiado extenso como para convertirme en un fiel consumidor de esta low cost. Pero es solo el parecer de este humilde bloguero…

Foto vía Pixabay.com

Aldeaduero, el placer del aislamiento

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Para una cantidad importante de urbanitas –y yo lo soy- salir fuera de la zona de confort que supone su hábitat natural se traduce en una experiencia incómoda, sin alicientes, con claros síntomas de abulia, agobio… y terminan padeciendo una especie de síndrome, que yo denominaría, de “desubicación”. Sin embargo existe otro porcentaje, tal vez no tan cuantioso, de miembros de la misma especie para quienes salir fuera de la gran ciudad durante unos pocos días supone un alivio y una suerte de recarga mental y de baterías. Aquí, dentro de este selecto grupo, me encuentro yo 🙂 Y por si fuera poco, cuanto más aislado esté el lugar elegido, más atractivo tiene.

No es la primera vez que este blog ha dado a conocer alguno de esos encantadores paraísos perdidos en medio de la geografía. Hoy vamos a conocer otro lugar retirado y recogido donde el viajero verdaderamente sentirá la sensación de paz y desconexión tan ausentes en una gran urbe. Hoy vamos a viajar hasta la frontera hispano lusa –popularmente conocida como “La Raya”- donde el gran río ibérico, el Duero, ha labrado a lo largo del interminable túnel del tiempo un paraje único, de gran riqueza paisajística y biodiversidad de especies animales y vegetales sin salir de Península Ibérica: los (o las) Arribes del Duero.

El río Duero a su paso por Los Arribes

Tampoco es la primera vez que este blog se ha aproximado a esta joya natural, protegida tanto en el lado español como en el portugués, pero que en la última década está sufriendo la cruel embestida de esa lacra humana intencionada conocida como incendios forestales. No va a ser éste el objeto del post de hoy. En las siguientes líneas conoceremos un rinconcito delicioso situado casi al final de ese tramo donde el Duero ejerce el papel de guardián fronterizo, que en este caso no controla ni separa, más bien al contrario, une. Porque España y Portugal, a pesar de recelos y desconfianzas del pasado, están moral y humanamente obligados a mirarse y respetarse.

Nos situamos. Estamos en la provincia de Salamanca, en la Comunidad Autónoma española de Castilla y León. Y más en concreto al oeste de la provincia; como señalaba antes, en sus confines, tocando casi con territorio portugués, donde el río Duero vertebra un espacio natural protegido a ambos lados de la frontera. De un lado el “Parque Natural de los Arribes del Duero” –que abarca las provincias de Salamanca y Zamora-, del otro el “Parque Natural Douro Internacional”. El río serpentea a lo largo de casi un centenar de kilómetros entre paredes y montañas formando una profunda depresión, un tajo en el férreo y granítico sustrato de la contumaz penillanura que se extiende antes y después de su cauce. Un paisaje sobrecogedor.

Embalse de Saucelle

Poco antes del final de ese tramo compartido, cuando el Duero se interna de manera definitiva en territorio de Portugal, nos topamos con la presa, el embalse y el poblado del Salto de Saucelle. El “Salto de Saucelle”, como también se conoce al conjunto, forma parte de un sofisticado y eficaz sistema de presas y embalses que jalonan la cuenca del río en su cauce compartido y que se conoce como “Saltos del Duero”.

Aprovechando el desnivel que presenta el río Duero entre la zona más alta y la más baja de ese tramo común –cerca de cuatrocientos metros-, y viendo su enorme potencial energético, condujo a que ambas naciones, España y Portugal, acordaran en el primer tercio del siglo XX el aprovechamiento hidroeléctrico del río, para lo cual se “troceó” su cauce fronterizo en cinco embalses; de ellos dos son gestionados por España y los otros tres por el país vecino.

Mapa del río Duero con sus desniveles en Los Arribes

El último de esa serie participativa de saltos, antes del viaje en solitario del Duero por tierras lusas, es el ya referido Salto de Saucelle, en manos españolas. Fue inaugurado en 1956 y la duración de la intrincada ejecución de las obras se prolongó durante una década.

Dada la complejidad y tiempo de los trabajos se construyó en las proximidades, a orillas del río, un poblado para albergar a ingenieros, jefes de obra y trabajadores. Estos últimos fueron alojados en un par de centenares de pabellones, mientras que para los primeros se levantaron unas cuarenta viviendas a modo de acogedores chalets, encalados y con su pequeña parcelita de terreno alrededor.

Presa del Salto de Saucelle con sus 83 metros de altura

El poblado disponía de todas las comodidades y equipamientos para dar servicio a la considerable comunidad humana que acogió. Una bonita iglesia (consagrada), de nombre San Pedro Apóstol, asistencia médica, un despacho de correos, un economato, tiendas, centralita de teléfonos, escuela, un Casino Club, una sala de cine, instalaciones deportivas e incluso una casa cuartel de la Guardia Civil. Una coqueta villa en toda regla.

Una vez inaugurada la presa y la central hidroeléctrica, los barracones donde dormían los trabajadores fueron desmantelados. Sin embargo las casitas y resto de infraestructuras se mantuvieron durante algunas décadas para acoger, ahora, al personal –y sus familias- encargado del correcto funcionamiento y mantenimiento de la Central. Los avances tecnológicos y la automatización terminaron por llegar con los años hasta este remoto lugar y los trabajadores fueron deshabitando poco a poco el poblado. Condenado a su ostracismo y desaparición, el poblado volvió a renacer en este milenio como complejo de turismo rural que lleva por nombre “Aldeaduero”.

Aldeaduero, en el Salto de Saucelle, con el río Duero al fondo 

Aldeaduero es el sucesor del antiguo Poblado del Salto de Saucelle. En su recuperación y rehabilitación se han mantenido muchos elementos constructivos del viejo poblado, acondicionándolos para el hospedaje y una estancia cómoda y agradable de sus visitantes. Así los chalets que ocuparon en su día ingenieros y jefes de obra, hoy son casitas rurales, o villas como las llaman aquí. Dos de los edificios principales en la actualidad se han reconvertido en un hotel y una hospedería, ésta última en la plaza Ángel Orensanz.

Junto a ellos el viajero dispone de un restaurante, un café bar, terraza de verano, una tienda de productos típicos (abierta según temporada), una cabaña balinesa y diversas instalaciones para la práctica de deportes como el fútbol, baloncesto o tenis, además de una piscina. La parroquial de San Pedro sigue ahí, pero ya no se ofician misas ni actos religiosos. Sin embargo puede visitarse. Las llaves las suministran en la hospedería.

Interior de Aldeaduero, con la hospedería al fondo Iglesia de San Pedro Apóstol

Todo un complejo de ocio y descanso a escasos metros del río Duero en su orilla hispana, por debajo de la presa, y rodeado de un apacible y espléndido entorno paisajístico y natural de clima mediterráneo, a pesar de estar geográficamente más cerca del Atlántico.

Montañas, riscos y promontorios que aderezan un escenario donde predominan olivos y vides, sobre todo en el lado portugués del río. Vides que brotan en los típicos bancales; terrazas hechas por el hombre, estratificando así las laderas para aumentar el grosor de la tierra y retener las lluvias. Secular inteligencia humana.

Aldeaduero, en el fondo de un apacible y aislado valle 

El actual poblado se asienta a escasos metros del río Duero, a poca distancia de la desembocadura de su afluente, el río Huebra, en un apretado y ajustado valle, no demasiado profundo dentro de la excepcional depresión geográfica que suponen Los Arribes. No demasiado profundo, pero sí lo suficiente como para sentirse aislado del mundanal ruido que aquí brilla por su ausencia.

Lo mismo que el tráfico rodado. Apenas una decena de vehículos por hora es lo que puede moverse durante el día en esta apartada e idílica esquina del mapa. Algunos van y vienen hacia o desde Portugal, cruzando por encima de la presa de Saucelle, a unos trescientos metros del poblado; presa que en este punto hace las labores de puente internacional para unir poblaciones cercanas, como Saucelle e Hinojosa del Duero en el lado español, con Freixo de Espada à Cinta, en el portugués, a solo media docena de kilómetros del salto.

Presa de Saucelle con funciones de puente internacional

Si decidimos cruzar la Raya, en la orilla opuesta del Duero se levanta, a unos 550 metros de altura, el mirador natural de Penedo Durão. Desde esta privilegiada azotea tenemos, muy posiblemente, las mejores vistas de todo el Parque Natural Arribes del Duero/Douro Internacional. Al aliciente de las vistas se une otro aliciente no menor, cual es la observación de aves que anidan en estas altas cotas. En especial de buitres leonados, que revolotean sin descanso durante la jornada sobre los abruptos riscos y salientes.

Todo un espectáculo que atrae a curiosos y fotógrafos especializados en la naturaleza. Y no solo los buitres están empadronados en estos lares al amparo de la declaración de “Zona Especial de Protección de Aves”. A ellos hay que sumar alimoches, cigüeñas negras, águilas perdiceras y alguna pareja de águila real.

Penedo Durão, en la orilla portuguesa del río Duero Desembocadura del Huebra en el Duero, desde Penedo Durão

Un paisaje producto de la titánica insistencia de las aguas de un río a lo largo de millones de años, cero ruido, nada de atascos matinales, tranquilidad casi absoluta, aire puro, miradores que dejan sin aliento, cobertura muy limitada de telefonía móvil… Aislamiento y desconexión. Lo que mejor define a este pequeño y encantador rincón a orillas del gran Duero.

¿Os apetece venir? Si la respuesta es afirmativa, por favor sed RESPETUOSOS CON EL MEDIO NATURAL.

ACCESOS

Desde ESPAÑA, por Salamanca, tomando la carretera autonómica CL-517 hasta Lumbrales. Desde allí por la provincial SA-330 hacia Saucelle. Un kilómetro antes de llegar a esta población tomar el desvío señalizado a la izquierda hacia el Salto de Saucelle. En la bajada ya podréis otear el impresionante paisaje del poblado, el río Duero y Portugal.

Desde PORTUGAL por la EN221 que atraviesa Freixo de Espada à Cinta hacia Barca d´Alva. En la bajada girar a vuestra izquierda en el desvío señalizado, dirección Presa de Saucelle.

Gori, la patria chica de Iósif Stalin (II)

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En la entrada anterior hicimos una breve semblanza biográfica de los primeros años de vida de Iósif Stalin, uno de los personajes más controvertidos y oscuros del siglo pasado, en el marco de su ciudad natal, Gori. Allí, entre sus calles y plazas, creció y se formó durante su etapa de infancia y adolescencia. Gori era entonces, a finales del siglo XIX, una pequeña ciudad georgiana dentro del Imperio Ruso y en consecuencia mucho han cambiado las cosas sobre el terreno desde entonces.

¿Cómo es Gori a día de hoy? ¿Qué se encuentra el viajero cuando se baja del tren o autobús al llegar a ella? Es lo que vamos a tratar de responder en esta segunda entrada dedicada a Iósif Stalin y su ciudad natal.

Gori cuenta en la actualidad con una población en torno a los cincuenta mil habitantes que viven y se mueven dentro de una especie de burbuja temporal que rinde homenaje permanente a la figura de su hijo más célebre. Gori representa, a diferencia del resto de Georgia, el culto a la personalidad -casi sin fisuras- de Iósif Stalin.

Plaza de Stalin, en el centro de Gori, con el edificio del ayuntamiento

Políticamente hoy Georgia comulga sin ambigüedades con los valores de Occidente. Esto es más evidente aquí que en otras repúblicas que componían la antigua Unión Soviética. A pesar de iniciales titubeos pronto este pequeño país, tras su independencia sobrevenida con el colapso de la URSS a principios de los años noventa, se alineó con los intereses de la Unión Europea y los Estados Unidos; siempre dentro de ese complejo tablero que es la política exterior y las relaciones internacionales.

Sobre el terreno esto se traduce en un hecho diferencial. Aquí, en Georgia, hay muy poca nostalgia por los añejos tiempos del comunismo y la pequeña república padece una especie de alergia y fobia natural hacia lo que Rusia, como madre y garante de aquella mastodóntica maquinaria de represión que era la extinta Unión Soviética, significa y es en la actualidad. En un estadio más allá este hecho consuma otra certeza: Stalin no es persona grata en este país a pesar de haber nacido en él… salvo en Gori, su ciudad natal. Aquí sus habitantes continúan considerando a Iósif Stalin uno de los estadistas más grandes que dio el siglo XX y el georgiano más famoso del mundo. Su recuerdo flota en el aire de todas las esquinas de la ciudad y esta circunstancia no pasa, desde luego, desapercibida.

Típicos edificios de la era soviética en las calles de Gori

Es por esta razón que cuando el viajero aterriza en las calles de Gori cree estar en otro tiempo y lugar muy diferente al que ha contemplado en otras partes de Georgia. La nomenclatura de avenidas, plazas y parques está relacionada con el retoño más insigne que vino al mundo en estos lares allá por el lejano 1878, ó 1879 según las fuentes. Las mismas calles y plazas que parecen un calco de cualquier ciudad soviética de mediados del siglo XX, con ese estilo recio y espartano tan propio del estilo arquitectónico imperante en aquella época que, para cuadrar el círculo, se apodaba estalinista.

El punto de partida de esta auténtica “mostra” ideada y organizada para mayor gloria del dictador comunista más abyecto que lideró los designios de la extinta Unión Soviética entre 1924 y 1953, año de su muerte, está frente al impresionante edificio del ayuntamiento de Gori, en la plaza central llamada, claro, Plaza de Stalin. Allí se levantaba, desde 1952, una imponente estatua en bronce de seis metros de altura del dictador, obra del escultor Mikitidze Shota. En realidad, y tras el óbito del georgiano más famoso del planeta, su sucesor Nikita Jrushchov inició un masivo proceso de desestalinización que incluía, entre otras actuaciones, la retirada de las estatuas con la imagen de Iósif Stalin repartidas a lo largo y ancho del territorio de la URSS. La inmensa mayoría fueron desmanteladas, pero la de Gori se libró de la quema y permaneció erguida frente al ayuntamiento durante décadas.

Antigua estatua de Iósif Stalin frente al ayuntamiento de Gori

Foto Wikipedia Commons

El gobierno de la nueva e independiente República de Georgia surgida en 1991 de las cenizas de la Unión Soviética, nada proclive a santificar desde luego al georgiano más famoso del planeta, empezó a valorar el desalojo de la controvertida estatua de Stalin de la plaza del ayuntamiento. Tras la breve Guerra de Osetia del Sur de 2008 en la que la ciudad estuvo ocupada durante unos días por tropas de la Federación Rusa, que había acudido en ayuda de la población mayoritariamente rusófona de la pequeña y cercana república rebelde y secesionista, las autoridades georgianas -una vez traspasado y recuperado el control sobre la ciudad- comenzaron a planificar la retirada definitiva de la polémica estatua de su privilegiada ubicación.

Sin embargo la fuerte oposición popular pospuso los planes. Ya he referido que Gori es terreno pro Stalin y su figura apenas es cuestionada en la ciudad que le vió nacer. Más bien al contrario, es reverenciada. Finalmente con nocturnidad, y casi alevosía, el 24 de junio de 2010 una enorme grúa desmantelaba la estatua de la discordia y en pocas horas se consumaba la evacuación al no lejano Museo de… Stalin, otra vez Stalin.

Precisamente el Museo de Stalin sería la segunda parada de este nostálgico tour por las calles de Gori. Inaugurado en 1957, se ubica en el número 32 de la avenida… cómo no, de Stalin. Está incrustado en el interior de un triángulo invertido que forma una bifurcación de la propia avenida Stalin, en su extremo norte, con la calle Kutaisi. Este triángulo, además de de dar cobijo al museo, alberga un parque cuyo nombre, ¡cómo no!, de nuevo lleva el nombre de Stalin.

Avenida de Stalin en Gori Parque Stalin de Gori

El complejo museístico tiene tres secciones diferenciadas. En la primera podemos ver la casa natal del dirigente soviético, a pocos metros frente al edificio principal del museo. Algunos ponen en cuestión la autenticidad del que fuera hogar de Stalin, pero desde el blog vamos a darle crédito para no desvirtuar su pasado e importancia histórica.

La casa memorial está enjaulada dentro de una suerte de pabellón greco italiano, con sus neoclásicas columnas dóricas. La casa, más bien una cabaña, es la típica construcción local del siglo XIX levantada en madera y ladrillo georgiano, habitual en el entonces distrito ruso de la ciudad, cerca de donde se ubicaba el cuartel de las tropas imperiales. Tiene dos habitaciones en la planta baja, una de las cuales fue alquilada a un artesano osetio por el padre de Stalin, zapatero de oficio, quien habilitó el sótano como pequeño taller.

Pabellón reoclásico que guarda la casa natal de Stalin

Contrasta el esplendor del templete exterior con la humildad de la vivienda que parece custodiar. Un placa en el exterior reza en georgiano y ruso: “Aquí nació I.V. Stalin un 21 de Diciembre de 1879 y aquí pasó su niñez hasta 1883”.

Detrás de la casa encontramos el edificio principal que da cabida al museo propiamente dicho. Sería la segunda sección en nuestro recorrido. Un palacete en estilo gótico estalinista inaugurado en 1957, en principio como “Museo de la Historia del Socialismo”, pero que terminó derivando de forma descarada en un monumento dedicado a la memoria del eterno camarada Stalin, quien había dejado este mundo a causa de una hemorragia cerebral cuatro años antes de la puesta de largo del museo.

Antes de entrar en el museo podemos contemplar una de las estatuas de Stalin que aún sobrevive en su ciudad natal (otra la encontramos en la Universidad); una modesta réplica de la que se desmanteló frente al ayuntamiento, obra del escultor Silovan Kakabadze.

Edificio principal del Museo de Stalin en Gori

Ya en su interior experimentaremos un meticuloso viaje en el tiempo a través de seis salas que siguen un orden cronológico en la vida del dictador. Las cuidadas estancias rebosan de objetos personales y regalos que recibió en vida, además de fotografías, pinturas y artículos de prensa. Una de las estrellas de la visita es sin duda la máscara mortuoria de Stalin, una de las doce que se hicieron tras su muerte. Una frase lapidaria, no atribuible a este bloguero, podría resumir a la perfección la impresión que el visitante se lleva tras pasar por este perturbador lugar: un santuario dedicado a un santo laico.

La tercera sección del museo está en uno de sus laterales. Allí, en el exterior y sobre unos viejos raíles, descansa el vagón Pullman de color verde, con interior de madera en color rojo que se acondicionó a partir de 1941 para que Stalin se desplazara en sus viajes oficiales dentro y fuera de la Unión Soviética. El vagón disponía de cocina, baño, un compartimento personal y sala de reuniones. En él viajó, por ejemplo, a la Conferencia de Teherán de 1943 y a las históricas conferencias de Yalta y Potsdam de 1945. Una auténtica pieza de museo.

Vagón personal de Stalin en el museo de Gori que lleva su nombre

Foto Wikipedia Commons

Esta es la radiografía del Gori actual, vinculado a la controvertida figura de aquel lider bolchevique que le vio nacer y que cambiaría más tarde la faz de la feudal y atrasada Rusia zarista por otra revolucionaria, poderosa y pretendidamente más avanzada. Eso sí, a costa de enormes sacrificios y purgas entre la población. Sin embargo la pequeña ciudad georgiana ofrece otros puntos de interés fuera de esa “ruta estalinista” que hemos explorado hasta aquí.

Como por ejemplo la Catedral de la Natividad de la Virgen María, un templo originalmente de culto católico construido a comienzos del siglo XIX. Más tarde, durante la etapa de ocupación soviética, los comunistas decidieron darle otro uso distinto al pastoral y convirtieron la iglesia en escuela de música. Recuperada la soberanía del país en 1991, las nuevas autoridades georgianas entregaron el edificio a la Iglesia Ortodoxa.

Catedral de la Natividad de Gori Ruinas del Castillo de Gori, Goris Tsikhe

Pero sin duda el símbolo de Gori es su castillo, Goris Tsikhe, que corona una colina en pleno corazón de la ciudad y probable punto fundacional de la misma alrededor de los siglos XI-XII. Si bien registros del siglo VII mencionan ya una fortaleza en el lugar, estudios arqueológicos modernos apuntan a que en el siglo I a.C. los romanos conquistaron una fortificación existente aquí.

Las desarboladas ruinas actuales corresponderían a una ciudadela medieval levantada tras la invasión de los mongoles. La subida a la colina no es en exceso dura y la recompensa, como es habitual en estos casos, son las vistas, que desde este elevado promontorio natural se extienden sobre la ciudad y las circundantes y oscuras planicies de la región georgiana de Shida Kartli, que a su vez se adentran en la cercana y autoproclamada independiente República de Osetia del Sur; siempre con el escenario de fondo de las enigmáticas montañas del Cáucaso.

Gori, la patria chica de Iósif Stalin (I)

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Hace unos días que regresé de mi periplo caucásico por dos países de aquella región del mapa: Georgia y Armenia. Podéis seguir las exploraciones de esta aventura pinchando aquí, aquí, aqy aquí, o linkando las etiquetas “Georgia” y “Armenia” del blog para tener acceso directo a todos las entradas relacionadas con este viaje.

Mi aventura caucásica finalizó sobre el terreno en una pequeña ciudad georgiana que en principio no atraería demasiado la atención del viajero si no fuera porque en ella vino al mundo uno de los personajes más oscuros y sanguinarios del siglo XX. Me estoy refiriendo a Iósif Stalin, y la ciudad en cuestión viene en llamarse Gori.

Iósif Stalin en 1945. Foto Wikipedia Commons

Gori está situada a unos ochenta kilómetros al oeste de Tiflis, la capital de Georgia, en la confluencia de los ríos Liakhvi y Kurá. Su población actual es de unos 50 mil habitantes y en el haber de su reciente historia consta que durante el breve conflicto armado de agosto de 2008, en el marco de la Guerra de Osetia del Sur, república separatista pro rusa del norte de Georgia, la ciudad fue ocupada, siempre según versiones confusas y contradictorias, por tropas de Rusia; las mismas que en la actualidad tratan de mantener y garantizar el statu quo de Osetia del Sur.

Pero volvamos al tema objeto de este post. En algún blog he leído que Gori es “perfectamente prescindible” durante un viaje por el interior de Georgia. No puedo estar más en desacuerdo con mi colega de pluma cibernética. Más allá del interés cultural o gastronómico que pueda encerrar la pequeña ciudad, su visita se hace imprescindible para sumergirse en el marco que vio nacer y crecer a uno de los personajes más siniestros del siglo pasado y que tanto influyó, no solo en la política interna del país que dirigió con mano de hierro, la Unión Soviética, sino también sobre el resto de Europa y por extensión, dentro del complejo escenario de Guerra Fría que se desató en los difíciles años de posguerra mundial, en todo el planeta.

Siempre he pensado que para captar la esencia de un lugar no está de más bucear en su historia. Este ejercicio de conocimiento nos permitirá una mejor aproximación, entendimiento y valoración de lo que estamos explorando. Un país, una ciudad es lo que es y representa en la actualidad porque hay una intrahistoria detrás que conviene conocer, aunque sea de modo sucinto. Por eso soy un apasionado de la Historia con mayúsculas y en este blog casi siempre, cuando la ocasión lo requiere, hay un hueco para ella.

Casa de Gori, Georgia, en la que vino al mundo Iósif Stalin

En Gori nació allá por el lejano diciembre de 1878 (1879 según diferentes versiones), y en el seno de una familia humilde, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido en vida y después de ella como Iósif Stalin, o Josef Stalin. El apodo “Stalin” significa literalmente “hombre de hierro”, apodo que no pudo encajar mejor con su inflexible personalidad. En aquel momento Georgia era parte integrante, por ocupación, del Imperio Ruso y nuestro pequeño Iósif será el tercer hijo y único superviviente de cuatro hermanos, dentro de una familia donde los progenitores no van a representar para él un modelo a imitar precisamente.

El padre de Iósif era zapatero y regentaba un pequeño taller en el sótano de la casa donde residían. Su madre, hija de campesinos, severa y muy religiosa, sufrió la penitencia de las constantes habladurías sobre su supuesta promiscuidad en el seno del matrimonio. Esto provocó una cascada de rumores sobre la verdadera paternidad de Stalin, rumores que empujaron a su padre a la bebida. El problema se agravó con el paso del tiempo lo que comportó conductas cercanas a la paranoia en Vissarión, el padre de Iósif, llegando al maltrato físico sobre su mujer, Yekaterina, la madre del pequeño.

   Estatua de Iósif Stalin en Gori

Si la situación en el seno familiar no era la ideal para Stalin, tampoco lo era en el terreno de la salud. Nuestro protagonista ya había nacido con sindactilia, una rara patología que se tradujo en un par de dedos del pie unidos por una membrana. Con dos años padeció sarampión y escarlatina. Con seis no se libró de una epidemia de viruela que hizo estragos en su cara dejándole marcas en el rostro que arrastraría el resto de su vida.

En 1890, con doce años, fue atropellado por un faetón, una suerte de carruaje con cuatro ruedas que podía cubrirse con una capota. Las consecuencias del accidente afectarían de modo decisivo a su forma de andar mientras vivió. Como vemos la infancia y adolescencia de Iósif Stalin en Gori no fueron precisamente un camino de rosas, si bien su madre lo intentó sobreproteger a toda costa debido a esa salud tan frágil y quebradiza a la que era propenso. Con todo, las relaciones madre-hijo siempre transcurrieron en un ambiente difícil y tenso.

Las cosas sí le fueron, en cambio, algo mejor en el terreno educativo. A través de unas cuantas lecciones privadas, Iósif pudo aprender pronto el ruso. En 1888 la madre consiguió que el niño ingresara en el colegio de la iglesia local de Gori para realizar el programa educativo obligatorio de dos años que por aquel entonces se impartía en Georgia. Con su buen nivel adquirido de ruso lo finalizó en solo un año y pasó a la educación formal de cuatro años, donde destacó como estudiante y, atención, impresionó por su potente voz para el canto.

   Stalin a la edad de 15 años

(Foto Wikipedia Commons. Dominio público, con copyright en algunos países de Latinoamérica)

Gracias a los contactos que tenía su madre con la Iglesia Ortodoxa, además de sus desvelos, y pese a algún problema económico que impidió el pago de alguna matrícula y la consiguiente expulsión por impago, Iósif logró graduarse de forma brillante en la escuela teológica de Gori durante la primavera de 1894 con apenas quince años. Poco después, y gracias a una beca, comenzaría sus estudios de sacerdocio en el Seminario Teológico ortodoxo de Tiflis.

Ya dentro del seminario se incorporaría a una organización política secreta llamada “Tercer Grupo”, donde entró en contacto con las teorías de Karl Marx. Sería expulsado del seminario en 1899 por su labor de propaganda marxista entre los estudiantes. Una expulsión que le llevaría a la lucha clandestina dentro de las filas del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia contra el régimen zarista. El pistoletazo de salida de todo lo que vendría después…

En la siguiente entrada conoceremos la actual Gori, una ciudad que como es fácil imaginar, se nos presenta hoy sustancialmente distinta a como era en la época en que Iósif Stalin pasó allí su niñez y adolescencia. Atent@s a vuestras pantallas…

La eterna sonrisa de Ereván

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Es la perfecta e impactante tarjeta de presentación cuando llegas a la ciudad. Su amplia base y su cima a 5165 metros de altura en forma de blanco cono, con nieves perpetuas, recortan el horizonte de manera impecable convirtiéndola en una de las montañas más singulares de la Tierra. Si a esto unimos el hecho de que cristianismo, judaísmo e islam consideran a este monte como el lugar en el que según la tradición se posó el Arca de Noé tras el Diluvio Universal descrito en el Libro del Génesis, podemos colegir que estamos ante un lugar cargado de enorme magnetismo y simbología.

El bíblico Monte Ararat

El mítico Monte Ararat es la icónica tarjeta de presentación de Ereván, la capital de la actual República de Armenia, ciudad desde la que es ampliamente visible –con permiso siempre de las brumas suspendidas de forma pertinaz en el ambiente-. Todo lo cual no impide declarar que el Ararat en una montaña situada en territorio de la vecina y próxima Turquía tras la partición de fronteras pactada en 1923 entre la entonces Unión Soviética y Turquía; pero aun así se considera parte de la Armenia Histórica y es el indiscutible símbolo nacional de la pequeña nación caucásica.

Panorámica de Ereván con el Monte Ararat dibujándose al fondo

Con el seductor hechizo que siempre provoca en el viajero el legendario Ararat al encontrarse cara a cara con él por primera vez, el bloguero decide adentrarse y aventurarse en Ereván, la ciudad capital de Armenia anclada al final de una extensa llanura en el centro del país y a orillas del río Hrazdan.

Un país, Armenia, que tal como le sucede a Georgia, su vecino del norte, se encuentra en esa difusa zona del mapa donde dos continentes, Europa y Asia, se ven las caras y se se dan la mano. Con todo, ambos países se consideran cultural, histórica y políticamente parte integrante de Europa, si bien desde un punto de vista geográfico serían más asiáticos que europeos.

I LOVE EREVAN

Una ciudad, Ereván, antigua, muy antigua. Hay que remontarse hasta el lejano siglo VIII antes de Cristo para encontrar los primeros vestigios fundacionales en una fortaleza urartiana [Urartia, entre el mar Negro y el Caspio; el área donde estaría el origen del pueblo armenio y uno de sus primeros reinos], una fortificación bautizada con el nombre de Erebuní, nombre que evolucionaría hasta el actual Ereván.

Nombre que, por cierto, en idioma armenio se escribe Երևան o Երեւան y en ruso Ереван, del cual deriva Yereván, la otra manera común de nombrar a la capital armenia; un idioma, el armenio, tan enrevesado y complejo como el de su vecino georgiano al norte. Una lengua indoeuropea utilizada ya desde los albores del siglo V y cuyo alfabeto se compone de 36 letras, de las que veintiuna procederían del griego, once mostrarían un estilo griego y cuatro estarían inspiradas en el siríaco, cuya escritura –la de este último- procede del alfabeto arameo. No apto, como vemos, para aprender de manera urgente en cualquier academia de idiomas al uso.

Plano del centro de Ereván

Citaba antes que la historia de Ereván se hunde en el tiempo hasta muy atrás. Los urartianos serían los primeros de una larga lista de dominadores y conquistadores que vendrían después. Romanos, árabes, mongoles, persas, turcos… fueron asiduos de estas latitudes, pero no siempre con pacíficas intenciones. Significativo resulta el hecho de que persas y turcos intercambiaran dominio sobre la ciudad hasta catorce veces. Algo tendría Ereván para tan obstinada obsesión.

Obsesión que, por cierto, también invadió a los rusos hasta hacerse con ella en 1827. Tras el colapso del imperio de los Romanov en 1918 y el fin de la Primera Guerra Mundial, Ereván vive su pequeño e intenso sueño como capital de la independiente República Democrática de Armenia. Sueño, que como en el caso de la República Democrática de Georgia, apenas duraría un par de años tras los cuales sería absorbida, perdón, invadida, perdón, anexionada por los bolcheviques de la recién creada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS- como uno de sus quince miembros. Solo en 1991, con la liquidación del estado soviético fue como Armenia, al igual que ocurriera como vimos en la entrada anterior con la vecina Georgia y el resto de repúblicas de aquel conglomerado estalinista, recuperaría su plena soberanía e independencia.

Estatua de Alexander Myasnikyan, revolucionario bolchevique armenio, en Ereván

Pero volvamos atrás en el tiempo. Bajo la batuta de los comunistas, Ereván resurge, se transforma, se acicala; eso sí, con ese estilo tan espartano acorde a la época y que se extendería cuan mancha de aceite por toda la zona de influencia pro soviética. Con el “Plan General de Ereván”, de 1924, la pequeña urbe comienza su masiva reconstrucción, modernización y expansión para convertirse en todo un referente regional de la cultura, la ciencia, la industria y el comercio de productos agrícolas.

Las autoridades fomentan “ad hoc” abiertamente la llegada y asentamiento de personas en la ciudad procedentes de otras partes de la república socialista soviética. De esta manera se llegaría a superar en décadas posteriores el millón de habitantes y Ereván cumpliría así su anhelado sueño de tener metro. Y es que únicamente las ciudades que superaban esa mágica cifra dentro de la URSS podían acceder la financiación estatal de Moscú que permitiera costear la construcción de un suburbano.

Edificaciones de estética soviética en el centro de Ereván

De la mano del preminente arquitecto armenio Alexander Tamanián, Ereván se convertirá a partir de los años 30 del siglo pasado en la ciudad perfecta, con su visión neoclásica y megalómana de una metrópoli a base de amplias avenidas y grandes plazas que recordaran a Paris o Viena, salpicada al tiempo con maravillosos ejemplos arquitectónicos a gran escala de Modernismo y Post-Modernismo.

Un paseo por la calle Abovian, en las cercanías de la Ópera, nos deleitará con su aire Belle Époque, donde unas pocas, por desgracia, y encantadoras fachadas Art Noveau y de estilo renacimiento morisco que aún sobreviven harán las delicias de los amantes de la arquitectura en general.

Calle Abovian con algún ejemplo del periodo Belle Époque armenio

La nueva Ereván se diseñó en el primer tercio del siglo XX a partir de una malla circular y radial que se cerraba en su lado oriental con un enorme jardín en forma de media luna. Para ello hubo que demoler un número muy considerable de edificaciones antiguas que impedían crear ese nuevo pulmón verde que se llamaría, y continua llamándose, el Parque Circular.

El Parque Circular de Ereván

Esto no evitó que el exterior de ese gran anillo circular urbano se inundara de numerosos edificios grises e impersonales que deberían acoger a los cientos de miles de armenios llegados de otras partes de la república comunista; cuadro desangelado y desordenado que perdura a día de hoy.

A pesar de los cerca de dos billones de dólares que el gobierno armenio destinó a principios del nuevo milenio para modernizar y remozar la ciudad, muy poco de esta nada desdeñable partida presupuestaria ha llegado hasta estos barrios periféricos necesitados de una apremiante rehabilitación y rejuvenecimiento.

Histórico edificio Tufenkian en el centro de Ereván

El contrapunto cobra vida en el interior de ese gran anillo, presentándose en la actualidad como una auténtica joya de la temprana arquitectura soviética, un verdadero museo vintage comunista a cielo abierto que comparte espacio con modernos edificios que han brotado con el nuevo milenio.

Edificaciones donde la paleta de acuarelas ha dejado un cuadro muy sugerente y atractivo debido en gran medida a que la piedra más utilizada en la construcción local es el tufo (o toba), una piedra volcánica autóctona que nos regala una variada y sorprendente policromía de tonos y colores.

Avenida del Norte

Este bloguero se ha instalado en un cómodo hotel a escasos diez metros de la Avenida del Norte. Un eje peatonal, no demasiado largo, que conecta dos puntos esenciales del Ereván central: la Plaza de la República y la Plaza de la Libertad; esta última donde nuestro conocido Alexander Tamanián dejó su firma en uno de los edificios más representativos de la capital armenia, cual es el Teatro de la Ópera y el Ballet.

Un coqueto lago, plácidos jardines y varias esculturas que no pasan desapercibidas, como la del compositor y pianista armenio Arno Babajanyan, relevante figura pública durante la época soviética, es el escenario que rodea al gran teatro y abre la imaginación del visitante.

Teatro de la Ópera y Ballet de Everán, con la estatua de Aram Khachatryan, compositor y director armenioEstatua de Arno Babajanyan, compositor y pianista armenio

A partir de este animado eje peatonal que es la Avenida del Norte, donde abundan los restaurantes de moda, cafés lounge, tiendas de reconocidas firmas, algún hotel no apto para cualquier bolsillo y acontecen además eventos artísticos de interés, como el prestigioso “Yerevan Taraz Fest 2017″, con la presencia de acreditadas firmas locales de la moda, como Nikolyan o Shadoyan Fashion, este bloguero simplemente se deja llevar.

“Yerevan Taraz Fest 2017″ en la Avenida del Norte

Tras visitar la Plaza de la Libertad en la parte alta de la Avenida del Norte, ahora el bloguero se dirige hacia el el sur, hacia la Plaza de la República –antes Plaza de Lenin-, el genuino corazón político de la ciudad capital y, me atrevería a decir por extensión, de todo el país. La Galería Nacional, el Museo de Historia de Armenia, la sede del Gobierno, varios ministerios… ¿Es o no el centro del centro de la vida política armenia?

Plaza de la República en ErevánEdificio sede del Gobierno armenio en la Plaza de la República

Es hora de ganar altura. El bloguero se decanta esta vez por el mejor lugar posible en la ciudad: la Cascada. Una inmensa criatura con acento cultural que vio la luz en plena etapa de lucidez comunista durante los años setenta del siglo pasado y que va a rendir justo homenaje a nuestro arquitecto favorito nacional, Alexander Tamanián.

Abajo nos espera un pequeño ejército de esculturas donadas por artistas latinoamericanos -alguna lleva incluso la firma del maestro Botero- y numerosas fuentes; todo este cuadro es el preludio a una borrachera de peldaños que aguardan para conducirnos ascendiendo, no sin dificultad, hasta los casi 120 metros de una colina coronada por un enorme obelisco que recuerda a los caídos en la Gran Guerra Patria acaecida entre 1941 y 1945 contra las huestes fascistas hitlerianas.

La Cascada Botero en Ereván

El conjunto monumental, visto desde abajo, simula una enorme cascada de peldaños interrumpida por cinco plataformas a distintos niveles de altura con más esculturas y fuentes. Desde arriba las vistas sobre la capital y el monte Ararat, cuando las brumas no son tan obstinadas, difícilmente podrán superarse desde otro punto de la ciudad. Solo el vecino y siempre concurrido Parque de la Victoria, con su imponente monumento Mayr-Hayastán, la Madre Armenia, puede hacer una saludable y digna competencia al primero.

Avenida Mashtots con el monumento Mayr-Hayastán al fondo, en la cima del Parque de la Victoria

Es hora de alimentar el espíritu. El bloguero se inclina por el lugar más indicado para tal menester. Saliendo de la Plaza de la República por el sureste y caminando unos diez minutos por la avenida Tigran Mets, o bien tomando el metro para bajarse en la estación Zoravar Andranik –en honor al líder de la liberación armenia- de la única línea existente del suburbano -de estética naturalmente “soviet”-, alcanzaremos la gran Catedral de San Gregorio el Iluminador, el templo más grande del país perteneciente a la mayoritaria Iglesia Apostólica Armenia que, aunque ortodoxa, se diferencia de la ortodoxia de raíz griega.

Catedral de San Gregorio el Iluminador en Ereván

No está de más recordar al lector/a que Armenia fue la primera nación del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial allá por el lejano año de 301 de nuestra era, y a San Gregorio se le atribuye la responsabilidad de la conversión del país hacia el cristianismo desde el paganismo.

La catedral que lleva su nombre fue finalizada y consagrada en 2001, coincidiendo con el 1700 aniversario de esa proclamación oficial. En señal de respeto y reconocimiento, los restos del santo descansan en su interior “ad aeternum”.

Este bloguero camina, vive y explora durante un par de días, mezclándose entre la gente local, los lugares más significativos de esta moderna y vibrante urbe europea del Cáucaso sur. Una gente, un pueblo que, pese a todas las penurias y tragedias del pasado, incluido un brutal genocidio en el siglo XX aún no reconocido por los sucesores de sus responsables, mira hacia el futuro con humildad y optimismo. Y siempre sin perder la sonrisa, esa eterna sonrisa de Ereván.

Tiflis, puente entre Asia y Europa

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La Mochila de Marco Polo ha desembarcado, como he anunciado en anteriores entradas, en la región del Cáucaso sur, en esa difusa zona del mapa donde Europa cede el testigo a Asia, aunque también podría verse por el lado contrario e invertir los papeles, difuminándose de esta manera Asia en Europa. Aquí, en este lado del mundo, emerge la pequeña República de Georgia, y con ella su capital: Tiflis, o también Tbilisi, nombre transliterado del georgiano თბილისი, el endiablado idioma local que tiene su propio alfabeto, no tiene familia lingüistica conocida y es la lengua materna del 85% de la población total del país, según los últimos estudios. Según estos mismos estudios, un 55% de esa población habla y entiende ruso de manera altarnativa al georgiano, resultado de la política de imposición lingüistica que se produjo durante la etapa comunista.

Panorámica de Tiflis, la capital de Georgia

Las raíces primitivas de Tiflis se hunden en el siglo V cuando Vakhtang Gorgasali, un rey de la antigua Iberia caucásica, decide fundar en este lugar, a orillas del río Kurá y al amparo de las colinas que la rodean, esta hermosa ciudad que, con algunas abruptas interrupciones y hasta el día de hoy, es y ha sido la capital de Georgia.

Tiflis es una sabia combinación de antiguo y moderno; es decir, al recorrer su compleja orografía nos recreamos con una arquitectura civil y religiosa, procedente en buena medida del medievo, que marida con rabiosos y modernos edificios que nos señalan que aquí también ha llegado el siglo XXI.

Tiflis y su rabiante vanguardismo

Antiguamente esta ciudad desempeñó un papel clave en la Ruta de la Seda y en las relaciones entre imperios rivales, Tiflis servía siempre como moneda de cambio. Más adelante, en el primer tercio del siglo XX, la revolución bolchevique acabó con el sueño de una Georgia independiente para ser anexionada por una Unión Soviética que echaba a andar tras su propia revolución del proletariado.

Edificio del antiguo Parlamento de Georgia

Poco más de dos años, entre 1918 y 1921, fue todo lo que duraría una experiencia única que se había materializado en la llamada República Democrática de Georgia, donde el pequeño país estrenó una constitución avanzada para la época y celebró elecciones parlamentarias libres. De todo esto fue testigo la capital y hoy el viejo edificio del parlamento es un testigo viviente de aquella época inolvidable para quienes tienen ya una edad avanzada.

Plaza de la República en Tiflis

Tras la liquidación del estado soviético y con él la existencia de la República Socialista Soviética de Georgia, el país recuperó su soberanía en 1991. Y así hasta hoy. No sin sobresaltoss, como la llamada “Revolución de las Rosas” que tuvo lugar en el año 2003. Los alrededores de la Plaza de la Libertad y ésta misma, el auténtico corazón social y emocional de la capital, fueron testigo de un momento histórico que sirvió para derrocar de manera pacífica a un presidente, Eduard Shevardnadze, quien había puesto al país al borde del abismo con su política amparada en la corrupción y el consiguiente colapso de la economía nacional.

Avenida Rustaveli

Desde esta emblemática plaza parte la avenida Rustaveli, en honor al gran poeta nacional Shoata Rustaveli; la más conocida y transitada de la ciudad. Originalmente diseñada por el barón Hausmann en el siglo XIX, esta arteria -con su perfecta hilera de árboles- es todo un referente cultural y político de la capital georgiana. El Teatro de la Ópera y el Ballet, el Parlamento –actual y antiguo-, y la iglesia (ortodoxa) de Kashveti de San Jorge, construida a inicios del siglo pasado con el patrocinio de la nobleza y burguesía del país, son algunos de sus vecinos más ilustres.

Teatro de la Ópera y el Ballet Parlamento de Georgia Iglesia de Kashveti de San Jorge

Si abandonamos la Plaza de la Libertad por el lado opuesto al de la avenida Rustaveli entraremos en el barrio de Narikala, parte del cual trepa por la colina coronada por la Fortaleza de Narikala que fue fundada en el siglo IV y expandida después, en el s.VII, por los Omeyas y más tarde aún por el rey David IV de Georgia. Fueron los mongoles quienes bautizaron a la ciudadela como Narin Qala. De ahí deriva su nombre actual.

Vista al caer la noche sobre la Fortaleza y el distrito de Narikala

Al lado de la fortaleza se yergue la impresionante escultura de una mujer que ofrece vino con una mano al visitante amistoso, mientras con la otra mano empuña una espada para avisar a quien venga a la ciudad con pensamientos poco pacíficos. Toda una alegoría.

Las vistas desde la fortaleza sobre Tiflis, con el río partiendo en dos mitades a la ciudad, son impagables. Pagar sí que hay que pagar por subir hasta este punto en el teleférico que se toma en la plaza de Europa. Sin embargo yo recomiendo ascender a pie al caer la tarde. La subida no es agobiante a esas horas y, si se realiza sin prisas, el ascenso se irá compensando gratamente con el espectáculo visual que va “in crescendo” a medida que ganamos altura.

Tiflis desde la Fortaleza de Narikala

El distrito de Narikala es el corazón medieval de la capital georgiana. La mayor parte de las edificaciones son casitas balconadas –algunas no en muy buen estado- de los siglos XVI y XVII y se enclavan en un decorado de estrechas y laberínticas callecitas con pavimento de adoquines bastante incómodos, todo hay que decirlo. Pero es el precio que a veces hay que pagar por saborear el encanto de lo antiguo.

Típicas casas del barrio de Narikala

Narikala es también el hogar de la Catedral Sioni. Situada en la histórica calle Sioni del casco viejo de Tiflis, fue la catedral ortodoxa georgiana de la ciudad por derecho propio hasta la consagración de la actual Catedral de la Santísima Trinidad, en 2004.

Inicialmente la vieja catedral Sioni fue construida entre los siglos VI y VII pero el paso del tiempo se mostró especialmente duro con ella. Sucesivamente destruida por invasores y vuelta a reconstruir, la actual iglesia sobrevive desde el siglo XIII, con cambios entre el XVII y XIX. Su nombre deriva de la tradición medieval georgiana de bautizar iglesias con nombres procedentes de Tierra Santa. Siguiendo la tradición, Sioni deriva del monte Sion, en Jerusalén.

Catedral Sioni de Tiflis

Tradición y antigüedad es lo que predominan en la deliciosa basílica Anchiskhati de Santa María. Porque este pequeño templo con sus tres naves es el más antiguo que sobrevive en la ya de por sí antigua ciudad de Tiflis. Situada en la estrecha calle Shavteli del viejo Tiflis, la iglesia, que pertenece a la Iglesia Ortodoxa de Georgia, data del siglo VI y su visita es casi de obligado cumplimiento.

Basílica Anchiskhati de Santa María

Frente a Narikala, en la orilla opuesta del río Kurá, se levanta Metehki, otro encantador barrio histórico de Tiflis que aprovecha el espectacular acantilado sobre el río a modo de balcón natural. Fue una de las primeras áreas habitadas de la ciudad. La historia nos cuenta que el rey Vakhtang I Gorgasali mandó levantar en este lugar, durante el siglo V, una primitiva iglesia y una fortaleza que cumplía al tiempo el papel de residencia real. Durante el siglo XIII se construye la Iglesia de la Asunción de Metehki que, con daños y sucesivas restauraciones, nos ha llegado hasta hoy.

Los bolcheviques y sus purgas estuvieron a punto de terminar con la existencia de la iglesia. Sin embargo un grupo de intelectuales georgianos se opusieron de manera contumaz y lograron salvar al templo de su definitiva y trágica liquidación. Los soviéticos aceptaron la supervivencia del edificio religioso pero con otro papel diferente. Fue así como la vieja iglesia pasó a ser un teatro más de la ciudad. Con la salida de los comunistas en 1991, la Asunción de Metehki volvió a renacer para servir doctrinalmente a sus fieles devotos.

Colina de Metehki, con la iglesia y la estatua de Vakhtang I

Al lado de la iglesia, en 1961, se levantó la estatua ecuestre del rey Vakhtang I, mirando desafiante hacia el río y la fortaleza de Narikala. Ambos, iglesia y estatua, son en la actualidad un icono incontestable de la ciudad capital de Georgia.

Hemos hablado mucho de iglesias y catedrales. Y es que en Georgia la religión es sacrosanta. En este país la mayoría de la población, en torno a un nada desdeñable 85%, profesa el culto de la Iglesia Ortodoxa y Apostólica georgiana, una de las iglesias autocéfalas más antiguas de la Iglesia Ortodoxa. Es por ello que la Catedral de la Santísima Trinidad de Tiflis, comúnmente conocida como “Sameba”, simboliza de manera casi perfecta esta devoción por un credo religioso.

Catedral Sameba de Tiflis

Sameba se levanta sobre una colina que domina de forma innegable el horizonte hacia el oriente de la capital de Georgia. Su corta existencia, o lo que es lo mismo, su reciente finalización y consagración, que datan de 2004, ha permitido en su construcción aunar los diferentes estilos tradicionales que han predominado en la arquitectura religiosa georgiana a lo largo de los siglos y encajarlos en su diseño. Y además se le han añadido matices bizantinos. El remate sublime para un templo de hechura perfecta.

Puente de la Paz sobre el río Kurá

Tiflis, o Tbilisi, es tradición e innovación. Tradición que saboreamos en Narikala o Metekhi. Innovación que admiramos en su novísimas creaciones, como el Puente de la Paz sobre el río Kurá, una estructura de acero y cristal que conecta el casco antiguo de la capital con el llamado nuevo distrito. Sus fulgurantes luces LED nocturnas nos anuncian un progresivo viaje desde el pasado hacia el futuro. O también podría reflejar el metafórico rol de unión entre dos continentes que aquí, en Georgia y su capital, se dan la mano: Europa y Asia.

Batumi, el “Singapur georgiano”

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Capital de la “república de Ayaria”, una región autónoma dentro de Georgia, Batumi es la segunda ciudad del pequeño estado caucásico. Se levanta sobre una bahía natural que forma el mar Negro en su costa oriental, rodeada por las montañas del vecino Parque Nacional de Mtirala y a muy pocos kilómetros de la frontera con Turquía. Esta proximidad a un país no culturalmente ruso y su clima subtropical convierten a la ciudad en un destino vacacional de primer orden para los georgianos. Pero no solo de turismo interior vive Batumi. Hasta aquí se acercan cada año miles de turistas de otras nacionalidades tan dispares como israelíes, turcos, ucranianos, bielorrusos, armenios, polacos o lituanos, por citar algunos ejemplos.

Batumi y su puerto, al amparo de una bahía natural en el Mar Negro

Georgia es en la actualidad una nación soberana pero no siempre fue así. Entre 1921 y 1991 perteneció a la Unión Soviética tras un corto periodo de independencia de apenas dos años. Durante la etapa comunista Batumi se convirtió en lugar predilecto para la élite del poder moscovita que veraneaba aquí, en el mar Negro. Esta circunstancia puso a la ciudad en el mapa y atrajo a su vez a hordas de ciudadanos del resto de la URSS que venían hasta este rincón del mapa bendecido por su clima y ambiente algo exclusivo.

El Singapur georgiano

La Batumi de hoy es un importante resort estival que incluye playas, balneario, casinos, hoteles de lujo, una base militar, estación de ferrocarril, puerto y aeropuerto. Todo esto se traduce en turismo y dinero que hacen de Batumi un enorme centro comercial y de ocio en el que se apoya buena parte de la economía del país. De ahí el sobrenombre con el que algunos han apodado a la pequeña ciudad caucásica: “Singapur georgiano”.

Sol y playa en el Mar Negro

A primera vista, y con todo lo dicho, podría parecer que Batumi no es un destino con el atractivo suficiente como para ser visitado por viajeros inquietos. Sin embargo no es así. Más allá de la playa, el clima dorado y su potente ambiente nocturno existe otro tipo de vida en la ciudad, interesante además. Iglesias, mezquitas, sinagogas, teatros y museos se encargan de dar otro toque menos mundano y más seductor para quien no solo desea tostarse al sol entre chapuzón y chapuzón.

Batumi y su arquitectura del siglo XIX

La Batumi que vemos en el presente se nos muestra como una ecléctica mezcla arquitectónica, donde encantadores edificios clásicos del siglo XIX comparten sitio con ultramodernos diseños en acero, como el de la Torre Alfabética, y con rascacielos que se prestan para servir como apartamentos de lujo y hoteles, sin olvidar los consabidos casinos. Aquí, en estas latitudes de aires subtropicales, el juego es un poderosísimo imán que seduce y atrae a buena parte de los visitantes que tiene la ciudad.

Plaza de Europa

La ciudad tiene un punto de encuentro en la céntrica Plaza de Europa, con su escultura dedicada a Medea sobre un descomunal pedestal y el precioso reloj astronómico, localizado en un edificio de arquitectura visual única. A partir de aquí podemos  acercarnos hasta la Catedral de la Santísima Virgen María, el templo más importante de la ciudad, si bien en su pasado soviético tuvo cometidos variopintos, como servir de archivo o ¡laboratorio de alto voltaje!. Tras esos años oscuros de férreo estalinismo volvió a manos de la Iglesia Ortodoxa Georgiana, la mayoritaria en este país.

Catedral de la Santísima Virgen

La catedral está construida en ese estilo neogótico tan propio de fines del siglo XIX, con tres cúpulas y su piedra exterior tiene la curiosa propiedad de cambiar de color según el tiempo meteorológico que envuelve al edificio religioso.

No lejos está la preciosa iglesia de San Nicolás, también del decimonono. Un regalo que los griegos que vivían en Batumi por aquel entonces hicieron al sultán otomano con motivo de su jubileo ganando así su aprobación para la construcción del templo. Pero hubo una condición, digamos singular: que las campanas no repicaran nunca.

Iglesia de San Nicolás

La pequeña Iglesia Apostólica Armenia, a pocos metros de San Nicolás, también vio la luz en el siglo XIX para luego ser defenestrada en la etapa de pertenencia del país a la extinta Unión Soviética. Servir como planetarium la salvó de su quema definitiva durante esa época y en el año 1992, recuperada la independencia de Georgia, la iglesia retomó sus funciones pastorales.

Iglesia Apostólica de Armenia

Uno de los lugares donde hay que dejarse ver al atardecer es el Boulevard de la costa, una suerte de paseo marítimo de unos ocho kilómetros de longitud -casi finaliza en Turquía- que inició su construcción en 1881 y está envuelto en un jardín costero. En la actualidad sus bungalows, cafés y locales llenos de ambiente, bancos de diseño, esculturas, fuentes… son el principal reclamo para que lugareños y visitantes se apoderen de la zona al finalizar el día.

Boulevar de Batumi

Ayer por la mañana, minutos antes de las ocho, me dí un baño en las cálidas y apacibles aguas del Mar Negro. Hacía mucho tiempo que no me dejaba caer en una playa para zambullirme en el agua marina. Sin embargo ayer experimenté una extraña, pero al tiempo excitante sensación. No todos los días uno puede introducir su cuerpo serrano en un marco tan exótico y llamativo 🙂

Bienvenidos al Cáucaso sur

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La Mochila de Marco Polo acaba de desembarcar en la exrepública soviética de Georgia, en el Cáucaso sur. Tras una breve parada en su capital, Tbilisi, ahora me encuentro en Batumi, la segunda ciudad del país, en la costa oriental del mar Negro.

Tbilisi, capital de Georgia

Batumi es un importante resort veraniego de esta zona euroasiática, a escasos kilómetros de la frontera con Turquía, y conocido por su intensa vida nocturna, sus playas y sus casinos que compiten con Sochi, otro importante centro vacacional del mar Negro, pero en este caso ubicado en la vecina Federación Rusa. Batumi recibe no solo a los propios georgianos, sino también a un nutrido pelotón de elementos foráneos que incluyen variopintas nacionalidades, tales como rusos, turcos, azerbayanos, israelíes, polacos o lituanos, además de europeos occidentales.

El skyline de Batumi, a orillas del Mar Negro

Aquí me encuentro descansando un par de días a orillas del mar, disfrutando de su agradable brisa y del ambiente estival antes de proseguir viaje. Pequeños placeres que a veces se tiene que dar el sufrido viajero para compensar el cansancio que, en la mayor parte de los casos, se apodera sin remedio de su cuerpo al trajinar de un lado a otro 🙂

Este bloguero en la Plaza de Europa de Batumi

En próximas jornadas iré subiendo al blog nuevas entradas con el material que ya estoy empezando a recopilar y editar. Mi intención es, además, llegar hasta la vecina Armenia y ver con mis ojos el mítico y bíblico monte Ararat. Atentos pues a la pantalla…

Évora, el delicioso encanto de la decadencia

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Tostada por el implacable sol del verano que siempre asola el sufrido y abnegado Alentejo portugués, se alza en medio de la áspera llanura ondulante la placentera y medieval ciudad de Évora. El sobrenombre de ciudad-museo, como es conocida, ya es toda una declaración de intenciones que por sí misma invita a hacer un alto en el camino hacia Lisboa, la capital de Portugal. Y es que Évora se encuentra a un centenar de kilómetros de la “Raya” -la frontera luso española- y a unos ciento treinta de la capital del país, ya en la desembocadura del río Tajo.

Paisaje de la región del Alentejo desde Évora

Recorrer las angostas calles adoquinadas de Évora supone realizar al mismo tiempo un seductor viaje a través de los siglos. Desde que los romanos se asentaran en estos lares allá por el año 57 a.C. bautizando el lugar como “Ebora Liberalitas Julia”, y hasta casi nuestros días, la ciudad ha sido acariciada y deseada por diversos pretendientes, eso sí, con muy diversa fortuna.

Évora vista desde las torres de la catedral

Tras los romanos llegarían los visigodos, quienes no dejaron precisamente buen recuerdo en la villa alentejana debido a las continuas incursiones de los bárbaros durante su mandato. Los árabes tomarían el relevo más tarde, en el año 715, redimiendo a Évora de la amarga huella visigoda, revitalizándola como importante centro comercial. Pero los cristianos, en su tenaz pugna por aplastar el dominio islámico sobre la península ibérica, lograron finalmente hacerse con el control de la ciudad en el siglo XII, convirtiéndola más adelante en un importante centro religioso y universitario de Portugal.

Palacio de D. Manuel

Será a partir del siglo XIV cuando Évora inicie su particular despegue, su auténtica edad de oro. Y en ello tuvo mucho que ver la casa reinante en Portugal en aquellos momentos, la dinastía Avis, cuyos reales miembros, empezando por Alfonso V, instalaron la corte precisamente aquí, en Évora. El palacio de D. Manuel, en el interior del Jardín Público, un parque construido entre 1863 y 1867 por iniciativa municipal sobre el terreno que anteriormente ocupaba la huerta real del palacio y el vecino convento de San Francisco, fue levantado en el siglo XIV y hoy lo único que subsiste del antiguo complejo palatino es un pabellón denominado la “Galería de las Damas”. Este pabellón alberga elementos característicos del gótico tardío, de influencia mudéjar, que se ensamblan en perfecta armonía con otros elementos renacentistas.

Galería de las Damas, lo único que sobrevive del antiguo complejo real

El palacio, o lo que queda de él, es todo un símbolo del decisivo papel que Évora jugó durante la próspera etapa monárquica, etapa que llegaría a su fin en 1580 cuando el rey cardenal D. Henrique muere sin dejar descendencia y el todopoderoso monarca español Felipe II se hace con el trono de Portugal. La corte abandona la ciudad y con ella desaparece el boato y la influencia del poder.

Évora entra así en una lánguida decadencia que, paradojas de la historia, la va a preservar y proteger. Es por ello que su centro histórico luce todavía hoy un atractivo esplendor, con sus murallas del siglo XIV, museos, palacios, iglesias, monasterios, blancas casas del siglo XVI adornadas con maravillosos balcones de hierro, como los que vemos en la rua -“calle” en portugués- 5 de Outubro; un tesoro que de otra manera difícilmente hubiera podido sobrevivir.

Fachadas con sus típicos balcones en la rua 5 de Outubro

Un centro histórico que tiene su punto neurálgico en la siempre animada y porticada Praça do Giraldo, la plaza del Giraldo; el lugar idóneo para comenzar la exploración de esta mágica ciudad que domina el Alto Alentejo portugués.

Ambiente nocturno en la Plaza de Giraldo

En la plaza ocupa un lugar prominente la querida, para los locales, fuente Henriquina -monumento nacional desde 1910-, a pocos metros de la bella iglesia de San Antón. Bajo los arcos de la plaza se esconden tiendas, librerías y cafés que permitirán al visitante resguardarse del implacable sol veraniego o del recio frío invernal.

Iglesia de San Antón y fuente Henriquina en la plaza de Giraldo

Alrededor de esta primorosa plaza gravita todo un ramillete de interesantísimos monumentos que inundan el casco viejo de Évora, un entresijo de callejuelas y edificios históricos encerrados dentro de sus murallas medievales.

No podemos salir de la ciudad sin detenernos en la Sé Catedral que nos recordará a una iglesia con influencias góticas, pero también a una fortaleza con el románico de sus contrafuertes del siglo XIII. El claustro gótico del siglo XIV es sencillamente soberbio, como soberbias son las vistas desde las torres a las que se asciende por una estrecha y algo peligrosa escalera de caracol.

La entrada a la catedral no es libre y cuesta 3,50 euros (dato de 2017) que dan derecho a visitar el interior, el claustro y las torres. La Sé de Évora es la catedral más grande de la época del medievo que existe en el país vecino. Otra poderosa razón para visitarla.

Sé Catedral de Évora Claustro de la catedral

El gótico y el estilo manuelino, con denominación de origen típicamente portugués, se dan la mano en la solemne iglesia conventual de San Francisco, la primera que la orden franciscana levantó en Portugal entre los siglos XV y XVI. En su interior el oro de los diez altares laterales y los paneles de pintura portuguesa del Renacimiento sobrecogen por momentos. San Francisco fue, además, adoptada por el rey D. Manuel como Iglesia Real al encontrarse dentro del amplio recinto palaciego que incluía el convento, el palacio y el huerto. En el alzado de la Capilla Mayor divisamos dos maravillosas ventanas renacentistas, en mármol, tras las cuales el monarca y su familia asistían a los oficios religiosos.

Pero lo que de verdad mueve en la actualidad al visitante hasta este sacro recinto es la famosa “Capela dos Ossos”, la Capilla de los Huesos. La leyenda sobre mármol del arco de su entrada nos dará una estremecedora bienvenida: “Nosotros huesos que aquí estamos por los vuestros esperamos”. La capilla, levantada a partir de una idea de los monjes franciscanos a finales del siglo XVI, da cobijo a unos cinco mil cráneos humanos y varios miles de huesos que estaban sepultados en diversos cementerios de iglesias y monasterios de la ciudad.

Iglesia de San Francisco Entrada a la Capilla de los Huesos Interior de la tétrica capilla

La intención de los monjes con su capilla era reflexionar acerca de la condición humana y meditar sobre la vida eterna. En definitiva que quienes todavía pisamos suelo terrenal tengamos presente lo efímero y breve que es el término vida, y que antes o después acabaremos bajo tierra. Puede resultar macabro y algo brutal, pero hay que entender el contexto en el que se movían los franciscanos en el siglo XVI. El concepto de vida y su brevedad siguen estando ahí, pero la atención que le prestamos hoy día es casi nula.

El acceso a la capilla se realiza por el exterior de la iglesia. La entrada cuesta 4 euros (dato de 2107).

Ya comentaba más arriba las raíces romanas de Évora. El mejor ejemplo de este origen lo encontraremos en el sorprendente Templo de Diana, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Construido en el siglo I d.C. en la zona alta de la ciudad, como parte integrante del Fórum Romano, el templo estaba consagrado al culto imperial y no a la diosa Diana. Tras servir para variopintos usos, en la actualidad es uno de los templos mejor conservados de la Iberia romana. Todavía se yerguen en magnífico estado catorce de sus columnas originales corintias.

Templo romano de Diana

Acercarse hasta esta plácida ciudad del interior de Portugal supondrá para el viajero que quede atrapado al instante en su particularísima atmósfera. Se sentirá, mientras permanezca en ella, alejado del ajetreo y el casi sinsentido que caracteriza a las grandes urbes en las que nos ha tocado vivir de manera habitual. El encanto de su deliciosa decadencia, unido a la mixtura de estilos arquitectónicos que exhiben sus monumentos y un apasionante pasado histórico -que incluye la proclamación de la república el 5 de octubre de 1910 desde el antiguo balcón de la Cámara Municipal o ayuntamiento-, le confieren a Évora el envoltorio perfecto para darse un pequeño capricho en forma de regalo viajero. Tal y como está haciendo el bloguero durante este caluroso fin de semana del mes de julio.

Típica calle estrecha del casco medieval de Évora

Y es que ya lo apuntó José Saramago, el insigne premio Nobel portugués de Literatura: “Évora es un estado de ánimo”. Pues eso.