Sos del Rey Católico, una cita con la historia

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Vas conduciendo por la carretera autonómica A-127 desde el sur, giras una curva descendente y de pronto aparece ante tus ojos, clavada sobre un promontorio al que los lugareños conocen como Peña Feliciana. Sobre ella descansan los restos de lo que fue un castillo edificado en el siglo XII y que indudablemente tuvo mejores días; edificación de la cual queda como único testigo mudo una soberbia torre, la rehabilitada torre del Homenaje. Hemos arribado a Sos del Rey Católico.

Estamos en el norte de la provincia de Zaragoza, en la comarca de las Cinco Villas, dentro de los límites de la comunidad autónoma de Aragón y a muy poca distancia de la vecina Comunidad Foral de Navarra. Estamos, por tanto, en un territorio fronterizo y estratégico, próximo a la sierra de Leyre, históricamente objeto de disputa entre los reinos de Navarra y Aragón. De ahí que las poblaciones a un lado y otro de esa frontera entre comunidades autónomas conserven todavía hoy, en pleno siglo XXI, un aire defensivo y fortificado propio de épocas medievales más inciertas y belicosas.

Panorámica de Sos del Rey Católico, Aragón. España

Sos tiene orígenes que se remontan a la época de la presencia romana en la Hispania peninsular. Así lo atestiguan vestigios esparcidos por la zona. Sin embargo, el emplazamiento actual entierra sus raíces en pleno siglo X, durante la reconquista cristiana de los territorios ocupados por el Islam sobre buena parte de la Península Ibérica. Es así como en el año 1044 la villa es incorporada a la Corona de Aragón por el monarca Ramiro I. A partir de ahí, como plaza fronteriza, se vería envuelta en sucesivas contiendas entre reinos, con un refuerzo constante de sus atalayas defensivas.

Portal de Zaragoza

Pero, ¿por qué Sos… del Rey Católico?

A mediados del siglo XV, en plena disputa sucesoria en Navarra, la reina consorte Juana Enríquez se traslada al otro lado de la frontera, a la vecina población aragonesa de Sos, “a secas” en aquellos tiempos, para dar a luz a su vástago en tierras de Aragón, el infante Fernando, más tarde coronado como Fernando II de Aragón. El mismo que en 1469 contraería matrimonio con Isabel de Castilla en Valladolid y reinarían juntos con el nombre de los Reyes Católicos. De ahí el apellido de “Rey Católico” con el que Sos quedó bautizado a partir de entonces.

Torre del Homenaje (izda) e iglesia de San Esteban (dcha)

El Sos del Rey Católico contemporáneo guarda numerosas señas de identidad medievales. El bello pueblo zaragozano mantiene calles empedradas, bonitas casas de piedra, magníficos palacios, aleros de madera, fachadas con sillares y escudos nobiliarios, ventanas renacentistas y un barrio judío medieval que hoy se conoce como Barrio Alto.

En origen la judería contaba con una treintena de casas alrededor de una calle principal desde la que se accedía al centro de la villa. Hoy su centro neurálgico se sitúa en la plaza de la Sartén y todavía se conservan en el barrio viviendas de judíos conversos. No es de extrañar, con todo este bagaje, que esta bella población aragonesa fuese declarada conjunto histórico artístico en 1968. Razones no le faltan.

Plaza de la Sartén, Barrio Alto

El principal vestigio, y testigo directo de otros tiempos más agitados y convulsos,  lo encontramos en la parte más alta de Sos del Rey Católico, sobre la ya mencionada Peña Feliciana, donde se levantó en el siglo X un primitivo castillo en madera para reforzar las líneas defensivas de la villa. De esa primitiva atalaya en madera, por razones obvias, hoy no queda nada. Pero ahí se situó el origen de la villa y a la sombra del primitivo castillo protector se fueron construyendo viviendas y la población se fue extendiendo lentamente ladera abajo.

A medida que evolucionó el tiempo, y con él las técnicas constructivas, la piedra se abrió paso entre los muros de la fortaleza y en el siglo XII Sos del Rey Católico contaba con un auténtico castillo medieval reforzado además con una formidable muralla rodeando todo el perímetro de la villa –de la que se conserva un lienzo limpio junto al Parador de Turismo– y abierta por varios puntos, de los cuales hoy perduran siete. El más destacable es, sin duda, el portal de Zaragoza que da paso intramuros a la calle mayor o de Fernando El Católico, arteria que a su vez conecta con la plaza de la Villa, donde se encuentra el ayuntamiento.

Plaza de la Villa con el edificio del Ayuntamiento

La Casa de la Villa –ayuntamiento- es un imponente edificio renacentista de finales del siglo XVI, aunque transformado en el XIX y restaurado después en los años 80 del siglo pasado para adaptarlo a las funciones administrativas propias de un consistorio municipal. Con todo, su mayestática belleza no desmerece un ápice y a ello contribuyen sus tres plantas, una impresionante fachada en piedra de sillería y el escudo de la localidad presidiendo el dintel superior de la principal puerta de acceso al edificio.

Unos pocos metros más arriba de la recoleta plaza de la Villa, subiendo por la calle de Doña Manuela Pérez de Biel hacia el castillo, alcanzaremos otra de las joyas sosienses que no debemos pasar por alto. Es la parroquial de San Esteban, si bien el conjunto lo forman la iglesia propiamente dicha, la cripta de Santa María del Perdón -siglo XI con pinturas murales góticas-, y el claustro. En el exterior el acceso se hace atravesando la portada románica del siglo XII para llegar a un interior donde lo más interesante lo encontramos, ante todo, en la pila bautismal-siglo VIII-, el románico Cristo del Perdón, la sillería del coro -mediados del XVI- y el órgano rococó.

Palacio de Sada

Sos del Rey Católico debe en parte su nombre a la figura del ínclito monarca aragonés y de nombre Fernando, quien unió su destino al de una enérgica y decidida reina castellana de nombre Isabel para juntos gobernar buena parte del territorio peninsular. Fernando el Católico nació un 10 de marzo de 1452 en una vivienda nobiliaria que pertenecía a la insigne familia de los Sada.

El actual Palacio de Sada, un edificio en piedra de sillería, ampliado, rehabilitado y rematado con almenas, es una casa palacio que data de fines del siglo XV, reconocible por ese escudo familiar sobre la puerta de entrada. El egregio edificio se ha reconvertido en un centro de interpretación sobre la figura de Fernando el Católico y es, además, la oficina local de Turismo.

+ INfO en

Web del ayuntamiento de Sos del Rey Católico

Turismo de Aragón

Oficina de Turismo de Sos del Rey Católico

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Pic deLuxe: historia y leyenda en la Siberia peninsular

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Por su ubicación y aspecto bien podría haber servido de digno escenario para una celebérrima serie de televisión como Juego de Tronos. Porque Molina de Aragón, en el gélido y estepario oriente de la provincia de Guadalajara, dentro de los límites de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, evoca medievo por los cuatro costados. La villa castellana guarda entre sus vetustos muros enrevesadas tramas de viejos señoríos independientes, reyes de taifa, nobles, caballeros y princesas morando en la fortaleza de origen árabe y merodeando por las estrechas calles a ambas orillas del río.

Sus murallas, el castillo, numerosas iglesias y conventos, sin olvidar antiguos palacios blasonados, hacen fantasear con tiempos donde moros y cristianos se miraban con mucho recelo y desconfianza; tiempos en los que hasta el mismísimo Cid Campeador bregó por estas tierras buscando acogida y protección para su familia, a la vez que fortuna, camino de Valencia.

Porque Rodrigo Díaz de Vivar, como buen mercenario de la época, mantuvo trato con ambos bandos y se puso siempre, sin complejos, al servicio del mejor postor. En su paso por la villa se entendió con un tal Ibn Galbun, el “Rey Moro de Molina” según crónicas de algún historiador árabe, en una etapa de ocupación islámica sobre un territorio fronterizo, siempre en conflicto, en armas y cambiando de manos de manera recurrente.

La espectacular muralla con esas imponentes torres defensivas, serpenteando por la colina y fundiéndose con el castillo, abraza al burgo medieval. Dentro, el barrio judío a un lado del río Gallo, y la morería, el primitivo asentamiento musulmán, al otro, quedan engarzados por el protagonista de este Pic deLuxe: el bello Puente Románico. Historias y leyendas medievales al margen, es el auténtico símbolo de Molina de Aragón.

El puente fue levantado entre los siglos XII y XIII con sillares de piedra arenisca roja que le confieren un maravilloso y cautivador aspecto. Su estructura presenta tres ojos, siendo el central el de mayor tamaño. Aunque de sencilla decoración, con unas sobrias impostas colocadas en la parte superior del puente, resulta innegable su seductora estampa desde la distancia, salvando las aguas del río Gallo.

Jerez de los Caballeros: alma extremeña, corazón templario

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De la Edad del Cobre podemos encontrar alguna huella en forma de dolmen en sus cercanías. Pero nuestro destino de hoy, como tantos otros lugares de la Península Ibérica, además experimentó con el paso del tiempo la conquista y posterior legado de numerosos pobladores, entre los que se encuentran celtíberos, fenicios, romanos, visigodos, árabes y las órdenes militares de los Caballeros Templarios y de Santiago. Todo un mosaico humano lo suficientemente variado y atractivo como para dejar una profunda huella en estas tierras.

Tierras que se encuentran al suroeste de la provincia de Badajoz, a tiro de la frontera portuguesa, en la comunidad autónoma de Extremadura. Hoy nos vamos a detener en uno de esos lugares que impactan en cuanto tienes el primer contacto visual con él. Hoy vamos a visitar uno de los pueblos más interesantes y bonitos de Extremadura, y también de España. Bienvenidos a Jerez de los Caballeros.

Perfil de Jerez de los Caballeros, provincia de Badajoz. España

Estamos en la extensa vega del río Ardila, afluente del omnipresente Guadiana aquí, en tierras extremeñas. Sobre un promontorio que emerge de entre las amplias dehesas, como queriendo romper la monotonía del terreno, se asienta una blanca villa de rica historia y dilatado patrimonio arquitectónico, tanto civil como religioso.

Intrincadas y estrechas calles de acusadas pendientes, casas de encaladas paredes, magníficas iglesias, palacios señoriales, casonas solariegas, una alcazaba de origen musulmán, murallas templarias, espléndidas torres barrocas… No es casualidad que a Jerez de los Caballeros se la conozca como la “ciudad de las torres” y haya sido declarada Conjunto Artístico Monumental.

Pero los lugares no se entienden sin conocer algo de sus moradores y la intrahistoria que esconden. Nos remontamos a la época de los fenicios cuando al llegar a estas tierras, según algunas fuentes, pudieran haber fundado una pequeña villa a la que nombraron “Ceret”. Más tarde la ocuparían los romanos y le darían el nombre de “Fama Iulia” o “Caeriana”.

Muralla de la primitiva alcazaba árabe, hoy Fortaleza Templaria

Un salto en el tiempo nos lleva hasta el año 711. Con la batalla de Guadalete la villa pasa a dominio árabe y la rebautizan como “Xerixa” o “Xeris”. En el siglo XIII los templarios, bajo mandato del rey Alfonso IX de León, la reconquistan para los cristianos y convierten a Jerez en la capital del Bayliato de Xerez”, uno de los enclaves más extensos que los templarios llegarían a tener en tierra peninsular.

En pago a sus servicios el monarca leonés dona en el año 1240 la Villa de Xerez a los Caballeros Templarios. Es entonces, bajo el abrigo de la Orden, cuando la villa experimentaría una etapa de gran prosperidad que acarrearía un aumento notable de la población. Consolidan la alcazaba musulmana, que hoy es conocida como Fortaleza Templaria, fortifican todo el perímetro urbano con una soberbia muralla que refuerzan con veintiséis torreones y la abren con media docena de puertas de acceso, de las que hoy tan solo se conservan dos: la de Burgos, con su escultura del descubridor jerezano Hernando de Soto, y de la Villa, con su ingenioso diseño en recodo y una diminuta capilla en su interior en honor a San Antonio.

Puerta de Burgos

Pero no todas las historias tienen final feliz. La Orden de los Caballeros del Temple se había fundado en 1118, en Jerusalén, con el claro objetivo de proteger a los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa. Por este motivo la Orden solo rendía cuentas, en última instancia, ante el Papa. Y precisamente fue un papa, Clemente V, quien en el año 1312 marcaría el trágico devenir de los Caballeros Templarios en tierras hispanas. Tras una campaña de descrédito y difamación orquestada por el monarca francés Felipe IV, acusando a los templarios de malas prácticas y herejía, el Papa dictó una bula en la que instaba a los miembros de la Orden a que renunciasen a la misma y entregaran sus tierras a riesgo, en caso contrario, de morir en la hoguera por herejes.

En Jerez los caballeros templarios se negaron a renunciar a su Orden, a la que habían jurado eterna lealtad, y optaron por la decisión más radical: defender la villa hasta morir. Tras un asedio feroz por parte de las tropas de Alfonso XI, rey de Castilla y León, y una resistencia épica por parte de los templarios, éstos fueron finalmente apresados alrededor de 1327, degollados después y sus cuerpos arrojados al vacío desde la robusta y maciza Torre del Homenaje, rebautizada como “Sangrienta” en recuerdo de aquellos trágicos hechos. Cae así el último bastión templario en la Península Ibérica y es a partir de entonces cuando Xerez adquiere el apellido “de los Caballeros”.

Torre Sangrienta Torre del Reloj

Tras la disolución de la Orden templaria, la villa es entregada en 1370 por Enrique II a otra Orden, la de Santiago. Bajo su tutela Jerez de los Caballeros conocerá buenos y favorables tiempos y la villa se convierte en una ciudad decisiva de la Corona de Castilla, tanto en lo político como en lo religioso. Y es aquí, en el terreno religioso donde vamos a encontrar los mejores ejemplos de arquitectura que atesora la villa pacense, encajados hábil y estratégicamente entre sus estrechas callecitas y plazuelas.

Un recorrido por el casco histórico de Jerez nos permitirá descubrir auténticas maravillas en forma de preciosas iglesias. Desde la explanada del ayuntamiento, en la plaza de la Alcazaba y cerquita de la Torre Sangrienta, podemos admirar en su totalidad la iglesia de Santa María de la Encarnación, la más antigua de Jerez de los Caballeros, del siglo XVIII y origen visigodo. Su marca distintiva estriba en que se trata de una construcción neoclásica, lo cual es llamativo pues el resto de iglesias de Jerez son barrocas.

Iglesia de Santa María de la Encarnación

Tanta iglesia, convento y ermita escondidos aquí y allá, entre callejuelas y placitas, necesitará un aporte extra de esfuerzo por nuestra parte para visitarlas todas ya que Jerez de los Caballeros no lo pone fácil cuando nos adentramos intramuros.

Pero solo contemplar las espléndidas torres campanario barrocas de San Bartolomé –siglo XV, con elementos decorativos a base de yeso policromado, barro vidriado y cerámica- y la arciprestal de San Miguel Arcángel, siglo XIV-XV, en la Plaza de España, con su torre de más de setenta metros de altura donde llama la atención la presencia de ladrillo con aplicaciones ornamentales en barro cocido y basamento de piedra granítica, parecerá que habrá merecido la pena el duro sube y baja. No sin olvidar entre tanta fatiga, eso sí, la iglesia de Santa Catalina, la más alejada del centro, un edificio gótico del siglo XV, fachada barroca y una torre de estilo más clasicista.

Todas las torres, incluida la del Reloj, a la sombra de la alcazaba, más formando parte de ella, proporcionan un recorte del horizonte urbano jerezano difícil de igualar en otro punto de Extremadura. Precisamente esta última desempeñaría funciones de torre del homenaje hasta fines del siglo XV. Hacia el año 1570 se ordena por parte del Concejo recomponer su tejado debido a los perniciosos efectos que las filtraciones del agua provocaban en el reloj. A través de este dato podemos tener constancia tangible de la existencia de ese reloj en esa fecha; una existencia no exenta, por cierto, de sorpresivas vicisitudes como su sustracción por parte de las tropas portuguesas en 1710, afrenta que no pudo ser reparada hasta casi tres décadas después cuando se compró otro nuevo reloj.

Iglesia de San BartoloméIglesia de San Miguel Arcángel

Dejamos Jerez de los Caballeros con el recuerdo de su particularísimo “skyline” pero sin olvidar un detalle importante. Decía párrafos más arriba que los lugares no se podrían entender sin conocer antes a sus moradores. Por aquí han pasado muchas y variadas gentes, pero esta tierra también vio nacer personajes importantes, como el primer europeo en divisar lo que hoy conocemos como Océano Pacífico, Vasco Núñez de Balboa. Corría el año 1513 cuando se produce la gesta.

El explorador, gobernante y adelantado español de origen gallego y linaje incierto, nació en esta bella localidad extremeña alrededor del año 1475, en una pequeña vivienda de la actual calle de la Oliva, hoy convertida en “Casa Museo de Vasco Núñez de Balboa”. Una razón más para venir hasta aquí…

Estatua en honor a Vasco Núñez de Balboa en su villa natal

+INfO en:

Web “Turismo de Extremadura”

Web oficial del Ayuntamiento de Jerez de los Caballeros, sección “Turismo”

Visitando la Oficina de Turismo en Plaza San Agustín, 1. Jerez de los Caballeros, provincia de Badajoz. Comunidad autónoma de Extremadura.

Frómista, románico palentino “cum laude”

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Lo hemos traído al blog en algún momento y confieso que siempre he sentido un enorme respeto y admiración por quienes se lanzan a esa experiencia, mitad aventurera, mitad espiritual, de recorrer a pie o bicicleta el Camino de Santiago en su totalidad desde Roncesvalles, en el norte de la Comunidad Foral de Navarra, hasta su destino final -a 790 kilómetros- en Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia; o bien de manera parcial en alguno de sus tramos. Es lo que conocemos como “Camino Francés“, una -la principal- de las muchas rutas jacobeas que jalonan el territorio peninsular español.

Pues bien. En pleno Camino existe una parada obligatoria para todo peregrino/a que se haya propuesto cumplir con ese heroico objetivo de alcanzar Compostela. Ese alto en la ruta está en mitad de la estepa palentina, en la comarca conocida como “Tierra de Campos“, y en él podemos descubrir el que tal vez sea el mejor ejemplo de románico de toda la provincia castellano leonesa de Palencia y uno de los más importantes de toda la comunidad autónoma.

Sin embargo no es lo único que nos ofrece nuestro destino de hoy. Su patrimonio monumental abarca desde la Edad Media hasta el siglo XIX, por tanto riqueza y herencia de otros tiempos no escasean para contemplar y admirar. Nuestro lento caminar por la ruta jacobea francesa nos ha conducido hasta el pueblecito de Frómista y hoy, en este post, pretendemos conocer su joya románica, su baluarte religioso representado en la magnífica iglesia de San Martín de Tours.

Iglesia de San Martín de Tours. Frómista, provincia de Palencia

En sus orígenes la iglesia en realidad fue un monasterio benedictino fundado alrededor del año 1066 por doña Mayor, viuda del rey Sancho de Navarra. De aquel primitivo cenobio hoy no queda nada y desde el comienzo de su existencia fue cambiando de manos con el paso del tiempo. A lo largo de la Edad Media la iglesia quedó separada definitivamente del monasterio y después recibió diversos añadidos durante el siglo XV. Pasados los siglos San Martín sufrirá un prolongado deterioro hasta que a fines del XIX el templo es declarado inadecuado para el culto; su estado calamitoso se hace evidente, con desprendimientos en la bóveda y paredes incluidos.

El edificio amenaza ruina de manera clara y rotunda por lo que a finales del siglo XIX se acomete una profunda y necesaria reestructuración del mismo de la mano del arquitecto Manuel Aníbal Álvarez. Trabajo de restauración, por cierto, no exento de polémica en aquel momento dado que el arquitecto recuperó con su actuación el estado original del templo eliminando los añadidos que tuvo posteriormente.

El exterior de la iglesia se nos presenta con un gran ábside central en su cabecera y otros dos más pequeños en los laterales. Observamos, asimismo, un cimborrio octogonal y no cuadrado, característica ésta extendida y propia del románico. La fachada norte, muy expuesta a las inclemencias meteorológicas por su orientación, está flanqueada por columnas con una profusa decoración de capiteles, un tanto deteriorados, eso sí, por esa exposición que citaba antes a las duras inclemencias del tiempo propias de esta recia zona de Castilla y León.

Nave central de San Martín de Tours. CC BY-SA 3.0 es. Autor: PMRMaeyaer 

El interior de San Martín se articula con la clásica planta en forma de cruz latina. Está compuesta por tres naves longitudinales, todas cubiertas con bóveda de cañón, y destaca un Cristo del siglo XIII en el ábside de la nave central.

La conexión de Frómista con el mundo jacobeo se remonta a la época en que se escribe el célebre “Codex Calixtinus” y donde aparece esta villa como el final de la sexta etapa del Camino de Santiago. Este códice podría considerarse, sin temor a equivocarnos, como la primera guía de viajes de toda la historia. Curioso, ¿verdad?

UN IMPRESCINDIBLE EN LOS ALREDEDORES

Tras empaparse del mejor románico palentino en la pequeña población de Frómista, no hay que dejar pasar la oportunidad de contemplar uno de los grandes hitos de la ingeniería hidráulica española de los siglos XVIII y XIX. Oportunidad que nos brinda la villa palentina justo en sus afueras. Hito que responde a un nombre: el Canal de Castilla.

Esclusa cuádruple en el Canal de Castilla a la altura de Frómista

El Canal de Castilla fue la respuesta que el rey Fernando VII y Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada, el polífacético, hábil y enérgico político riojano que ocupó casi todas las carteras ministeriales del gobierno real, trataron de dar a la paupérrima situación económica en la que se encontraba España a mediados del siglo XVIII, consecuencia de la nefasta política de guerras de religión y ambiciones imperialistas en las que se había embarcado nuestro país. Una economía estrangulada y paralizada que intentó reavivarse con una construcción mastodóntica para la época, una vía fluvial interior que atravesara la vasta meseta castellana y permitiera transportar cereal a todas aquellas zonas aisladas y deprimidas por una orografía adversa y una misérrima red viaria.

El proyecto pretendía unir Reinosa, en la actual comunidad autónoma de Cantabria, con Segovia, en la comunidad de Castilla y León. Las pretensiones, sin embargo, se quedaron cortas y finalmente el canal terminó conectando las provincias castellano-leonesas de Palencia, Burgos y Valladolid a lo largo de 207 kilómetros, afrontando un desnivel de 150 metros, desnivel que se salvó con un total de 49 esclusas estancas que permiteron que el canal fuese navegable en ambos sentidos.

El Juan de Homar, sobre las aguas del Canal de Castilla

Frómista puede presumir de albergar uno de los puntos álgidos de todo el curso del Canal de Castilla. Justo aquí encontraremos la única esclusa cuádruple -17, 18, 19 y 20- del recorrido del Canal. Si a esto unimos que Frómista es una parada obligatoria en el Camino de Santiago, la conclusión es fácil de adivinar para el potencial visitante. Por si esta doble circunstancia no fuera lo suficientemente atractiva, un barco –el Juan de Homar– permite dar un paseo sobre las aguas del Canal entre Frómista y Boadilla del Camino, ésta última también en la provincia de Palencia, como la primera.

El pasaporte tal y como lo conocemos, ¿una especie en extinción?

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Es un imprescindible en las mochilas de los viajeros y un quebradero de cabeza para el resto de mortales que descubren con horror que necesitan uno cuando la fecha de salida se acerca peligrosamente, o casi está encima, y pretenden viajar al extranjero. Pues bien. Éstos últimos encontrarán un alivio tras leer este post. Hablamos naturalmente de ese pequeño documento de viaje de 12,8 por ocho centímetros, con un chip insertado en su portada y acompañado de las palabras “Unión Europea” más el país correspondiente. Hablamos, por supuesto y como habréis adivinado, del PASAPORTE.

No es la primera vez que el librito de marras tan codiciado por viajeros empedernidos aparece en este blog. Codiciado por muchos a quienes este documento provoca una suerte de adicción y reto por coleccionar el mayor número posible de sellos estampados en sus hojas y exhibirse así , ante amistades y familiares, como el viajero fetén que ha conquistado con su presencia incontables y exóticos destinos. Pero también está la otra cara de la moneda; aquella que produce pánico y ansiedad entre quienes deben portarlo para viajar y que viven obsesionados con la posibilidad de olvidarlo en casa, o lo que es peor: perderlo en pleno viaje o que se lo roben durante el mismo. Un contratiempo que no es baladí y puede arruinar las ansiadas vacaciones a cualquiera.

Pasaporte típico de la Unión Europea, en este caso emitido por la República Federal de Alemania. PIXABAY

Para este segundo grupo sus problemas de ansiedad y pánico podrían tener los días contados. Y esto es así porque en un futuro, tal vez no muy lejano, podríamos atravesar los controles fronterizos solo con nuestra cara bonita y el soporte adicional de nuestro teléfono móvil o celular. En un mundo globalizado e informatizado, donde prima ahorrar tiempo y dinero, la supresión del formato papel para el pasaporte de toda la vida ha dejado de ser una quimera para empezar a tener serios visos de ser sustituido por un sistema nuevo y alternativo que evite el tedioso ritual de engorrosas colas y desesperantes trámites burocráticos previos a atravesar el control de fronteras en todos los aeropuertos principales. Se acabó el papel señoras y señores viajeros.

Y, ¿quién está detrás de este invento que pronto podría aliviar las penas de los sufridos pasajeros? Pues el Foro Económico Mundial  y la consultora Accenture.  Ambos actores pretenden terminar con la obsoleta y desfasada acreditación en papel desde el próximo año, o sea, 2020. Para ello se probará un programa piloto en vuelos entre Canadá y Holanda que posteriormente se iría implementando en más y más países. De manera básica el reconocimiento del viajero se ejecutará con sus parámetros biométricos y el uso de su teléfono móvil, que vendría a sustituir al microchip de los actuales pasaportes. Para ello los datos de identidad del pasajero estarían encriptados y almacenados en el dispositivo móvil. Es lo que se conoce como KTDI o “Identidad Digital del Viajero Conocido”, traducido de las siglas en inglés.

El procedimiento sería el siguiente: el viajero se descarga una cartera digital, luego abre una cuenta con sus datos personales y, con antelación al viaje, tiene que compartir “online” su información con las autoridades y la aerolínea. Al iniciar el viaje en el aeropuerto la tecnología de reconocimiento biométrica  permitiría pasar el control de seguridad sin dilaciones, sin el uso de ningún tipo de documento de viaje. De esta manera las autoridades podrían realizar un análisis de riesgo con antelación a viajar; básicamente verificar la identidad del pasajero para que a la hora de viajar éste pueda hacerlo de manera segura y sin contratiempos o interrupciones. Al regreso del viaje siempre se podría revocar el acceso a la información personal.

A nadie se le escapa que el número de desplazamientos en avión ha ido creciendo de forma exponencial en las últimas décadas y, quien más, quien menos, ha padecido sus consecuencias. Aeropuertos saturados la mayor parte del año, y no solo en épocas de aumento derivado de vacaciones estivales o navideñas. Así el obligado control de pasaportes se ha ido convirtiendo en una auténtica pesadilla con colas interminables, tanto en origen como en destino, por más que los aeropuertos europeos, por ejemplo, clasifiquen dichas colas en función de la procedencia del viajero; es decir, ciudadanos comunitarios -de la Unión Europea- o suizos, del espacio Schengen y de algún país más, generalmente escandinavo… y  luego el resto del mundo mundial. Grosso modo. Los aeropuertos estadounidenses, por su parte, ejecutan medidas similares.

El mencionado KTDI, al menos en teoría, agilizaría los controles de frontera. Y no solo eso. Las distintas agencias de seguridad fronteriza tienen que invertir cada año ingentes cantidades de dinero para atender a la enorme demanda viajera que va creciendo de forma incesante al mismo tiempo. Al ritmo que vamos, en cuestión de 15 ó 20 años, los costes económicos de los sistemas de seguridad que operan en el mundo de la aviación comercial ahora mismo, sencillamente se harán insostenibles. Por tanto se impone una lógica: hay que ahorrar. Y la puesta en marcha del ya citado reconocimiento biométrico, más el uso del teléfono móvil por parte del pasajero, ayudaría a aliviar los costes desorbitados en seguridad fronteriza aeroportuaria.

Cómodo y rápido para el viajero. Y lo más importante. Para las administraciones involucradas en todo este enorme y complejo proceso supondría un sustancioso ahorro de dinero. El problema hoy por hoy es recurrente. Buscar un consenso global y poner de acuerdo a tantos países para implementar de manera generalizada y coordinada este nuevo desafío no va a resultar sencillo. El reto está servido en los próximos años.

Albarracín o la magia del rodeno

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Existen pueblos esparcidos por la geografía española que desprenden duende, llenos de alma, y otros que sencillamente parecieran estar bendecidos por la gracia de alguna divinidad celestial. Y existe uno en concreto que bien podría aunar todas las bondades descritas con anterioridad. Para muchos, además, es considerado el pueblo más bonito de España y siempre aparece en las listas “top ten” de los pueblos más hermosos del país. Ese pueblo se encuentra en la comunidad autónoma de Aragón y se llama… Albarracín.

Albarracín, Teruel. España

Albarracín se localiza, como decía más atrás, al sur de Aragón, concretamente en el suroeste de la provincia de Teruel –una de las tres que componen la región autónoma junto a Zaragoza y Huesca– y a menos de cuarenta kilómetros de la capital provincial. Tiene un emplazamiento absolutamente envidiable, sugerente objetivo de cualquier fotógrafo paisajista y, por supuesto, para cualquier visitante, pues aprovecha un retorcido y profundo meandro excavado por el río Guadalaviar en la puerta de entrada a la serranía de Albarracín. El resultado final, con sus pasadizos, escalinatas y casas apretadas y multiformes dando cuerpo y vida a angostas callecitas empedradas y empinadas, que parecieran empujadas al abismo del acantilado, es en definitiva inigualable y sin parangón. Imposible, casi, de reproducir en otra parte.

Pero si hay algo que caracteriza a Albarracín es, sin género de dudas, su característico color rojizo, “rodeno” para ser más precisos, por el color de la tierra en esta zona del mapa peninsular. Distintas tonalidades de ocre, anaranjado y rojo en las fachadas que armonizan en perfecta sintonía con los tonos grises del inmenso roquedal y los moteados del verde de pinos y enebros que salpican, a veces de forma algo dispar, las laderas del desfiladero al que se asoma el pueblo.

Calles y fachadas imposibles en Albarracín

Y todo se debe al mágico yeso rojo, que junto a la madera y la teja árabe, son los elementos predominantes en la arquitectura tradicional local. Un yeso molido artesanalmente, de dureza y flexibilidad muy peculiares, elaborado a partir de elementos naturales y autóctonos de los alrededores del pueblo y con el que se ha acicalado prácticamente todas las fachadas de Albarracín.

Fachadas que en muchos casos se corresponden con opulentas mansiones señoriales, casas solariegas de familias que hicieron dinero al abrigo de la trashumancia durante siglos con otras regiones del país, en especial Andalucía. El resto son casitas, digamos, más humildes y modestas, aunque solo en apariencia. Todas tienen su encanto, con sus balcones de madera tallada, sus ventanas con visillos de encaje o sus vistosos llamadores en la puerta. Todas se integran de manera perfecta en un conjunto urbanístico muy homogéneo y apiñado.

Cuando uno se atreve, por fin, a adentrase en las estrechas y ascendentes callejuelas y mira hacia el cielo, no es exagerado decir que a veces cuesta verlo. Balcones y voladizos de un lado u otro de la calle casi se tocan, se abrazan conformando una suerte de techumbre improvisada por la que difícilmente el astro rey logra imponer a duras penas el propósito de que sus rayos alcancen el suelo pedregoso.

Plaza Mayor de Albarracín

Albarracín maravilla, asombra, deslumbra. Solo hay que visitar la Plaza Mayor con sus porches y ventanales para viajar en el tiempo, o la Catedral del Salvador, del siglo XVI y totalmente recuperada de un injusto e insólito abandono. Hoy luce con primor su primitivo estilo gótico levantino que tanto predicamento cosechó en el viejo reino de Aragón. No es un templo de grandes dimensiones. Solo tiene una nave pero, ¿cómo desafiar todavía más a un endiablado terreno que no pone las cosas fáciles?.

Próxima a la catedral, el Castillo. Domina el meandro y toda la pequeña población turolense. Fue alcazaba andalusí cuando el clan bereber de los Banu Razin alcanzó el poder y se convirtieron en soberanos de la taifa de Albarracín, en el siglo XI. En siglos posteriores fue residencia de los señores de Albarracín y con la conquista de la ciudad y el señorío para la corona de Aragón en 1284 por parte de Pedro III, el castillo sufrió una drástica transformación. La ocupación de sus torres y aposentos se mantuvo hasta fines del siglo XVI.

Castillo de Albarracín, arriba a la izquierda. En el centro, la catedral

Los orígenes de Albarracín se remontan a la época de los visigodos, cuando éstos levantaron una pequeña aldea en torno a la iglesia prerrománica de Santa María, antecedente de la actual iglesia de Santa María. Debido a su ubicación, encastrada en una intrincada hoz del río Guadalaviar, desde el principio quedó patente la necesidad de defensa de la villa y su dificultad para ser conquistada.

Fue así como a partir del siglo X, durante la ocupación musulmana, vio la luz un primer tramo de muralla en torno a la primitiva iglesia, la alcazaba árabe, una torre albarrana y una puerta de entrada; un tramo que, con los siglos y sucesivas ampliaciones, se convertiría en un impresionante recinto amurallado que llegó a rodear todo el casco histórico de Albarracín.

Del siglo XIV son la mayor parte de los fragmentos de muralla que hoy se conservan y podemos admirar, transportándonos por momentos hasta la lejana Asia al contemplar cómo los restos del viejo perímetro defensivo se contonean y ascienden firme y decididos por las escarpadas crestas de los cerros, como si de la Gran Muralla China se tratara. Un símil en absoluto exagerado.

Murallas de Albarracín y la torre de la iglesia de Santa María

Albarracín es único, inimitable. Una fantasía medieval que deslumbra renovada en plena era digital del siglo XXI y que rezuma encanto, belleza, serenidad y magia; la misma magia que transmite un paisaje natural de fuertes contrastes cromáticos entre el rodeno de las tradicionales casas, el verde de los pinos y el gris de las inmensas paredes rocosas que custodian el Guadalaviar a su paso por estas lindes.

¿Estamos ante el pueblo más bonito de España? Posiblemente sea cierto.

 

+INFO en la Oficina de Turismo de Albarracín en la calle San Antonio, 2

Portal Oficial de Turismo Sierra de Albarracin 

Turismo de Aragón

Pic deLuxe: Aveiro, entre moliceiros y canales

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Situada a unos setenta kilómetros al sur de la segunda urbe de Portugal, Oporto, nos encontramos con una pequeña y encantadora ciudad atlántica que responde al nombre de Aveiro. Capital del distrito homónimo, Aveiro salvaguarda todavía su vieja esencia marinera y ese aire de cierta melancolía y tradición tan propio del país vecino al tiempo que combina sabiamente, y en una delicada armonía, lo antiguo con lo moderno.

Conocida popularmente como la “Venecia portuguesa” debido a que está emplazada en una extensa ría que discurre en paralelo a la línea del océano Atlántico, su casco histórico conocido como Beira Mar es un conglomerado de edificios señoriales “art noveau”, pintorescas casitas de pescadores pintadas en vivos colores, restaurantes donde degustar buen pescado y vetustos almacenes de sal conviviendo con un manojo de puentes y canales por donde navegan plácidos y llenos de turistas los típicosmoliceiros”, esas coloridas barcazas en forma de media luna que recuerdan a las famosas góndolas venecianas. Evocar pues, que no comparar, a la afamada ciudad italiana resulta casi inevitable.

Aveiro no es solo canales y moliceiros. También es sinónimo de cercanas e infinitas playas de arena blanca, dunas móviles y “palheiros”, las típicas casas de madera pintadas a rayas de colores donde antaño los pescadores ponían sus redes y aparejos de pesca a buen recaudo. Un verdadero imán para los miles y miles de visitantes que cada año se acercan hasta este paradisiaco rincón portugués. Eso sí, las gélidas y bravías aguas del Atlántico son todo un desafío y no aptas para bañistas enclenques y poco decididos. Pero atrevidos siempre hay en cualquier parte, ¿verdad? 🙂

Relojes fuera. Estamos en Sommarøy

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Es el  sueño de cualquier mortal. Eliminar los relojes de nuestra vida diaria y detener el tiempo. Una auténtica quimera en cualquier parte del mundo. Y sin embargo existe un lugar sobre la faz del planeta que sí lo ha logrado. Si me queréis acompañar en este post de hoy, conoceremos en las siguientes líneas tan atemporal punto en el mapa.

Nuestro curioso destino se encuentra en las apartadas y desangeladas tierras escandinavas de Noruega, en el norte de Europa. Allí, por encima del Círculo Polar Ártico, una pequeña isla de apenas medio kilómetro cuadrado emerge del océano, apenas cuarenta kilómetros al oeste de la ciudad de Tromsø, ya en el continente. Nuestra isla en cuestión atiende al nombre de  Sommar –Sommarøy, en noruego- y se traduciría como “isla de verano”. Esta denominación tan estival no es baladí pues en estas latitudes muy septentrionales, y en la época próxima al solsticio de verano, el sol no se oculta en el horizonte durante 69 largas jornadas de luz continua con noches muy, muy brillantes e inexistentes tal como las entendemos.

Isla de Sommarøy, Noruega. CC BY-SA 3.0 Autor Harald Groven

Son los efectos del llamado “Sol de medianoche” que puntualmente cada primavera, el 18 de mayo, visita estos territorios aprovechando que el eje de rotación de la Tierra está lo suficientemente inclinado en esta época del año como para que los rayos del sol iluminen de manera constante la superficie terrestre y sean visibles en todo momento aquí, en estas latitudes tan al norte. Y así hasta el 26 de julio cuando la isla de Sommar empieza a recuperar su normalidad cíclica día-noche. Aunque no por mucho, como veremos.

Los escasos trescientos habitantes de Sommarøy pretenden algo casi mágico, utópico a los ojos del resto de humanos: crear en la isla una zona libre de horario. En la práctica esto supone eliminar los relojes de la vida diaria y literalmente parar el tiempo. Tan osada y atrevida iniciativa empezó a tomar cuerpo tras una asamblea vecinal convocada el pasado mes de mayo donde quedó patente la voluntad popular de eliminar los horarios y abolir la rigidez en la medición del tiempo. Algo en consonancia con el apacible y sosegado estilo de vida insular, libre de estrés, y donde la pauta impuesta por los relojes se había convertido en una auténtica y pesada rémora, en definitiva, en algo sin sentido e innecesario.

Y, ¿qué ocurre con los visitantes que cada año acuden a la isla atraídos por sus paisajes de playa y fina arena blanca? Los residentes lo tienen claro y no dudan en invitar a los turistas a que  abandonen sus relojes en el  pretil del puente que une Sommar con otra isla, Kvaløya, por la cual se accede a la Noruega continental y, sin más, te olvides del tiempo y vivas tu vida. Fuera compromisos horarios. Así de claro. Si el sol permanece perenne e imperturbable las veinticuatro horas del día ahí, a la vista, ¿para qué necesitas saber la hora?

De hecho es muy habitual a las dos o las tres de la, teórica, madrugada ver a los niños jugando al fútbol, jóvenes bañándose en la playa y gente pintando sus casas o cortando el césped de sus jardines, por ejemplo. Es la flexibilidad total. Ese es el objetivo de esta singularísima iniciativa, que esta isla noruega no se rija por plazos. Todavía más. Se está estudiando cómo conseguir que formalmente la isla pueda abandonar su zona horaria.

Casas en la isla de Sommar. CC BY-SA 3.0 Autor Kjetil Ree

Tan idealista y ensoñadora iniciativa todavía tiene por delante algunos desafíos para ser legalizada y reconocida. Para ello es necesario presentar esta decisión colectiva en el Parlamento noruego y que los diputados nacionales den luz verde a algo que, si bien todavía no está refrendado por escrito en el poder legislativo, la apacible gente de Sommar, que vive principalmente de la pesca y el turismo, viene practicando generación tras generación desde tiempos inmemoriales.

Por otro lado, ¿serán capaces los turistas de adaptarse a un sistema tan radical donde no priman el tiempo y los plazos? Y otro reto no menos importante y a la vez inquietante: qué hacer cuando la situación se revierte entre noviembre y enero de cada año; cuando el sol no aparece nunca por el horizonte y Sommarøy queda engullida en la larga y oscura noche polar. El tiempo, ese tiempo que pretenden liquidar aquí, en estas inhóspitas latitudes, lo dirá…

En un lugar de La Manchuela

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En las últimas entradas este blog se ha movido por tierras de la provincia de Albacete en el interior de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. Principalmente por el sur; un sur meridional radicalmente distinto en cuanto a paisaje del restante árido territorio provincial, dentro de un paraje natural cincelado con firme voluntad por el curso del río Mundo. Sin embargo, en la parte más septentrional de la provincia también descubriremos un impactante rincón de manchas boscosas de robledal y campos de cultivo, con meandros y profundas gargantas modeladas con tesón por otro río, en este caso el Júcar; un río que parece contonearse con garbo aquí, entre abruptas paredes verticales y crestas calcáreas.

Curso del río Júcar a su paso por la provincia de Albacete

Hoy nos vamos a detener en un pueblo de esos que calificamos “con encanto”, cuyo pasado ibero, árabe y romano ha dejado una huella indeleble en su patrimonio histórico y cultural. Todo dentro de un marco realmente incomparable que atrapa al instante a quien lo visita. Hoy vamos a conocer Alcalá del Júcar.

Alcalá del Júcar se emplaza en la esquina nordeste de la provincia de Albacete, dentro de la comarca de la Manchuela, tocando casi con la mano territorio de la vecina Comunidad Valenciana. El río Júcar, aquí en su sinuoso tramo medio-bajo, traza una espectacular garganta que ha obligado literalmente, y desde siempre, a adaptar todo el entramado urbano de estrechas calles y pequeñas placitas del pueblo a la empinada ladera que emerge de la profunda hoz del río y su meandro.

Entrando en Alcalá del Júcar

El resultado, como podemos imaginar, es un conjunto arquitectónico único y maravilloso, con sus pintorescas casitas, muchas incrustadas en la roca, cuevas horadadas en la montaña de extremo a extremo y el imponente castillo coronando la muela de la hoz. A esto hay que unir ese peculiarísimo laminado que presenta el cañón del río en su base, lo que confiere al conjunto un aspecto como de inmensa tarta de caliza, una tarta muy dulce y apetecible, por cierto.

Los árabes ya se instalaron por estos pagos allá por el siglo XI y levantaron una fortaleza que sirviera de contención a la constante presión militar de los reyes cristianos y garantizara a la vez su línea defensiva. La insistencia tiene al final su recompensa y así fue como en el año 1211, tras una campaña relámpago de Alfonso VIII  -a quien ya conocimos en Ayna liberando ese mismo año a la villa sureña de la presencia musulmana-, se logró arrebatar el castillo de Alcalá para la causa de la Corona de Castilla.

Puente Romano y castillo de Alcalá del Júcar en la cima de la hoz

Precisamente de la época árabe data el castillo que corona la hoz del Júcar. Su envidiable emplazamiento lo convirtió en casi inexpugnable para disgusto de las huestes militares que durante centurias intentaron su asalto con perseverancia y diferente fortuna. La fortaleza, de los siglos XII-XIII, tiene un torreón en forma pentagonal, su seña más visible y atractiva, y todavía se conservan tramos de la muralla original que rodeaba el fortín.

Descendiendo por las empinadas y angostas callecitas alcanzaremos otro de los imprescindibles de este bonito pueblo castellano manchego: la iglesia de San Andrés. Un magnífico templo levantado entre los siglos XVI y XVIII, de nave única y forma de cruz latina de proporciones considerables. Mención especial para la bóveda de crucería con terceletes, original del siglo XVI.

Iglesia de San Andrés

Y descendiendo desde la iglesia de San Andrés hasta el río Júcar nos toparemos de lleno con el Puente Romano, llamado así no por su origen, sino por apariencia. Data del siglo XVIII si bien su  precuela medieval se remonta a los siglos XIV y XV cuando el puente sirvió de aduana o puerto seco en el conocido como “Camino Real de Castilla a Levante”, una ruta terrestre que habilitaba el paso de carruajes para transportar trigo a la ciudad de Valencia, comunicando así el reino de Castilla con el reino de Valencia.

Por último. No abandonemos Alcalá del Júcar sin visitar, al menos, una de sus famosas cuevas, otra de las indiscutibles señas de identidad alcalaínas. El formidable cerro calcáreo que acoge la población está literalmente taladrado por grutas y cavernas que son famosas por su polifacético uso. Sirven de establos, farmacias naturales, pequeños museos etnográficos… y algunas, como la cueva de Masagó o la del Diablo, disponen de tabernas donde reponer fuerzas tras el largo peregrinaje por esos húmedos y ascendentes túneles que atraviesan la montaña de lado a lado.

+INFO en la Oficina de Turismo, Paseo de los Robles s/n, justo al lado del Puente Romano sobre el Júcar

Alcaladeljucar.net

Turismocastillalamancha.es

Ayna, allá donde se quiebra La Mancha

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Existe un lugar en La Mancha que sorprendería al mismísimo don Quijote si el ingenioso  hidalgo salido de la mente y pluma de Miguel de Cervantes pudiera visitarlo hoy. Un lugar enclavado al sur de la provincia de Albacete, en el sureste de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha; un lugar que logra dinamitar la rigurosa monotonía amarilla que domina la persistente planicie manchega y que supone un absoluto quiebro del paisaje dominante en esta parte del país.

Uno de los causantes de esta suerte de catarsis sobre el terreno lo conocimos en la entrada anterior: el río Mundo. Un río que tras su accidentado nacimiento en la Cueva de los Chorros, en plena Sierra del Segura, se aleja mansamente y empieza un lento viaje a través de un entorno natural único y rompedor, esculpiendo a su paso un imponente paisaje kárstico a base de estrechas gargantas y vertiginosos farallones rocosos que escoltarán su viaje aguas más abajo hasta encontrarse con el cauce del río principal, el Segura.

Ayna, en la comarca de la Sierra del Segura

A lo largo de su recorrido, el río Mundo va dejando atrás pintorescos pueblecitos y rústicas aldeas, serpenteando muchas veces entre abruptos escarpes calizos, desafiantes laderas con terrazas excavadas por el ser humano para obrar vida a sus cultivos y una densa vegetación cargada de pinos carrascos, sabinas y enebros.

Royo Odrea, Alcadima, Híjar, Liétor y, sobre todo, Ayna, son solo algunos de esos apacibles núcleos de población que visita el río en su lento discurrir. Y todos juntos componen un bello cuadro paisajístico rural que por sus especiales características nos transportan a otros parajes internacionales de ensueño. Por ello mismo la zona, y salvando las distancias, ha sido bautizada como la “Suiza Manchega”.

  Entrando en Ayna

Ayna tiene raíces antiguas, muy antiguas, que se entierran en el lejano Paleolítico Superior, hace unos 15mil años, cuando sus primeros pobladores se dejaron caer por aquí. Pero serían los árabes, a partir del año 711, quienes marcarían el verdadero devenir de la pequeña villa con un asentamiento permanente y estable. De hecho su nombre, Ayna, se traduciría del árabe como “ojos bellos” o “fuentes escondidas”. El viejo sistema de riego por acequias que todavía perdura hoy, y que los moradores de la media luna trajeron a estas tierras, sería otro legado islámico.

Esta fructífera presencia musulmana se extendería en el tiempo hasta la llegada de las huestes cristianas de la mano del gran rey Alfonso VIII, a inicios del siglo XIII. En 1565 será otro monarca no menos ilustre y enérgico, Felipe II, quien otorgará a Ayna el distinguido privilegio de villazgo, independizándose así, y a partir de entonces, de la vecina y poderosa Alcaraz.

Ayna tiene una estética especial, con apretadas viviendas y estrechas calles que trepan montaña arriba desde su falda y, a la vez, un carácter morisco herencia de su importante pasado árabe. El ceñido cauce del río Mundo y las afiladas paredes que lo rodean y protegen, en especial el conjunto de ocho picos frente a la población conocidos como “Los Picarzos”, son la indiscutible seña de identidad de Ayna.

Vista de Los Picarzos desde el castillo de la Yedra

Para hacernos una mejor idea de todo lo reflejado en las líneas anteriores, la opción más sabia -y recomendada por parte de este bloguero- es subir a los miradores que coronan este pintoresco paraje y obtener así una visión perfecta del entorno.

Justo sobre el monte San Urbán, en la parte superior de la ladera sobre la que se asienta Ayna, tenemos el “Mirador del Diablo”. Las vistas desde aquí son difíciles de describir. Ni el mismísimo diablo podría mejorarlas. Para llegar a él hay que tomar la carretera autonómica CM 3203 que une Ayna con Albacete. El mirador se encuentra a solo un kilómetro y medio de la primera.

Ayna y su entorno desde el Mirador del Diablo

Otro balcón natural desde el que otear la belleza y encanto de la otrora población morisca es el “Mirador Rodea Grande”. Al estar situado justo encima de la villa, a su entrada, podremos contemplar en su justa medida el abigarramiento de las casas y la estrechez de las calles. Calles y casas que sirvieron de escenario, tal como descubrimos en una entrada anterior, a una de las películas más importantes del cine español de finales de los ochenta del siglo pasado: “Amanece, que no es poco”. En este mirador hay una réplica del sidecar que tanto juego dio en la película de José Luís Cuerda.

Un tercer mirador, éste fuera de Ayna, a unos cinco kilómetros por la CM 3203 camino hacia Elche de la Sierra, nos dará otra perspectiva de la Suiza Manchega. Es el “Mirador del Infierno”. Resulta cuanto menos algo inquietante ese cierto proselitismo que se da por estos pagos hacia todo lo que huela a satánico y diabólico 🙂

Royo Odrea y sus famosas peñas desde el Mirador del Infierno

Bromas aparte, desde este balcón que por momentos parece sobrevolar el profundo cañón fluvial, divisaremos la rústica aldea de Royo Odrea, las peñas “del Prao” y “el Pico”, además de los esbeltos olmos y ubérrimas huertas que de manera inmemorial están presentes aquí, en la sinuosa ribera del río Mundo.

Ayna es paisaje en estado puro. Pero también desprende lindeza puertas adentro. Además de dejarse seducir por sus casitas y las angostas y empinadas callecitas que conducen hasta los escasos restos del castillo de la Yedra, primitiva fortificación musulmana del siglo XII, en su arquitectura religiosa encontraremos motivos de admiración en la iglesia de Santa María de lo Alto.

Iglesia parroquial de Santa María de los Alto, en Ayna

La parroquial todavía conserva su torre de sillería del siglo XVII, y sus tallas de la Patrona y del Niño Jesús Resucitado, en madera, son exquisitas. Tampoco debiéramos olvidar una visita a las ermitas de Nuestra Señora de los Remedios, con su artesonado mudéjar del siglo XVI, y del Santo Cristo de Cabrillas, siglo XVIII, de planta cuadrada y tejado a cuatro aguas.

Escribía unos párrafos más atrás que Ayna es paisaje. Y para explorarlo los entusiastas del senderismo disponen de todo un catálogo de rutas a elegir que harán las delicias de exigentes y más sosegados, en definitiva de cualquier persona.

Ayna desde la ribera del río Mundo

El sendero GR-67 pasa por estas latitudes y ofrece dos versiones locales dentro de su recorrido: Ayna-La Fuensanta y Ayna-La Alcadima. Por otro lado destacan tres rutas, o paseos, por el interior de la villa y sus alrededores que nos permitirán tener una visión más completa, y hasta más romántica, de este bello rincón manchego. ¡Ah! No sería extraño cruzarse en plena marcha rutera con alguna cabra montés, la verdadera reina de las cumbres de Ayna, según convencida sentencia de los lugareños.

+INFO en la Oficina de Turismo de Ayna situada en la Plaza Mayor, 4

Ayna.es

Sierradelsegura.com